LOGINVICTORIA
Blackwood Holdings ocupaba las últimas siete plantas de una torre en Midtown.
Por supuesto.
Los hombres como Damian no alquilaban una oficina.
Necesitaban dominar el horizonte.
Llegué a las seis y cuatro. Una recepcionista de traje oscuro levantó la cabeza apenas dije mi nombre.
—El señor Blackwood la está esperando.
Naturalmente.
—¿Desde hace mucho?
Ella dudó.
—La reunión estaba programada para las seis.
—Entonces puede esperar cuatro minutos.
La mujer parpadeó.
Yo sonreí.
Infantil.
Absolutamente.
Pero después de descubrir que Damian había sabido quién era desde el primer instante, consideraba que cuatro minutos constituían una venganza extremadamente moderada.
La recepcionista me condujo por un corredor silencioso hasta unas puertas dobles.
—Puede pasar.
Entré.
Y me detuve.
Su oficina era enorme, pero no ostentosa. Madera oscura, cristal, acero y una pared completa de ventanales sobre Manhattan. No había fotografías familiares ni objetos personales. Todo parecía cuidadosamente diseñado para no revelar nada sobre el hombre que trabajaba allí.
Damian estaba detrás del escritorio.
Se había quitado la chaqueta.
Las mangas de su camisa blanca estaban dobladas hasta los antebrazos y sostenía unos documentos mientras hablaba por teléfono.
Levantó los ojos cuando entré.
No interrumpió la conversación.
Yo tampoco me senté.
—Mañana —dijo—. No me importa lo que quiera el consejo. Si Harrison no firma antes de las diez, retiramos la oferta.
Pausa.
—Entonces que descubra cuánto vale su compañía sin nosotros.
Colgó.
—Llegas tarde.
—Cuatro minutos.
—Siguen siendo tarde.
—Considéralo compensación por mentirme.
Damian dejó el teléfono.
—No recuerdo haberte mentido.
—Omitiste deliberadamente que conocías mi identidad.
—No preguntaste.
—Esa respuesta empieza a resultarme irritante.
—Entonces deja de hacer preguntas cuya respuesta ya conoces.
Apreté la mandíbula.
—¿Siempre eres insoportable?
—Generalmente soy peor.
—Qué encantador.
Señaló el sillón frente a su escritorio.
—Siéntate.
—Prefiero estar de pie.
—Como quieras.
No insistió. Eso también me molestó.
Dejé mi bolso sobre uno de los sillones.
—Dijiste que había otra solución.
—La hay.
—Estoy escuchando.
Damian me observó durante un momento.
—¿Quieres beber algo?
—No.
—¿Café?
—No.
—¿Whisky?
—Definitivamente no.
Una sombra de sonrisa apareció en su boca.
—Una pena. Anoche eras más divertida.
—Anoche creía que eras una persona decente.
La sonrisa desapareció.
—Nunca te dije que lo fuera.
—¿La propuesta?
Damian abrió un cajón, Sacó una carpeta negra y la colocó sobre el escritorio.
—Léela.
No me moví.
—Puedes explicármela.
—Prefiero que la leas.
Me acerqué, tomé la carpeta.
Era más pesada de lo esperado.
Suspiré y la abrí.
Primera página.
ACUERDO PRIVADO DE MATRIMONIO Y COOPERACIÓN PATRIMONIAL.
Parpadeé.
Volví a leer, después levanté la vista.
Damian permanecía inmóvil.
—¿Qué demonios es esto?
—Una propuesta.
Me reí.
—No.
—Todavía no has leído nada.
—Dice matrimonio.
—Veo que no perdiste tus habilidades de comprensión lectora.
Cerré la carpeta.
—¿Estás loco?
—Es posible.
—¡Completamente loco!
—También es posible.
—No voy a casarme contigo.
—Entonces supongo que la reunión terminó.
Tomó el teléfono y aquello me desconcertó.
—¿Eso es todo?
—Acabas de rechazar la propuesta.
—¡Porque es absurda, Damian!
—Eso no significa que tenga que convencerte.
—Me citaste aquí.
—Y viniste.
Nos miramos, odiaba que tuviera razón.
Abrí nuevamente la carpeta.
—Doce meses —leí.
—Exactamente.
—¿Por qué?
—Continúa.
Bajé la mirada.
El contrato establecía separación patrimonial absoluta, confidencialidad, duración mínima de doce meses y divorcio acordado al finalizar el periodo. Ninguna de las partes podría reclamar bienes de la otra. No había exigencias sobre relaciones íntimas, hijos ni convivencia matrimonial, aunque sí establecía una residencia común durante determinados periodos y asistencia conjunta a compromisos sociales y empresariales.
Seguí leyendo, y entonces encontré la cifra.
Levanté la cabeza.
—Ciento cincuenta millones.
—Sí.
—¿Invertirías ciento cincuenta millones en Hale Enterprises?
—Dentro de las veinticuatro horas posteriores a la firma del matrimonio.
—¿A cambio del cincuenta y un por ciento?
—No.
Busqué la cláusula.
¿Veinticinco por ciento?
Lo miré.
—Esto no tiene sentido.
—Tiene bastante.
—Esta mañana querías el control.
—Esta mañana negociaba con Richard Hale.
—¿Y ahora?
Damian apoyó ambas manos sobre el escritorio.
—Ahora negocio contigo.
Sentí un pequeño escalofrío.
—¿Por qué vale mi matrimonio veintiséis por ciento de la empresa?
—No es tu matrimonio lo que vale eso.
—Entonces ¿qué?
—Lo que representa.
—Habla claro.
—Siempre lo hago.
—No. Hablas como un villano de película al que le gusta escuchar su propia voz.
Por primera vez soltó una risa breve, grave, inesperada y odié que me gustara.
—Está bien —dijo—. ¿Quieres claridad? La tendrás. Si te casas conmigo, la alianza entre Hale y Montgomery desaparece definitivamente. Robert Montgomery pierde cualquier posibilidad de controlar la empresa mediante su hijo. Yo entro como socio, estabilizo la deuda y obtengo acceso a proyectos que me interesan.
—Puedes hacerlo sin casarte conmigo.
—Sí.
—Entonces volvemos al principio. ¿Por qué?
Damian guardó silencio y me acerqué al escritorio.
—¿Es por mi padre?
Algo se cerró en su expresión.
—En parte.
—¿Quieres humillarlo?
—No.
—¿Hacerle daño?
—No necesito casarme contigo para hacerle daño.
La frialdad con que lo dijo me hizo retroceder mentalmente, aunque no físicamente.
—¿Lo odias?
—El contrato no requiere que conozcas mis sentimientos por tu padre.
—Pero requiere que me convierta en tu esposa —le recordé.
—Legalmente.
—Eso no responde nada.
—Es la única respuesta que tendrás esta noche.
Cerré la carpeta con fuerza.
—Entonces no.
Me giré.
—Victoria —me llamó.
Me detuve. Era la primera vez que pronunciaba mi nombre desde que había llegado.
No señorita Hale, sino Victoria.
Me volví y Damian rodeó lentamente el escritorio.
—Antes de irte, deberías conocer la otra opción.
—¿Montgomery?
—Sí.
—Ya la conozco.
—No completamente.
Se apoyó contra el borde del escritorio.
—Robert Montgomery habló con tu padre hace cuarenta minutos.
Mi corazón dio un vuelco.
—¿Cómo sabes eso?
—No importa.
—A mí sí.
—Le ofreció los ciento veinte millones.
—¿Sin condiciones?
Damian me miró, porque ya sabía la respuesta.
—La cena de compromiso debe realizarse esta noche como estaba previsto y el anuncio de la boda debe mantenerse —respondió.
Sentí náuseas.
—Mi padre no aceptaría.
—Pidió hasta las siete para responder.
Miré mi reloj.
Seis y veintidós.
—Estás mintiendo.
—Llama a Richard.
Saqué el teléfono, y Damian no intentó detenerme.
Marqué.
Mi padre tardó en responder.
—Victoria.
—¿Montgomery te llamó? —Se hizo un silencio y cerré los ojos—. Papá.
—¿Dónde estás?
—Respóndeme.
—No tienes que preocuparte por esto.
—¿Te ofreció el dinero si sigo con Ethan?
—Victoria...
—¿Sí o no?
—Sí…
La palabra me atravesó.
—¿Y qué le dijiste?
—Que no.
Abrí los ojos. Damian seguía observándome.
—¿Entonces por qué pidió una respuesta a las siete?
Mi padre se quedó callado.
—¿Dónde estás? —preguntó finalmente.
No respondí.
—Victoria, ¿estás con Blackwood?
—Tengo que colgar.
—No firmes nada.
Miré a Damian.
—¿Cómo sabes que hay algo que pueda firmar?
Otro silencio y aquello fue suficiente.
—Papá, ¿qué está pasando?
—Vuelve a casa.
—¿Qué pasó entre tú y Damian?
—No puedo hablar de esto por teléfono.
—Entonces hablaremos después —Colgué. Tenía las manos frías y sudadas—. Él lo sabe —dije.
—¿Qué?
—Que me ofrecerías algo. —Damian no respondió—. ¿Hablaron de mí?
—No.
—No te creo —dije.
—Richard sabe cómo trabajo. Eso es todo.
—¿Qué ocurrió entre ustedes? —insistí.
—Ya te dije...
—No estoy preparada para saberlo. Sí, recuerdo tu frase dramática.
Damian cruzó los brazos.
—Entonces deja de preguntar.
—Y tú deja de decirme qué hacer.
—Sería un matrimonio interesante —cambió de tema.
—No habrá matrimonio.
—Entonces vuelve con Ethan.
La rabia explotó.
—¡No voy a volver con Ethan!
—Perfecto.
—No digas perfecto como si esto fuera un maldito juego.
—Nunca juego con dinero.
—¿Y con personas?
Su expresión se endureció.
—Tampoco.
—¿Entonces qué soy yo?
La pregunta quedó entre nosotros y Damian tardó demasiado en contestar.
—Una oportunidad.
Dolió. No debería porque apenas conocía a aquel hombre.
Sin embargo, después de la noche anterior, escuchar que me describiera de aquella manera consiguió atravesar alguna defensa que no sabía que tenía levantada.
—Al menos eres sincero.
—Te dije que no estuvieras tan segura de eso.
Recordé la conversación del bar.
Nada de mentiras.
Esa sería difícil de cumplir.
Debería haberme marchado. En cambio, volví a abrir la carpeta.
—¿Qué ganas exactamente?
Damian regresó detrás del escritorio.
—Durante doce meses, públicamente serás mi esposa. Asistirás conmigo a determinados eventos, viviremos bajo el mismo techo cuando sea necesario y ninguna de las partes podrá mantener una relación pública con terceros.
—¿Pública?
—No me interesa controlar tu vida privada.
—¡Qué generoso!
—Pero no toleraré escándalos.
—¿Y tú?
—Las mismas reglas.
—¿Tienes novia?
—No.
—¿Amantes?
Su mirada se volvió ligeramente divertida.
—Eso no es asunto tuyo.
—Si pretendes casarte conmigo, podría convertirse en asunto mío.
—No habrá nadie durante el matrimonio.
No sé por qué aquella respuesta me produjo una sensación extraña y continué leyendo.
—Aquí dice residencia principal Blackwood.
—Mi casa.
—No voy a vivir contigo.
—Entonces no habrá acuerdo.
—Podemos aparecer juntos cuando sea necesario.
—No.
—¿Por qué?
—Porque un matrimonio por contrato solo funciona si nadie sabe que lo es. Dormir en edificios diferentes convertiría nuestra vida en material de prensa en menos de una semana.
—¿Dormiríamos en habitaciones separadas?
Damian sostuvo mi mirada.
—Si eso quieres.
—Lo quiero.
—Entonces sí.
—¿Y sexo?
Una ceja se levantó y me obligué a mantener la expresión seria.
—Es una pregunta contractual.
—No está incluido —dijo él.
—Bien… —mascullé entre dientes.
—¿Decepcionada? —dijo en tono burlón.
—En tus sueños.
—No suelo tener problemas para conseguir lo que quiero en ellos.
Sentí calor en el rostro.
—Eres insufrible.
—Eso ya lo establecimos.
Volví al contrato.
—Doce meses y después divorcio.
—Sí.
—Hale conserva el setenta y cinco por ciento.
—Sí.
—Tú asumes los vencimientos inmediatos y garantizas financiación durante dos años.
—Correcto.
—¿Y mi padre seguirá como presidente?
—Sí.
—¿Sin interferencias?
—No.
Lo miré.
—Al menos eso fue rápido.
—Voy a invertir ciento cincuenta millones, Victoria. No soy una organización benéfica.
—¿Qué clase de interferencias?
—Consejo de administración, auditorías, aprobación de grandes inversiones y derecho de veto sobre endeudamiento adicional.
Era razonable y odié que lo fuera.
—¿Por qué yo?
Damian exhaló lentamente.
—Ya respondí.
—No. Dijiste que soy una oportunidad.
—Lo eres.
—Podrías conseguir lo mismo comprando acciones.
—No exactamente.
—Entonces explícame qué falta.
Se quedó inmóvil. Después dijo:
—Tu apellido.
El corazón me dio un golpe extraño.
—¿Quieres convertirte en un Hale?
La expresión de Damian cambió de una manera que no comprendí.
—No.
—Entonces...
—Quiero que un Hale se convierta en Blackwood.
VictoriaEntró acompañado por Adrian, impecable dentro de un traje azul oscuro que resaltaba todavía más la dureza de sus facciones. Al verlo avanzar por la sala tuve una conciencia absurda de cada detalle: la corbata gris, el reloj oscuro en su muñeca, la forma en que sus ojos encontraron los míos apenas atravesó la puerta y permanecieron allí durante un segundo más de lo necesario.No sonrió.Pero algo en su expresión se relajó.Tal vez había esperado encontrar una silla vacía.La idea me produjo una satisfacción que no debería haber sentido.—Victoria.Había pronunciado mi nombre muchas veces desde que nos conocimos, pero aquella mañana sonó distinto. Menos provocador. Casi prudente.—Damian.Se acercó a Julia y le estrechó la mano.—Señora Brennan.—Señor Blackwood.La cordialidad entre ambos tenía aproximadamente la misma temperatura que un congelador industrial.Adrian, en cambio, me dedicó una sonrisa.—Buenos días.—¿Julia consiguió hacerte llorar?El abogado miró a su colega.
VictoriaA las ocho de la mañana del día siguiente había tomado una decisión y, curiosamente, eso no me hizo sentir mejor.Había esperado que en algún momento de la noche ocurriera esa clase de revelación que las personas describen cuando cuentan las grandes decisiones de su vida; un instante de claridad, una certeza repentina que colocara cada cosa en su sitio y me permitiera mirar el contrato de Damian Blackwood sabiendo, sin margen para dudas, qué debía hacer. En cambio, había pasado la madrugada caminando entre mi dormitorio y la cocina, leyendo las mismas páginas hasta que las palabras comenzaron a perder significado, tomando café que no necesitaba y construyendo mentalmente futuros diferentes, todos igualmente aterradores.En uno, rechazaba a Damian y el viernes Hale Enterprises comenzaba a desmoronarse.En otro, aceptaba el dinero de los Montgomery y pasaba los siguientes meses exhibiéndome públicamente del brazo de Ethan mientras recordaba cada vez que me tocara que aquellas m
Victoria—Y quiero acceso a toda la documentación sobre Blackwood Development.Sus ojos se estrecharon.—No.—Si mi padre hizo lo que dices, quiero saberlo.—No forma parte del contrato.—Ahora sí.—No vas a revisar archivos privados de mi familia.—Entonces no me pidas que viva dentro de tu venganza sin conocerla.—Hay cosas que no te corresponden.—Mi apellido está en el centro de ellas.Nos miramos durante varios segundos. Finalmente Damian habló.—Tendrás acceso a los documentos relacionados directamente con Hale Enterprises y el proyecto.—Todos.—Los relevantes.—Todos.—Victoria…—Damian.Su boca casi sonrió.—Todos los documentos empresariales.—Acepto.Anoté.—Última condición.—Pensé que la anterior era la última.—Mentí.—Empiezas a adaptarte.Lo ignoré.—Si durante esos doce meses descubro que utilizaste información falsa para llevarme al matrimonio o que ocultaste deliberadamente algo que afecta directamente al acuerdo, puedo terminarlo.La expresión de Damian se volvió s
VictoriaMe obligué a seguir mirando el documento.—Bien.—Aunque habrá situaciones públicas en las que tendremos que aparentar cercanía.Levanté la vista.—¿Qué significa exactamente?—Tomarte de la mano. Rodearte la cintura. Besarte en la mejilla.—Eso también requiere permiso.—¿Quieres que te envíe una solicitud escrita antes de cada fotografía?—No seas idiota.—Estoy intentando comprender el procedimiento.—Puedes preguntar.—¿En mitad de una gala?—Sí.—Victoria…—Damian.Nos miramos. Él suspiró.—Acepto que cualquier contacto íntimo será consentido. Para contacto social razonable en público, acordaremos límites antes de cada evento.Pensé un momento.—Eso sirve —dije al final.—Me alegra haber sobrevivido a esa negociación.—No te acostumbres.Pasé otra página.—Noveno: Fidelidad.Damian se quedó quieto.—¿Perdón? —increpó.—Si tengo que representar públicamente el papel de tu esposa, no voy a soportar fotografías tuyas saliendo de hoteles con otras mujeres.—Ya te dije que no
DamianA las once y cuarenta y ocho de la noche, Adrian seguía sentado frente a mi escritorio.—No va a aceptar.Serví dos dedos de whisky.—Aceptará.—Le pediste a una mujer que descubrió ayer que su prometido se acostaba con su hermana que se case contigo hoy. Incluso para tus estándares es excesivo.—Tiene hasta mañana.—Ah. Entonces perfectamente razonable.Ignoré el sarcasmo y Adrian se levantó.—Richard le contará.—No todo —aseguré.—¿Cómo lo sabes?—Porque para contarle todo tendría que admitir lo que hizo.—Lo que crees que hizo.Lo miré y Adrian sostuvo mi mirada.—Llevamos doce años teniendo esta discusión.—Y llevas doce años equivocado —volvió a decir—. Solo digo que nunca encontramos la prueba definitiva.—Encontramos suficiente.—Para ti.—Es lo único que importa.Adrian suspiró.—¿Y Victoria? —No respondí—. ¿También es solamente parte de la venganza?Tomé el vaso, pero antes de poder contestar, mi teléfono vibró.Miré la pantalla y era un mensaje de un número desconoci
VICTORIAEl silencio posterior fue tan intenso que pude escuchar el sonido distante del tráfico cuarenta pisos más abajo.Aquello era venganza, ya no tenía ninguna duda.—Realmente lo odias. —Damian no contestó—. ¿Tanto como para casarte con una mujer que apenas conoces?—Te conozco más de lo que crees.Sentí frío.—¿Qué significa eso?—Significa que antes de invertir en una compañía investigo a las personas que la controlan.—Me investigaste.—Sí.—¿Cuánto?—Lo suficiente.Me sentí expuesta.—Eso es repugnante.—Es negocios.—¿Sabías de Ethan y Natalie?Damian frunció el ceño.—No.—¿Seguro?—Si lo hubiera sabido, no habría necesitado encontrarte llorando en un bar para descubrirlo.—No estaba llorando.—Todavía.Lo fulminé con la mirada, Él sostuvo la mía Y Durante unos segundos ninguno habló.Había demasiadas cosas equivocadas en aquella habitación, demasiadas razones para salir, demasiadas preguntas y ciento cincuenta millones sobre el escritorio.—Necesito tiempo.—Tienes hasta m







