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Mi Esposa Me Mató por Su Amor
Mi Esposa Me Mató por Su Amor
Author: Anónimo

Capítulo 1

Author: Anónimo
Mientras Verónica Santos esperaba fuera del quirófano donde operaban a Bruno, yo estaba tendido sobre una mesa de operaciones, sumido en la desesperación y esperando la muerte.

Me tenían lleno de tubos y conectado a varios aparatos. El pitido constante de los monitores marcaba los últimos segundos de mi vida, recordándome que ya era hora de irme.

Cuando el monitor cardíaco marcó una línea plana, desde el quirófano de Bruno llegó la noticia de que la cirugía había sido un éxito.

El indicador luminoso del quirófano se apagó.

Y mis ojos se cerraron para siempre.

Tal vez el rencor con el que morí fue demasiado fuerte, porque mi alma terminó quedándose al lado de Verónica.

La vi abrazar a Bruno, que acababa de salvarse de la muerte, con los ojos rojos de emoción. En ese instante, sentí que algo dentro de mí se venía abajo.

Quise preguntarle a Verónica si, mientras nos llevaban al quirófano, hubo aunque fuera un segundo en el que se preocupara por si yo vivía o moría.

La respuesta era no.

Después de todo, por la enfermedad de Bruno, Verónica falsificó pruebas en mi contra. Contrató al abogado más famoso de la ciudad y movió todos sus contactos hasta lograr que avalaran una supuesta autorización de donación, que luego usó para obligarme a donar.

Cuando me llevaron para extraerme el riñón, tenía la espalda empapada de sudor por el miedo y el dolor. Antes de que me quitaran el teléfono, la llamé suplicándole.

—Amor, perdóname, ¿sí? No me quites el riñón. De verdad me duele mucho. Me voy a morir.

Yo, que jamás le había rogado nada a Verónica, pensé que si me rebajaba, si aceptaba todas esas acusaciones falsas, tal vez ella tendría piedad por los cinco años de matrimonio y me dejaría vivir.

Pero Verónica soltó una risa fría al otro lado de la llamada.

—Pedir perdón es lo mínimo que puedes hacer. Más bien deberías agradecer que todavía sirves para salvarle la vida a Bruno. Y no creas que con darle tu riñón ya vas a quedar a mano. Todo lo que le hiciste a Bruno estos años te lo voy a cobrar, una cosa tras otra, cuando él se recupere. ¿Quieres morirte? Entonces muérete después de pedirle perdón a Bruno.

Intenté hablar con los labios secos y agrietados. Quería negar aquellas acusaciones falsas, decirle que yo no había hecho nada de eso.

Pero ya no me quedaban fuerzas.

Como si todavía no hubiera terminado de desquitarse, Verónica me dijo con crueldad:

—Verte así me da asco.

Cuando colgó la llamada, mi corazón se hundió por completo.

Y con él también se apagó el amor que había sentido por Verónica durante esos cinco años.

Verónica decía que yo le daba asco. Pero cuando se casó conmigo, me dijo con toda la ternura del mundo que me amaría toda la vida, que yo siempre sería su prioridad y la persona más importante para ella.

Pero en cuanto apareció Bruno, se olvidó de que yo era su esposo.

Verónica le acariciaba el rostro con una delicadeza casi dolorosa.

—Menos mal que estás vivo.

Su voz ahogada y sus ojos inyectados de sangre me decían que Verónica había pasado toda la noche en vela por Bruno.

Pero mientras se preocupaba por Bruno, ¿habría pensado alguna vez que yo ya estaba muerto?

Bruno, con los labios pálidos, esbozó una sonrisa débil.

—Vero, perdón por haberte preocupado. ¿Y Rodrigo? ¿Sigue enojado conmigo? Voy a disculparme con él ahora mismo.

Mientras hablaba, Bruno intentó incorporarse.

La actuación era tan falsa que cualquiera lo habría notado. Pero Verónica, justamente ella, era la única que no quería verlo.

Tal como esperaba, Verónica lo recostó con cuidado y le acarició la cabeza con ternura.

—El que tiene que disculparse es él. ¿Tú qué culpa tienes? Eres demasiado bueno, por eso todos se aprovechan de ti.

La enfermera, que claramente había malinterpretado la relación, los miró y no pudo evitar bromear:

—Se nota que ustedes dos se quieren mucho.

Luego miró a Bruno.

—Mientras usted estaba en cirugía, su esposa lo esperó toda la noche en el pasillo. No se movió de ahí ni un segundo.

Bruno se sonrojó, pero Verónica solo se quedó rígida un instante y no tuvo intención de aclarar el malentendido.

Después, la enfermera cambió de tema y dejó escapar un profundo suspiro.

—No como el paciente del quirófano de al lado. Llegó completamente solo, y ni siquiera después de que murió apareció un familiar para reclamar el cuerpo. Pobrecito.

La expresión de Verónica se suavizó un poco. Por un instante, su mirada vaciló, como si algo hubiera cruzado por su mente, pero enseguida apartó esa idea.

Dentro de mí se encendió una pequeña esperanza. Si Verónica lograba atar cabos y entender que ese pobre muerto era yo, aunque ni siquiera se hubiera molestado en preguntar en qué quirófano me habían metido, ¿tendría al menos la piedad de reclamar mi cuerpo?

Esperé mucho tiempo. Pero Verónica solo suspiró.

—Sí, qué triste.

Mi mirada se apagó. Me reí de mí mismo. Ahora Verónica solo tenía ojos y pensamientos para Bruno. ¿Cómo iba a pensar en mí?

Verónica no siguió hablando de ese tema. Siguió a la enfermera hasta la habitación de Bruno.

Al pasar frente a la sala contigua, donde aún tenían mi cuerpo antes de llevarlo a la morgue, los pasos de Verónica se detuvieron.

La puerta estaba entreabierta, y ella miró hacia adentro.

Mi cadáver frío seguía tendido allí, cubierto de tal manera que Verónica no podía verme la cara.

Pero si ella miraba con atención, podría ver la cicatriz de mi tobillo.

Esa marca que me quedó de aquella vez que la salvé.

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