MasukBeto estaba asustado.Estaba convencido de que Adrián le estaba siguiendo el juego, actuando.¿Él ya sabía lo que hizo durante estos tres o cuatro años?No, no podía quedarse de brazos cruzados esperando lo peor… Tenía que averiguar qué cartas tenía Adrián en la mano. Pero ¿cómo tantear el terreno?Solo se le ocurrió una persona: Paulina.Cuando ella lo vio llegar por iniciativa propia, al principio se molestó bastante. Pero después de que Beto le entregó diez mil dólares en efectivo, el enojo se le esfumó.—Después de todo es mi hijo, y tú eres su madre. No voy a desentenderme —dijo Beto, jugando la carta sentimental.Paulina se ablandó y se sintió reconfortada, e incluso pensó que a la larga probablemente estaría con Beto. A fin de cuentas, el bebé que llevaba en el vientre era de él; si se quedaba con Adrián, tarde o temprano esa bomba iba a estallar, y cuando lo hiciera, no tendría dónde caer muerta. Así que empezó a mirarlo con algo más de cariño.Luego, Beto comenzó con su actuac
Adrián no tenía reparo en decir lo que quería comer, para que el señor se mantuviera ocupado cocinando. Eso era mejor que pasar los días suspirando juntos, frente a frente, en la casa.Después de cenar, se quedó a ayudar al padre de Leonardo a arreglar la huerta. El patio, que antes estaba lleno de hierba, ahora empezaba a cobrar vida con las verduras que el señor Montiel había sembrado.Solo que, agachado entre los surcos, le vino a la mente aquella vez que fue con Olivia a la casa de campo de Mercedes. Se sentaron juntos frente a la puerta a contemplar las enredaderas llenas de frutos y las rosas en plena floración.El dolor lo golpeó sin aviso, pero ya no había nada que pudiera hacer.Esperó a que oscureciera por completo para despedirse de los Montiel y volver al hotel.***A la mañana siguiente se presentó en la empresa. Beto llegó antes que él y lo esperaba con los responsables de varias empresas subcontratistas.—Vamos a la sala de juntas —dijo Adrián.—Ya llegó el señor Vargas.
Adrián se quedó sin respuesta. La situación era bastante incómoda.El doctor volvió al consultorio y Adrián regresó al área de espera a sentarse.Cuando Olivia salió de la sala de rehabilitación, ya habían pasado dos horas.Adrián la vio salir y se paró frente a ella. —Olivia…Apenas llevaban unos días sin verse, y el nombre de ella se le escapó como si hubiera pasado una eternidad.Ella no quería volver a verlo. ¿No habían quedado en que la próxima vez que se encontraran serían como desconocidos?Él notó la impaciencia en sus ojos y sonrió con tristeza.—¿Ya ni siquiera quieres verme? ¿En serio me odias tanto?Olivia negó con la cabeza.—No, no te odio.A Adrián se le encendió una chispa de esperanza en la mirada, pero la siguiente frase lo hundió de nuevo.—Te borré de mi vida —dijo ella—. Si no aparecieras, ni siquiera me acordaría de ti.En ese momento Adrián entendió por fin lo que significaba “hay algo peor que el odio: el olvido”. Habría preferido que lo odiara; al menos así lo
—Claro que sí, ¿cómo no me voy a acordar? ¿Cómo está? ¿Se porta bien?Paulina por fin se sintió tranquila. Menos mal, Adrián no sospechaba nada.***En el otro extremo, Adrián estaba sentado frente al ventanal del hotel. Dejó el celular a un lado y se quedó mirando la calle, con la mirada ausente, sin el menor rastro de estar enfermo.El celular volvió a sonar. Esta vez era Beto.Le echó un vistazo a la pantalla y contestó.—¿Hola, Adri? ¿Dónde estás? No te he visto en estos días. —Beto sonaba apresurado.—Ah, no me he sentido muy bien. ¿Pasa algo? —Se reclinó con pereza, apoyándose en el respaldo de su silla.—Nada importante, ¿seguro estás bien? —Beto, igual que Paulina, primero indagó sobre él con todo tipo de preguntas.Adrián se comportó con normalidad, e incluso le dijo:—Estos días estuve tan mal que ni pude ocuparme de lo de la boda con Pau. Hazme el favor de buscar qué empresas de eventos tienen propuestas más originales. Pau quiere una boda diferente, y con esta enfermedad no
Nico la dejó ahí, solo le dijo que encontrara un trabajo o que buscara a Adrián.“Buscar a Adrián”.Paulina rio con amargura.Estaba convencida de que Adrián ya sabía algo. De lo contrario, ¿cómo se explicaba que desapareciera así? Estaban a punto de casarse, ya se había probado el vestido de novia, y él de pronto se esfumó sin una llamada, sin un mensaje. ¿No era extraño?Pero ya no tenía adónde ir. Él era su última esperanza.Así que, acurrucada en la cama del hotel, se armó de valor y lo llamó. Adrián contestó.—Adri... —En cuanto escuchó su voz, comenzó a llorar.Esta vez la frustración era genuina, sin actuación. Al recordar los días en los que Adrián la consentía y la cuidaba con tanta dedicación, y verse ahora como una sombra de lo que fue, no pudo evitar sentir arrepentimiento.¡Pero la culpa era de Adrián! Si él no se hubiera negado siempre a tener relaciones con ella, si no la hubiera dejado con esa inseguridad constante, ella no habría caído tan fácilmente en las manipulacio
—No, no, no, no, no digas eso de Celeste. Yo le dije que manejara el dinero. A mí me gusta gastar a lo loco, y desde que éramos novios ella es la que administra todo. —Nico no sentía ni un poco de vergüenza—. ¿Por qué me daría vergüenza? Celeste dice que ser hogareño es una virtud. Es cierto que a veces me gustaría quedarme más rato con Adrián y los demás; cuando Celeste me pide que vuelva, es porque quiere que le haga compañía. Me la paso ocupado con el trabajo, de por sí estoy poco tiempo con ella y, encima, después del horario laboral estoy afuera. Es normal que me apure. De vez en cuando me quejo, sí, pero Celeste no es mala persona. Hizo una pequeña pausa.—Aunque esté afuera pasándola bien, estoy intranquilo, pensando en ella… Y en cuanto a pagar cuentas con clientes y otros gastos normales, Celeste no me dice nada, aunque le llegue la notificación. Tiene derecho a saber en qué me gasto el dinero. Me controla porque me quiere; si una mujer le permite a un hombre hacer lo que se







