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Capítulo 2

Author: Dolores Molina
Me observó fijamente, como si necesitara confirmar mi postura.

—Ustedes se conocen desde niños, mucho antes de que tú y yo empezáramos a salir. Además, el compromiso fue una decisión de ambas familias. No voy a meterme.

—Puedes estar tranquilo: mi renuncia va en serio. No estoy celosa ni actúo por despecho.

Martín quería decir algo más, pero Yolanda asomó la cabeza por la puerta de la oficina.

—Martín, ¿dónde metiste mi ropa interior? La de encaje…

Cuando nuestras miradas se cruzaron, fingió darse cuenta de que yo seguía allí y adoptó una expresión inocente.

—Perdón, no sabía que seguías aquí. Martín y yo llevamos mucho tiempo conviviendo, por un momento, olvidé que aún eras su novia.

No respondí y me marché de la empresa.

***

A la mañana siguiente, en cuanto supo que me habían dado de alta, mi madre me llamó.

—¿Cómo te sientes, mi niña? Ya tengo mis años y solo quiero que regreses cuanto antes para hacerme compañía. Todos estos años has vivido a la sombra de Martín, sin que te diera tu lugar ni reconociera su relación contigo, y además has tenido que soportar las burlas de su familia. Me alegra que hayas cambiado de opinión sobre la herencia. La fortuna de tu padrastro quizá no pueda compararse con la de los Rosales, pero basta para que vivas cómodamente el resto de tu vida sin volver a preocuparte por el dinero.

Antes, aquellas palabras me habrían hecho discutir con ella. Estaba convencida de que bastaba con vivir al lado del hombre que amaba y de que el dinero no tenía importancia. Esta vez no fui capaz de responder.

Durante los nueve años que pasé al lado de Martín, nunca tuve un verdadero lugar en la familia Rosales.

—¿Cuándo piensas venir? Quiero tenerlo todo preparado.

Miré el calendario de la pared. Una fecha marcada con un círculo rojo indicaba que faltaban diez días para que Martín y yo cumpliéramos diez años de relación.

—Dentro de diez días. Terminaré de resolver todo aquí y luego viajaré.

Al colgar, descubrí que Martín estaba detrás de mí. No sabía cuánto tiempo llevaba allí. Frunció ligeramente el ceño e intentó ver el nombre que aparecía en mi celular.

—¿Qué pasará dentro de diez días? ¿Con quién hablabas?

Dejé el celular boca abajo sobre la mesa e improvisé una excusa.

—Una amiga me consiguió un nuevo trabajo.

—Todavía hay un lugar para ti en la empresa. No tienes que irte con tanta prisa. Aunque Yolanda ocupe tu puesto antiguo, puedo darte otro.

Martín apretó los labios, incapaz de comprender por qué insistía tanto en renunciar.

—No hace falta.

Mi respuesta lo irritó, pero antes de que pudiera replicar, Yolanda lo llamó desde la planta baja.

—Martín, hoy cenamos en casa de tus padres. No hagas esperar a tus papás.

Cuando Martín y yo empezamos a salir, sus padres me despreciaban. Para ellos yo no era más que una muchacha pobre, llegada de un pueblo perdido, que jamás podría estar a la altura del heredero de una familia adinerada.

Sin embargo, cada vez que visitábamos la residencia familiar, Martín me llevaba con él. Me defendía sin vacilar y se enfrentaba a sus padres por mí. También me había hecho una promesa: mientras él estuviera allí, yo siempre tendría un lugar en la familia Rosales.

Esta vez desvió la mirada y habló con evidente incomodidad.

—Después de lo que ocurrió la última vez… Ya sabes que mis padres no están bien de salud. Si te ven, volverán a alterarse. Y no malinterpretes las cosas. Hablaré otra vez con ellos sobre el compromiso. Al fin y al cabo, vieron crecer a Yolanda y es natural que se sientan más cercanos a ella. Cuando se calme la situación, dejarán de estar enojados contigo.

Todo lo que decía servía para justificar a Yolanda. No era que hubiera olvidado su promesa; simplemente, a sus ojos, ahora había otra persona por la que estaba dispuesto a esforzarse más.

Sonreí como siempre, sin discutir ni armar una escena.

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