LOGINPero no se atrevió a decir esas palabras en voz alta.—Entonces quédese. Si tiene algún pedido, no dude en decirlo. Estos cinco años ha cuidado muy bien a la señora, y se merece un aumento —dijo Adrián con firmeza.—La señora... —Rosa quiso decir algo y se contuvo.—La señora solo salió por un mes. En un mes regresa. —Adrián lo había verificado: la compañía de gira solo haría una temporada de un mes en Europa.Rosa no se atrevió a contradecirlo. No podía decirle que ella no regresaría en solo un mes.—Entonces, señor... ¿le llevo la comida al cuarto, o usted prefiere...? —Rosa decidió guardarse todo por ahora. Se quedaría un mes más; cuando la señora hubiera terminado de resolver su divorcio del todo, ella se iría. Por el momento no podía hablar a la ligera y arruinarle los planes.Adrián no tenía costumbre de comer en la cama. Aunque no tenía apetito, tampoco era de los que se dejaban llevar por el capricho.—A la mesa —dijo.—Sí, señor. —Rosa se dio la vuelta y salió.En el comedor,
Por fin, escuchó una voz ronca desde el interior.—Estoy mal.¿Estaba enfermo?—Señor, ¿puedo pasar? —preguntó Rosa con cautela.—Sí.Al entrar al cuarto, Rosa descubrió algo fuera de lo normal: el señor seguía en cama.—¿Se siente mal, señor?—Agua...La garganta de Adrián estaba seca y ardiendo, como si le echaran fuego por dentro. En el letargo del sueño lo había olvidado todo; ahora que estaba despierto, lo único que quería era agua.—Sí, sí, espere un momento... —Rosa salió, le pidió a su hija que llenara un vaso, lo tomó de sus manos, le recordó una vez más que se quedara sentada y no tocara nada, y regresó cojeando a la habitación con el vaso bien sujeto.Adrián hizo un esfuerzo por incorporarse para beber, pero incluso eso era una tortura: cada trago era como si le pasaran un filo por la garganta.Rosa lo observó hacer una mueca de dolor y notó que tenía la cara muy roja. Por experiencia, sospechó que tenía fiebre. Fue a buscar el termómetro de frente y le tomó la temperatura.
Carmen lo entendió, sonrió y se retiró.Olivia se dio la vuelta y contestó la llamada.—Adrián, ¿qué te pasa? —preguntó.—Olivia… Olivia… —respondió él con voz ronca y rasposa.—¡Ya dime qué quieres!—No me siento bien… me siento muy mal… —Su voz no solo era ronca; las palabras le salían pegadas y confusas, como si no estuviera del todo consciente.—Adrián, si no tienes nada más que decirme, voy a colgar. Lo que te pase no es asunto mío.—Olivia, Olivia, espera… en serio no estoy bien, estoy enfermo.La situación le pareció casi absurda.—¿Estás enfermo? ¿Y para qué me llamas a mí? Adrián, ¿a quién crees que le estás hablando?—Quiero agua… me duele la cabeza… no puedo levantarme…Era como hablarle a una pared. No había procesado ni una sola palabra de lo que ella le había dicho. Pero Olivia sí entendió: estaba tan enfermo y aturdido que se acordó de ella, de la señora Vargas, para que lo atendiera.—Adrián, lo que quieres es que alguien te cuide, ¿no?—Olivia, en serio me siento muy m
El taxista no aceptó el dinero.Adrián, que en principio tenía pensado ir a la oficina, estaba recostado sin ganas de levantarse. Al rato, sacó su celular, y vio las publicaciones del Gordo y se encontró con lo más cotidiano de la vida de una persona común: lo que había cocinado su esposa ese día, qué travesura habían cometido los dos niños, cómo el perro de la casa volvía a destrozar todo, o cómo él mismo, en algún día libre, presumía sus dotes de cocinero...Una vida sencilla y genuina, registrada con palabras simples, llena del calor de lo cotidiano, y, sin saber bien por qué, a Adrián se le aguaron los ojos.En cada foto, todos sonreían. No cualquier sonrisa, sino esa en la que los ojos se iluminan solos.No pudo evitar dejar un comentario bajo la foto donde el Gordo cocinaba:“Vaya que sabe, se ve delicioso”.Siguió revisando otras cosas, y al rato apareció una notificación. Al abrirla, vio que el Gordo le había respondido:“Cuando quiera, está invitado a mi casa”.Adrián se rio e
Adrián escuchó en silencio, paralizado.—Mira, el corazón de una mujer es el más blando y generoso que hay. Si en serio te esfuerzas por tratarla bien, ella lo va a sentir. Pídele disculpas en serio, reconoce tus errores aunque no sean tuyos, y deja de recurrir al alcohol cuando haya problemas. ¿No se va a molestar todavía más si te la pasas tomando? ¿O sí? Cuando llegues a tu casa, llámala. Pregúntale dónde está, si trae suficiente dinero, y ofrécete a ir por ella cuando regrese. Vivan tranquilos, en paz. ¿No es así? —dijo el chofer—. Y no me vayas a guardar rencor por hablar tanto. Es que te veo y sé que eres generoso con ella. Pero con dinero o sin él, lo que en serio importa es quererla. Yo me gano la vida manejando, no hay punto de comparación, pero mi señora vive feliz porque la traigo en las nubes. Tú mándale un mensaje ahora que ya está amaneciendo. Mándale los buenos días, dile que te la pasaste pensando en ella toda la noche, háblale con cariño...Adrián rio y no se movió.—¿
—Don Toño… yo… —Adrián nunca había quedado tan en ridículo—. Yo… tengo cosas pendientes en la empresa, así que ya me voy…Decir algo más solo empeoraría las cosas y lo dejaría en peor posición.Pero cuando ya había recorrido la mitad del camino, se detuvo y se volvió, incapaz de seguir sin preguntar.—Don Toño…El policía sonrió.—Señor Vargas, ¿en qué más lo puedo ayudar?—¿Usted sabe…? —Adrián tardó en encontrar las palabras. Era su propia abuela, y tenía que preguntarle a un extraño adónde había ido. Pero si no preguntaba, nadie le daría la respuesta—. Eh… ¿sabe adónde fue la señora Mercedes?Antonio negó, impotente.—No sé, en serio. Ya tiene varios días así. Nadie sabe adónde se fue, ¿y usted tampoco…?Antonio estaba a punto de decir “¿y usted tampoco sabe?”, pero era obvio que el señor Vargas no tenía idea. Si supiera, ¿para qué le estaría preguntando? Era mejor callarse a tiempo.Adrián sonrió con dificultad.—Gracias.La pregunta que el policía se tragó… Adrián no necesitaba es
En la primera página del cuaderno estaba escrito: “100 cosas sobre Pau”.La primera de la lista era: “El cumpleaños de Pau es el 16 de mayo”.A Olivia se le aflojaron las manos y el cuaderno cayó al suelo.La clave de la cerradura digital de su casa estaba relacionada con el cumpleaños de Paulina.L
—Quieres una casa nueva, ¿no?Eugenia se quedó pasmada un momento y luego también asintió, sin entender bien a dónde quería llegar su hija.Olivia sonrió despreciativa.—Tengo una mejor idea.—¿Cuál? —preguntaron Mateo y Eugenia al mismo tiempo, con los ojos iluminados por la ambición.Olivia tomó s
Resultó que toda esa preparación no había servido de nada.Sonrió para ocultar la tristeza.—Lo preparé pensando en ti. Dime, ¿te parece que soy una buena esposa o me falta mucho todavía?—Tú... —Adrián sacó la caja, la arrojó con fuerza y la tiró a la basura—. No hace falta, no necesito estas cosas
Aquel amor que Olivia sintió por Adrián durante tantos años y ese matrimonio que defendió a pesar de las humillaciones, ¿se habían echado a perder?—¿No pensaste que te llamaría? —Adrián miró a Julián, que estaba sentado a un lado, y apretó la mandíbula—. Soy tu esposo, ¿quién más va a buscarte si n







