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Me Cambiaron por Mi Hermana Muerta
Me Cambiaron por Mi Hermana Muerta
Author: Antonia

Capítulo 1

Author: Antonia
Mamá se apoyó en el borde de la mesa y dejó escapar un largo suspiro.

—Qué alivio —dijo con los ojos enrojecidos y una sonrisa en los labios—. Por fin Lucía podrá volver a casa.

Papá la rodeó con un brazo.

—Llevamos demasiado tiempo esperando este día.

Las velas del pastel seguían encendidas. Yo permanecí inmóvil, con un zumbido ensordecedor en los oídos.

—¿Demasiado tiempo? ¿Desde cuándo llevan esperando?

Mamá alzó la vista hacia mí y su mirada vaciló por un instante.

—Desde que tenías unos seis años. Para entonces, cada vez te parecías menos a ella.

Intenté responder, pero no encontré las palabras. Aun así, nadie se volvió a mirarme.

Desde que cumplí seis años, mamá no dejaba de decir que yo no me parecía a Lucía. Sacó el vestido blanco que Lucía había dejado y me obligó a ponérmelo. Me quedaba grande: el cuello estaba muy holgado y las mangas me cubrían parte de las manos.

Mamá me observaba con el ceño fruncido y una expresión de desagrado.

—A Lucía no le quedaba así.

Una y otra vez me mostraba los videos que habían grabado de ella cuando aún vivía. Los detenía a la mitad para corregirme.

—Lucía no enseñaba los dientes al sonreír.

—Sostenía el lápiz de esta manera.

—Siempre hablaba bajito.

Así que yo practicaba todos los días. Podía reproducir, incluso con los ojos cerrados, el peinado que llevaba en las fotografías, y conocía de memoria sus gestos y su tono de voz, mejor incluso que cualquier lección de la escuela.

Me esforzaba por convertirme en Lucía. Creía que, si lograba parecerme un poco más a ella, mis padres serían un poco más felices. Sin embargo, por mucho que me esforzara, siempre negaban con la cabeza, decepcionados.

—Sigues sin parecerte a ella. Ni por asomo.

Una vez me puse el vestido blanco, bajé la cabeza como lo hacía Lucía y la llamé mamá. Ella me contempló durante largo rato y, de repente, empezó a llorar.

—Daniela, deja de imitarla. Por mucho que te parezcas a ella, nunca serás ella.

Aquella noche lloré bajo las mantas hasta el amanecer. Al día siguiente, volví a ver sus videos de principio a fin y a estudiar cada uno de sus gestos.

Mucho después, fue Adrián quien me sacó de esa vida. Cuando estábamos en la secundaria, me encontró en un pasillo recitando en voz baja algunos pasajes del viejo diario de Lucía, me lo arrebató y lo tiró a la basura.

—Daniela, tú no eres la sombra de nadie.

Aquella frase me sostuvo durante muchos años. Por eso, cuando la pantalla de votación apareció en su celular, todavía conservaba una esperanza absurda.

Pero él también votó que sí.

Lo miré.

—¿Tú también crees que deberían intercambiarme para traerla de vuelta?

Apartó la mirada.

—Es solo un intento. Ni siquiera sabemos si funcionará.

Me quedé sin palabras.

—Cuando votaste que sí, ¿pensaste en mí?

Él frunció el ceño.

—¿Podrías dejar de hablar en ese tono? Tu mamá ya está sufriendo bastante. Solo extraña demasiado a Lucía.

Papá sacó mi documento de identidad de mi bolso. Intenté detenerlo, pero me apartó de un empujón.

—Lucía lo necesitará cuando regrese.

Lo miré a los ojos.

—¿Y yo?

Papá guardó el documento bajo llave y respondió con impaciencia:

—Ustedes son hermanas de sangre. No hace falta distinguir tanto entre lo tuyo y lo suyo.

Volví a mi habitación y saqué mi título universitario. Apenas rocé mi nombre con la yema del dedo, las letras negras comenzaron a desdibujarse como tinta bajo el agua.

El nombre Daniela Mendoza se borró trazo a trazo y, en su lugar, apareció lentamente Lucía Mendoza. El sello y las firmas quedaron cubiertos por una especie de neblina, hasta volverse borrosos.

Me quedé mirando aquellas letras hasta que los ojos empezaron a arderme. Entonces los cerré.

La puerta se abrió. Al ver el título universitario, los ojos de mamá se iluminaron.

—Lucía murió antes de tener la oportunidad de crecer. Ahora, al menos, podrá recuperar todo esto.

Con el rostro bañado en lágrimas, alcé la mirada hacia ella.

—Mamá, ¿y si de verdad voy a morir?

Sus dedos se aferraron al marco de la puerta y las uñas lo rasparon con un leve chirrido. Después de un largo silencio, contestó:

—No digas esas cosas. Traen mala suerte.

Cuando cerró la puerta, me dejé caer lentamente hasta el suelo, me abracé las rodillas y escondí el rostro entre ellas.

Mamá acababa de cambiar la etiqueta de mi perfil en el grupo familiar de la aplicación: "Daniela" había pasado a ser "Cuerpo para Lucía".

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