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Capítulo 8

last update publish date: 2026-09-04 06:36:34

Sin pensarlo dos veces, Elena dejó el plato intacto en una mesa auxiliar. Tomó una copa de champagne fría de la bandeja de un camarero que pasaba. Caminó rápido hacia las puertas de cristal que daban a los jardines traseros de la finca. Necesitaba aire. Necesitaba escapar de la mezcla sofocante de perfumes caros, hipocresía y miradas de lástima.

La noche afuera era fresca y oscura. El olor a césped cortado y jazmín mojado con el rocío de la noche dio un respiro momentáneo a sus pulmones ardient
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    Era una manta de lana gruesa, áspera y un poco húmeda.A abrió los ojos de repente.La luz que llegaba a sus pupilas no era la que pasaba por las cortinas de la suite principal. Era un brillo azul, fuerte y molesto, que entraba por una ventana de piso a techo que cubría toda la pared frente a la cama.Elena se sentó de un brinco. Un mareo intenso la hizo tambalearse. Tuvo que apoyarse de nuevo en el colchón. Llevó una mano a su cabeza y sintió una punzada detrás de las orejas.Miró a su alrededor. El pánico empezó a recorrer sus venas como un veneno frío.No estaba en la mansión Campbell. No estaba en su cuarto.Se encontraba en un dormitorio desconocido, simple y moderno, con paredes de concreto pulido y muebles de madera oscura con líneas rectas. No había cuadros, ni adornos, ni señales de servidumbre ni de vida diaria. Pero lo más aterrador no era la decoración. Era lo que se veía a través de la cristalera. Un acantilado de rocas oscuras sostenía la propiedad y, más allá, un mar a

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    El silencio que siguió a la estampida de sus pasos por el pasillo no trajo paz. Trajo una claridad fría y cortante.Al llegar a la suite, Elena cerró la puerta con llave. Puso el cerrojo de bronce y apoyó la frente contra la madera tallada. Su respiración agitada resonaba con fuerza en la penumbra. Las lágrimas, calientes y amargas, le quemaban las mejillas. El temblor que le recorría las manos ya no era solo de miedo. Ahora sentía la vibración eléctrica de una determinación definitiva.Las palabras de William aún le resonaban en los oídos, como el eco de una condena a cadena perpetua. “No voy a dejar que tengas un hijo otra vez con alguien más. No te vas a ir a ningún lado”.Aquel hombre no solo defendía una cláusula del testamento, sino que también protegía el honor de la corporación Campbell. Lo dominaba una obsesión enfermiza, un veneno de celos pasados y un control total que acabaría por asfixiarla a ella y a su hija. La mansión ya no era solo una casa fría llena de miradas de

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    Elena dio un paso más. Quedó frente a él, tan cerca que podía sentir el calor abrumador que emanaba de su cuerpo. Levantó el rostro y lo miró a los ojos, que ardían en fuego y dolor.—Si tanto me desprecias, William... si tanto te avergüenzo, si para ti no soy más que una advenediza sin apellido ni alcurnia... ¿por qué quieres un hijo mío? —preguntó Elena; su voz se quebró en un gemido de pura desesperación.—. ¿Por qué no rompes este bendito contrato? ¡Búscate a Valeria! ¡Búscate a una mujer de tu clase, a alguien con un apellido ilustre que tu madre apruebe, a alguien que no te cause el asco que sientes por mí! ¿Por qué te empeñas en engendrar un hijo en el vientre de la mujer que juraste odiar?La pregunta quedó en el aire como una bomba de tiempo.William se quedó helado. La acusación de Elena golpeó de lleno la armadura de autocontrol que había construido durante años. Por un segundo, sus ojos oscuros mostraron una grieta de profunda vulnerabilidad. Una tormenta de contradiccion

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    El sonido de la puerta de la suite médica al cerrarse después de que el doctor Arismendi salió llenó el lugar de un silencio denso. Era tan pesado que parecía aplastar las paredes del cuarto.Elena seguía sentada en la camilla de exploración. Tenía las manos apoyadas en el borde metálico y apretaba la superficie fría con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos. Sus ojos, fijos en la nada, mostraban una turbulencia aterradora. En su mente chocaban dos realidades que no podía unir. Por un lado, la voz del médico de aquel hospital miserable decía desde el pasado: “Usted no podrá volver a concebir jamás, Elena. Por otro lado, la sentencia directa del doctor Arismendi, apenas unos minutos atrás: “Su aparato reproductor se encuentra en condiciones anatómicamente normales”.¿Había sido una mentira del pasado para tapar una negligencia médica? ¿O el médico de los Campbell formaba parte de un juego retorcido para mantenerla atada al contrato? La duda le quemaba por dentro.

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    Le faltaba el aire. El sudor frío le cubría la frente y el cuello. Una náusea causada por la angustia le apretaba el estómago. Seguía sentada en el sillón de mimbre. Movía la pierna con un nerviosismo que no podía controlar. Sentía una irritación profunda y un fastidio que no podía evitar ante cualquier ruido. El tintineo de las cucharillas, el murmullo del viento en los árboles e incluso las preguntas inocentes de Camila la molestaban.—Elena, tranquila… estás hiperventilando —le dijo Camila con preocupación genuina, tomando la mano helada de Elena entre las suyas—. Mi abuela solo quiere fastidiarte. El doctor Arismendi es un anciano estirado, pero no puede obligarte a nada que no quieras.—No entiendes, Camila… no entiendes nada —respondió Elena en un hilo de voz, zafando su mano con brusquedad por la misma desesperación—. Esto es el fin. Si ese hombre me examina... todo se va a terminar hoy.—¿De qué hablas? ¿Qué es lo que te asusta tanto? —preguntó la muchacha sin comprender la m

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    El mediodía alcanzó la mansión Campbell. Un sol pálido apenas atravesaba los gruesos ventanales del comedor principal. La mesa de caoba pulida, con espacio para veinte, se extendía vacía. En el centro, la porcelana fina y los cubiertos de plata reflejaban una luz fría.El silencio durante el almuerzo era pesado. Solo lo rompían el sonido metálico de los tenedores y el suave murmullo de los sirvientes al retirar los platos de la mesa.En la cabecera de la mesa, William estaba sentado. Llevaba un traje gris oscuro y no apartaba la vista de su plato. Tenía la mente ocupada con los asuntos de la empresa. A su derecha, Beatriz Campbell se sentaba recta y con porte elegante. Disfrutaba cada bocado con lentitud y cuidado. Elena estaba del lado opuesto. Trataba con todas sus fuerzas de conseguir que la pequeña Sofía se comiera los trozos de verdura que tenía en el plato. La niña jugaba con la cuchara. Camila, que estaba sentada junto a Elena, intentaba hacer el ambiente más ligero. Le hacía

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