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Federico corrió tan rápido como pudo, sintiendo que el corazón estaba a punto de salírsele del pecho.—¡Amelia, no lo hagas! —gritó desesperado—. ¡Amelia, por favor!La mujer parecía no escucharlo.Las olas golpeaban la orilla con una violencia aterradora, y ella seguía avanzando, con el rostro empapado en lágrimas y la mirada perdida en algún lugar al que él no podía llegar.Federico jamás había sentido tanto miedo, luego de ver morir a su hija.Había conocido el dolor, la soledad y las decepciones. Había aprendido a ocultar sus sentimientos detrás de una expresión serena, a fingir que nada podía afectarlo y a continuar con su vida incluso cuando las cosas no salían como esperaba.Pero aquella noche, al ver a Amelia acercarse peligrosamente al mar, todas sus defensas se derrumbaron.No podía perderla. No a ella, no podía perder a alguien, otra vez.—¡Amelia!La alcanzó justo cuando una ola avanzaba hacia la orilla.La rodeó por la cintura y tiró de ella con todas sus fuerzas, alejánd
Mientras tanto, Amelia era incapaz de conciliar el sueño.Se había acostado varias veces, había cerrado los ojos y había intentado convencerse de que todo estaría bien.Sin embargo, cada vez que lo hacía, los recuerdos regresaban para atormentarla.Finalmente, se levantó y salió al balcón de su habitación, desde donde un pequeño camino conducía directamente hacia la playa.Se descalzó y dejó sus zapatos junto a la puerta.La brisa nocturna acarició su rostro mientras contemplaba el cielo, cubierto de estrellas, y el mar que se extendía frente a ella.Las olas estaban agitadas.El sonido del agua rompiendo contra la orilla debería haberla tranquilizado, pero aquella noche ni siquiera la belleza del paisaje conseguía aliviar el dolor que llevaba dentro.Amelia comenzó a caminar por la arena húmeda.¿Qué hice mal? ¿Por qué te amé durante tantos años, Aldo?La pregunta volvió a abrir una herida que todavía no había conseguido cerrar.Recordó el día en que lo conoció en la empresa. Por aqu
Verónica caminaba de un lado a otro de la habitación con el teléfono pegado a la oreja.Su rostro había perdido todo rastro de tranquilidad y sus ojos reflejaban una incredulidad que poco a poco se transformaba en furia.—¡No puede ser! ¡No puede ser! ¿Cómo pudo conseguirse otra mujer? ¡Es que no es posible! —murmuró, negándose a aceptar lo que acababa de escuchar.La noticia había caído sobre ella como un balde de agua helada.Federico Cantú, el hombre al que durante tanto tiempo había considerado una pieza importante en su vida, estaba a punto de casarse con una jovencita.¿Casarse? ¿Él?Verónica apretó los labios y, finalmente, colgó la llamada.Necesitaba pensar. No podía permitir que aquella noticia arruinara sus planes, especialmente cuando todavía tenía asuntos pendientes que resolver.En ese instante, Aldo entró en la habitación. Al verla tan alterada, frunció el ceño y se acercó.—¿Qué te pasa, amor?Verónica se volvió hacia él, con los ojos desorbitados.—¡Federico Cantú va
Durante el viaje, Amelia y Federico apenas intercambiaron unas cuantas palabras.¿De verdad voy a convertirme en su esposa?Cerró los ojos e intentó tranquilizarse, pero su mente la transportó inevitablemente al día de su boda con Aldo.No se habían casado por la iglesia.En aquel entonces, organizar una ceremonia religiosa y una celebración elegante resultaba demasiado costoso para ellos.Su padre, aunque había intentado disimularlo, nunca estuvo satisfecho con aquella situación.Le había parecido una señal preocupante que Aldo ni siquiera pudiera cubrir los gastos de una boda más ostentosa.Amelia, en cambio, no necesitó grandes lujos para sentirse la mujer más feliz del mundo.Recordaba su vestido sencillo, las flores que habían decorado el lugar y la sonrisa de Aldo cuando la tomó de la mano. Había estado tan enamorada que no le importaba que la celebración fuera pequeña. Para ella, lo importante era compartir su vida con el hombre que había elegido.¡Qué ingenua había sido!En aqu
Desde lo alto del segundo piso, Amelia contemplaba la escena con una sonrisa burlona.Había algo profundamente satisfactorio en ver cómo las piezas comenzaban a acomodarse a su favor.Durante demasiado tiempo había sido la mujer ingenua que confiaba en las promesas, que ofrecía su cariño sin reservas y que creía que la bondad siempre terminaba siendo recompensada.Ahora sabía que el mundo no funcionaba de esa manera.A veces, para sobrevivir, había que aprender a jugar con las mismas armas que utilizaban quienes te habían destruido.Cuando escuchó que la puerta principal se abría, giró la cabeza y vio entrar a Federico Cantú. El hombre avanzó con su habitual elegancia, impecablemente vestido, con esa presencia imponente que parecía llenar cualquier habitación en la que se encontrara.Amelia descendió lentamente las escaleras hasta quedar frente a él.—Parece que, como enemigo, es mejor tenerlo como aliado, señor Cantú —comentó con una sonrisa.Federico la observó fijamente. Sus labios
Mientras tanto, en el bar, Aldo estaba a punto de descubrir que su plan había terminado de una manera muy diferente a la que había imaginado.Había reunido a varios empleados de la empresa y los había conducido hasta la habitación donde, según él, encontrarían a Amelia en una situación comprometedora.Quería humillarla delante de todos, destruir su reputación y asegurarse de que nadie volviera a considerarla una mujer digna de respeto.Estaba convencido de que, cuando abrieran la puerta, encontrarían el espectáculo que había preparado.Sin embargo, cuando uno de los empleados abrió, todos se quedaron mirando una habitación vacía.No había nadie.—¡¿Qué demonios significa esto?!Uno de los trabajadores carraspeó antes de responder.—Señor, nos dijeron que la señorita Amelia se marchó con el presidente Federico Cantú.Aldo se quedó petrificado.—¿Qué has dicho?—Que se fue con el presidente.Sus manos se cerraron en puños.Una idea atravesó su mente y le provocó una oleada de celos que n







