LOGINEl lunes dos, uno de los colaboradores llega al estudio a las nueve y veintiocho.Tengo las dos hojas abiertas sobre el tablero de caballetes. La copia que imprimí ayer está en una silla, con una carpeta rígida debajo para que no se doble.—Has cambiado la mesa —dice uno de los colaboradores al entrar.—La otra está en casa.Mira el tablero. Deja sus papeles en el extremo libre y se quita el abrigo.La segunda persona llega dos minutos después. A las nueve y media estamos los tres de pie alrededor de la sección.No hay que hablar de dónde duermo.El problema está en una esquina del dibujo. El detalle que trajeron y el que envié resuelven de forma distinta el paso junto a una ventana. En planta parecen iguales. En sección, no.Pongo una hoja encima de la otra. Sujeto el borde con la regla y señalo dónde se separan las líneas.—Aquí.Uno de ellos acerca la silla. El otro abre su copia.Durante la primera media hora hablamos de ese encuentro. De la hoja de la ventana. Del espacio que que
El domingo uno de noviembre, Leo sale del salón andando de lado.No quiere rozar el edificio de piezas que dejó ayer en la alfombra. Lleva las zapatillas en la mano y se las pone en la entrada, sentado junto al perchero.Sofía ya tiene la chaqueta cerrada.—Primero desayunamos fuera —dice—. Después el parque.Es el acuerdo al que llegamos anoche. Diego preguntó qué queríamos hacer. Leo pidió los columpios. Yo dije que prefería ir andando.Nadie tuvo que cederlo todo.Diego comprueba que lleva la cartera. Yo meto el teléfono en el bolso y saco la carpeta de trabajo antes de cerrarlo.La dejo sobre mi mesa.En la calle, Sofía va delante contando las baldosas de una franja más oscura. Leo intenta no pisar las juntas. Cambian de juego antes de llegar a la esquina.Entramos en una cafetería donde hay una mesa libre junto al vidrio. Diego se queda mirando las sillas hasta que Sofía aparta una.—Aquí cabemos.Nos sentamos. Leo y ella quieren lo mismo hasta que el camarero les explica lo que
El jueves, Sofía sale de Correos con el resguardo en la mano.No me deja guardarlo hasta que hemos cruzado la calle.—¿Ahora ya va?—Ahora ya va.Leo camina al otro lado. Se inclina para ver el papel, pero no lo toca.—¿En avión? —pregunta.—Tiene que cruzar el océano.Sofía dobla el resguardo por la mitad. Lo vuelve a abrir porque ha tapado una línea que quería mirar.En casa lo mete dentro del cuaderno rosa. El sobre se ha quedado en Correos. La carta no vendrá en nuestro bolso al día siguiente.El viernes traslado mi silla al salón del piso de Diego. La de comedor vuelve a la mesa de la cocina. En mi estudio dejo una silla sencilla junto al tablero de caballetes.Por primera vez desde que montamos la mesa de haya, puedo apartarme del dibujo sin levantar el asiento.Las ruedas no rozan el zócalo.El sábado treinta y uno, Leo saca una caja de piezas de construcción y se sienta en la alfombra.Sofía abre su libro de países sobre la mesa baja. Entre ellos dejan sitio suficiente para un
Sofía trae el cuaderno rosa a la cocina el miércoles veintiocho.Lo pone al lado de mi taza. No lo abre hasta que retiro el plato de las tostadas.—Tengo que terminar una cosa.Diego recoge una cuchara del suelo. Leo se bebe la leche sin apartar los ojos del cuaderno de su hermana.—Ahora vamos al colegio —dice su padre.—Después.Sofía abre por una página que tiene una esquina doblada. Hay palabras tachadas y una línea que acaba en el margen sin terminar.Me deja verla. No acerca el cuaderno ni me lo entrega.—¿Lo de la ciudad? —pregunto.Niega con la cabeza.—Lo de Mateo.Leo deja el tazón.—Te lo dije.—Ya lo sé.Cierra el rosa y se lo lleva al cuarto. Vuelve con la mochila, pero sin el cuaderno. Lo terminará por la tarde.Diego lleva a los niños al colegio. Yo paso por el estudio y trabajo allí hasta las tres. Antes de salir, pongo en el bolso unas hojas blancas que uso para las notas de obra.No sé si Sofía va a querer una. Las llevo igual.Por la tarde la recojo con Leo. Caminam
El flexo nuevo tiene un brazo demasiado rígido.Lo compré ayer. Hoy, lunes veintiséis, necesito una mano para sujetar la base y otra para orientar la luz sin arrastrarlo por el tablero.Lo consigo a la tercera.Son las cinco y media. He trabajado en el estudio desde las nueve y me falta revisar una sección antes de enviarla. La he traído para terminarla aquí.Leo hace los deberes en la cocina. Sofía busca una ciudad en su libro de países. Diego acaba de llegar con una bolsa de fruta.—Necesito una hora —le digo—. Hasta las seis y media. Para esto.Señalo la lámina.Diego deja la bolsa sobre la mesa de la cocina.—Me quedo con ellos.Me siento. La silla es una del comedor; no tiene ruedas y tengo que apartarla cada vez que quiero levantarme. Todavía no he traído la mía.Coloco la regla. Ajusto la luz otra vez. En el estudio dejé la sección abierta en pantalla para compararla, pero aquí puedo verla entera sin deslizar nada.Trabajo doce minutos sin levantar la cabeza.Luego suena el tel
La esquina del tablero gira en el dibujo antes de girar en el pasillo.El lunes por la noche termino de marcar el recorrido. El martes veinte lo compruebo con el flexómetro, después de que los niños se hayan ido al colegio.Diego sostiene la cinta en el marco de la puerta. Yo mido la distancia hasta la pared de enfrente.—De canto —digo—. Y sin las patas.Asiente. Apunto la última cifra junto a la curva que dibujé ayer.El tablero pasa. Las patas también, por separado.La mesa entera, no.Recojo la cinta y vuelvo al salón. La estantería sigue delante de la ventana. Hay que vaciarla antes de moverla; las carpetas de Diego no pueden quedarse apiladas en la cocina durante una semana.—¿El sábado? —pregunto.Diego consulta el calendario en el teléfono.—Tengo una llamada a las diez. Después puedo.—Yo voy a pedir el transporte para las doce.—Vale.En el estudio hago dos encargos. El transporte de una mesa desmontada. Un tablero sencillo y dos caballetes para trabajar aquí cuando la otra







