LOGINCapítulo 4: La Mansión de los Riven
Caminaron durante unos minutos que se sintieron como horas. Mara, la sirvienta que la acompañaba, no soltaba su brazo con demasiada fuerza, pero su agarre era firme y amable. Lirael agradeció ese tacto suave en medio de todo lo que se sentía hostil y desconocido. —La mansión es grande —le advirtió Mara en voz baja—. Muchas escaleras, muchos pasillos. No se preocupe si se pierde al principio. A todos nos pasó la primera semana. —Gracias, Mara —respondió Lirael con una sonrisa sincera—. ¿Podrías describírmela? Así aprenderé a moverme antes de tropezarme con todo. —Claro. Es de piedra gris y madera oscura. El techo del vestíbulo es tan alto que parece tocar las nubes. Hay un gran reloj de péndulo que marca cada hora tan fuerte que se escucha en toda la casa. A la derecha está la sala principal, a la izquierda el comedor. Subimos una escalera ancha de madera que cruje en el tercer escalón desde arriba… ya, ese era. Ahora caminamos por el pasillo del segundo piso. Su puerta está al final, a la derecha. Lirael contó cada paso mientras caminaban. Veintiocho pasos desde la escalera hasta su puerta. Se lo grabó en la memoria. Mara abrió la puerta y entró primero: —Aquí estamos. Espero que le guste. El Alfa dijo que… que esta sería su habitación. Lirael entró despacio. Extendió una mano y tocó la pared de piedra fría. Luego dio un paso adelante y sus dedos rozaron madera pulida. Dio siete pasos hacia la ventana y sintió el aire fresco que entraba por las rendijas. Tres pasos a la derecha encontró la cama, amplia y con sábanas de lino limpio. Doce pasos hacia atrás y llegó de nuevo a la puerta. —Siete pasos de la puerta a la ventana —murmuró para sí misma—. Tres de la ventana a la cama. Doce de la cama a la puerta. Lo recordaré. —¿Le parece pequeña? —preguntó una voz masculina desde el umbral. No era Kaelen. Era más suave, joven, con una calidez que hasta ahora no había encontrado en nadie. Lirael se giró hacia él: —No me importa el tamaño. Solo necesito saber dónde está todo para no sentirme perdida todo el tiempo. ¿Eres…? —Soy Darian. Hermano menor de Kaelen. Bienvenida a casa, supongo. —Entró en la habitación y se detuvo a una distancia respetuosa—. Lamento que las cosas hayan empezado así. Kaelen… no es bueno con las sorpresas. Y menos con las que no pidió. —No necesito que me disculpes por él —dijo Lirael suavemente, aunque con firmeza—. Sé que no es fácil recibir a una extraña como compañera de toda la vida. No espero que me ame de inmediato. Solo espero que no me trate como si fuera invisible además de ciega. Darian suspiró, y ella escuchó en ese sonido honestidad sin reservas: —Intentaré que no te sientas así. De verdad. Pero esta familia… no es buena mostrando lo que siente. Mi padre, Aldric, murió hace tres años defendiendo la frontera del norte. Era un hombre de pocas palabras. Mi madre, Elena… es amable, pero vive atrapada en lo que se espera de ella, no en lo que siente. Y Kaelen cargó todo el peso del mundo sobre sus hombros desde que tenía veintidós años. A veces olvida que no es de piedra. En ese momento, una mujer entró en la habitación. Sus pasos eran silenciosos, su perfume sutil y elegante. Lirael reconoció esa clase de presencia: alguien que había vivido siempre entre normas y apariencias. —Darian, déjala descansar. Ha tenido un día largo —dijo la mujer. Era Elena. Su voz era educada, cuidadosa, pero distante, como si estuviera hablando con una invitada, no con su nuera—. Bienvenida, Lirael. Espero que estés cómoda. —Gracias, señora Elena —respondió Lirael con respeto—. Su hijo ha sido claro respecto a dónde estoy y dónde no estoy. No causaré problemas. Elena se quedó en silencio un momento, sorprendida por la serenidad de aquella chica que no podía verla: —No espero que seas perfecta. Solo espero que aprendas nuestras costumbres rápido. Aquí todo tiene su lugar. Todo el mundo sabe qué hacer. Y… esta habitación es tuya. Kaelen ha decidido que dormirás aquí, separada de él. No me opongo. Las decisiones del Alfa son ley. No hay discusión al respecto. Darian frunció el ceño: —Madre, ¿no crees que eso es… duro? Acaban de casarse. La gente hablará. Dirán que la hemos encerrado. —Que digan lo que quieran —intervino la voz de Kaelen desde la puerta. Nadie lo había escuchado llegar—. Esto no es asunto de nadie más. Es mi decisión y es definitiva. Entró en la habitación. La tensión que emanaba de él llenó el espacio pequeño al instante. Lirael sintió que el aire se volvía más denso. —Esta ala es tranquila —dijo Kaelen sin mirarla directamente—. Nadie vendrá a molestarte. Tienes tu propio baño, el armario está vacío para tus cosas, y la ventana da al jardín trasero. Si necesitas algo, habla con Mara. Ella será tu asistente. No busques mi habitación. Está en el ala opuesta. Si necesitas hablar conmigo, envíame un mensaje a través de Torin o de Mara. No entres en mi estudio sin que te invite. ¿Comprendido? Lirael lo miró hacia donde su voz provenía, con la venda blanca inmaculada sobre sus ojos: —¿Acaso soy un peligro para ti, Kaelen? ¿O solo tienes miedo de que exista algo entre nosotros que tú no puedas controlar? Elena contuvo el aliento. Darian abrió los ojos sorprendido. Nadie le hablaba así a Kaelen. Nadie. Kaelen dio un paso hacia ella, su voz baja pero cargada de advertencia: —Te he dado un techo. Te he dado un lugar seguro. No me exijas también mi puerta. No la abriré. No ahora. Quizás nunca. Agradece que no te trato peor y no cruces mis límites. —No pido que me des tu vida —respondió ella sin retroceder un milímetro—. Solo pido que no me trates como si fuera una prisionera en la casa que supuestamente también es mía ahora. Soy tu compañera ante la Luna y ante la ley. No tu sirvienta. Y no tu enemiga. Kaelen apretó los dientes. Quería enfadarse. Quería gritarle que se callara y aceptara lo que él le daba. Pero algo en la forma en que ella no temblaba ante él lo desconcertaba. —La casa es grande —dijo finalmente, con sequedad—. Suficiente para que no nos molestemos el uno al otro. Que así sea. Se giró y salió de la habitación. Kaelen Riven, el alfa imponente que nadie osaba desafiar, huyó de una conversación con una chica que no podía verlo. Elena suspiró profundamente: —Le has desafiado. Pocos se atreven. Casi nadie lo hace y sale ileso. Ten cuidado, Lirael. Él no sabe cómo manejar lo que no puede controlar. Y tú… tú eres un misterio que no puede descifrar con solo mirarte. —No intento ser un misterio, señora Elena. Solo intento ser tratada como una persona. ¿Es eso demasiado? Elena no respondió de inmediato. Se acercó a la puerta y se detuvo en el umbral: —En esta familia, ser tratada como persona es un lujo. Incluso para mí. Descansa. Mañana te enseñaremos lo básico de la casa. Buenas noches. Se marchó. Darian se quedó un instante más: —Eres valiente. O temeraria. Aún no lo sé. Pero me alegra que estés aquí. Alguien tiene que decirle las cosas como son. Que duermas bien, Lirael. Cuando se cerró la puerta tras de él, el silencio llegó. No era un silencio pacífico. Era un silencio que pesaba en el pecho. Lirael caminó despacio hacia la cama. Se sentó en el borde. Tocó las sábanas suaves, la madera pulida de la mesita de noche, la alfombra gruesa bajo sus pies. Todo era de buena calidad. Todo estaba en su lugar. Se acostó, pero no cerró los ojos. No tenía sentido. Escuchó el reloj de péndulo en el vestíbulo dar la hora. Una, dos, tres veces. Cada sonido le recordaba que estaba lejos de todo lo que conocía. Que en esa casa grande y hermosa, nadie la esperaba en la mesa. Nadie le preguntaría cómo le había ido el día. Nadie se sentaría a su lado solo porque sí. Pensó en su propia casa: el olor a pan recién horneado de su madre, las risas de sus hermanas llenando cada rincón, su padre silbando mientras afuera reparaba las cercas. Allí no necesitaba contar los pasos para saber dónde estaba. Allí sabía que pertenecía. "Tengo una cama cómoda. Tengo techo sobre mi cabeza. Tengo sirvientes que me atienden si lo pido. Pero la casa de alguien más nunca se convierte en hogar solo porque te dejen quedarte." Se abrazó a sí misma en la oscuridad que para ella no era oscuridad, sintiendo el frío de la soledad más profundo que jamás había conocido. Tenía techo. Tenía techo… pero no tenía hogar. Y lo sabía. ~ Fin del Capítulo 4 ~ ¿Te gustó?Capítulo 4: La Mansión de los Riven Caminaron durante unos minutos que se sintieron como horas. Mara, la sirvienta que la acompañaba, no soltaba su brazo con demasiada fuerza, pero su agarre era firme y amable. Lirael agradeció ese tacto suave en medio de todo lo que se sentía hostil y desconocido. —La mansión es grande —le advirtió Mara en voz baja—. Muchas escaleras, muchos pasillos. No se preocupe si se pierde al principio. A todos nos pasó la primera semana. —Gracias, Mara —respondió Lirael con una sonrisa sincera—. ¿Podrías describírmela? Así aprenderé a moverme antes de tropezarme con todo. —Claro. Es de piedra gris y madera oscura. El techo del vestíbulo es tan alto que parece tocar las nubes. Hay un gran reloj de péndulo que marca cada hora tan fuerte que se escucha en toda la casa. A la derecha está la sala principal, a la izquierda el comedor. Subimos una escalera ancha de madera que cruje en el tercer escalón desde arriba… ya, ese era. Ahora caminamos por el pasillo del
Capítulo 3: El Instinto que Rugió en SilencioEl anciano sabio, el custodio de tradiciones de la Manada del Hierro Lunar, alzó sus manos arrugadas hacia el cielo donde la luna comenzaba a asomarse entre las copas de los árboles. Su voz, grave y serena, cortó el aire tenso del claro sagrado:—La palabra ha sido dada. El pacto ha sido sellado entre la Manada de la Niebla Eterna y la Manada del Hierro Lunar. Ahora, según la antigua costumbre, unan sus manos para que la Luna reconozca esta unión.Kaelen dudó. Durante unos segundos que parecieron eternos, no se movió. Lirael podía escuchar cómo su respiración se entrecortaba, cómo apretaba los puños a sus costillas, luchando contra algo que solo él podía sentir. Finalmente, lentamente, extendió su mano derecha.Lirael alzó la suya, sus dedos temblando apenas. Cuando sus pieles se tocaron, el mundo entero pareció detenerse.No fue solo calor. No fue solo un escalofrío. Fue como si algo dentro de ambos, algo que dormía desde que nacieron, d
Capítulo 2: Bajo la Venda BlancaEl camino duró más de lo que Lirael hubiera imaginado. Las ruedas del carruaje crujían sobre la tierra apisonada, y cada sacudida le hablaba del terreno. Su padre viajaba a su lado en silencio, y ella podía escuchar cómo apretaba los dientes cada vez que se acercaban más al territorio ajeno. No era miedo, era pesar. Pesar por lo que estaba entregando.—Ya cruzamos el límite —dijo él en voz baja, como si no quisiera que nadie más lo oyera—. Estamos en tierras de los Riven.Lirael asintió, sus manos descansando suavemente sobre su falda de lino.—Lo sé. El aire cambió. Se siente… más pesado. Como si todo estuviera esperando a ver qué hacemos.Brennan Voss suspiró profundamente:—Kaelen Riven no es un hombre que acepte sorpresas con agrado. Es justo, pero estricto. Y orgulloso. Muy orgulloso. Esperaba a Elara. Cuando vea que eres tú… no sé cómo reaccionará.—Entonces esperemos a verlo, padre. No podemos prepararnos para algo que aún no ha ocurrido. Solo p
Capítulo 1: El Acuerdo y la HuidaEl viento que recorría el valle no traía solo el frescor de la montaña; traía tensión. Era el año 2026, y el mundo de los humanos se extendía por todas partes: carreteras asfaltadas, ciudades que crecían como sombras de cemento, leyes que cada vez menos comprendían lo que significaba pertenecer a una manada. Sin embargo, en los valles profundos de Vallegris, dos familias poderosas aún guardaban sus tradiciones, sus territorios… y sus heridas abiertas.Al norte, entre bosques de pino y niebla que apenas se disipaba al mediodía, vivía la Manada de la Niebla Eterna, los Voss. Tierras ricas en hierbas y caza, pero apartadas y discretas. Al sur, en los fértiles valles donde la industria florecía y el comercio fluía como un río de monedas, dominaba la Manada del Hierro Lunar, los Riven. Orgullosos, numerosos, influyentes.Entre ambos territorios corría algo más que una frontera: el Río de la Luna. Agua cristalina que nacía en las montañas de los Voss y cru







