MasukDAMIAN
—Te abofeteó.
Adrian estaba sentado frente a mí en el automóvil y parecía disfrutar demasiado de la situación.
Miré por la ventanilla.
—Lo noté.
—Me habría gustado verlo.
—Cállate.
—¿Le dijiste?
—No.
—¿Nada?
—Lo suficiente.
Adrian dejó de sonreír.
—Damian, esto no estaba en el plan.
—Lo sé.
—El plan era adquirir la deuda, presionar a Hale, tomar control de la compañía y obligarlo a vender.
—Sé cuál era el plan. Lo diseñé yo.
—Entonces explícame por qué acabas de citar a su hija en tu oficina.
No respondí porque todavía no tenía una respuesta que estuviera dispuesto a compartir.
La noche anterior había visto a Victoria Hale entrar en aquel bar y la había reconocido inmediatamente. Tenía fotografías suyas en informes, dossiers, artículos financieros. Sabía dónde había estudiado, dónde trabajaba, cuánto poseía en acciones de Hale Enterprises y con quién pensaba casarse.
Lo que no sabía era cómo sonaba su risa, ni que odiaba las aceitunas, ni que leía los finales de los libros primero.
Aquellas cosas no deberían importar.
No importaban.
—No la metas en esto —dijo Adrian.
Lo miré.
—Ya está dentro.
—Porque es hija de Richard, no porque debamos utilizarla.
—Montgomery necesita el matrimonio para asegurar la integración.
Adrian frunció el ceño.
—¿Y?
—Si no hay matrimonio, Richard pierde su única salida.
—Ya no habrá matrimonio. Encontró al imbécil con la hermana.
—Robert Montgomery todavía puede convencer a su hijo de arreglarlo.
—¿Y Victoria?
Recordé su expresión cuando había dejado el anillo sobre la cómoda según lo que me contó. No, Ethan Montgomery no conseguiría convencerla fácilmente.
—Victoria no volverá con él.
—Pareces muy seguro después de conocerla durante una noche.
—Lo estoy.
Adrian me estudió.
—No me gusta adónde va esto.
Yo tampoco estaba seguro de que me gustara.
Saqué el teléfono y abrí el documento que había pedido preparar antes de entrar a Hale Enterprises.
Doce meses.
Separación automática al finalizar, confidencialidad absoluta, patrimonios independientes y ninguna reclamación posterior.
Adrian vio la pantalla y su expresión cambió.
—No.
—Todavía no dije nada.
—No hace falta. Conozco esa plantilla.
Bloqueé el teléfono.
—Necesito que prepares una versión definitiva.
—Damian…
—Ciento cincuenta millones de inversión. Yo retiro la exigencia del cincuenta y un por ciento mientras dure el acuerdo.
Adrian me miró como si hubiera perdido la razón.
—¿A cambio de qué?
Volví la vista hacia las ventanas de Hale Enterprises.
En algún lugar, treinta pisos arriba, Victoria probablemente seguía sosteniendo mi tarjeta y preguntándose qué demonios quería de ella.
La respuesta debería haber sido sencilla.
Venganza.
Control.
Richard Hale de rodillas.
Eso era lo único que había querido durante doce años, hasta anoche.
—A cambio —dije lentamente— de que Victoria Hale se convierta en mi esposa.
VICTORIA
A las cinco y cuarenta y siete de la tarde seguía diciéndome que no iría.
A las cinco y cincuenta estaba dentro de un taxi.
No me sentía particularmente orgullosa de mi coherencia.
Había pasado casi todo el día encerrada en mi oficina revisando estados financieros que conocía de memoria y buscando una solución que, según avanzaban las horas, parecía cada vez menos posible. Mi padre no había exagerado. Si acaso, había suavizado la situación. Hale Enterprises no estaba simplemente atravesando un problema de liquidez. Estábamos al borde de una caída que podía arrastrar en cuestión de semanas lo que Richard Hale había tardado más de treinta años en construir.
Los ciento veinte millones no eran el único problema. Eran el primero.
Después venían los vencimientos del siguiente trimestre, las garantías comprometidas, dos proyectos que necesitaban capital adicional para no detenerse y una cláusula particularmente desagradable que permitía a uno de nuestros principales acreedores exigir el pago anticipado si la calificación crediticia volvía a bajar.
Había revisado todas las posibilidades.
Venta de activos.
Préstamos puente.
Inversores privados.
Fondos de capital.
Incluso había llamado discretamente a dos contactos de la universidad que trabajaban en banca de inversión y ambos me habían dicho, con diferentes palabras, exactamente lo mismo.
Cuatro días no eran suficientes.
Y entonces estaba Montgomery Capital.
La solución sencilla.
La humillante.
La que exigía que yo fingiera que encontrar a Ethan con mi hermana había sido un pequeño inconveniente prematrimonial.
A las tres de la tarde Ethan había enviado un mensaje.
Podemos superar esto. No tomes decisiones mientras estás enfadada.
Lo había bloqueado.
A las tres y doce me había escrito desde otro número.
Tu padre necesita que pensemos con calma.
Bloqueé ese también.
A las cuatro apareció Natalie en recepción.
No la dejé subir.
A las cinco y cuarto mi padre entró en mi oficina y me encontró mirando por décima vez la tarjeta de Damian Blackwood.
No preguntó de dónde la había sacado.
—No aceptaré su propuesta —dijo.
—Lo sé.
—Cincuenta y uno por ciento significa entregarle la compañía.
—También lo sé.
—Encontraré otra manera.
Levanté la vista.
Mi padre siempre había sido un hombre grande. No solamente físicamente. Richard Hale entraba en una habitación y de algún modo ocupaba más espacio que los demás. Hablaba con seguridad, tomaba decisiones rápidamente y jamás permitía que alguien lo viera dudar.
Ese día tenía las ojeras marcadas y la corbata floja.
—¿Cuál?
No respondió.
—Papá, ¿cuál es la otra manera?
—Estoy trabajando en ello.
—Tenemos hasta el viernes.
—Lo sé.
—Hoy es martes.
—Sé qué día es, Victoria.
Suspiré y cerré el informe.
—¿Por qué Blackwood?
Mi padre se quedó quieto.
—¿Qué?
—¿Por qué vino precisamente Damian Blackwood? Hay decenas de fondos capaces de financiar una operación de este tamaño. ¿Por qué él?
Richard desvió la mirada.
Fue suficiente.
—Lo conocías.
—Conozco su reputación.
—No fue eso lo que pregunté.
—Victoria...
—¿Qué pasó entre ustedes?
—Nada.
La respuesta llegó demasiado rápido.
Me puse de pie.
—Está intentando quitarte la empresa.
—Es un inversor. Eso es lo que hacen.
—No. No es solamente dinero.
Mi padre me miró.
—¿Por qué dices eso?
Recordé los ojos de Damian en el pasillo.
No hagas preguntas cuyas respuestas todavía no estás preparada para escuchar.
—Porque lo vi.
—¿Viste qué?
—La forma en que te mira.
Richard se puso rígido.
Aquello confirmó más de lo que cualquier explicación habría conseguido.
—Mantente alejada de Blackwood.
—Papá...
—Lo digo en serio.
—¿Qué te hizo?
Una risa breve y sin humor escapó de sus labios.
—La pregunta correcta sería qué cree él que le hice yo.
—Entonces sí hay algo.
Richard recogió la carpeta que había llevado.
—No es asunto tuyo.
—Cuando ese hombre aparece ofreciendo ciento cincuenta millones por nuestra empresa, se convierte en asunto mío.
—No quiero que vuelvas a hablar con él.
Casi miré la tarjeta.
Conseguí evitarlo.
—Está bien.
Mi padre me conocía demasiado.
—Victoria.
—¿Qué?
—Prométemelo.
—Tengo treinta años, papá. No voy a hacerte una promesa como si tuviera quince.
—Precisamente porque tienes treinta deberías reconocer cuando alguien es peligroso.
—¿Damian lo es?
Su silencio volvió a responder.
Después salió de mi oficina.
Esperé exactamente dos minutos antes de tomar mi bolso.
No porque quisiera desafiar a mi padre.
Eso me repetí durante todo el trayecto.
Iba porque necesitaba saber qué ofrecía Blackwood. Si existía una alternativa a Montgomery Capital que no implicara entregarle el control de nuestra compañía, tenía la obligación profesional de escucharla.
Eso era todo.
No tenía absolutamente nada que ver con la curiosidad.
Ni con la noche anterior.
Ni con la bofetada.
Y definitivamente nada que ver con la manera en que Damian Blackwood me había mirado antes de que se cerraran las puertas del ascensor.
Mentirse a una misma era sorprendentemente sencillo cuando se practicaba con suficiente entusiasmo.
VICTORIAEl silencio posterior fue tan intenso que pude escuchar el sonido distante del tráfico cuarenta pisos más abajo.Aquello era venganza, ya no tenía ninguna duda.—Realmente lo odias. —Damian no contestó—. ¿Tanto como para casarte con una mujer que apenas conoces?—Te conozco más de lo que crees.Sentí frío.—¿Qué significa eso?—Significa que antes de invertir en una compañía investigo a las personas que la controlan.—Me investigaste.—Sí.—¿Cuánto?—Lo suficiente.Me sentí expuesta.—Eso es repugnante.—Es negocios.—¿Sabías de Ethan y Natalie?Damian frunció el ceño.—No.—¿Seguro?—Si lo hubiera sabido, no habría necesitado encontrarte llorando en un bar para descubrirlo.—No estaba llorando.—Todavía.Lo fulminé con la mirada, Él sostuvo la mía Y Durante unos segundos ninguno habló.Había demasiadas cosas equivocadas en aquella habitación, demasiadas razones para salir, demasiadas preguntas y ciento cincuenta millones sobre el escritorio.—Necesito tiempo.—Tienes hasta m
VICTORIABlackwood Holdings ocupaba las últimas siete plantas de una torre en Midtown.Por supuesto.Los hombres como Damian no alquilaban una oficina.Necesitaban dominar el horizonte.Llegué a las seis y cuatro. Una recepcionista de traje oscuro levantó la cabeza apenas dije mi nombre.—El señor Blackwood la está esperando.Naturalmente.—¿Desde hace mucho?Ella dudó.—La reunión estaba programada para las seis.—Entonces puede esperar cuatro minutos.La mujer parpadeó.Yo sonreí.Infantil.Absolutamente.Pero después de descubrir que Damian había sabido quién era desde el primer instante, consideraba que cuatro minutos constituían una venganza extremadamente moderada.La recepcionista me condujo por un corredor silencioso hasta unas puertas dobles.—Puede pasar.Entré.Y me detuve.Su oficina era enorme, pero no ostentosa. Madera oscura, cristal, acero y una pared completa de ventanales sobre Manhattan. No había fotografías familiares ni objetos personales. Todo parecía cuidadosame
DAMIAN—Te abofeteó.Adrian estaba sentado frente a mí en el automóvil y parecía disfrutar demasiado de la situación.Miré por la ventanilla.—Lo noté.—Me habría gustado verlo.—Cállate.—¿Le dijiste?—No.—¿Nada?—Lo suficiente.Adrian dejó de sonreír.—Damian, esto no estaba en el plan.—Lo sé.—El plan era adquirir la deuda, presionar a Hale, tomar control de la compañía y obligarlo a vender.—Sé cuál era el plan. Lo diseñé yo.—Entonces explícame por qué acabas de citar a su hija en tu oficina.No respondí porque todavía no tenía una respuesta que estuviera dispuesto a compartir.La noche anterior había visto a Victoria Hale entrar en aquel bar y la había reconocido inmediatamente. Tenía fotografías suyas en informes, dossiers, artículos financieros. Sabía dónde había estudiado, dónde trabajaba, cuánto poseía en acciones de Hale Enterprises y con quién pensaba casarse.Lo que no sabía era cómo sonaba su risa, ni que odiaba las aceitunas, ni que leía los finales de los libros prim
VictoriaHale Enterprises ocupaba nueve plantas de un edificio de cristal en Park Avenue y durante toda mi infancia había considerado aquel lugar una especie de reino particular de mi padre. Richard Hale había construido la compañía desde una oficina alquilada con tres empleados hasta convertirla en un conglomerado dedicado al desarrollo inmobiliario, hotelería y propiedades comerciales. Yo conocía aquella historia de memoria porque mi padre la contaba cada vez que alguien sugería que había heredado su fortuna.Richard Hale no había heredado nada.Había trabajado por todo.Quizás por eso me preocupó encontrarlo veinte años más viejo cuando entré en su despacho esa mañana.Estaba de pie frente al ventanal. Mi madre se encontraba sentada en uno de los sillones y sostenía un pañuelo entre los dedos.Eso era malo.Mi madre solo utilizaba pañuelos de tela en funerales y reuniones familiares catastróficas.—¿Qué pasó? —pregunté.Mi padre se giró y su expresión cambió cuando me vio.—Victori
A la una de la madrugada intenté reservar una habitación.El hotel sobre el bar estaba lleno y también los tres siguientes.Había una convención en la ciudad.—Fantástico —murmuré mirando el teléfono—. El universo realmente me odia.—Puedes usar mi habitación.Levanté la cabeza.—Eso ha sonado exactamente como una proposición.—Yo dormiré en el sofá.—Eso sigue sonando como una proposición.—Entonces puedo pedirte un automóvil.Pensé en mi apartamento.Ethan tenía llave.Pensé en la casa de mis padres.Natalie probablemente estaría allí en algún momento.Negué con la cabeza.—No quiero ir a casa.Damian guardó silencio.—¿Hay sofá de verdad?—Hay dos.—¿Y puerta en el dormitorio?—También.—¿Cierra?—Victoria.—Es una pregunta razonable.Sacó una tarjeta del bolsillo y la dejó frente a mí.Hotel Blackwood. Suite 4101.—Puedes preguntarle al gerente quién soy. Puedes dejar mi nombre y habitación con quien quieras. Y puedes irte cuando quieras.Miré la tarjeta.—¿Blackwood?—El hotel es
VictoriaHay momentos en los que una mujer sabe, con absoluta certeza, que está a punto de cometer un error.Yo lo supe cuando decidí subir al piso veintisiete.También lo supe cuando rechacé la sugerencia del recepcionista de anunciar mi llegada, y volví a saberlo cuando introduje la tarjeta magnética en la cerradura de la suite y la pequeña luz cambió de rojo a verde.Tres advertencias, e ignoré las tres porque estaba enamorada o porque era una idiota y a esas alturas todavía no sabía cuál de las dos opciones resultaba más humillante.La puerta se abrió con un clic discreto y entré sosteniendo una botella de champán en una mano y una pequeña caja de terciopelo azul en la otra.Sonreía.Eso es lo peor que recuerdo.Que sonreía.Había pasado cuarenta minutos cruzando Manhattan para darle una sorpresa al hombre con quien llevaba siete años. Al día siguiente anunciaríamos oficialmente nuestro compromiso durante una cena organizada por nuestros padres. Habría fotógrafos, empresarios, ami







