LOGINMe marché sin esperar su respuesta y almorcé en un restaurante cercano.Saqué el celular y revisé las cámaras de seguridad de la casa. Sergio seguía sentado en la cocina, frente a una mesa llena de comida, esperándome.Se me humedecieron los ojos.Antes yo había sido quien esperaba de esa manera. Ahora que nuestros papeles se habían invertido, solo sentía lástima por la mujer que fui.Después de comer recorrí algunas tiendas. La noche cayó y no regresé hasta muy tarde.Sergio ya se había ido. La comida seguía en la mesa.Había preparado bastante y, sin duda, se había esforzado. No probé nada. Llamé a una empleada de limpieza para que dejara la casa impecable.Durante los días siguientes, Sergio no volvió a aparecer y mi vida recuperó la tranquilidad.Hasta que una tarde Diana llegó a mi puerta.Había adelgazado muchísimo y tenía el rostro demacrado. Avanzó hacia mí dando tumbos y gritó con todas sus fuerzas:—¡Aléjate y deja de seducir a Sergio! Él dijo que me pertenecía. ¿Cómo te atre
Permaneció callado durante mucho tiempo. Cuando creí que seguiríamos atrapados allí para siempre, desbloqueó las puertas.Salí del auto.—De todos modos, gracias por lo de hoy.Tomé la maleta y subí tranquilamente.Me duché, me sequé el cabello y miré hacia abajo desde el balcón.Él seguía allí. Tenía la ventanilla baja y sostenía un cigarrillo con la mano apoyada en el borde de la ventana.Pasó mucho tiempo sin marcharse.Me di la vuelta y cerré las cortinas.Al día siguiente dormí hasta el mediodía. Por la tarde salí a tirar la basura y encontré a Sergio de pie frente al edificio.Se veía desaliñado y llevaba unas bolsas con comida. Parecía llevar allí desde muy temprano.Al notar mi sorpresa, se apresuró a hablar.—Puedo cocinar para ti. También podemos hacer todas esas cosas que antes querías hacer conmigo.No me moví.—¿Ya no estás ocupado?Bajó la cabeza, incómodo.—El trabajo puede esperar. Tampoco estoy tan ocupado.Sonreí apenas.Antes yo le había suplicado entre lágrimas que
Después de dejar a Sergio, me instalé en una ciudad del sur y pasé algún tiempo internada en un hospital.Cuando me dieron el alta, empecé a viajar por las ciudades cercanas.Un día, al salir de una estación, el asa de mi maleta se rompió de repente. Mis heridas acababan de sanar y todavía no podía cargar peso.Mientras dudaba si pedir ayuda, de pronto, alguien levantó la maleta por mí y dejé de sentir el peso en la mano.Solté el aire y giré la cabeza.—Gracias.Cuando vi que era Sergio, a quien no había visto en meses, me quedé completamente paralizada.Sostenía mi maleta con una sola mano y su voz tembló ligeramente.—No hay de qué.Tardé apenas unos instantes en recuperar la calma y saqué el celular para pedir un auto.Él me agarró de la muñeca de repente. Cuando habló, su voz sonó vacilante.—¿No tienes nada que decirme?Negué con la cabeza y continué mirando el celular.Sergio avanzó con pasos torpes y, sin soltar mi maleta, tapó la pantalla con una mano.—¿Adónde vas? Mi auto es
Permaneció allí mucho tiempo, inmóvil, como si todo su cuerpo se hubiera petrificado.Por fin oyó unos pasos que se acercaban. Contuvo la respiración mientras el corazón le latía con violencia y se volvió de inmediato.—Regresaste. Te he estado buscando…Al reconocer a la persona que entraba, las palabras se le atascaron en la garganta. La decepción le ensombreció la mirada.—¿Tú? ¿Qué haces aquí?Diana sonrió, se acercó con rapidez y se aferró a su brazo.—Te extrañaba. ¿No dijiste que podía venir cuando quisiera?El cuerpo de Sergio se tensó. Se zafó con disimulo y evitó mirarla.—Deberías estar trabajando.Diana hizo un puchero y volvió a pegarse a él.—Tú dijiste que podía descansar cuando quisiera. No pienso trabajar día y noche.Mientras hablaba, lo miró de reojo y rozó deliberadamente su pierna contra la de Sergio.—¿Te gusta este vestido? ¿No crees que me queda perfecto?Sergio levantó la cabeza, abrió mucho los ojos y la sujetó con fuerza.—¿Quién te permitió ponértelo? ¿No sa
Sergio cruzó la habitación a grandes zancadas y recorrió el lugar con la mirada. Un miedo inexplicable se apoderó de él.Se volvió bruscamente, corrió hasta el puesto de enfermería y detuvo a una enfermera por el brazo.—¿Adónde se fue la paciente de esa habitación? —preguntó con la voz temblorosa.La enfermera frunció el ceño y retrocedió.—Señor, cálmese.Miró hacia la habitación antes de continuar:—La paciente solicitó el alta voluntaria y se marchó esta mañana.Sergio contuvo la respiración y soltó poco a poco el brazo de la enfermera. Sintió que la sangre se le congelaba.—¿Se marchó? Está herida. ¿Cómo pudo irse? ¿Dijo adónde iba?La enfermera también parecía desconcertada.—Todos intentamos convencerla de que se quedara, pero fue inútil. Insistió tanto en irse que ni siquiera el médico pudo hacerla cambiar de opinión.Sergio tragó saliva y respiró hondo. Regresó a la habitación con pasos pesados y tomó el convenio de divorcio con manos temblorosas. Su mirada se apagó.¿Cómo pod
Del otro lado hubo un breve silencio. Cuando volvió a hablar, su tono había cambiado.—¿Qué pasó?Tomé una foto y se la envié.—Mírala bien.Guardó silencio unos instantes y suspiró.—La enviaron al lugar equivocado.—¿Y si la hubieran enviado al lugar correcto? ¿Entonces estaría bien que te tomaras fotos de boda con ella?Sergio respondió con fastidio:—Ven a la empresa. Te lo explicaré.Colgué, tomé el bolso y salí. El corazón me dolía a cada latido.Sergio nunca me permitía ir a la empresa porque, según él, mi presencia allí no daba una buena imagen. Jamás imaginé que la única vez que me dejaría entrar sería por algo como aquello.Apenas salí del ascensor, un empleado me detuvo.—Por favor, espere en la recepción.Iba a responder cuando apareció Diana. Me tomó del brazo y me llevó adentro.—No pasa nada. Yo la conozco.Se movía por el lugar con absoluta confianza, como si fuera la dueña.Una vez dentro, me sirvió un vaso de agua.—Sergio está en una reunión. Espera aquí.No acepté e







