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Capítulo 5

Author: Sanchi
—Mmm…

Laura se dio la vuelta sobre la cama. La piel que quedaba al descubierto, clara y translúcida, adquiría un brillo nacarado bajo la luz matinal que entraba por la ventana.

Sus ojos almendrados, cerrados con suavidad, se abrieron poco a poco. Tras un instante de desconcierto, su mirada se despejó de golpe.

Se incorporó bruscamente en la cama, ya completamente despierta.

¡Había soñado! Y en el sueño estaba con Gustavo…

Se dio una palmada en la frente, avergonzada.

Justo entonces, el celular empezó a sonar con insistencia. Miró la pantalla y vio el nombre que aparecía en ella.

Su corazón, que aún latía acelerado, se calmó enseguida, y el calor que todavía le recorría el cuerpo se disipó por completo.

—¿Sí?

La voz furiosa de Joaquín estalló al otro lado de la línea.

—¡Vuelve de inmediato!

***

La residencia de los Belmonte estaba ubicada en las afueras de la capital.

La mayoría de quienes compraban casas en esa zona eran como Joaquín: no lo bastante ricos para codearse con la verdadera élite, pero sí lo suficiente como para necesitar proyectar cierto estatus en los negocios.

Doce años atrás, la familia de Joaquín se había trasladado a otra provincia para hacer negocios y había llevado consigo a la abuela de Laura.

Años después, cuando su empresa logró abrirse paso hasta la capital, volvieron a mudarse y se instalaron allí, aunque apenas lograron poner un pie en el círculo social de la ciudad.

Para seguir escalando, Joaquín empezó a hacer todo lo posible por ganarse el favor de la familia Figueroa, dedicada al sector inmobiliario.

Era la primera vez que Laura visitaba la residencia de los Belmonte.

Apenas entró al salón, vio a Joaquín y a Claudia Moreno sentados, ambos con el semblante sombrío.

Su prima, Elena, estaba instalada con elegancia en el sofá, serena y refinada, con un libro entre las manos.

Laura entró con paso firme, el sonido de sus tacones resonando sobre el suelo, y se sentó sin ceremonia en el sofá frente al matrimonio.

—¿Qué pasa?

Tenía una sonrisa en los labios, pero su tono era ligero y distante.

Joaquín le lanzó una mirada helada y habló con furia:

—Anoche te dije que fueras a quedar bien con Tomás. ¿Lo que te digo te entra por un oído y te sale por el otro?

—Sí fui.

Claudia ya no pudo contenerse y preguntó con dureza:

—¿A qué fuiste? ¿A arruinarlo todo?

Con un manotazo, plantó una fotografía sobre la mesa de centro.

—¡Qué descaro el tuyo! ¿Cómo te atreviste a hacerle eso a Tomás?

Laura echó un vistazo a la foto. No sabía qué entrometido había captado justo el momento en que le vaciaba la copa encima a Tomás.

En la imagen, Tomás aparecía con la ropa empapada de licor.

Si esa foto llegaba a circular, sin duda sería una vergüenza para los Figueroa. Sobre todo porque quien lo había humillado era alguien como Laura, sin una familia poderosa, sin estatus y sin respaldo.

Si hubiera sido una chica de una familia poderosa de la capital, Tomás probablemente habría tenido que tragarse la humillación sin rechistar.

La sola idea le hizo gracia.

Laura no pudo evitar soltar una risita.

Al verla reír, el semblante de Joaquín se ensombreció aún más.

—¿Te parece divertido? ¡La familia Figueroa llamó esta mañana para exigir explicaciones! ¡El señor Figueroa estaba furioso! ¡Te pedí que quedaras bien con Tomás y que el compromiso siguiera adelante sin problemas, no que volvieras al país y armaras un desastre desde la primera noche!

Laura no pareció darle demasiada importancia. Respondió con voz inocente:

—Fue sin querer. Tendré más cuidado la próxima vez.

La próxima vez, tendría cuidado de que nadie la fotografiara cuando volviera a arrojarle algo.

—¡Deja de fingir! ¡Está clarísimo que lo hiciste a propósito!

Claudia soltó una risa fría y la miró con desprecio.

—Laura, ¿lo que quieres es arruinar nuestra relación con los Figueroa y echar por tierra los negocios entre ambas familias? Siempre dije que eras una ingrata. Nunca debimos haberte criado.

Claudia se puso de pie y miró a Joaquín con enojo mientras señalaba a Laura.

—¡Y pensar que, después de la muerte de su padre, todavía la mantuvimos durante dos años! ¡Para terminar criando a una ingrata que no sabe valorar nada! ¿Y aun así insististe en presentarla como sobrina de los Belmonte para casarla con Tomás? Una cualquiera como ella no está a la altura de algo así.

Aquellas palabras no lograron enfurecer a Laura. Al contrario, hasta le hicieron gracia.

—No digas eso.

Sonrió suavemente y la miró con una serenidad casi inocente.

—Tienes razón. Una cualquiera como yo no está a la altura. ¿Por qué no dejan que Elena lo disfrute? ¿No me están obligando a casarme con Tomás precisamente porque Elena no quiso este matrimonio? Por eso hicieron lo imposible por encontrarme en el extranjero y traerme de vuelta para casarme en su lugar.

Toda la familia Belmonte sabía perfectamente qué clase de hombre era Tomás.

Querían estrechar la relación con los Figueroa, pero no estaban dispuestos a empujar a su propia hija a ese infierno.

Por eso buscaron a Laura.

Según ellos, al fin y al cabo Laura también podía contarse como parte de los Belmonte, y además tenía una belleza sobresaliente. La familia Figueroa no puso demasiadas objeciones.

Y Laura solo había aceptado porque Joaquín tenía en sus manos aquello que ella deseaba.

De no ser así, no habría querido volver a mirar a ninguno de ellos.

En ese momento, Elena, que había estado leyendo en silencio, alzó la vista y sonrió con dulzura.

—No digas eso. Papá y mamá quieren emparentarte con los Figueroa por tu propio bien. De otro modo, con tu origen y tu situación, ¿cómo podrías siquiera acercarte a una familia como esa?

Cerró el libro sin perder la sonrisa.

—Tal vez seguirías vagando por ahí, sola y sin nadie que te respaldara. Qué triste sería.

La sonrisa de Elena parecía dulce, pero sus palabras iban cargadas de veneno. Laura sostuvo su mirada y respondió con una risa ligera:

—Ya que eres tan considerada, ¿por qué no ayudas a tus padres y te casas tú con Tomás? Sería maravilloso. Hasta podría conseguirte unas cuantas decenas de amiguitas para que nunca te sientas sola después de la boda.

Elena tampoco se dejaba provocar con facilidad. En lugar de enfurecerse, sonrió y miró a Joaquín.

—Ya entendí por qué Laura está tan molesta con Tomás. Le incomoda que él ande con otras mujeres.

Al escuchar eso, Joaquín se enfureció todavía más.

—¿Y qué tiene de raro que un hombre tenga a otras mujeres? ¿Quién eres tú para ponerte tan exigente?

—Claudia, escucha bien lo que acaba de decir.

Laura se levantó sonriendo y volvió la mirada hacia ella.

—Será mejor que andes con cuidado. No vaya a ser que Joaquín también tenga a otras por ahí y, cualquier día de estos, te aparezcan varios hijos ilegítimos dispuestos a pelear la herencia con tu hijo y tu hija.

El rostro de Claudia cambió de golpe. Estaba tan furiosa que le temblaban los dedos.

Laura ya no tenía ganas de seguir escuchándolos. Dio media vuelta y se dispuso a marcharse.

Entonces, la voz de Elena volvió a sonar detrás de ella, pausada y dulce.

—Laura desprecia a Tomás porque anda con unas y con otras, pero tampoco es que ella pueda presumir de intachable, ¿o sí?

Laura se detuvo.

—Después de irte de nuestra casa, ¿a dónde fuiste exactamente? El dinero que tu padre te dejó antes de morir no debió alcanzar para mantenerte todos estos años, y mucho menos para pagarte estudios en el extranjero.

Cuando la familia Belmonte encontró a Laura fuera del país dos años atrás, ella vestía prendas de marcas caras, tenía un porte extraordinario y, adondequiera que iba, llamaba la atención.

Ese tipo de elegancia se construía con dinero.

La voz de Elena seguía siendo suave, pero la burla en su tono era imposible de ocultar.

—Que alguien te haya mantenido no es precisamente algo de lo que debas presumir. Si te casas con Tomás, al menos podrás sacarle algo de dinero.

—Vaya, sabes mucho del tema.

—¿A ti ya te mantuvieron antes?

Desde pequeña, Elena había sido orgullosa. Lo que más odiaba era que alguien la insultara de esa manera. Como era de esperarse, aquella frase borró por completo su sonrisa.

—Siempre tienes que tener la última palabra. ¡Qué maleducada!

La expresión de Laura se heló. Sintió que la sangre le subía de golpe a la cabeza.

Hasta los ocho años, su padre se había encargado de educarla. Después, durante dos años, la cuidó su abuela. Y desde los diez, fue Gustavo quien terminó de criarla.

Podía soportar cualquier insulto dirigido contra ella, pero no permitiría que pusieran en duda la crianza que le habían dado las personas más importantes de su vida.

Apretó los dedos con fuerza, avanzó un paso y le cruzó la cara de una bofetada.

Elena quedó aturdida por el golpe y cayó sobre el sofá.

—¡Laura!

Claudia soltó un grito y se lanzó contra ella, dispuesta a devolverle el golpe.

Laura reaccionó con rapidez. Con una mano le sujetó la muñeca. Con la otra, levantó el celular.

En la pantalla estaba abierto el contacto de Tomás.

Curvó los labios con una sonrisa.

—¿De verdad crees que todavía puedes pegarme como antes, como si no fuera a pasar nada? Si te atreves a ponerme un dedo encima, llamaré a Tomás ahora mismo y haré que los Figueroa escuchen por qué ustedes no quieren casar a su propia hija con él. Entonces, ese sueño de ganarse el favor de los Figueroa y seguir escalando se les hará pedazos para siempre.
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