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Author: OrfhyLuna18
last update publish date: 2026-10-19 07:33:14

Capítulo 2: Bajo la Venda Blanca

El camino duró más de lo que Lirael hubiera imaginado. Las ruedas del carruaje crujían sobre la tierra apisonada, y cada sacudida le hablaba del terreno. Su padre viajaba a su lado en silencio, y ella podía escuchar cómo apretaba los dientes cada vez que se acercaban más al territorio ajeno. No era miedo, era pesar. Pesar por lo que estaba entregando.

—Ya cruzamos el límite —dijo él en voz baja, como si no quisiera que nadie más lo oyera—. Estamos en tierras de los Riven.

Lirael asintió, sus manos descansando suavemente sobre su falda de lino.

—Lo sé. El aire cambió. Se siente… más pesado. Como si todo estuviera esperando a ver qué hacemos.

Brennan Voss suspiró profundamente:

—Kaelen Riven no es un hombre que acepte sorpresas con agrado. Es justo, pero estricto. Y orgulloso. Muy orgulloso. Esperaba a Elara. Cuando vea que eres tú… no sé cómo reaccionará.

—Entonces esperemos a verlo, padre. No podemos prepararnos para algo que aún no ha ocurrido. Solo puedo ser yo misma. Si eso no es suficiente, al menos lo sabremos desde el principio.

El carruaje finalmente se detuvo. El sonido fue seguido inmediatamente por el murmullo de muchas voces que se interrumpieron al mismo tiempo. Un silencio repentino, incómodo, lleno de expectación. Lirael contó las respiraciones que pudo percibir: decenas de personas. Muchas más de las que imaginaba. Todos esperando. Todos mirando.

El cochero abrió la puerta.

—Bienvenidos a la Manada del Hierro Lunar —dijo, aunque su voz carecía de calidez.

Lirael extendió la mano y encontró el brazo de su padre.

—¿Lista? —le preguntó él, y ella notó el temblor en su voz.

—Lo estaré —respondió ella con suavidad—. Solo camina a mi lado. No necesito que me guíes los pasos. Solo necesito saber que no estoy sola al dar cada uno.

Bajó del carruaje. Sus pies tocaron la piedra fría del suelo. El viento sopló con más fuerza allí, llevando consigo el olor a leña, a hierro forjado, a animales y a gente numerosa. Pero lo que más percibió no fue un olor, sino una emoción colectiva: curiosidad mezclada con escepticismo. Cientos de ojos la recorrían de arriba abajo, juzgando su vestido sencillo, su bastón, la venda blanca que cubría sus ojos.

—¿Dónde está Elara? —preguntó una voz fuerte desde algún lugar al frente, cortando el aire como un cuchillo—. Acordamos con la mayor. No con una desconocida.

Brennan dio un paso al frente, colocándose entre la multitud y su hija:

—Elara enfermó gravemente anoche. No podía viajar, mucho menos comprometerse en este estado. Lirael, su hermana menor, ha aceptado tomar su lugar por el bien de nuestra alianza y de la paz entre nuestras familias.

Un murmullo se elevó entonces, no de aprobación, sino de desaprobación. Susurros que Lirael captó con dolorosa claridad:

—¿La ciega? ¿Esa es la compañera que nos envían?

—¿Qué clase de broma es esta?

—No podrá cumplir con sus deberes. No podrá ver ni siquiera quién le habla.

—Los Voss se están burlando de nosotros. Tienen que estarlo haciendo.

Lirael respiró hondo. Quería hablar, quería decirles que no necesitaba ojos para escucharlos, para comprenderlos, para servirles. Pero su padre le apretó suavemente el brazo, indicándole que esperara. Y entonces el murmullo murió, reemplazado por un silencio aún más tenso. Alguien más importante estaba por hablar.

—Avancen. Lleguen al altar. Allí hablaremos.

Esa voz. Profunda, grave, controlada. No gritó, pero todos la obedecieron al instante. Lirael sintió que ese era él. Kaelen Riven.

Caminó paso a paso. Contó cada uno para no perder la compostura: uno, dos, tres… Diecisiete pasos desde el carruaje hasta donde él esperaba. Cada paso acompañada de miradas que la desnudaban sin piedad. Cuando finalmente se detuvo, a unos pasos de distancia, sintió su presencia como una columna de calor y autoridad. Era alto, ancho de hombros, y la energía que emanaba de él era intensa, abrumadora.

—Me dijeron que vendría Elara —dijo Kaelen, y su voz estaba a pocos metros, firme y sin amabilidad—. No a una extraña que apenas conoce mi nombre.

Brennan respondió con dignidad:

—Como dije, mi hija mayor no pudo venir. Lirael se ofrece voluntariamente. No hay engaño, Alfa. Solo necesidad y buena voluntad.

Kaelen no respondió de inmediato. Dio un paso lento hacia adelante, rodeándola como quien inspecciona algo que no esperaba recibir. Lirael se mantuvo erguida, aunque su corazón golpeaba contra sus costillas como pidiendo salir. Sintió su mirada sobre ella, pesada y crítica, examinando cada detalle.

—¿Y tú? —le preguntó él directamente, dirigiéndole la palabra por primera vez—. ¿Tú realmente quieres estar aquí? O te enviaron como quien envía un paquete que nadie más quiere llevar.

Lirael alzó el rostro hacia donde su voz provenía, con la venda blanca inmaculada sobre sus ojos, y habló con claridad, sin vacilación:

—No elegí nacer en medio de un conflicto que no inicié. No elegí que mi hermana no pudiera venir. Pero elegí estar aquí. Elegí que nuestras familias no se destruyan por orgullo. Y si mi mano puede ser el puente, entonces sí, quiero estar aquí. No como un paquete. Como una persona que desea lo mejor para todos.

Kaelen se quedó en silencio. No esperaba que hablara así. Tan serena, tan segura de sí misma a pesar de todo. Sin embargo, su decepción era palpable. Podía oírse en su respiración entrecortada, en la forma en que se apartó un paso, como si la cercanía le molestara.

—Eres joven —dijo él con sequedad—. Y no conoces este lugar ni a su gente. Ser Luna requiere fortaleza, presencia, saber guiar con la mirada y la palabra. No es tarea para alguien que necesita que le digan dónde está cada cosa.

—Necesito que me digan dónde están las cosas físicas, es cierto —respondió Lirael sin bajar la cabeza—. Pero no necesito ver para saber cómo se siente una persona cuando está triste o enojada. No necesito ojos para escuchar lo que nadie más se atreve a decir. Y tal vez, Alfa, precisamente porque no veo las apariencias, pueda ver lo que realmente importa.

Kaelen soltó una risa corta, amarga y sin humor:

—Palabras bonitas no construyen puentes, señorita. Acciones. Y lo que veo ante mí es una sustituta enviada a última hora porque la verdadera prometida no tuvo el valor de presentarse. No me hables de lo que puedes hacer cuando ni siquiera has visto el territorio que se supone vas a representar.

—Si me permite el tiempo para conocerlo, no lo decepcionaré —dijo ella con suavidad—. Solo pido oportunidad. No favores. Solo la posibilidad de demostrar quién soy.

A su alrededor, la gente murmuraba de nuevo. Algunos con lástima, otros con burla abierta. —Pobre chica, no tiene idea de en qué se metió —susurró una voz femenina cerca de ella—. —Y él no va a ser amable con alguien que siente que le han impuesto —añadió otra más lejos.

Kaelen finalmente habló, y su tono fue definitivo, como quien acepta algo que detesta pero no tiene opción de rechazar:

—El pacto fue sellado con sangre y palabra. No puedo romperlo sin causar guerra. Si tu padre te ha puesto en este lugar, cumpliré con mi parte del trato. Pero no esperes que finja que esto es lo que deseaba. No esperes calidez que no siento. Y no esperes que te trate como una reina cuando llegaste como una obligación que nadie quería.

—No vengo buscando ser tratada como reina, Alfa Riven —respondió Lirael—. Vengo buscando ser respetada como ser humano. Y haré todo lo posible para merecer también su respeto, a su tiempo.

Kaelen no respondió. Solo se giró hacia los presentes y alzó la voz para que todos escucharan:

—La ceremonia continuará. Que se haga según lo acordado. Pero que quede claro: esto no es lo que yo elegí. Y nadie debe esperar que sea perfecto.

Se giró de nuevo hacia ella, y aunque no podía verlo, sintió la distancia que él había puesto entre ambos. No era solo física. Era un muro de piedra que él había construido en el instante en que la vio. Y sabía, con una certeza que le heló la sangre, que derribarlo sería la batalla más difícil de su vida.

La ceremonia comenzó. Un anciano habló de lealtad, de alianza, de la Luna que protege a los suyos. Lirael escuchaba cada palabra, pero lo que más escuchaba era el silencio de Kaelen a su lado. No tomó su mano hasta que fue obligado a hacerlo, y cuando sus dedos se rozaron por un instante, él la retiró casi de inmediato. Frío. Distante. Como si su contacto fuera algo que debía soportar, no algo que le uniera.

El silencio se volvió tan pesado que Lirael creyó que podría tocarlo con las manos vacías.

 

~ Fin del Capítulo 2 ~

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