LOGINRenata seguía de espaldas cuando entré en la habitación.
Había colocado varias prendas sobre la cama y sostenía una de mis blusas entre los dedos, observándola con una expresión que no intentaba disimular.
—¿Todavía usas esto?
No esperó respuesta. La dejó sobre el colchón, encima de otras prendas que había sacado del armario, y abrió espacio para colgar las suyas.
Me quedé junto a la puerta.
Durante años había elegido mi ropa pensando en la escuela de los niños, en las reuniones de Mauricio: en si una falda era demasiado corta para una cena con clientes o si una blusa resultaba demasiado llamativa para una madre de familia.
Nunca pensé que terminaría viendo a la amante de mi marido decidir qué parte de mí era lo bastante vieja como para apartarla.
Renata tomó otro vestido, y lo miró con el desdén que solo una chiquilla de diecinueve años puede tener.
—Ahora entiendo algunas cosas.
La miré.
—Con estas prendas, tú pareces mucho más vieja de lo que eres —dijo sin vergüenza alguna—. Vistes como una mujer que ha dejado de verse al espejo desde hace años, y es bastante obvio por qué Mauricio terminó cansándose..
Sentí que cada palabra encontraba exactamente el lugar donde dolería.
La entrevista de aquella mañana todavía pesaba sobre mí. Había salido de allí convencida de que no servía para ningún trabajo. Ahora Renata conseguía que tampoco me sintiera suficiente dentro de mi propio cuerpo.
—Sal de mi habitación —No levanté la voz y eso pareció divertirla.
—Mauricio me dijo que podía instalarme y que esta casa también es mía —Su sonrisa alterada por quién sabe cuántos doctores se volvió aun más malvada—. Y el primer cambio que elijo hacer, es deshacerme de las cosas viejas y que ya no sirven.
Antes de que pudiera responder, escuché pasos en el pasillo. Emma apareció primero, Nicolás venía detrás. Los dos se quedaron quietos al ver la ropa sobre la cama.
Emma miró el armario, después a Renata. Su cara cambió.
A sus cinco años no entendía documentos de divorcio ni cuentas congeladas, pero entendía perfectamente que aquella mujer estaba sacando la ropa de su madre para colocar la suya.
—No toques sus cosas.
Renata se volvió, la sorpresa duró apenas un segundo.
Nicolás se colocó junto a su hermana y apretó los puños pequeños.
—Te odiamos.
Sentí un nudo en la garganta, no quería que hablaran así, pero tampoco podía culparlos.
Durante dos días habían visto llorar a su madre, habían escuchado conversaciones a medias y empezaban a comprender que la mujer frente a ellos tenía algo que ver con todo aquello.
Me acerqué para llevármelos, pero Renata fue más rápida.
Se inclinó un poco hacia ellos y, con una sonrisa que no alcanzó los ojos.
—No deberían hablarme de esa forma —dijo casi susurrando—. No me imagino qué opinaría su padre de sus malos modales, recuerden que los padres no aman a niños malos.
Emma retrocedió hasta chocar conmigo.
La bofetada salió antes de que pudiera detenerla, el golpe le giró el rostro y la habitación quedó en silencio.
Emma se aferró a mi falda, Nicolás abrió los ojos de par en par.
Renata se llevó una mano a la mejilla.
—No vuelvas a amenazar a mis hijos —Mi voz temblaba, pero no de miedo, de rabia.
Fue en ese momento cuando Mauricio apareció en la puerta.
Miró primero a Renata, después a mí y finalmente a los niños detrás de mis piernas. No preguntó qué había pasado.
Renata comenzó a llorar antes de que él dijera una palabra.
—Yo solo estaba acomodando algunas cosas —dijo Renata, llevándose una mano a la mejilla—. Ella entró y empezó a gritarme. Intenté explicarle que me habías dado permiso para estar aquí, pero perdió el control y me golpeó.
Mauricio no necesitó más.
—¿Te das cuenta de lo que acabas de hacer? —dijo Mauricio, mirando primero a Renata y después a mí—. Estás actuando de forma violenta e irresponsable.
Luego miró a Emma y Nicolás.
—Y esto es exactamente lo que no quiero que aprendan de ti.
Aquello dolió más que la acusación, porque había criado a nuestros hijos prácticamente sola durante años.
Yo sabía qué comida rechazaba Emma cuando estaba nerviosa, qué canciones calmaban a Nicolás después de una pesadilla y cuál de los dos necesitaba una luz encendida para dormir.
Mauricio aparecía en las fotografías familiares, yo había hecho el trabajo diario y ahora se atrevía a decir que los estaba educando mal.
—No me interesa lo que haya dicho —me interrumpió Mauricio antes de que pudiera explicarme—. Renata necesita una habitación y esta casa tiene espacio de sobra.
Señaló el pasillo con impaciencia.
—Puedes instalarte en otra. Lo único que tienes que hacer es dejar de provocar conflictos innecesarios.
Miré la cama, mi ropa amontonada, los perfumes de Renata sobre mi tocador y la fotografía de nuestra boda todavía colocada junto a sus cosas.
Entonces lo entendí: no había nada allí que quisiera conservar lo suficiente como para soportar otra noche.
—Nos vamos.
Mauricio me observó con cansancio, parecía convencido de que aquello era otra reacción impulsiva.
—No empieces otra vez.
—No voy a dormir en otra habitación mientras ella ocupa la mía.
Me dirigí al armario y saqué una maleta. Emma comenzó a llorar.
—Yo voy contigo —Dijo entre sollozos.
Nicolás asintió enseguida.
—Yo también.
Mauricio los miró, por un instante pensé que iba a impedirlo. En cambio, soltó una pequeña risa.
Conocía esa expresión, era la misma que utilizaba cuando alguien negociaba con él creyendo tener ventaja.
—Está bien —Continué empacando mientras él observaba—. Haz lo que quieras.
Su seguridad era casi insultante, estaba convencido de que no duraríamos.
—No tienes trabajo, apenas pudiste pagar un taxi y ni siquiera sabes cuánto cuesta mantener a dos niños —dijo Mauricio.
Su tono seguía siendo tranquilo, como si estuviera enumerando hechos evidentes.
—Pasa unos días afuera y vas a recuperar el sentido común.
Antes de marcharse, se detuvo junto a la puerta.
—Solo no digas después que no te advertí.
No respondí.
Emma regresó a su habitación y llenó una mochila con peluches y vestidos sin ningún orden. Nicolás intentó llevarse una caja entera de juguetes hasta que conseguí convencerlo de escoger solo algunos.
No corregí demasiado, estaban dejando su casa y si necesitaban llevar seis peluches para sentirse seguros, los llevaríamos.
Cuando casi había terminado, escuché a Renata detrás de mí: ya no lloraba, me observaba apoyada contra la puerta.
—Deberías dejar de actuar como si fueras la única víctima.
Seguí doblando ropa, no tenía energía para otra pelea, pero ella continuó.
—Mauricio me contó cómo empezó vuestra relación —dijo Renata.
Seguí doblando la ropa, aunque algo en su tono me hizo tensar los dedos.
—Dice que nunca estuviste realmente enamorada de él, que cuando lo conociste seguías obsesionada con otro hombre y que solo aceptaste salir con Mauricio para darle celos.
Mis manos se detuvieron.
Habían pasado años desde la última vez que escuché aquella historia contada por otra persona.
Sebastián.
Renata ni siquiera necesitó decir su nombre. Mi cuerpo lo recordó antes que mi mente: el aeropuerto, las cartas, las semanas esperando una respuesta que nunca llegó.
Renata sonrió al notar mi reacción.
—Así que era verdad.
Cerré la maleta, no iba a permitir que también entrara allí, en esa parte de mí.
Pasé a su lado sin responder.
Abajo, Emma y Nicolás me esperaban con sus mochilas. Abrí la puerta principal.
La casa estaba exactamente igual que tres días antes: las mismas flores, las mismas fotografías, la misma escalera. Sin embargo, ya no parecía mía.
Tomé a mis hijos de la mano y salí. Detrás de nosotros, Mauricio seguía convencido de que regresaríamos.
Yo todavía no sabía dónde dormiríamos esa noche, pero preferí tener miedo afuera que seguir humillándome dentro.
Mauricio nos miró alternativamente, con esa sonrisa que ya conocía demasiado bien.—Sabía que terminarías arrepintiéndote —dijo, concentrando toda su atención en mí—. Por eso vine. Pensé que con suficiente presión en el trabajo, con los niños y todo lo demás, terminarías entendiendo que no puedes con todo sola.Sentí que se me helaba la sangre.—Así que fuiste tú.No respondió de inmediato. La ligera curva de sus labios fue suficiente para confirmar lo que ya sospechaba.—Solo necesitabas recordar cómo es tu vida cuando no estoy detrás resolviendo tus problemas.—No estoy sola —Las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas.La mirada de Mauricio se desplazó lentamente hacia Sebastián.Vi el instante exacto en que algo encajó dentro de su cabeza. La seguridad desapareció de su rostro, reemplazada primero por desconcierto y luego por una furia cada vez más difícil de ocultar.—Él —murmuró y su mirada regresó a mí—. Todo este tiempo fue por él.—No seas ridículo.Mauricio soltó u
Sebastián me agarró del brazo antes de que pudiera alejarme. Su agarre era fuerte, casi doloroso.—Es solo una de las formas —dijo, con una frialdad que me erizó la piel—. Tengo muchas más para hacerte pagar lo que me debes.Intenté liberarme, pero sus dedos se cerraron todavía más.—Sebastián, suéltame.No lo hizo. En cambio, se inclinó hacia mí hasta que pude sentir su respiración contra mi mejilla.—Tú también tienes algo que necesito. Tu cuerpo se adapta perfectamente a lo que me gusta y estoy dispuesto a pagarte por ello.Durante unos segundos no pude reaccionar. Había esperado crueldad de su parte, incluso resentimiento, pero no aquello.—¿Pagarme?Mi propia voz me sonó extraña. Sebastián sostuvo mi mirada sin mostrar arrepentimiento.—El dinero no sería un problema.Sentí el insulto con la claridad de una bofetada, entonces pensé en Camila, en la mujer con la que estaba dispuesto a casarse.—¿Y tu prometida? —pregunté—. ¿La mujer noble y pura que sí merece convertirse en tu esp
A la mañana siguiente, fui a casa de Lucía con una sola intención: recoger a mis hijos y fingir que la noche anterior jamás había ocurrido.El segundo objetivo resultó bastante más difícil.—Mamá —dijo Emma apenas entramos al coche—, ¿Diego va a ser nuestro nuevo papá?Casi dejé caer las llaves.—¿Qué?Nicolás levantó la cabeza desde el asiento trasero.—La tía Lucía dijo que saliste con él.—Salimos como amigos —contesté—. Los adultos hacemos eso a veces: salimos a comer algo, conversar, pero solo somos amigos—Entonces, ¿no será nuestro papá?—No, mi amor —contesté antes de que se le hicieran ilusiones—. Además, ustedes ya tienen un papá que, por más que no lo vean ahora, los quiere mucho.Tuve que morderme el interior de la mejilla para soltar esa frase, por lo que yo sabía, tanto yo como los niños, no significábamos nada para Mauricio. Pero a veces es necesario dar un par de mentiras inocentes para preservar la mente de nuestros hijos.Emma frunció el ceño.—¿Segura?—Completamen
No fue tierno, ninguno de los dos quería que lo fuera.Sebastián me sostuvo contra el colchón con una intensidad que parecía cargar cinco años de rabia acumulada, y yo respondí con la misma fuerza, clavando los dedos en su espalda como si aquello pudiera vaciarme de todo lo que llevaba guardado desde la noche de mi aniversario.Me empujó hacia la cama con todo su peso. La respiración se me cortó cuando su cuerpo cubrió el mío, duro y exigente. Sentí cada músculo de su torso contra mi piel, la aspereza de su barba incipiente raspando mi cuello cuando bajó la boca con una voracidad que rozaba el castigo. Chupó con fuerza, demasiado fuerte, dejando marcas que sabía que me encontraría en el espejo al día siguiente, cada succión era una declaración de guerra.—No pienso rogarte —gruñó contra mi clavícula, y su aliento cálido me hizo estremecer.—Bien —respondí, arqueándome contra él con desafío.Sebastián levantó la cabeza. Sus ojos brillaban con algo peligroso en la penumbra. Durante un
Todavía tenía la cabeza ligera por el alcohol cuando lo vi.Sebastián estaba de pie junto a la puerta de mi apartamento, con las manos en los bolsillos y una expresión que no supe leer al principio. Al vernos llegar, algo en su rostro se endureció por completo.Después de la bofetada de esa tarde, después de verme salir del aula con los ojos llenos de lágrimas, quizás sus propias palabras habían empezado a perseguirlo. No lo sabía con certeza. Solo sabía que allí estaba, veinte minutos después de medianoche, con una expresión que no encajaba con ninguna disculpa.Diego todavía tenía una mano apoyada en mi espalda cuando Sebastián nos vio, eso fue suficiente.Cuando Diego finalmente se marchó, el silencio entre nosotros se volvió insoportable. Sebastián esperó hasta que las luces de su coche desaparecieron antes de mirarme.—Parece que tampoco quieres tanto a Mauricio.Fruncí el ceño.—¿Qué?Una sonrisa amarga apareció en su rostro.—Siempre puedes renunciar fácilmente a cualquier rela
El bar estaba a media luz, con música lo bastante baja como para poder hablar sin gritar. Después de la segunda copa, algo dentro de mí empezó a aflojarse.—Entonces dejaste la comodidad, la casa grande, las tarjetas, todo, para empezar de cero con dos niños —dijo Diego, apoyando el codo en la barra—. La mayoría de la gente no tiene ese tipo de valor.—O la mayoría de la gente es más inteligente que yo.Se rió, un sonido fácil y sin doble intención.—No lo creo.—¿A qué te dedicas? —le pregunté, más por mantener la conversación que por verdadera curiosidad.—Ingeniería civil, nada tan interesante como suena —Dio un trago a su cerveza—. Paso más tiempo discutiendo con proveedores que diseñando algo.—Suena agotador de todas formas.—Lo es. ¿Y tú? Además de la fundación y la universidad, ¿qué más haces? Porque a este paso dudo que tengas tiempo hasta de respirar.Solté una risa breve.—Mis hijos ocupan lo que queda: Nicolás últimamente decidió que cada superficie de la casa necesita un







