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Capítulo 2

Author: Barco
POV: Declan

Ya habían pasado las dos de la mañana cuando por fin un conductor aceptó mi solicitud de viaje.

Cuando entré en casa, Lana se levantó del sofá.

—¿Por qué no dijiste que ibas para el mismo lado? Podría haberte traído conmigo.

Lo preguntó con tanta naturalidad, como si fuera lo más obvio del mundo. Quise preguntarle si de verdad no había notado que un compañero me había interrumpido a propósito para acercarla a Jasper. Quise preguntarle por qué no se había ofrecido a llevarme a casa ella misma.

Pero me tragué las palabras que tenía en la punta de la lengua.

—Se me olvidó.

Me acerqué y noté que llevaba un pijama de esos que vienen a juego para parejas. Hasta esa noche, Lana nunca se había puesto nada a juego conmigo, ni siquiera en casa. Todo por no levantar sospechas.

Se me ablandó un poco el corazón.

—Creí que habías dicho que nunca usarías ropa a juego.

Lana abrió la boca para responder, pero, antes de que pudiera decir algo, Jasper salió tranquilamente del baño con la otra mitad del conjunto puesta.

—Yo le pedí que se lo pusiera —dijo como si nada—. La marca ofrece un descuento si compras el conjunto para parejas, pero no sabía cómo eran las tallas del modelo para mujer. Pensé en pedirle a Lana que se lo probara para ver cómo le quedaba.

Se me heló la expresión. Toda la calidez que acababa de sentir desapareció por completo. Había creído que Lana se había puesto el pijama porque había visto mi carta de renuncia, que quizá estaba lista para hacer pública nuestra relación. Pero lo había hecho por Jasper.

Él la miró de arriba abajo, examinando cómo le quedaba.

—El corte del modelo para mujer sigue sin convencerme. Olvídalo, no lo voy a comprar. De todos modos, ni siquiera tengo novia con quien compartirlo.

Lana notó la decepción en su voz y respondió sin dudar:

—Entonces llévate este conjunto.

A Jasper se le iluminaron los ojos.

—¿En serio?

Lana mantuvo una expresión neutra, aunque una leve sonrisa se le insinuó en los labios.

—Declan nunca usó el suyo, ni una sola vez. Solo estaba ahí, ocupando espacio.

Sin levantar la cabeza, cerré el puño y luego lo aflojé. Tenía razón. Solo ocupaba espacio.

Una pijama de pareja no tenía mucho sentido si solo uno de los dos la usaba, así que había dejado la mía al fondo del clóset, acumulando polvo. Creía estar esperando el día en que Lana por fin estuviera dispuesta a hacer pública nuestra relación y a ponerse el suyo también. En cambio, después de tanto esperar, acabé viéndola regalárselo a otra persona.

—Llévatelo. Yo no lo voy a usar.

Jasper me pasó un brazo por los hombros, sonriendo de oreja a oreja.

—¡Declan, eres el mejor! Ah, por cierto, con este huracán, ¿te molesta si me quedo unos días aquí con ustedes? Prometo que no será por mucho tiempo.

Me di la vuelta y me alejé.

—Quédate todo el tiempo que quieras.

No importaba. De todos modos, pronto me iría, así que me daba igual cuánto tiempo quisiera quedarse.

Ya en la cama, Lana habló en la oscuridad.

—¿Qué te pasa esta noche? Estás muy callado. Antes te enojabas cada vez que regalaba alguna de esas cosas a juego.

Me tensé. Cuando Lana y yo empezamos a salir, estaba tan feliz que fui a comprar tazas, pantuflas, paraguas y hasta bolígrafos a juego para los dos. Reemplacé todo lo que tenía a la vista por una versión para parejas.

Al día siguiente, Lana regaló todas las piezas de mujer como premios al azar en la oficina. Algunos compañeros notaron que hacían juego con los míos y empezaron a llamarme su perrito faldero a mis espaldas. De la noche a la mañana, me convertí en el hazmerreír de la oficina.

Lo que me dolió no fue que no le gustaran las cosas a juego. Podría habérmelo dicho y ya. Lo que de verdad me lastimó fue que eligiera la manera más humillante de deshacerse de ellas.

Y después llevó todavía más lejos su afán de no levantar sospechas. Ni siquiera quería subir al mismo ascensor que yo.

La traté con frialdad durante varios días, y la forma que encontró Lana de compensármelo fue llevarme a su bodega de vinos.

Señaló una pared entera llena de botellas y me dijo que cada una tenía un valor incalculable, porque todas eran del año en que yo había nacido. Aseguró que solo las abriríamos el día de nuestra boda.

Siempre había creído que Lana me quería, aunque no supiera demostrarlo, y que simplemente le costaba expresar sus sentimientos.

Sin embargo, esa noche, al verla defender a Jasper cuando lo presionaban para que bebiera, servirle comida en el plato y ponerse un pijama a juego con el suyo, por fin lo comprendí.

Hay gestos que expresan amor sin necesidad de palabras. Otros pueden llamarse amor una y mil veces y, aun así, no parecerlo.

Respondí sin alterar la voz:

—¿No dijiste que todas esas cosas a juego no servían para nada? Entonces, ¿qué importa si se las regalas a alguien más?

Lana guardó silencio y no volvió a decir una palabra.
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