LOGINContesté la llamada todavía con la confirmación de matrícula abierta en la computadora, durante un segundo pensé que Mauricio llamaba por los niños.
Me equivoqué.
—¿Vendiste la pulsera de tu madre?—preguntó Mauricio apretando los dientes. Pero no entendía por qué se enfadaba.
Miré mi muñeca desnuda, pero no pregunté cómo lo sabía, con Mauricio, casi nunca era difícil imaginar la respuesta.
Tenía contactos en todas partes, empleados que resolvían problemas antes de que llegaran a su escritorio y la costumbre de creer que cualquier información podía conseguirse si uno pagaba lo suficiente.
Aun así, escuchar aquellas palabras me produjo una punzada.
La pulsera había pertenecido a mi madre mucho antes de ser mía. No era la joya más cara que había tenido, pero sí la única que nunca había considerado vender hasta ese día.
Mauricio interpretó mi silencio como vergüenza.
—Apenas llevas unos días fuera de casa y ya estás vendiendo las pocas cosas de valor que te quedan — él suspiró — Esto es exactamente lo que intenté explicarte desde el principio, Valeria. No estás preparada para mantener una casa y dos niños tú sola.Vuelve ya. Lo de antes lo daré por no sucedido.
No gritó, la superioridad en su voz era peor.
Me imaginé su despacho mientras hablaba: el enorme ventanal detrás del escritorio, el traje perfectamente planchado y aquella expresión tranquila que utilizaba cada vez que estaba convencido de tener ventaja.
—También he recuperado tu pulsera. Sé lo que esta joya significa para ti
Había visto a mi madre colocarla años atrás. Sabía que nunca me la quitaba durante las fechas importantes y que, después de su muerte, era una de las pocas cosas que todavía me conectaban con ella.
No la había recuperado por cariño.
La había recuperado para demostrarme que todavía podía devolverme todo aquello que perdiera intentando vivir sin él.
—Está en casa —continuó—. Puedes venir a buscarla cuando regreses con los niños.
En su cabeza, mi regreso ya estaba decidido.
—La casa sigue aquí, Valeria. También tu auto, tus tarjetas, todo lo que tenías antes. No tienes por qué seguir complicando tu vida por orgullo.
Miré alrededor: la cocina de la casa nueva todavía estaba medio vacía. Había cajas junto a la pared y una mesa prestada que apenas cabía entre el refrigerador y la ventana.
Desde el salón llegaban las voces de Emma y Nicolás discutiendo por unos lápices.
No teníamos mucho, pero ninguno de ellos estaba llorando.
—Quédate con la pulsera.
Mauricio guardó silencio, por primera vez desde que había contestado, no tuvo una respuesta preparada.
—Valeria...
Colgué.
No esperé a escuchar qué iba a ofrecer después. Rechazar algo suyo ya no me producía miedo, me producía alivio.
Imaginé a Mauricio todavía sentado detrás de su escritorio, con el teléfono en la mano y el ceño apenas fruncido.
Probablemente había esperado que discutiera, que le reprochara haber comprado la pulsera, que llorara, tal vez incluso que le pidiera que me la devolviera.
Cualquier reacción habría sido más fácil para él que escucharme decir que podía quedársela.
La pulsera debía estar sobre su escritorio, guardada dentro de alguna caja demasiado elegante para ella. Estaba casi segura de que había pagado mucho más de lo que valía, no porque le importara la joya, sino porque conocía perfectamente su valor para mí.
Había visto a mi madre colocármela, había estado conmigo cuando ella murió. Sabía que durante años la había cuidado más que cualquiera de las joyas costosas que él pudiera regalarme.
Por eso debió pensar que bastaría con recuperarla para hacerme regresar y, aun así, yo había preferido perderla. Me pregunté cuánto tardaría en comprender que algo no estaba funcionando como esperaba.
Para Mauricio, todo aquello seguía siendo una rabieta, en su cabeza, yo debía enfadarme durante unos días, gastar el poco dinero que tuviera, descubrir lo caro que era mantener una casa y a dos niños y, finalmente, regresar.
Siempre había dependido de él, era lo lógico, solo que yo ya había vendido mis joyas, había alquilado una casa, había pagado una matrícula universitaria y no le había pedido nada.
Podía imaginarlo mirando la pulsera y haciendo por primera vez una pregunta que seguramente no había considerado cuando me dio aquellos treinta días: ¿Y si Valeria realmente no pensaba volver?
La idea probablemente no le gustó.
Conociéndolo, no se habría quedado mucho tiempo sin hacer nada. Mauricio necesitaba saber qué ocurría incluso cuando ya no tenía derecho a saberlo.
No me habría sorprendido que, apenas colgamos, llamara a su asistente: querría saber dónde vivía, qué había vendido, dónde había solicitado empleo, en qué universidad me había matriculado. Intentaría convertir mi nueva vida en otra lista de datos sobre su escritorio.
Como siempre, pensaría que, si conocía cada movimiento que hacía, todavía podía anticiparse al siguiente.
Pero esta vez había algo que Mauricio no había calculado, yo tampoco sabía exactamente qué iba a hacer después.
A la mañana siguiente llegué a la Fundación Nueva Vida quince minutos antes de la entrevista.
El edificio era una casa antigua convertida en oficinas. En la recepción había juguetes, dibujos infantiles pegados en una pared y folletos sobre asistencia legal, violencia familiar y apoyo para madres solteras.
Mientras esperaba, vi llegar a una mujer con un niño pequeño.
Llevaba gafas oscuras dentro del edificio y sostenía el bolso con ambas manos, reconocía la marca, y la fecha de lanzamiento porque también tenía esos mismos accesorios.
Una trabajadora social salió a recibirla, se agachó a su lado y habló tan bajo que no pude escuchar nada. La mujer empezó a llorar, aparté la mirada, pero la escena se me quedó clavada en el pecho.
La directora de la fundación revisó mi currículum con atención. Sus ojos se detuvieron exactamente donde se habían detenido los de todos los demás: cinco años.
—Veo que tu última experiencia laboral fue hace bastante tiempo.
Asentí, esta vez no intenté disfrazarlo.
—Quedé embarazada mientras estudiaba y dejé la universidad. Después nacieron mis hijos y terminé dedicándome por completo a criarlos.
La directora levantó la mirada.
—¿Y ahora?
—Ahora volví a estudiar, estoy intentando terminar lo que dejé pendiente y construir una vida por mi cuenta.
No mencioné las tarjetas congeladas, ni a Renata, ni la noche en que tuve que salir de mi propia casa sin saber dónde iba a dormir con mis hijos.
La directora volvió a mirar el currículum.
—¿Por qué quieres trabajar aquí, Valeria?
Pensé en la entrevista anterior, en aquella mujer preguntándome por experiencia laboral después de que le explicara que había criado a dos hijos durante quince años, pensé en el hotel, en contar billetes antes de dormir, en no saber cuánto tiempo podía seguir pagando una habitación.
—Porque sé lo que se siente empezar de cero sin saber a dónde ir.
La directora permaneció en silencio durante unos segundos, pero no me miró con lástima, eso fue lo que más agradecí.
—El puesto es principalmente administrativo —dijo finalmente—. Recepción, archivo, coordinación de citas y apoyo al equipo cuando sea necesario.
—Puedo hacerlo —Admití con más certeza que nunca.
—El salario no es muy alto —Avisó antes de que siquiera pueda pensar en ello—. Y veo que estás estudiando.
Esperé la misma respuesta que había recibido en otros lugares: que necesitaban a alguien con más experiencia, alguien que pudiera incorporarse sin necesitar tiempo para adaptarse.
En cambio, la directora cerró mi currículum.
—El horario se puede acomodar a tus clases.
Tardé un segundo en entender.
—¿Eso significa...?
Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.
—Que si todavía quieres el puesto, es tuyo.
La miré sin saber qué decir.
Después de años, alguien acababa de ofrecerme un trabajo.
—Sí —respondí, antes de que pudiera cambiar de opinión—. Lo quiero.
Salí de allí con las manos temblando: mi primer empleo en años. Cuando llegué a casa, Emma y Nicolás corrieron hacia mí.
Compré un pastel pequeño de camino y celebramos los tres en la cocina. Emma hizo un cartel que decía TRABAJO DE MAMÁ y Nicolás insistió en pegarlo en el refrigerador.
Esa noche organicé horarios: universidad por la mañana y a veces de noche, fundación por tarde, también encontré una guardería cercana que podía recibir a los niños durante las horas en que no estuvieran en la escuela.
Por primera vez, mi nueva vida empezaba a parecer posible.
Abrí el horario universitario para comprobar las clases, leí los nombres de los profesores sin prestar demasiada atención. Entonces uno me obligó a detenerme.
Sebastián Rivas.
Volví a leerlo: mismo nombre, mismo apellido.
Sentí un vuelco en el estómago. Podía ser otra persona, después de tantos años, tenía que ser otra persona. Cerré la computadora, pero la abrí otra vez menos de un minuto después. El nombre seguía ahí.
Sebastián Rivas.
Mi primer amor, el hombre que había desaparecido de mi vida sin responder mi última carta.
Me quedé mirando la pantalla, había pasado días intentando convencerme de que el pasado se había terminado.
Al parecer, el pasado acababa de matricularse conmigo.
Mauricio nos miró alternativamente, con esa sonrisa que ya conocía demasiado bien.—Sabía que terminarías arrepintiéndote —dijo, concentrando toda su atención en mí—. Por eso vine. Pensé que con suficiente presión en el trabajo, con los niños y todo lo demás, terminarías entendiendo que no puedes con todo sola.Sentí que se me helaba la sangre.—Así que fuiste tú.No respondió de inmediato. La ligera curva de sus labios fue suficiente para confirmar lo que ya sospechaba.—Solo necesitabas recordar cómo es tu vida cuando no estoy detrás resolviendo tus problemas.—No estoy sola —Las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas.La mirada de Mauricio se desplazó lentamente hacia Sebastián.Vi el instante exacto en que algo encajó dentro de su cabeza. La seguridad desapareció de su rostro, reemplazada primero por desconcierto y luego por una furia cada vez más difícil de ocultar.—Él —murmuró y su mirada regresó a mí—. Todo este tiempo fue por él.—No seas ridículo.Mauricio soltó u
Sebastián me agarró del brazo antes de que pudiera alejarme. Su agarre era fuerte, casi doloroso.—Es solo una de las formas —dijo, con una frialdad que me erizó la piel—. Tengo muchas más para hacerte pagar lo que me debes.Intenté liberarme, pero sus dedos se cerraron todavía más.—Sebastián, suéltame.No lo hizo. En cambio, se inclinó hacia mí hasta que pude sentir su respiración contra mi mejilla.—Tú también tienes algo que necesito. Tu cuerpo se adapta perfectamente a lo que me gusta y estoy dispuesto a pagarte por ello.Durante unos segundos no pude reaccionar. Había esperado crueldad de su parte, incluso resentimiento, pero no aquello.—¿Pagarme?Mi propia voz me sonó extraña. Sebastián sostuvo mi mirada sin mostrar arrepentimiento.—El dinero no sería un problema.Sentí el insulto con la claridad de una bofetada, entonces pensé en Camila, en la mujer con la que estaba dispuesto a casarse.—¿Y tu prometida? —pregunté—. ¿La mujer noble y pura que sí merece convertirse en tu esp
A la mañana siguiente, fui a casa de Lucía con una sola intención: recoger a mis hijos y fingir que la noche anterior jamás había ocurrido.El segundo objetivo resultó bastante más difícil.—Mamá —dijo Emma apenas entramos al coche—, ¿Diego va a ser nuestro nuevo papá?Casi dejé caer las llaves.—¿Qué?Nicolás levantó la cabeza desde el asiento trasero.—La tía Lucía dijo que saliste con él.—Salimos como amigos —contesté—. Los adultos hacemos eso a veces: salimos a comer algo, conversar, pero solo somos amigos—Entonces, ¿no será nuestro papá?—No, mi amor —contesté antes de que se le hicieran ilusiones—. Además, ustedes ya tienen un papá que, por más que no lo vean ahora, los quiere mucho.Tuve que morderme el interior de la mejilla para soltar esa frase, por lo que yo sabía, tanto yo como los niños, no significábamos nada para Mauricio. Pero a veces es necesario dar un par de mentiras inocentes para preservar la mente de nuestros hijos.Emma frunció el ceño.—¿Segura?—Completamen
No fue tierno, ninguno de los dos quería que lo fuera.Sebastián me sostuvo contra el colchón con una intensidad que parecía cargar cinco años de rabia acumulada, y yo respondí con la misma fuerza, clavando los dedos en su espalda como si aquello pudiera vaciarme de todo lo que llevaba guardado desde la noche de mi aniversario.Me empujó hacia la cama con todo su peso. La respiración se me cortó cuando su cuerpo cubrió el mío, duro y exigente. Sentí cada músculo de su torso contra mi piel, la aspereza de su barba incipiente raspando mi cuello cuando bajó la boca con una voracidad que rozaba el castigo. Chupó con fuerza, demasiado fuerte, dejando marcas que sabía que me encontraría en el espejo al día siguiente, cada succión era una declaración de guerra.—No pienso rogarte —gruñó contra mi clavícula, y su aliento cálido me hizo estremecer.—Bien —respondí, arqueándome contra él con desafío.Sebastián levantó la cabeza. Sus ojos brillaban con algo peligroso en la penumbra. Durante un
Todavía tenía la cabeza ligera por el alcohol cuando lo vi.Sebastián estaba de pie junto a la puerta de mi apartamento, con las manos en los bolsillos y una expresión que no supe leer al principio. Al vernos llegar, algo en su rostro se endureció por completo.Después de la bofetada de esa tarde, después de verme salir del aula con los ojos llenos de lágrimas, quizás sus propias palabras habían empezado a perseguirlo. No lo sabía con certeza. Solo sabía que allí estaba, veinte minutos después de medianoche, con una expresión que no encajaba con ninguna disculpa.Diego todavía tenía una mano apoyada en mi espalda cuando Sebastián nos vio, eso fue suficiente.Cuando Diego finalmente se marchó, el silencio entre nosotros se volvió insoportable. Sebastián esperó hasta que las luces de su coche desaparecieron antes de mirarme.—Parece que tampoco quieres tanto a Mauricio.Fruncí el ceño.—¿Qué?Una sonrisa amarga apareció en su rostro.—Siempre puedes renunciar fácilmente a cualquier rela
El bar estaba a media luz, con música lo bastante baja como para poder hablar sin gritar. Después de la segunda copa, algo dentro de mí empezó a aflojarse.—Entonces dejaste la comodidad, la casa grande, las tarjetas, todo, para empezar de cero con dos niños —dijo Diego, apoyando el codo en la barra—. La mayoría de la gente no tiene ese tipo de valor.—O la mayoría de la gente es más inteligente que yo.Se rió, un sonido fácil y sin doble intención.—No lo creo.—¿A qué te dedicas? —le pregunté, más por mantener la conversación que por verdadera curiosidad.—Ingeniería civil, nada tan interesante como suena —Dio un trago a su cerveza—. Paso más tiempo discutiendo con proveedores que diseñando algo.—Suena agotador de todas formas.—Lo es. ¿Y tú? Además de la fundación y la universidad, ¿qué más haces? Porque a este paso dudo que tengas tiempo hasta de respirar.Solté una risa breve.—Mis hijos ocupan lo que queda: Nicolás últimamente decidió que cada superficie de la casa necesita un







