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Capítulo 4

Author: Dolores Molina
Esta sería la última vez.

***

Tres días después, sentada en el restaurante, vi pasar los minutos. Llevaba más de media hora esperándolo y Martín seguía sin aparecer.

Justo cuando estaba por llamarlo, el cielo sobre el restaurante se llenó de fuegos artificiales. Entre las luces se formaron unas palabras: "Feliz cumpleaños, Yolanda".

Todos quedaron fascinados con el espectáculo. Yo, por fin, encontré a Martín.

Vestido de traje y con un ramo de rosas en las manos, estaba arrodillado frente a Yolanda para hacer oficial su compromiso. En la pantalla de un edificio cercano comenzaron a desfilar fotografías del compromiso de ambos.

—Martín sí que sabe tirar la casa por la ventana. Alquilar esa pantalla cuesta una fortuna.

—Pero yo recordaba que su novia era otra mujer.

—¿Novia? Los ricos tienen sus aventuras. Esa otra no sería más que la amante. La verdadera prometida es la que está ahí: su amiga de la infancia, con quien pronto va a casarse.

Cada comentario que llegaba a mis oídos resultaba más humillante que el anterior. Así que no se trataba de nuestro décimo aniversario, sino del cumpleaños de Yolanda y de una fiesta de compromiso.

Solté un suspiro, arrojé el regalo a la basura y me dispuse a marcharme.

No sé en qué momento Yolanda, la protagonista de la noche, se plantó frente a mí. Ya no quedaba rastro de la dulzura inocente que mostraba al lado de Martín. Me sonrió con abierta provocación.

—Escuché que hoy también se cumplen diez años desde que tú y Martín empezaron a salir. Pero te diré algo: él ni siquiera recordaba su aniversario. Solo se acordó de ti porque la fecha coincide con mi cumpleaños.

Si fuera antes, quizá me habría abalanzado sobre ella.

—¿Ah, sí? Entonces les deseo mucha felicidad… y muchos hijos.

Sonreí, la rodeé para seguir mi camino. Yolanda, sin embargo, perdió el equilibrio y cayó sentada en el suelo. Las copas de champán de la mesa se volcaron sobre ella.

Antes de que pudiera reaccionar, Martín llegó y se encontró con aquella escena.

—¡Alicia Vega! ¿Cuándo vas a dejar de hacer escándalos?

Sin preguntarme nada, me agarró por el cuello de la blusa y me lanzó contra una mesa. Una de las copas cayó al suelo y se hizo añicos; al intentar sostenerme, apoyé la mano sobre los fragmentos y la sangre brotó al instante.

—¿Por qué tenías que hacerle daño?

Los pedazos de vidrio seguían hundidos en mi mano y el dolor se extendía por todo mi cuerpo. Antes de que lograra defenderme, Yolanda, que no tenía una sola herida, se llevó una mano al pecho y empezó a jadear.

Martín entró en pánico. Con las manos temblorosas llamó al conductor y los ojos se le llenaron de lágrimas.

—¿No sabes que Yolanda tiene asma? ¡Siempre ha sido muy frágil; no tiene tu resistencia!

Me gritó, descargando sobre mí toda su rabia.

—¡Si tantas ganas tienes de casarte, busca a otro! ¡Yo nunca voy a casarme contigo! Lárgate y no vuelvas a aparecer frente a mí.

Todos los presentes habían sido testigos de la humillación que acababa de sufrir. La vergüenza fue tanta que incluso dejé de sentir el dolor de la mano.

Vi cómo se alejaban y, aun así, sentí una punzada en el pecho. Respiré hondo y murmuré:

—Martín, terminamos. Hoy, justo cuando cumplimos diez años.

No sé si alcanzó a oírme. El automóvil arrancó y se alejó sin que él volviera la vista.

Reservé el primer vuelo disponible y fui directamente al aeropuerto.

Cuando estaba a punto de abordar, Martín no paraba de hacerme videollamadas. Bloqueé su número, pero empezó a enviarme mensajes desde otros números.

"¿Dónde estás? ¿Puedes dejar de comportarte así?"

Los mensajes no cesaron hasta que arrojé el celular a la basura.

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