INICIAR SESIÓNSamyra salvó la vida de Omar Al-Sabah, el hombre más poderoso y temido de Dubái. Pero el incendio donde Samyra lo salvó la dejó marcada para siempre. Su cuerpo quedó cubierto de cicatrices de quemaduras y una lesión en su pierna la hizo caminar con dificultad. Desde entonces, soporta las miradas de lástima. En agradecimiento, él le ofreció matrimonio y una promesa que juró jamás romper: nunca tomar otra esposa y pertenecer solo a ella. Pero un año después, Samyra sigue atrapada en un matrimonio frío donde su propio esposo jamás la ha tocado. Humillada por los rumores y aferrándose al amor que siente por Omar, soporta el rechazo en silencio… hasta que la mujer que él amó desde la infancia regresa a su vida. Desesperada y envuelta en una tragedia personal, esa mujer necesita protección. Y Omar, incapaz de abandonarla, decide convertirla en su segunda esposa, rompiendo la única promesa que le hizo a Samyra. Traicionada y con el corazón destrozado, Samyra pide el divorcio. Pero Omar se niega a dejarla ir. Ahora, mientras lucha por recuperar su libertad, Samyra intentará cumplir el sueño que abandonó por amor: convertirse en una médica milagrosa como su abuelo. Sin embargo, alejarse de Omar Al-Sabah será mucho más difícil de lo que imaginó… porque el hombre que destruyó su corazón quizá nunca estuvo dispuesto a perderla.
Ver másSamyra era la esposa perfecta de Omar Al-Sabah, lo esperaba como cada noche desde hace un año que se casaron, sentada sobre la cama, esperando que algún día, aceptara venir a dormir en su lecho.
Afuera, todos decían que su esposo la adoraba, la familia solía decir que eran una pareja nacida en el cielo, almas gemelas, pero la realidad, cuando la luz del sol daba paso a la Luna, era que, Omar nunca la tocaría.
Samyra intentó todo, pero nunca consiguió nada.
Nunca la tocaba. Nunca se quedaba en su lecho.
Y con el tiempo, ese detalle empezó a romper algo dentro de Samyra.
Al principio intentó entenderlo. Pensó que era trabajo, estrés, costumbres, cualquier cosa que tuviera sentido. Pero con los días, las excusas dejaron de servir. Ella empezó a sentirse invisible dentro de su propio matrimonio.
Antes de todo eso, Samyra no era así.
Había sido Samyra Hassan, hija del doctor milagroso Adil Hassan, un hombre respetado y brillante.
Creció con la idea de que sería como él, una médica importante, alguien que salvaría vidas lejos de todo lo que la había limitado en su país. De joven le prometió a su padre que se iría a Estados Unidos, que estudiaría medicina y que no volvería a depender de nadie.
Pero la vida no siguió ese plan.
Cuando su padre murió de forma repentina en un accidente de auto, Samyra regresó a Dubái sin pensarlo demasiado. Solo iba a quedarse un tiempo, solo para cerrar ese capítulo. Pero el destino tenía otros planes para ella.
Todo cambió el día del incendio.
Un coche estaba en llamas, la gente gritaba, nadie se acercaba. Había alguien atrapado dentro.
Sin pensarlo, Samyra corrió hacia el fuego.
No pensó en el peligro, solo en salvarlo. Logró sacarlo, pero el fuego también la alcanzó. Su brazo izquierdo quedó marcado por las quemaduras, y su pierna sufrió un daño que la dejó cojeando para siempre.
Cuando despertó en el hospital, lo vio a él.
Omar Al-Sabah.
Un hombre poderoso, frío en apariencia, pero que la miraba de una forma intensa, como si ella hubiera cambiado algo en su vida. Le dijo sin rodeos que se casaría con ella, que la cuidaría, que no la dejaría sola nunca.
Samyra se negó.
Quería volver a Estados Unidos. Quería su vida de antes. Pero Omar no la dejó ir.
No la obligó con violencia, sino con presencia. Siempre estaba ahí. Siempre aparecía. Siempre encontraba la manera de acercarse, de ayudarla, de cuidarla. Poco a poco, sin que ella lo notara del todo, fue rompiendo su resistencia.
Hasta que ella aceptó.
Pero antes de casarse, Samyra puso una condición.
—Si me caso contigo, tengo condiciones —le dijo.
Omar la miró sin dudar.
—Eres mi salvadora, Samyra. Lo que quieras.
Ella respiró hondo.
—No puedes casarte con otra. No quiero otras esposas. No quiero concubinas. Si me quieres a mí, solo me tendrás a mí. Y si algún día me traicionas… me iré y no me encontrarás nunca.
Él no dudó.
—Yo, Omar, solo amaré a Samyra. Serás mi única esposa.
Ella quiso creerle.
Y al principio, lo hizo.
Pero ahora, un año después, todo era distinto.
Esa noche, Samyra estaba sentada como siempre cuando escuchó un ruido raro afuera. No era el sonido habitual de la casa. Era más pesado, como pasos inestables.
Se levantó despacio y se acercó a la puerta.
Cuando la abrió, lo vio.
Omar estaba ahí. Borracho. Nunca lo había visto así.
Sus ojos estaban distintos, perdidos, como si no estuviera completamente consciente de lo que hacía. Antes de que ella pudiera reaccionar, él la tomó de la cintura y la empujó suavemente hacia la cama.
Cayeron juntos. Y la besó.
Fue un beso fuerte, inesperado, lleno de una emoción que ella no había visto en él antes.
Por un momento, Samyra sintió su corazón acelerarse, confundida, porque era la primera vez que él se acercaba así.
Sus labios bajaron lentamente hacia su cuello, y ella sintió un calor extraño recorrerle la piel, algo que la hizo cerrar los ojos sin querer. Por primera vez, él parecía… diferente.
Pero entonces ocurrió.
Cuando sus dedos rozaron su piel marcada por el fuego, Omar se detuvo de golpe.
Se quedó inmóvil.
Como si hubiera visto algo que lo sacó de ese momento.
Sus ojos cambiaron. Se volvieron más oscuros, más fríos.
Y en ese instante, Samyra sintió un vacío extraño.
No entendía qué pasaba, pero algo se había roto.
Ella lo miró, confundida, y en lugar de apartarlo, lo volvió a besar.
No quería perder ese momento. No quería volver a la distancia de siempre. Por primera vez en mucho tiempo, sentía que él estaba ahí, realmente ahí con ella.
Necesitaba que eso fuera real. Necesitaba creerlo.
Pero entonces él susurró algo. Un nombre.
—Nayla… mi amor…
Samyra se quedó completamente quieta.
El mundo dejó de moverse. El aire se sintió pesado.
Y por primera vez en todo su matrimonio, entendió algo que no quería aceptar.
Ese hombre… no estaba pensando en ella.
Entraron a un yate privado para navegar mar adentro, alejándose de todo y de todos.El vaivén pausado de las olas y el horizonte infinito hicieron imposible que no recordaran aquella mágica luna de miel que parecía pertenecer a otra vida. El sol de la tarde teñía el agua de destellos dorados mientras él le entregaba una taza de té frío. Se miraban en silencio, sumergidos en la intensidad de sus propias miradas. Para él, estar ahí, teniéndola de nuevo tan cerca, se sentía como un sueño abrumador; una fantasía que había deseado en la penumbra de sus noches más solitarias y que por fin se volvía realidad.—¿En qué piensas? —preguntó él al notar la melancolía serena que iluminaba los ojos de ella.Inaya lo miró y dibujó una sonrisa suave, cargada de una devoción añeja que el tiempo no había logrado extinguir.—Soñaba con que fueras tú —confesó ella, dejando que el viento marino jugara con sus mechones de cabello—. Rezaba por eso a Alá cada noche... pero sentía que era solo una ilusión impo
Inaya levantó lentamente la mirada.Durante unos segundos no pudo apartar los ojos de Malik.Había tantas emociones atravesando su pecho que ni siquiera sabía cuál de ellas debía escuchar primero.Sorpresa.Incredulidad.Miedo.Pero, por encima de todo, aquel sentimiento que había intentado enterrar durante tanto tiempo.Amor.Sus labios temblaron mientras observaba al hombre que había conseguido convertirse en su herida más profunda y, al mismo tiempo, en la única persona capaz de hacer que su corazón volviera a latir con fuerza.—Eras tú...Las palabras apenas escaparon de sus labios.Malik sonrió.No fue una sonrisa arrogante ni triunfante.Fue una sonrisa llena de alivio.Asintió lentamente y se acercó a ella.—Siempre fui yo, Inaya.Ella sintió que el mundo parecía detenerse.—¿Sayyid eras tú?—Sí.Malik dio otro paso.—Siempre fui yo.Inaya retrocedió apenas, como si necesitara espacio para comprender aquella verdad.Durante tanto tiempo había pensado que Sayyid era otra persona.
Inaya se marchó a casa en cuanto terminó la fiesta.Había esperado hasta el último momento para no levantar sospechas, pero cuando los últimos invitados comenzaron a despedirse, comprendió que ya no podía permanecer allí.Estaba agotada. No solo físicamente.Sentía la mente completamente saturada.Durante toda la noche había intentado comportarse con naturalidad, sonreír cuando alguien le hablaba y fingir que los murmullos a su alrededor no le importaban. Pero la verdad era que había pasado buena parte de la celebración intentando no mirar hacia un solo lugar.Malik.Su presencia había alterado toda su tranquilidad.Cada vez que lo veía entre los invitados, su corazón daba un golpe extraño contra su pecho.Y aquello la enfurecía.No quería admitirlo.No quería aceptar que, después de todo lo que había ocurrido entre ellos, todavía podía afectarla con una simple mirada.Mucho menos quería reconocer que aquella conversación que habían tenido había permanecido en su cabeza durante horas.
La fiesta de aniversario era sencillamente hermosa.Había sido organizada en un enorme jardín privado, iluminado con cientos de pequeñas luces que colgaban de los árboles como estrellas atrapadas entre las ramas.Las mesas estaban decoradas con flores blancas y doradas, y en el centro del jardín se había instalado una elegante pista de baile rodeada de velas.La música sonaba suavemente mientras los invitados conversaban, reían y disfrutaban de la celebración.Aquella noche no se celebraba solamente un aniversario.Se celebraba una historia de amor.Nassira lucía hermosa. A su lado, Phillip no podía dejar de sonreír.Cuando llegó el momento del brindis, ambos se colocaron frente a todos los invitados.Phillip tomó una copa, pero antes de levantarla, buscó la mano de Nassira y entrelazó sus dedos con los de ella.—Habibti —dijo con una sonrisa llena de ternura—, soy tan feliz contigo.Nassira lo miró con los ojos brillantes.—Gracias por esta bella vida —continuó él—. Tú me hiciste feli












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