LOGINLa habitación del hotel era tan pequeña que las tres maletas ocupaban casi todo el espacio entre las camas.
Había reservado la opción más barata que encontré sin alejar demasiado a los niños de su escuela: dos camas individuales, un baño estrecho y una ventana que daba al estacionamiento. Nada se parecía a la casa que acabábamos de abandonar.
Emma dejó su mochila sobre una silla y miró alrededor con preocupación.
Nicolás, en cambio, tardó menos de cinco minutos en convertir una de las camas en una fortaleza con las almohadas.
—¡Mamá, mira! Esta es nuestra casa nueva —anunció desde detrás de una muralla de cojines.
—¿Y yo dónde voy a dormir? —pregunté, fingiendo preocupación.
—Puedes pedir permiso para entrar —respondió con toda seriedad.
No quería que aquella noche se convirtiera en otro recuerdo triste para ellos.
Pedí una pizza pequeña, compré jugos en la máquina del pasillo y extendí una toalla sobre la cama como si fuera un mantel. Les permití comer viendo dibujos animados y no dije nada cuando Nicolás dejó migas entre las sábanas.
—Esto parece unas vacaciones —declaró de pronto, levantando su vaso de jugo como si estuviera brindando.
Emma lo miró durante un segundo antes de echarse a reír.
—Las peores vacaciones del mundo.
—Pero tenemos pizza —replicó Nicolás, como si aquello resolviera cualquier problema.
Emma volvió a reírse y yo sonreí con ellos, aunque tuve que bajar la mirada para que no vieran todo lo que aquella inocencia me estaba rompiendo por dentro.
Yo sonreí con ellos.
Después miré el dinero que quedaba dentro de mi cartera y calculé cuántas noches podía seguir pagando aquella habitación, no eran muchas.
Cuando los niños se durmieron, abrí las maletas para buscar ropa para el día siguiente.
Había guardado todo con tanta prisa que apenas recordaba qué había metido dentro, debajo de varios suéteres encontré una pequeña caja de cartón.
Me quedé inmóvil, no la había abierto en años, dentro estaban las cartas de Sebastián.
También había dos entradas de cine, una flor seca y una fotografía tomada poco antes de que se marchara. En ella yo tenía diecinueve años, estaba a días de cumplir veinte.
Sebastián me abrazaba por la cintura y yo sonreía como si todavía creyera que querer mucho a alguien era suficiente para conservarlo.
Me senté en el borde de la cama.
Al principio, después de marcharse a estudiar, Sebastián escribía con frecuencia. Me hablaba de las clases, del frío, de la residencia donde vivía y de todo lo que haríamos cuando regresara.
Yo contestaba cada carta. Después las suyas empezaron a tardar: una semana, dos, un mes, hasta que dejaron de llegar.
Seguí escribiendo durante un tiempo, también llamé, cada silencio hacía más difícil intentarlo otra vez. Nunca entendí qué había cambiado.
Durante meses me pregunté si había conocido a otra mujer, si su nueva vida era demasiado buena para querer volver a la anterior o si simplemente había descubierto que podía vivir perfectamente sin mí.
Mauricio apareció cuando yo ya estaba cansada de esperar.
Él estaba allí, Sebastián no.
En aquel momento esa diferencia me pareció suficiente.
Luego llegó aquella noche equivocada, no la recuerdo muy bien, pero unas semanas después descubrí que estaba embarazada. Mauricio se comportó como un caballero y afirmó con firmeza que se casaría conmigo.
Una lágrima cayó sobre la fotografía.
La limpié rápidamente, pero escuché movimiento detrás de mí.
Emma estaba despierta.
—Mamá, ¿por qué lloras?
Guardé las cartas demasiado tarde, ella ya había visto la fotografía.
Nicolás se despertó también y, pocos minutos después, ambos estaban sentados a mi lado intentando averiguar quién era el hombre que abrazaba a su madre cuando era joven.
—Fue alguien importante para mí hace mucho tiempo —les expliqué.
Emma observó la fotografía durante unos segundos.
—Ahí estás muy feliz.
La sencillez del comentario me dolió.
Nicolás miró primero la foto y después mi cara.
—Papá te hace llorar mucho.
Tragué saliva.
—Los problemas entre adultos son complicados.
Nicolás frunció el ceño.
—Pero si alguien te hace llorar, entonces te hace daño.
No supe qué responder, ellos no necesitaban explicaciones complicadas.
Emma apoyó la cabeza contra mi hombro.
—Yo quiero que estés feliz, feliz como en la fotografía
Nicolás asintió con absoluta seriedad.
—Sí, aunque papá no esté.
Los abracé a los dos, no sabía si algún día volvería a querer a alguien, tampoco importaba.
Lo que sí sabía era que mis hijos no podían crecer pensando que amar significaba aceptar cualquier cosa con tal de no quedarse sola.
Aquella noche, mientras dormían a mi lado, tomé una decisión: no regresaría a la casa de Mauricio ni si mi vida dependiera de ello.
A la mañana siguiente vendí varias joyas, no todas, solo las suficientes para pagar el depósito de una pequeña casa que había encontrado cerca de la escuela.
Tenía dos dormitorios, una cocina antigua y un patio tan pequeño que apenas cabía una mesa.
A Emma le gustó porque su habitación tenía una ventana grande y Nicolás preguntó si podía dibujar dinosaurios para pegarlos en las paredes.
Firmé el contrato.
Por primera vez en cinco años, mi nombre aparecía solo en un documento relacionado con una casa.
Mientras deshacía las maletas encontré otra parte de mi antigua vida: una carpeta con documentos universitarios. Había solicitado estudiar Trabajo Social antes de quedar embarazada.
Revisé las materias y los formularios durante casi una hora y la entrevista laboral volvió a mi memoria.
Años sin experiencia, sin título, sin ninguna prueba, al menos sobre un papel, de todo lo que sabía hacer. No quería volver a sentirme así.
Abrí la página de la universidad, las inscripciones seguían abiertas: calculé la matrícula, después sumé alquiler, comida, transporte, guardería y los gastos de los niños.
El dinero de las joyas no alcanzaba.
Miré mi muñeca, todavía llevaba la pulsera de mi madre. Era una pieza sencilla comparada con otras que Mauricio me había regalado, pero nunca había pensado en venderla.
Mi madre me la entregó poco antes de mi boda. Recordé sus dedos cerrándola alrededor de mi muñeca y su voz, tan clara que por un instante pareció estar otra vez frente a mí.
—Quiero que termines tu carrera, Valeria.
Yo había sonreído entonces.
—Lo haré, mamá.
—Y quiero que tengas algo tuyo, una vida que nadie pueda quitarte —En aquel momento pensé que exageraba.
Mauricio me amaba. Íbamos a formar una familia. Yo tendría tiempo de volver a estudiar más adelante.
—No quiero que algún día dependas de un hombre para saber cuánto vales —había añadido.
Cinco años después, esas palabras dolían de una manera completamente distinta.
Bajé la mirada hacia la pulsera. Había conservado aquella joya durante años mientras dejaba pendiente todo lo demás que mi madre había querido para mí.
—Te prometí que volvería —murmuré.
Mis dedos rodearon la pulsera. Venderla dolía, pero conservarla mientras abandonaba otra vez mis estudios habría sido peor.
—Espero que entiendas.
Me la quité.
La llevé a la misma joyería y, cuando salí, mi muñeca estaba vacía, pero llevaba en el bolso el dinero suficiente para pagar la matrícula.
Hice el pago antes de poder arrepentirme, la confirmación apareció en la pantalla unos segundos después.
“Inscripción completada.”
Me quedé mirándola con una sonrisa que no pude contener, ese mismo día llegó otro correo: la Fundación Nueva Vida, uno de los lugares donde había solicitado un empleo de medio tiempo, quería entrevistarme.
Dos días antes no tenía dinero para abandonar la casa de Mauricio. Ahora tenía un hogar pequeño, una matrícula universitaria y una entrevista, por primera vez desde nuestro aniversario, sentí que quizá podía hacerlo.
El teléfono empezó a sonar, miré la pantalla: Mauricio.
La esperanza me duró exactamente hasta que contesté.
Mauricio nos miró alternativamente, con esa sonrisa que ya conocía demasiado bien.—Sabía que terminarías arrepintiéndote —dijo, concentrando toda su atención en mí—. Por eso vine. Pensé que con suficiente presión en el trabajo, con los niños y todo lo demás, terminarías entendiendo que no puedes con todo sola.Sentí que se me helaba la sangre.—Así que fuiste tú.No respondió de inmediato. La ligera curva de sus labios fue suficiente para confirmar lo que ya sospechaba.—Solo necesitabas recordar cómo es tu vida cuando no estoy detrás resolviendo tus problemas.—No estoy sola —Las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas.La mirada de Mauricio se desplazó lentamente hacia Sebastián.Vi el instante exacto en que algo encajó dentro de su cabeza. La seguridad desapareció de su rostro, reemplazada primero por desconcierto y luego por una furia cada vez más difícil de ocultar.—Él —murmuró y su mirada regresó a mí—. Todo este tiempo fue por él.—No seas ridículo.Mauricio soltó u
Sebastián me agarró del brazo antes de que pudiera alejarme. Su agarre era fuerte, casi doloroso.—Es solo una de las formas —dijo, con una frialdad que me erizó la piel—. Tengo muchas más para hacerte pagar lo que me debes.Intenté liberarme, pero sus dedos se cerraron todavía más.—Sebastián, suéltame.No lo hizo. En cambio, se inclinó hacia mí hasta que pude sentir su respiración contra mi mejilla.—Tú también tienes algo que necesito. Tu cuerpo se adapta perfectamente a lo que me gusta y estoy dispuesto a pagarte por ello.Durante unos segundos no pude reaccionar. Había esperado crueldad de su parte, incluso resentimiento, pero no aquello.—¿Pagarme?Mi propia voz me sonó extraña. Sebastián sostuvo mi mirada sin mostrar arrepentimiento.—El dinero no sería un problema.Sentí el insulto con la claridad de una bofetada, entonces pensé en Camila, en la mujer con la que estaba dispuesto a casarse.—¿Y tu prometida? —pregunté—. ¿La mujer noble y pura que sí merece convertirse en tu esp
A la mañana siguiente, fui a casa de Lucía con una sola intención: recoger a mis hijos y fingir que la noche anterior jamás había ocurrido.El segundo objetivo resultó bastante más difícil.—Mamá —dijo Emma apenas entramos al coche—, ¿Diego va a ser nuestro nuevo papá?Casi dejé caer las llaves.—¿Qué?Nicolás levantó la cabeza desde el asiento trasero.—La tía Lucía dijo que saliste con él.—Salimos como amigos —contesté—. Los adultos hacemos eso a veces: salimos a comer algo, conversar, pero solo somos amigos—Entonces, ¿no será nuestro papá?—No, mi amor —contesté antes de que se le hicieran ilusiones—. Además, ustedes ya tienen un papá que, por más que no lo vean ahora, los quiere mucho.Tuve que morderme el interior de la mejilla para soltar esa frase, por lo que yo sabía, tanto yo como los niños, no significábamos nada para Mauricio. Pero a veces es necesario dar un par de mentiras inocentes para preservar la mente de nuestros hijos.Emma frunció el ceño.—¿Segura?—Completamen
No fue tierno, ninguno de los dos quería que lo fuera.Sebastián me sostuvo contra el colchón con una intensidad que parecía cargar cinco años de rabia acumulada, y yo respondí con la misma fuerza, clavando los dedos en su espalda como si aquello pudiera vaciarme de todo lo que llevaba guardado desde la noche de mi aniversario.Me empujó hacia la cama con todo su peso. La respiración se me cortó cuando su cuerpo cubrió el mío, duro y exigente. Sentí cada músculo de su torso contra mi piel, la aspereza de su barba incipiente raspando mi cuello cuando bajó la boca con una voracidad que rozaba el castigo. Chupó con fuerza, demasiado fuerte, dejando marcas que sabía que me encontraría en el espejo al día siguiente, cada succión era una declaración de guerra.—No pienso rogarte —gruñó contra mi clavícula, y su aliento cálido me hizo estremecer.—Bien —respondí, arqueándome contra él con desafío.Sebastián levantó la cabeza. Sus ojos brillaban con algo peligroso en la penumbra. Durante un
Todavía tenía la cabeza ligera por el alcohol cuando lo vi.Sebastián estaba de pie junto a la puerta de mi apartamento, con las manos en los bolsillos y una expresión que no supe leer al principio. Al vernos llegar, algo en su rostro se endureció por completo.Después de la bofetada de esa tarde, después de verme salir del aula con los ojos llenos de lágrimas, quizás sus propias palabras habían empezado a perseguirlo. No lo sabía con certeza. Solo sabía que allí estaba, veinte minutos después de medianoche, con una expresión que no encajaba con ninguna disculpa.Diego todavía tenía una mano apoyada en mi espalda cuando Sebastián nos vio, eso fue suficiente.Cuando Diego finalmente se marchó, el silencio entre nosotros se volvió insoportable. Sebastián esperó hasta que las luces de su coche desaparecieron antes de mirarme.—Parece que tampoco quieres tanto a Mauricio.Fruncí el ceño.—¿Qué?Una sonrisa amarga apareció en su rostro.—Siempre puedes renunciar fácilmente a cualquier rela
El bar estaba a media luz, con música lo bastante baja como para poder hablar sin gritar. Después de la segunda copa, algo dentro de mí empezó a aflojarse.—Entonces dejaste la comodidad, la casa grande, las tarjetas, todo, para empezar de cero con dos niños —dijo Diego, apoyando el codo en la barra—. La mayoría de la gente no tiene ese tipo de valor.—O la mayoría de la gente es más inteligente que yo.Se rió, un sonido fácil y sin doble intención.—No lo creo.—¿A qué te dedicas? —le pregunté, más por mantener la conversación que por verdadera curiosidad.—Ingeniería civil, nada tan interesante como suena —Dio un trago a su cerveza—. Paso más tiempo discutiendo con proveedores que diseñando algo.—Suena agotador de todas formas.—Lo es. ¿Y tú? Además de la fundación y la universidad, ¿qué más haces? Porque a este paso dudo que tengas tiempo hasta de respirar.Solté una risa breve.—Mis hijos ocupan lo que queda: Nicolás últimamente decidió que cada superficie de la casa necesita un







