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Capítulo: Un beso nuevo

Author: Luna Ro
last update publish date: 2026-10-17 07:55:10

—¿Acaso pones en duda el talento de mi prometido?

Amelia sonrió al escuchar a Verónica. Lejos de sentirse intimidada, sostuvo su mirada con una tranquilidad que pareció irritar todavía más a la mujer.

—¿Qué sucede, señora Solís? ¿Le asusta que una simple mujer cuestione las capacidades del hombre que eligió?

—¿Asustarme? ¡No me hagas reír! —Verónica soltó una carcajada despectiva—. Eres una celosa. Ahora lo entiendo todo. Se han unido para molestarnos porque no soportan vernos felices. ¡Qué patéticos! Pueden intentarlo cuanto quieran, pero jamás estarán a nuestra altura.

Amelia ladeó ligeramente la cabeza, fingiendo considerar sus palabras.

—Curioso. Yo pensaba que estábamos aquí para hablar de negocios, no para demostrar quién es más feliz con su pareja.

La sonrisa de Verónica se endureció.

—¡Tú…!

—El señor Cantú confía en mi talento y yo confío en su visión para convertirme en una nueva promesa del diseño —continuó Amelia, sin darle oportunidad de interrumpirla—. No necesito que usted crea en mí. Tengo suficiente confianza en mis capacidades para demostrar lo que valgo. Por eso me pregunto algo, señora Solís: ¿por qué siente tanta lástima por nosotros? ¿O acaso teme que no consiga alcanzar el éxito que usted presume que tuvo gracias a su exesposo?

El rostro de Verónica enrojeció de indignación.

—¡Eres una descarada!

Aldo, que hasta entonces había observado el enfrentamiento, tomó la mano de su prometida.

—Vamos, mi amor. No vale la pena discutir con ella.

Verónica apretó los labios, pero permitió que la sacara de allí. Antes de marcharse, lanzó a Amelia una mirada cargada de odio.

Amelia no se molestó en despedirlos.

Cuando ambos desaparecieron, escuchó una carcajada masculina a su espalda.

Federico Cantú se acercó con una sonrisa divertida.

—Amelia, ¿qué me estás ocultando?

Ella lo miró con expresión inocente.

—Si le digo que Aldo Mirellez no tiene talento, ni como diseñador ni como director ejecutivo, ¿me creería?

Federico soltó otra risa.

—Después de lo que acabo de presenciar, empiezo a pensar que debería escucharte con atención.

**

Esa misma noche, Aldo recibió una noticia que le borró la sonrisa.

—Federico organizará una fiesta para celebrar el nombramiento de Amelia como diseñadora de Luna Trece —le informó Verónica, caminando de un lado a otro—. ¡Y piensa presentarla delante de todos como si fuera alguien importante!

Aldo frunció el ceño.

—¿Estás segura?

—¡Por supuesto! Tenemos que ir.

Él guardó silencio unos segundos antes de sonreír con desprecio.

—Tienes razón. Vamos a esa fiesta. Quiero que todos comprendan que Amelia no es más que una mujer insignificante que tuvo suerte de conseguir una oportunidad.

Verónica se aferró a su brazo, satisfecha.

**

En la mansión Cantú, Federico le entregó a Amelia una elegante caja.

—¿Qué es esto? —preguntó ella.

—Un regalo para celebrar tu contratación. Quiero que esta noche disfrutes de tu triunfo.

Amelia abrió la caja y encontró un vestido espectacular. Por un instante, se quedó sin palabras.

—No tenía que molestarse tanto.

—No es una molestia. Considera que es una pequeña inversión en una diseñadora que dará mucho de qué hablar.

Ella sonrió discretamente y subió a cambiarse.

Cuando se miró al espejo, apenas pudo reconocerse.

El vestido resaltaba su figura y devolvía a su rostro una elegancia que creía haber perdido entre lágrimas y decepciones.

Por primera vez en mucho tiempo, se sintió hermosa.

Al bajar las escaleras, encontró a Federico esperándola. Él levantó la mirada y se quedó inmóvil durante unos segundos.

Es demasiado hermosa. ¿Cómo pudo Aldo ser tan imbécil como para dejarla ir?

Apartó aquel pensamiento antes de que se reflejara en su rostro.

—Estás preciosa, Amelia —dijo finalmente.

Ella sintió que sus mejillas se calentaban.

—Gracias, señor Cantú.

—Esta noche, llámame, Federico, pronto seremos esposo, recuérdalo.

*

La celebración transcurrió entre felicitaciones, conversaciones y brindis.

Amelia comenzó a relajarse hasta que la llegada de Aldo y Verónica alteró el ambiente.

Aldo la miró fijamente.

Aquella mujer no se parecía a la esposa abatida que había dejado atrás.

Su porte, su sonrisa y la seguridad con la que conversaba con los invitados le recordaron a la Amelia que él había enamorado.

La diferencia era que ahora ella apenas le dedicaba una mirada.

Federico notó su presencia y ordenó que mantuvieran despejada una sala privada para que Amelia pudiera descansar si lo necesitaba.

Verónica aprovechó un instante para acercarse a él.

—Federico, ¿acaso te gusta esa mujer?

Él la miró con una calma desconcertante.

—¿Por qué te interesa tanto, Verónica? Ahora que vas a casarte, ¿crees que los demás no tenemos derecho a enamorarnos?

Ella palideció ligeramente y buscó a Aldo con la mirada.

Más tarde, apartada de los invitados, le habló en voz baja.

—Consigue algo para drogarla. Quiero que su reputación quede destruida. Así Federico no volverá a mirarla.

Aldo vaciló. Sabía que estaban cruzando una línea peligrosa, pero los celos y el orgullo terminaron imponiéndose.

Finalmente, aceptó.

**

Poco después, un camarero le entregó a Amelia una copa de vino. Ella bebió algunos sorbos sin sospechar nada.

Cuando Federico propuso un brindis por su nueva diseñadora, Amelia volvió a beber.

Apenas unos minutos después, comenzó a sentirse extraña. El calor le recorría el cuerpo y le costaba mantener la concentración.

Se disculpó y buscó el baño, pero, antes de llegar, un hombre la sujetó por el brazo y trató de arrastrarla hacia un pasillo apartado.

—¡Suélteme! —protestó Amelia, luchando por liberarse.

El desconocido no la escuchó.

De pronto, Federico apareció y apartó al agresor de un golpe.

—¡No vuelvas a tocarla!

Dos empleados acudieron al escuchar el alboroto mientras Federico sostenía a Amelia, que apenas podía mantenerse en pie.

—Mírame, Amelia. ¿Qué has tomado?

—No lo sé… Me siento muy mal.

La expresión de Federico se endureció.

La llevó al automóvil y ordenó al chofer dirigirse al hospital más cercano.

Durante el trayecto, Amelia se aferró a su chaqueta.

—Federico… tengo mucho calor.

Él se quitó el saco y la cubrió, procurando mantenerla tranquila.

Entonces, ella levantó el rostro y lo besó impulsivamente.

Federico se quedó paralizado, sintiendo esos suaves labios sobre los suyos, creyó que ya nunca sentiría nada desde la traición de su exesposa y la muerte de su hija, pero, en ese momento, el beso de Amelia le hizo sentir que estaba vivo de nuevo.

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