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Capítulo 3

Author: Dolores Molina
Yolanda volvió a llamarlo varias veces para que se apurara, hasta que Martín perdió por completo la poca paciencia que aún tenía conmigo.

Se marchó sin mirar atrás y, antes de salir, dijo con cansancio:

—Tener que explicarte siempre lo mismo también me agota. Trata de comprenderme un poco.

Cada vez que discutíamos, adoptaba ese aire de agotamiento y repetía lo mismo. Entonces yo sentía lástima por él y empezaba a preguntarme si había sido demasiado caprichosa. Después terminaba convenciéndome de que quizá yo estaba exagerando y acababa cediendo, aferrada a una relación que ya no tenía ningún sentido.

Martín llevaba un traje costoso y Yolanda, un vestido de alta costura. Caminando uno al lado del otro, parecían una pareja perfecta.

***

Los vi alejarse y me dispuse a recoger mis cosas.

En nueve años, Martín y yo habíamos acumulado innumerables recuerdos. Durante mucho tiempo creí que él me amaba. La casa estaba decorada de acuerdo con mis gustos. Martín había decidido no cerrar la terraza con ventanales porque soñaba con que algún día nos sentaríamos allí a disfrutar del sol con nuestros hijos.

Ni siquiera habíamos tenido hijos y él ya había dejado de amarme.

En aquel entonces aún no había empleados domésticos en la casa. Como sabía que tenía el estómago delicado, Martín me preparaba todos los días comidas ligeras que me cayeran bien. Pero todo aquello se había desdibujado con el paso del tiempo.

También hubo una época en que temía que yo pasara frío camino al trabajo y tejió a escondidas una bufanda para mí. No le quedó muy bien, pero la había tejido con amor.

—Si los demás tienen una, tú también mereces la tuya.

Mientras me la acomodaba alrededor del cuello, me besó la mejilla y me acarició el cabello. Después apoyó la cabeza en mi hombro.

—Vuelve temprano, así no me preocupo.

No sé cuándo empezó a cansarse de nuestra relación.

La primera vez que le propuse matrimonio, dijo que aún éramos demasiado jóvenes y que, si nos casábamos tan pronto, acabaríamos hartos el uno del otro como tantas otras parejas.

La segunda vez preparé una sorpresa, pero por casualidad escuché una conversación entre él y sus amigos:

—Ya perdí el interés por Alicia. Es tan aburrida… Pero me trata muy bien y tampoco quiero terminar con ella. Ya me propuso matrimonio y ni siquiera le respondí. ¿De verdad no se da cuenta de que no la quiero?

La última vez…

Lo arriesgué todo y, delante de sus padres, dije que quería casarme con Martín.

Pero Yolanda también estaba allí. En cuanto lo escuchó, se enfureció de celos. Martín se puso de parte de Yolanda y actuó como si hubiera olvidado todo el amor que alguna vez había sentido por mí. Aquel hombre que antes no permitía que nadie me lastimara terminó empujándome con sus propias manos por las escaleras.

Después de que me rechazara una y otra vez, por fin entendí que, en realidad, Martín siempre había estado esperando a Yolanda.

Una lágrima resbaló por mi mejilla y cayó sobre la vieja bufanda. Me sequé el rostro y respiré hondo. Mandé cerrar la terraza con ventanales, tiré a la basura los diarios que le había escrito durante nueve años y quemé la bufanda hasta reducirla a cenizas.

***

Durante toda una semana, Martín no me envió ningún mensaje. Para entonces ya había retirado todas mis pertenencias de su casa. Al parecer, él creyó que solo estaba haciendo un berrinche y no se preocupó por mí, pero con el paso de los días pareció recordar que yo existía.

Faltaban tres días tanto para mi viaje como para nuestro décimo aniversario. Para mi sorpresa, Martín me llamó.

—Alicia, se acerca nuestro décimo aniversario. Reservé una mesa en un restaurante. Tenemos que hablar con calma. Nos vemos en tres días.

En cuanto terminó la llamada, recibí un mensaje suyo con la dirección. Era el mismo restaurante donde, años atrás, habíamos empezado a salir oficialmente.

***

Como cada aniversario, preparé un regalo para Martín.

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