Beranda / Romance / Match equivocado / ☕️ Capítulo 4 – Cita pública que sale mal ☕️

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☕️ Capítulo 4 – Cita pública que sale mal ☕️

Penulis: LEFenix
last update Tanggal publikasi: 2026-05-27 00:04:05

Valentina estaba recostada en el sofá, acariciando a Chewbacrazy, cuando un golpe suave en la puerta interrumpió sus pensamientos.

—¿Quién será a estas horas? —murmuró, levantándose, mientras el gato se escondía bajo su brazo.

Al abrir, se encontró con Laura, cargando una mochila y una muda de ropa:

—¡Hola! —dijo con su sonrisa traviesa—. He decidido que voy a pasar la noche aquí. Así podremos ir juntas al trabajo… y, de paso, asegurarme de que no vuelvas a meter la pata con tu “match equivocado”.

Valentina arqueó una ceja:

—¿Tú… dormir aquí?

—Sí —contestó Laura con un tono de firmeza adorable—. Y no me mires así, Valen. Me siento culpable por haberte convencido de descargar esa app. Además, prometí a tu madre que cuidaría de ti… a veces te falta un tornillo en la cabeza, y alguien tiene que estar ahí para recoger los pedazos.

Valentina suspiró, medio divertida, medio resignada:

—Bueno… pero no traigas desastres contigo.

—Desastres incluidos —replicó Laura, entrando con la mochila como si fuera una trotamundos.

—Tu cita “inocente” con Mateo empieza en unas horas, y no quiero perderme ni un segundo del espectáculo —dijo Laura, acomodándose en el sillón y cruzando las piernas.

Valentina suspiró, dejando que Chewbacrazy se acomodara sobre su regazo.

—Bueno… te voy a poner al corriente —comenzó, mientras Laura se inclinaba, expectante—. Mateo quiso jugar conmigo en la app y me invitó a tomar un café. Yo acepté, emocionada… hasta que apareció su perfecta novia, esa rubia atlética y sonriente. Me sentí… traicionada, así que le lancé mi café venenoso directo a la camisa.

Laura abrió los ojos como platos y se llevó una mano a la boca:

—¡No me digas que hiciste eso!

Valentina sonrió traviesa y sacó su teléfono:

—Y espera, hay más. Este fue su mensaje después: “Mi camisa sobrevivió al café… pero yo no puedo evitar sorprenderme por lo adorablemente peligrosa que puedes ser. ¿Me das otra oportunidad?”

Laura aplaudió con entusiasmo, obligando a Valentina a mirarla:

—¡Acepta! —instó con energía—. No puedes dejar pasar eso.

Valentina frunció el ceño, dejando el teléfono sobre la mesa:

—No sé… no me siento segura.

—¿Segura? —recalcó Laura, arqueando una ceja, Valentina bajo la mirada y se mordió el labio.

—Sucede algo que aun no me cuentas Valentina? Te conozco muy bien.

— ¿Recuerdas aquel incidente en la escuela?

—No me digas que ese recuerdo todavía te da vueltas —Laura puso los ojos en blanco.

Valentina tragó saliva, recordando aquel episodio que la había marcado.

—Sí… —dijo en voz baja—. David, ese niño cruel, me hizo pasar la peor humillación. Me pidieron que lo invitara a pasear por las instalaciones durante el recreo. Acepté… y mientras caminábamos, otros niños escondidos miraban. Entonces me dijo que yo era la niña más fea del planeta tierra y que apestaba.

Laura le tomó la mano con fuerza y la miró con intensidad:

—¿Aún recuerdas eso? —dijo con una sonrisa—. Pasó hace tanto tiempo, era un niño inmaduro. Estábamos en quinto grado… y deberías recordar la golpiza que le di en tu nombre.

Valentina soltó una carcajada, sorprendida por la valentía de Laura y la forma en que transformaba sus miedos en poder.

—Bueno… —murmuró—. Tal vez puedas convencerme de aceptar esa “segunda oportunidad” con el adorablemente peligroso Mateo.

Laura sonrió triunfante:

—Esa es la actitud. Y esta vez, nadie nos va a detener… excepto tal vez tu café, Valen.

A la mañana siguiente, ambas se levantaron más temprano que de costumbre. Laura estaba decidida a asegurarse de que Valentina estuviera impecable para su cita “inocente”. Con precisión de estilista profesional, le alisó el cabello, ajustó su maquillaje y eligió un conjunto que resaltaba su figura sin perder naturalidad.

—Listo, princesa —dijo Laura, admirando su obra y dando un pequeño giro para mostrarle el resultado—. Hoy vas a deslumbrar… aunque solo sea un poquito.

Valentina se miró al espejo y no pudo evitar sonreír, nerviosa y emocionada a la vez.

—Creo que estás exagerando, Laura… —dijo, mientras su amiga le guiñaba un ojo—. Pero gracias.

Caminaron hacia la oficina juntas, tomando un café rápido en la cafetería de la esquina, y al entrar, el efecto fue inmediato. Mateo estaba en su cubículo, revisando algunos papeles. Cuando levantó la mirada, sus ojos se encontraron con Valentina… y por un instante, algo en su expresión se deslizó: sorpresa. Un destello de admiración, apenas disimulado, que rápidamente reemplazó por su habitual seriedad.

En ese instante, la musa interior de Valentina se revolucionó como confeti en pleno carnaval. “¡AHORA DIME, CLAUDIA RUBIA DESTEÑIDA… ¿QUIÉN TIENE LA DELANTERA AHORA?!” —se gritó mentalmente, con rayos de luz deslumbrantes, explosiones de purpurina y fuegos artificiales imaginarios. La banda sonora estaba lista: Cindy Lauper, Girls Just Want to Have Fun, un homenaje a la obsesión ochentera que su madre le había transmitido desde pequeña.

Mientras tanto, su otra voz interior, más sensata (y un poquito avergonzada), se colaba: “¿Cómo pude pasar de odiar a Mateo a sentirme… atraída? O tal vez siempre lo estuve. Del odio al amor hay solo un paso… ¡y yo lo estoy saltando!” … Sonrió como una tonta, incapaz de negar lo evidente.

Valentina sonrió como una heroína de comedia romántica, consciente de que su momento de gloria estaba dedicado, nada más y nada menos, a Claudia, la novia rubia y desteñida de Mateo.

—Buenos días, Valentina —saludó Mateo, manteniendo la voz firme y profesional, aunque un ligero brillo en sus ojos delataba lo que realmente pensaba.

Valentina sintió un cosquilleo recorrerle la espalda, mezclando nervios y emoción. Laura, desde su cubículo, no pudo contener una sonrisa triunfante y un pequeño aplauso silencioso.

—Perfecto… —murmuró Valentina para sí misma—. Si esto es solo el inicio, estoy lista para el espectáculo.

Las horas pasaban lentamente y Valentina intentaba concentrarse en su trabajo, aunque cada gráfico, cada correo y cada número se le mezclaban en la cabeza. Su mente seguía dando vueltas alrededor de Mateo y del café venenoso… y de la humillación dulce que había sentido al verlo con Claudia, su perfecta novia rubia.

Justo cuando trataba de organizar sus ideas, el teléfono vibró. Un mensaje en la app de Mateo apareció:

Mateo: “Veo que has domado tu cabello hoy… admito que me gustaba más rebelde 😏”

La sonrisa de Valentina se borró de inmediato. Levantó la vista hacia el cubículo de Mateo: él estaba allí, sonriendo sin mirarla directamente, con esa seguridad que la hacía sentir pequeña y enorme al mismo tiempo.

Valentina abrió la app para responder con sarcasmo, pero antes de escribir, otro mensaje llegó:

Mateo: “Sobre nuestro café… ¿todavía te animas?”

Su corazón dio un brinco. Por un instante, el mismo recuerdo del pasado la atravesó: David, aquel niño cruel, diciéndole que era “la niña más fea del planeta Tierra y que apestaba”. Se sacudió la memoria con un suspiro, mezclando diversión y una pizca de tristeza. “Vaya, fantasma del pasado, hoy no te dejo arruinar esto”, murmuró para sí.

Valentina tecleó, intentando sonar indiferente y un poco mordaz:

—¿Y tu rubia perfecta, Claudia?

La respuesta fue inmediata:

Mateo: “Claudia salió de viaje de trabajo a otra ciudad 😉”

Alivio, diversión y un poquito de picardía la invadieron. Se frotó las manos, preparando mentalmente su arsenal de sarcasmo, dulzura y provocación.

—Bueno… entonces estamos hablando solo tú y yo, Mateo —tecleó, con una sonrisa pícara.

Mientras esperaba su respuesta, no pudo evitar reír en voz baja. Aquella Valentina pequeña, marcada por David, ahora se sentía fuerte y lista para divertirse… aunque un poquito nerviosa. Su musa interior revoloteaba, ansiosa por la próxima escena de su propio show personal.

El reloj marcaba la hora de salida. Valentina tomó sus cosas con calma aparente, aunque el corazón le latía a mil por hora. Laura la observaba desde el otro lado del escritorio, dándole un guiño de apoyo, como diciendo: “Tú puedes, Valentina. Hoy no hay excusas”.

Caminaba por el pasillo tratando de disimular que estaba tranquila, ajustando su bolso y respirando hondo, mientras su mente repasaba mil estrategias para “ganarle” a Mateo esta vez. Y justo cuando pensó que podría salir sin mayores sobresaltos… ahí estaba él.

Mateo la interceptó frente a la salida, con la camisa impecable pero esa mirada que mezclaba seriedad y diversión, como si supiera exactamente el efecto que le causaba.

Valentina respiró hondo y salió del edificio ignorándolo, tratando de mantener la calma mientras Laura caminaba a su lado con una sonrisa cómplice.

—Respira hondo porque ahí viene el galán. Ya sabes que hacer Valen… debes conquistarlo y quítaselo a Claudia.

Valentina le dio con el codo antes de que se marchara rumbo a su carro y desapareciera del acto.

—Lista para ir por ese café? —Valentina giro a verlo, el corazón comenzó a latirle como un tambor y recordó el comentario de su amiga Laura: Mateo parece el protagonista de una de esas series surcoreanas famosas.

Sus piernas temblaron, sacudió la cabeza y se esforzó en mantener la compostura.

La ciudad bullía a su alrededor, pero en su mente solo había un objetivo: sobrevivir a esta cita sin convertirse en un desastre público.

Tomaron asiento en la pequeña cafetería cerca de la oficina, un lugar neutral, seguro… o al menos eso creía Valentina. Mateo le sonreía de una forma que hacía que el corazón de Valentina diera volteretas.

—Hola otra vez, Valentina —dijo él, levantando ligeramente la mano—. Espero que tu día haya sido menos… explosivo que el mío… bueno tu cabello alisado es muestra de eso.

Valentina contuvo la ansiedad que le causaba estar frente a el mientras recordaba el café que había terminado sobre su camisa en la salida del edificio. Trató de responder con calma, pero justo en ese instante, el camarero tropezó, y un pequeño chorrito de café casi le salpica. Valentina reaccionó rápido… y demasiado rápido.

—¡Oh, no! —exclamó, derramando accidentalmente un poco sobre su propio regazo. —¿Ves? Es una cita totalmente segura —dijo Valentina con sarcasmo, mientras se tapaba la boca para no reírse.

Mateo la miró sorprendido y divertido a la vez.

—Creo que tu talento para el desastre es impresionante —comentó—. Pero tranquila, creo que la camisa sobrevivió al café de ayer… aunque, honestamente, deberías lavarla. Seria lo mas justo.

Mateo sacó la camisa doblada de un paquete y se la extendió a Valentina. Ella no pudo evitar la sorpresa.

—¿En serio? —La inseguridad brotó  y su fortaleza se alzó como si estuviera en una escena épica de Juego de Tronos, preparada para resguardar sus emociones. En ese instante, el recuerdo fugaz de su infancia la golpeó una vez más y el monstruo de David resurgía, burlón, mirándola con desprecio. Su corazón dio un vuelco, pero esta vez no hubo lágrimas, solo la satisfacción de sentirse más fuerte y audaz. Mateo, tan perfecto, no la haría arrodillarse.

—¿Para eso me invitaste? ¿Para entregarme tu camisa manchada de café venenoso en persona?

Mateo arqueó una ceja, analizando que Valentina no solo era un caos, sino también un reto. Sin embargo, mantuvo su compostura.

—No. Te invité por dos razones: curiosidad… y porque aunque desperdiciaste tu café sobre mi camisa —sé que fue con alevosía y premeditación— reconozco que tengo algo de culpa.

—¿Algo de culpa? —Valentina se cruzó de brazos—. Difiero. ¡Toda la culpa! Porque además de ser un pesado que se cree perfecto, con un físico digamos aceptable, tener a una modelo como novia, y robar estacionamientos ajenos… quisiste burlarte de mí. Y nadie sale ileso para contarlo.

Mateo soltó una carcajada.

—Vaya, cuánto drama.

—¿Ahora soy dramática? No eres la gran cosa, Mateo —Valentina le quiso sacar la lengua como niña chiquita pero lo reprimió.

—Y no solo eso… ahora percibo celos —agrego Mateo y su comentario fue como una bomba nuclear en Valentina—. Te recuerdo que fuiste tú quien me envió una invitación por la app.

Valentina lo fulminó con la mirada, pero contraatacó:

—Muy bien, hora de aclarar el enredo. Todo esto fue gracias a Laura y esa maléfica aplicación que parece tener vida propia. Mi perfil actualizado activó un match automático… ¡equivocado! Lo que me sorprende es que alguien como tú use estas apps.

—Al igual que tú, por curiosidad… aunque a diferencia de ti, no fue por accidente —remarcó la palabra accidente, dejándole claro que no le creía.

—Muy bien, Mateo —Valentina se levantó de la mesa—. Te expliqué todo. Este café venenoso ahora es solo… un error. Disculpa la pérdida de tiempo.

Se dio media vuelta, con una mezcla de decepción y el recuerdo burlón de David de niña martillándole la autoestima. Mateo se quedó sorprendido, sentado, observando cómo se marchaba.

Valentina caminó apresuradamente hacia su auto, encendió la radio, y sonaba Sola otra vez de Céline Dion. Sus ojos se abrieron como platos.

—¿Es en serio? —dijo, apagando el radio de golpe.

Al llegar a su departamento, Laura ya se había marchado, dejando una nota en la puerta del refrigerador:

"Tuve que salir, mañana vienen a reparar la lavadora… pero quiero detalles de esa cita. Te dejé Mai de limón en la nevera. ¡Te quiero!"

Valentina arrancó la nota, suspiró y fue a quitarse la ropa. Se miró en el espejo y se reprochó:

—¡Debí tomar esa camisa y aventársela por el pecho!

Se recogió el cabello, lanzó los tacones a un rincón y abrazó a Chewbacrazy.

—Solo tú me quieres… ¿quieres casarte conmigo? —el gato la miró y le lamió la mano.

—Eso es un sí, entonces me declaro esposa y gato —su conversación murió cuando tocó el timbre.

—¿Será que este día no termina nunca? —dijo, bajando la vista y viendo un vaso con tapa de su cafetería favorita y una nota encima.

Valentina tomó el café y abrió la nota con desesperación:

"Mafalda, saliste tan apresurada sin dejarme terminar de hablar… solo quería decir que te debo ese café doble expreso que derramaste en mi camisa. Nunca fue mi intención hacerte sentir mal, especialmente a la persona que me saca una sonrisa en la oficina con sus ocurrencias.”

Valentina frunció el ceño y leyó de nuevo.

—¿Mafalda? —susurró, levantando una ceja—. Ah, ahora me pones el sobrenombre de Mafalda… porque estoy despeinada, ¿no? —se rió sola, negando con la cabeza, sin poder creerlo. Entró corriendo con el café y miró a Chewbacrazy.

—¡Quiero el divorcio! —le dijo al gato mientras tomaba el café más dulce de su vida.

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