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POV de Dominic Steele

ผู้เขียน: Queen of ink
last update วันที่เผยแพร่: 2026-09-15 15:37:30

No planeé que Emily viera eso. Si Sabrina no se me hubiera lanzado encima como un mosquito hormonal, todo este lío se podría haber evitado. Pero no, claro que tenía que abalanzarse sobre mí justo en medio de la oficina, como si estuviéramos en una maldita telenovela.

Y para colmo de mala suerte, Emily lo vio.

El recuerdo de ella alejándose con ese aire de arrogancia en su paso, la barbilla en alto como la reina que es, me golpea la cabeza de nuevo como un choque de autos. Sin drama. Sin gritos. Solo una mirada fría y desgarradora que decía: “ya lo sé.”

Te juro que si Sabrina no me tuviera ya los nervios de punta, habría aplaudido la gran salida de Emily. Emily puede no decir mucho, pero su silencio grita más fuerte que las palabras. Sé que la lastimé. Y maldición, eso es lo último que quería hacer.

Volví mi atención a Sabrina, que seguía recostada en mi oficina como si fuera la dueña del lugar, pestañeando con esas pestañas postizas como si eso fuera a borrar el desastre que acababa de causar.

“Esta debe ser la última vez que intentas besarme o ponerte íntima conmigo en el trabajo”, dije con frialdad. Mi voz era de acero, cada sílaba cortante. “Te he dicho una y otra vez que mantengo mi vida personal fuera de la oficina. Métetelo en esa cabeza dura. La próxima vez que intentes algo así, haré que seguridad te saque a rastras y te prohíba volver a pisar estas instalaciones. No juegues conmigo, Sabrina. No estoy de humor.”

Ella parpadeó como una chihuahua confundida e intentó ese puchero horrible que ella cree que es tierno. Si el horror tuviera cara, sería esa expresión.

“Perdón, papi”, dijo con una voz que creo que pretendía sonar seductora. En cambio, sonó como una paloma agonizante.

Te juro que cada vez que me llama así, una neurona se suicida.

Mira, no voy a mentir, Sabrina es hermosa. Tiene ese tipo de belleza que vuelve estúpidos a los hombres. Pero a mí no. Ya vi lo que hay debajo del envoltorio bonito. Una mocosa consentida y egocéntrica con la inteligencia emocional de una esponja mojada.

“¿Y a qué debo esta visita?” pregunté, sin siquiera intentar ocultar mi irritación.

Se dejó caer en la silla frente a mí, cruzando las piernas como si estuviera audicionando para un anuncio de perfume. “¿No puedo venir a saludar a mi futuro esposo? ¿O eso ya es un crimen?”

Solté una risa seca. “¿Tú? ¿Saludar? Sabrina, no insultes mi inteligencia. Ve al grano. ¿Qué quieres?”

Suspiró dramáticamente. “Bien. Quiero ir de compras con mis amigas. Necesito que me lo patrocines.”

Ahí está.

Levanté una ceja. “¿No es tu padre rico? ¿Por qué siempre tengo que patrocinar tus tontas salidas de compras? Y por cierto, ¿no te di ayer mi tarjeta para eso? ¿Qué más podrías necesitar comprar?”

Sonrió dulcemente, y por un segundo juro que vi un demonio parpadear detrás de esas pestañas postizas. “Primero, le saco dinero tanto a ti como a papi. Segundo, siempre hay algo nuevo que comprar, cariño.”

Claro que sí. Con Sabrina, el mundo es un centro comercial gigante y yo soy su cajero automático ilimitado. Podría agotar una tarjeta negra en cojines decorativos y brillo labial.

Suspiré y me froté la cara, ya sintiendo el dolor de cabeza formándose detrás de los ojos. Contra mi buen juicio, saqué mi billetera y le entregué la tarjeta de nuevo. Su rostro se iluminó como si acabara de ganar la lotería.

“¡Gracias, cariño!” chilló e se inclinó sobre el escritorio para plantarme un beso en la mejilla. Ni siquiera parpadeé, ya había dominado el arte de la disociación emocional con ella hace años.

Giró dramáticamente hacia la puerta, sus tacones sonando como clavos en mi ataúd. Justo antes de salir, se volteó con una sonrisa empalagosamente dulce.

“Ah, por cierto, papi quiere que vayamos a cenar esta noche. Estate listo a las 8pm. Bueno, adiós cariño.”

Y así, el demonio se fue.

En cuanto la puerta se cerró, me recosté en la silla y exhalé profundamente. Si me quedara algo de cabello que perder, ya se habría vuelto gris.

Tomé el teléfono y marqué al único que podía ayudarme a navegar este circo, mi mejor amigo y abogado, Theo Brown.

“Hola, Dom”, contestó suavemente, probablemente tomando whisky y viendo repeticiones de Suits.

“¿Cuánto más, Theo? ¿Cuánto más tengo que seguir fingiendo ser el prometido de Sabrina Rodriguez antes de perder la cabeza y empezar una nueva vida en las Bahamas bajo un nombre falso?”

Se rió. Maldito.

“Un poco más, hermano. Solo un poco. Aguanta. Estoy redactando el acuerdo final para la fusión. Una vez cerrado, puedes cortar lazos y desaparecerla como en una mala cita de Tinder.”

Gemí. “Cena esta noche con Cabeza Calva y su hija Barbie. Ya sabes que va a sacar de nuevo el tema de la boda. Voy a tener que sentarme, sonreír y actuar como si estuviera enamorado de su hija mientras me alimentan con carne cara y miseria.”

“Te compadezco, hermano. Eres el verdadero MVP”, dijo riendo.

“Vete al diablo, Theo. Esto no es gracioso. Me estoy muriendo por dentro.”

“Sigo riendo, de todos modos”, dijo antes de que colgara.

Miré al techo, mis pensamientos volviendo a Emily. Su sonrisa, la forma en que su nariz se arruga cuando ríe, cómo se sonrojó cuando la llamé mía… Maldición.

Sacudí ese pensamiento de mi cabeza, no, no hay forma de que me enamore de ella. No puedo permitirme volver por ese camino.

Mi mente retrocede a mi familia, los Steele no son una familia. Son una monarquía vestida de rayas y dinero. Mi padre creía que el amor era debilidad. Mi madre dominaba el arte de la crueldad silenciosa. Recuerdo enamorarme cuando tenía veintidós años, me enamoré de una chica que conocí en la maestría. Se llamaba Rose. Era dulce, artística. Real.

La llevé a casa una vez.

Solo una vez.

La destrozaron.

No con palabras. Con silencio. Con juicio. Con sus ojos fríos y sonrisas afiladas. Recuerdo a mi padre amenazándome en su estudio, obligándome a elegir entre ella o mi herencia.

Así que la dejé ir.

Recuerdo que ella me rogaba que no la dejara, lloraba en mi auto intentando convencerme de luchar por nuestro amor y de elegir lo que teníamos.

Pero yo tenía demasiado miedo de perder el imperio, miedo de decepcionar a las únicas personas que me enseñaron a sobrevivir, y también miedo de lo que mis padres pudieran hacerle no solo a mí, sino también a ella. Así que elegí renunciar a ella, pensé que la estaba protegiendo.

Semanas después, me enteré de que Rose murió en un accidente de auto.

Conductor ebrio. Lugar equivocado. Momento equivocado.

Nunca pude despedirme.

Nunca pude decir que lo sentía.

No amo con facilidad. No confío en el sentimiento. Huyo de él, lo entierro, lo mato antes de que me mate a mí.

Y no puedo darme el lujo de amar a Emily. No soy capaz de eso, sin importar cuánto lo desee.

Gemí y golpeé mi cabeza suavemente contra el escritorio.

Solo necesito sobrevivir la cena primero. Luego daré el siguiente paso para acabar con esta farsa de una vez por todas.

Ya me cansé de que Sabrina y su padre calvo me arruinen la vida.

Ya me cansé de fingir por el bien de un trato de negocios.

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