LOGINCapítulo 3: El Instinto que Rugió en Silencio
El anciano sabio, el custodio de tradiciones de la Manada del Hierro Lunar, alzó sus manos arrugadas hacia el cielo donde la luna comenzaba a asomarse entre las copas de los árboles. Su voz, grave y serena, cortó el aire tenso del claro sagrado: —La palabra ha sido dada. El pacto ha sido sellado entre la Manada de la Niebla Eterna y la Manada del Hierro Lunar. Ahora, según la antigua costumbre, unan sus manos para que la Luna reconozca esta unión. Kaelen dudó. Durante unos segundos que parecieron eternos, no se movió. Lirael podía escuchar cómo su respiración se entrecortaba, cómo apretaba los puños a sus costillas, luchando contra algo que solo él podía sentir. Finalmente, lentamente, extendió su mano derecha. Lirael alzó la suya, sus dedos temblando apenas. Cuando sus pieles se tocaron, el mundo entero pareció detenerse. No fue solo calor. No fue solo un escalofrío. Fue como si algo dentro de ambos, algo que dormía desde que nacieron, despertara de golpe con un rugido que resonó en lo más profundo de sus almas. MÍA. La palabra no se dijo en voz alta. Estalló en la mente de ambos al mismo tiempo, clara y absoluta, como si hubiera estado esperando ese instante desde antes de que existieran. Kaelen contuvo el aliento. Sus ojos se abrieron de par en par, clavándose en el rostro de ella, aunque ella no podía verlo. Su corazón, que siempre latía con ritmo firme y controlado, se aceleró con violencia, golpeando contra sus costillas como si quisiera romperlas. "¿Qué… qué es esto? ¿Por qué siento como si me hubieran arrancado el pecho y puesto el suyo en su lugar? No puede ser ella. No ahora. No así." Lirael sintió algo aún más desconcertante. Donde normalmente podía percibir las emociones de los demás como colores o sonidos suaves, lo que emanaba de él era un estruendo abrumador. Un torbellino de sentimientos tan intenso que casi la hizo perder el equilibrio. Y sin embargo, en el centro de esa tormenta, no lograba distinguir nada claro. Era como mirar al abismo y saber que algo vivía allí, sin poder decir qué era. —¿Sientes… esto? —susurró ella, apenas audible, sus dedos apretándose muy levemente contra los de él. Esa pequeña pregunta rompió el hechizo. Kaelen reaccionó como si la hubiera quemado. Retiró la mano bruscamente, dando un paso atrás, alejándose de ella con evidente turbación. Su rostro se oscureció, la confusión se transformó rápidamente en rabia —hacia sí mismo, hacia el destino, hacia esa conexión que no había pedido sentir. —No sé de qué hablas —dijo él con voz áspera, evitando mirarla como si ella fuera peligrosa—. Es solo el nerviosismo del momento. Nada más. —No es nerviosismo, Kaelen —insistió ella suavemente, aunque sentía que se ahogaba en la incomprensión—. Algo cambió. Lo sentiste. Lo sé porque lo sentí yo también. Él dio otro paso atrás, cruzándose de brazos, construyendo un muro invisible pero impenetrable entre ambos: —Te dije que no hables de cosas que no comprendes. Estamos aquí por un acuerdo político. No por… magia ni destinos ridículos. Olvida lo que creíste sentir. No existe. —¿Y tú? —preguntó ella, con una valentía que no sabía que poseía—. ¿Tú también lo vas a fingir? ¿Vas a ignorar lo que tu propio ser reconoció en el instante en que nos tocamos? Kaelen miró a su alrededor. Algunos presentes observaban con curiosidad, otros con confusión. No quería que nadie viera que algo en él había fallado. No quería que nadie supiera que la Luna, esa fuerza que todos reverenciaban, le había impuesto a su compañera eterna justo cuando menos la quería. —No sé qué clase de fantasías te cuentas a ti misma porque no puedes ver el mundo real —le dijo con frialdad cortante, lastimándola sin necesidad—, pero te sugiero que las guardes para ti. Aquí seguimos las reglas de esta manada, no las sensaciones de una extraña. No eres especial, Lirael. No le des a esto más importancia de la que tiene. Las palabras cayeron sobre ella como piedras. Lirael bajó lentamente las manos, entrelazándolas frente a sí para evitar que temblaran. Comprendió entonces con una claridad dolorosa: él no solo no la quería. Le molestaba que el destino los hubiera unido. Le molestaba sentir esa conexión, y en lugar de abrazarla, la culpaba a ella por existir. "El destino no preguntó si queríamos estar juntos. Pero él actúa como si yo hubiera venido a robarle algo. Y lo peor es que no puedo culparlo. Si me hubieran dado a elegir, tampoco lo habría elegido a él. Pero esto… esto que sentimos… es más grande que ambos. ¿Por qué se empeña en luchar contra ello solo porque no le gusta cómo llegó?" El anciano sabio miró entre ambos con expresión confundida, aunque sus ojos ancianos parecían haber captado algo más que el resto: —¿Todo bien, Alfa Kaelen? La ceremonia requiere que se mantengan unidos ante su gente. Kaelen enderezó los hombros, recuperando su máscara de autoridad impasible: —Todo está bien. Continuemos. Pero ya nada fue igual. No para ellos. Durante el resto de las palabras rituales, Kaelen permaneció a su lado pero a distancia, sin volver a tocarla, sin siquiera dirigirle la palabra. Lirael podía sentir cómo él luchaba consigo mismo, cómo reprimía cada instinto que esa conexión despertaba en su interior. Y cada vez que esa oleada de rechazo la golpeaba, ella se encogía por dentro, preguntándose qué había hecho mal para que su alma gemela la mirara como si fuera su peor pesadilla. Cuando la ceremonia terminó, cuando los aplausos educados y los murmullos de despedida comenzaron a sonar, Kaelen se giró hacia ella por última vez ante todos. Su voz fue baja, solo para que ella lo oyera, cargada de una mezcla de obligación y resentimiento: —Te llevarán a la mansión. Te asignaré una habitación. No esperes compartir la mía. No somos compañeros en nada más que en nombre y en papel. Vive tu vida en los límites que te marque. No interfieras en mis asuntos, no me molestes con tus presentimientos, y mantente alejada de las decisiones de esta manada. ¿Entendido? Lirael levantó el rostro hacia él, con lágrimas que no dejó caer: —Entiendo que no me elegiste. Entiendo que esto duele. Pero te pido una sola cosa, Kaelen: no me castigues por algo que yo tampoco pedí. No soy tu enemiga. Y no merezco ser tratada como si lo fuera. Él dudó un instante. Por una fracción de segundo, algo parecido al arrepentimiento cruzó su mirada. Pero lo reprimió con fuerza: —Solo recuerda tu lugar, y no tendremos problemas. Se dio media vuelta y se marchó, caminando con paso firme hacia el grupo de ancianos que lo esperaban, dejándola allí de pie, sola entre desconocidos, con el corazón latiéndole por alguien que deseaba no sentirlo. Una sirvienta joven se acercó tímidamente: —Señora Lirael… soy Mara. Le mostraré su habitación, por favor, sígame. Lirael asintió, extendiendo su mano para apoyarse suavemente en el brazo de la muchacha. Mientras caminaban alejándose del claro sagrado, escuchó risas, conversaciones, planes para banquetes que no incluían a la novia. Y lo más doloroso de todo: escuchó su propia voz interior repitiendo lo que su instinto ya sabía. Eran almas destinadas. La Luna no se equivocaba. Ese vínculo era real, irrompible, grabado en lo más profundo de sus esencias. Ninguno de los dos podría jamás deshacerlo. Y sin embargo, en ese instante, se sentían como extraños obligados a compartir una jaula. ~ Fin del Capítulo 3 ~ ¿Te gustó?Capítulo 4: La Mansión de los Riven Caminaron durante unos minutos que se sintieron como horas. Mara, la sirvienta que la acompañaba, no soltaba su brazo con demasiada fuerza, pero su agarre era firme y amable. Lirael agradeció ese tacto suave en medio de todo lo que se sentía hostil y desconocido. —La mansión es grande —le advirtió Mara en voz baja—. Muchas escaleras, muchos pasillos. No se preocupe si se pierde al principio. A todos nos pasó la primera semana. —Gracias, Mara —respondió Lirael con una sonrisa sincera—. ¿Podrías describírmela? Así aprenderé a moverme antes de tropezarme con todo. —Claro. Es de piedra gris y madera oscura. El techo del vestíbulo es tan alto que parece tocar las nubes. Hay un gran reloj de péndulo que marca cada hora tan fuerte que se escucha en toda la casa. A la derecha está la sala principal, a la izquierda el comedor. Subimos una escalera ancha de madera que cruje en el tercer escalón desde arriba… ya, ese era. Ahora caminamos por el pasillo del
Capítulo 3: El Instinto que Rugió en SilencioEl anciano sabio, el custodio de tradiciones de la Manada del Hierro Lunar, alzó sus manos arrugadas hacia el cielo donde la luna comenzaba a asomarse entre las copas de los árboles. Su voz, grave y serena, cortó el aire tenso del claro sagrado:—La palabra ha sido dada. El pacto ha sido sellado entre la Manada de la Niebla Eterna y la Manada del Hierro Lunar. Ahora, según la antigua costumbre, unan sus manos para que la Luna reconozca esta unión.Kaelen dudó. Durante unos segundos que parecieron eternos, no se movió. Lirael podía escuchar cómo su respiración se entrecortaba, cómo apretaba los puños a sus costillas, luchando contra algo que solo él podía sentir. Finalmente, lentamente, extendió su mano derecha.Lirael alzó la suya, sus dedos temblando apenas. Cuando sus pieles se tocaron, el mundo entero pareció detenerse.No fue solo calor. No fue solo un escalofrío. Fue como si algo dentro de ambos, algo que dormía desde que nacieron, d
Capítulo 2: Bajo la Venda BlancaEl camino duró más de lo que Lirael hubiera imaginado. Las ruedas del carruaje crujían sobre la tierra apisonada, y cada sacudida le hablaba del terreno. Su padre viajaba a su lado en silencio, y ella podía escuchar cómo apretaba los dientes cada vez que se acercaban más al territorio ajeno. No era miedo, era pesar. Pesar por lo que estaba entregando.—Ya cruzamos el límite —dijo él en voz baja, como si no quisiera que nadie más lo oyera—. Estamos en tierras de los Riven.Lirael asintió, sus manos descansando suavemente sobre su falda de lino.—Lo sé. El aire cambió. Se siente… más pesado. Como si todo estuviera esperando a ver qué hacemos.Brennan Voss suspiró profundamente:—Kaelen Riven no es un hombre que acepte sorpresas con agrado. Es justo, pero estricto. Y orgulloso. Muy orgulloso. Esperaba a Elara. Cuando vea que eres tú… no sé cómo reaccionará.—Entonces esperemos a verlo, padre. No podemos prepararnos para algo que aún no ha ocurrido. Solo p
Capítulo 1: El Acuerdo y la HuidaEl viento que recorría el valle no traía solo el frescor de la montaña; traía tensión. Era el año 2026, y el mundo de los humanos se extendía por todas partes: carreteras asfaltadas, ciudades que crecían como sombras de cemento, leyes que cada vez menos comprendían lo que significaba pertenecer a una manada. Sin embargo, en los valles profundos de Vallegris, dos familias poderosas aún guardaban sus tradiciones, sus territorios… y sus heridas abiertas.Al norte, entre bosques de pino y niebla que apenas se disipaba al mediodía, vivía la Manada de la Niebla Eterna, los Voss. Tierras ricas en hierbas y caza, pero apartadas y discretas. Al sur, en los fértiles valles donde la industria florecía y el comercio fluía como un río de monedas, dominaba la Manada del Hierro Lunar, los Riven. Orgullosos, numerosos, influyentes.Entre ambos territorios corría algo más que una frontera: el Río de la Luna. Agua cristalina que nacía en las montañas de los Voss y cru







