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Me Case con su Rival y me Converti en la Obsesión de Mi Ex
Me Case con su Rival y me Converti en la Obsesión de Mi Ex
Author: AZAHARA

1/ Llamada anónima

Author: AZAHARA
last update Petsa ng paglalathala: 2026-09-02 15:23:20

Estaba recostada en el sofá, revisando mis redes sociales, intentando distraerme un poco. Llevaba casi media hora esperando que finalmente Diego me llamara. 

Habíamos quedado en cenar juntos, aunque él había dicho que primero tenía que resolver unos asuntos y que después pasaría por mí, comenzaba a impacientarme. 

¿Dónde estaba metido? 

¿Por qué tardaba tanto? 

Me senté y dejé el teléfono encima de la mesa de centro sin apartar la mirada de la pantalla; seguía apagada. 

Me puse de pie y me dirigí a la cocina. En ese instante comenzó a sonar. 

Debe ser él. Regresé corriendo y lo tomé con rapidez. Al ver la pantalla, me sentí desconcertada. 

No era él. 

Desconocía aquel número, por lo que lo dejé sonar. No me gustaba contestar llamadas de números que no tenía registrados. Seguramente sería alguna empresa intentando venderme algo, como tantas veces ocurría.

El teléfono dejó de sonar por unos segundos. Nuevamente volvió a encenderse la pantalla. El mismo número. 

Fruncí el ceño y finalmente me decidí a contestar. Quizás se había quedado sin batería y me estaba llamando de algún otro móvil.

—¿Sí? —pregunté, ansiosa. 

Del otro lado hubo silencio. 

—¿Quién habla? —insistí. 

Entonces una voz masculina, extraña y algo forzada, respondió:

—Si quiere saber dónde está su novio, vaya al Hotel Madrid.

Me incorporé de inmediato.

—¿Qué?

—Está en la habitación 407. Está con su asistente.

Sentí que el corazón daba un salto dentro de mi pecho. 

—¿Quién eres? —pregunté con enojo—. ¿Cómo sabes dónde está Diego? 

La llamada terminó.

Me quedé mirando el teléfono. Me había cortado y dejado en medio de la incertidumbre. 

—No puede ser. Diego jamás me engañaría. 

Al menos eso era lo que yo creía.

Llevábamos meses juntos. Estábamos comprometidos para casarnos. Habíamos hablado de nuestra boda, de nuestra casa, incluso de cómo queríamos que fueran nuestras vidas después de casarnos y hasta cuántos hijos tendríamos. 

¿Y ahora un desconocido pretendía hacerme creer que estaba con otra mujer?

Seguramente debía ser una broma. Una bastante cruel.

Pero entonces pensé en la habitación 407. Si aquello era mentira, podía comprobarlo. Y si era verdad…

No quise terminar ese pensamiento. Tomé mi bolsa, las llaves del coche y salí de casa.

Durante todo el trayecto intenté convencerme de que encontraría el hotel vacío, que Diego estaría trabajando. Pero mientras más me acercaba, más fuerte sentía el nudo en el estómago.

Cuando llegué al Hotel Madrid, entré rápidamente. Me acerqué a la recepción.

—Buenas noches. Necesito la llave de la habitación 407.

El recepcionista me miró con cierta sorpresa.

—La habitación está ocupada.

—Sí, lo sé. —sonreí de forma pícara—. Me han enviado para un encuentro privado. Ya sabe…

El hombre sonrió, había entendido el mensaje.  

—Ah, de acuerdo. —dijo tomando una llave y me la entregó—. Cuarto piso. 

Cogí las llaves con manos temblorosas. 

—Gracias. 

Me dirigí al ascensor. Una vez dentro, sentí que mi corazón retumbaba con fuerza, las manos me sudaban. Cada número que aparecía en la pantalla parecía tardar una eternidad.

Finalmente el ascensor se detuvo en el cuarto piso. 

Caminé de prisa por el pasillo hasta encontrar la habitación 407. 

Me quedé parada frente a ella. Durante unos segundos no pude moverme. Respiré hondo, introduje la llave y abrí. 

Mi mundo se detuvo al ver que Diego estaba allí con su asistente. Ambos completamente desnudos, tendidos en la cama luego de follar. 

No necesitaba ninguna explicación. La escena que tenía frente a mí era suficiente para destruir todo lo que había creído sobre nuestro futuro.

Me quedé paralizada.

Diego levantó la mirada y palideció al verme.

—¡Clara!

Sentí que las lágrimas comenzaban a llenar mis ojos.

—Es verdad… —murmuré en un hilo de voz—. Me has estado engañando.

—Clara, espera. No es lo que piensas. —dijo con voz agitada,  mientras intentaba cubrirse y ponerse algo de ropa.— No es lo que piensas —repitió.

Negué con la cabeza.

—No quiero escucharte.

—Déjame explicarte. 

Retrocedí un par de pasos y salí de la habitación mientras él gritaba desde adentro que me detuviera. 

Apresuré el paso y corrí hasta el elevador. No quería verlo ni escucharlo. Apenas entré, las puertas se cerraron, me apoyé contra la pared fría de metal y rompí en llanto. 

Las lágrimas comenzaron a salir sin control, cubrí el rostro con mis manos.

¿Cómo había podido hacerme aquello?

¿Cómo podía haber estado planeando una boda conmigo mientras se acostaba con otra mujer? 

Me sentía como una estúpida, creía que me amaba, pero no era cierto. 

Cuando llegué al vestíbulo, caminé hasta la recepción.

El recepcionista me miró con una sonrisa traviesa.

—¿Tan rápido?

No le respondí. Simplemente dejé la llave sobre el mostrador y salí de aquel lugar. Mientras subía a mi coche, pude ver que se acercaba a la recepción apenas cubierto con una toalla. Por su expresión sabía que debía estar reclamándole al recepcionista por haberme permitido entrar. 

—¿Cómo la dejó entrar?

El recepcionista lo miró confundido.

—Me dijo que venía por un encuentro privado.

—Joder…

Se dio la vuelta y regresó rápidamente hacia el ascensor.

Puse el coche en marcha y conduje sin saber adónde iba.

Las lágrimas no dejaban de caer. No quería volver a casa. Sabía que iría a pedirme disculpas y yo, terminaría creyéndole. 

Saqué el teléfono con las manos temblorosas y marqué el número de mi única amiga. 

—Helen —pronuncié su nombre con voz temblorosa.  

—Clara, tía… ¿Qué te ocurre?

Intenté hablar, pero la voz se me quebró por completo.

—Diego…

—¿Qué pasó con él? —preguntó con preocupación. 

—Diego me ha traicionado.

—¿Qué?

—Lo encontré con su asistente. Me quiero morir, Helen. 

—Clara, cálmate.

—No puedo.

Respiré profundamente.

—Necesito verte.

—Está bien. Todavía estoy en el trabajo, pero ya estoy por salir. Nos vemos en el bar de siempre.

—Sí.

Colgué la llamada y seguí conduciendo hasta llegar al bar. Antes de bajar del coche, me miré al retrovisor, limpié las lágrimas y respiré varias veces intentando calmarme. 

Bajé del coche y entré al bar. Por suerte, no había mucha gente. Me senté en uno de los bancos de la barra y pedí un trago. 

—Un gintonic, por favor.

El camarero asintió.

Mientras esperaba a Helen, tomé mi trago. Después de unos minutos miré varias veces hacia la puerta. Estaba ansiosa, necesitaba de mi amiga. Necesitaba desahogarme con ella aunque siempre terminara diciéndome: “Te lo dije”. Sí, esa era su frase predilecta. 

Pedí un segundo trago. Ya habían transcurrido diez minutos y Helen seguía sin aparecer. Tomé un sorbo grande y dejé la copa sobre la barra.

De pronto sentí algo raro. Como si alguien me mirara. Giré lentamente la cabeza hacia el final de la barra. A pocos asientos de distancia, había un hombre sentado que me observaba.

No lograba ver con claridad su rostro, pero me miraba, con insistencia. Volví el rostro hacia mi copa, bebí un segundo sorbo y pude ver con el rabillo del ojo el momento en que dejó su copa sobre la barra, se puso de pie y comenzó a caminar directamente hacia mí…

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