FAZER LOGINFui de prisa a mi cubículo y llamé a la federación de boxeo por el número del celular de Jim Reynolds. Ya con esa información en mi poder, lo marqué.
-Soy Alana Galloway de "El Soplón", quiero hacerle un reportaje fui al grano-, pero Reynolds ni me contestó, simplemente me colgó. Lo volví a marcar una, dos, tres, cuatro, cinco veces y Reynolds me colgaba siempre, hasta que finalmente me bloqueó el móvil. -Malcriado-, me puse furiosa. Seguramente por eso Haskins quería que lo entrevistara, porque ese tal Reynolds tenía el mismo carácter, soez y malgeniado que mi jefe. Dos horas después, en la federación de box me dijeron que el tal Jim Reynolds entrenaba en el gimnasio Warren no muy lejos de la redacción de "El Soplón". Tomé mi móvil y mi cámara de video y fui allá en mi carro. Se suponía que el tal Reynolds ya estaría entrenando a esa altura de la tarde. Lo encontraría, entonces, sí o sí para la entrevista que quería Haskins. El gimnasio ese donde entrenaba Jim Reynolds, era un manicomio cuando llegué. Había casi un centenar de muchachos bailoteando en el parquet, otros hacían ejercicios denodados, y elongaciones exageradas que me hacían doler hasta el espinazo. También había chicos pegándole a las pera locas, haciendo sombra o estrellaban sus puñetazos en sacos enormes colgados del techo, algunos saltaban la cuerdas o practicaban con sus entrenadores golpeando guantes gigantes y vi, además, a un par de jóvenes que se daban de piñas en un ring arrinconado a la pared. Muchos tipos gritaban y todo el ambiente me resultaba un laberinto y un verdadero loquerío. De remate los olores a sudores eran terribles. Me noqueaban y mareaban, hasta me provocaban arcadas. El ambiente, en ese sentido, era pestilente en extremo. Varios de esos hombres que entrenaban con tanto afán y ahínco, escupían además en el piso y eso también me daba asco. Quería irme a mi casa. -¿Jim Reynolds?-, le pregunté a un muchacho que llevaba agua en un balde. -Allá, señorita, es el tipo que está haciendo sombra-, me dijo muy correcto y afanoso el joven súper agradable y hacendoso y correcto. En efecto, Reynolds golpeaba el aire iracundo, furioso, aporreando la nada con energía y violencia, queriendo vencer a su propia reflejo y mandarlo a la lona. Sus golpes al vacío zumbaban como latigazos o abejorros enojados y sus brazos eran tan grandes y fornidos que parecían las palas de una grúa. Él era un mastodonte. Medía, creo, dos metros, su espalda era más grande que una meseta y sus piernas eran comparables a los troncos de los árboles. Sudaba a borbotones, tenía la cara duchada, le brillaban los bíceps y soplaba humo de las narices igual a un tren a vapor. No dejaba de jadear, soplar, exhalar y su pecho se inflaba una y otra vez como un globo. -Soy Alana Galloway de "El Soplón"-, me presenté pero Reynolds no me hizo caso. Prosiguió golpeando la nada iracundo y vehemente, enfurecido, aporreando sin compasión al aire. -Necesito entrevistarlo y hacerle un video para la web-, le insistí riéndole, pero igual Reynolds no me contestaba ni prestaba atención a lo que yo le hablaba. Yo no soy ninguna tonta ni principiante ni tampoco me gusta que me ignoren o que me traten mal. Le pedí al muchacho su balde de agua y sin más ni más, ¡pum! le tiré toda el agua a Reynolds. El tipo desorbitó los ojos, se encrespó, se indignó, pintó su cara de mil colores e inyectó de ira su mirada. Sus pupilas estaban incendiadas. -¡¡¡¿Acaso te has vuelto loca, mujer?!!!-, dio un gran bufido que me despeinó por completo, remeciendo el coliseo hasta su último ladrillo. -Te he estado hablando hace rato y no me has hecho caso-, no me intimidó el tal Reynolds y por el contrario alcé mi naricita desafiante, poniéndome en guardia. -¿No ves que estoy entrenando o eres boba?-, siguió el tipo enfadado, queriendo retorcerme el cuello. Eso se leía clarito en su mirada prendida en llamas. -Necesito entrevistarte-, al fin de cuentas yo tampoco estaba jugando. Reynolds intentó controlarse, jadeó varias veces, restregó los dientes y apretó sus puños igual a combas. Yo estaba segura que me iba a meter un puñetazo en la nariz, cuando de pronto se apreció un hombre en el balcón del gimnasio, fumando un gran cigarro. Vi que el tipo ese le hizo un gesto a Reynolds y después volvió a desaparecer entre las sombras del altillo. -Bien señorita, termino en media hora y te atiendo, espérame-, me aseguró entonces Reynolds. Quedé boquiabierta. -¿Quién fue ese tipo del balcón?-, pregunté al muchacho del balde. Lo había vuelto a llenar con agua. -Es el señor Warren, es el dueño del gimnasio, él es el representante de Reynolds, el que le programa las peleas, Reynolds trabaja para él-, me explicó y luego el chico prosiguió llevando agua a los otros boxeadores que continuaban golpeando la pera loca, los sacos, saltando las cuerdas y dándole de puñetes a los enormes guantes de sus entrenadores.Yo no me iba a rendir tan fácil. Conocía bien a Haskins, mi jefe. Si regresaba con las manos vacías a la redacción ese sujeto era capaz de echarme de "El Soplón". Debía entrevistar cueste lo que cueste al malcriado de Jim Reynolds. Esperé entonces pacientemente y sin desesperarme que ese insolente terminara sus prácticas para abordarlo nuevamente y conseguir, sí o sí, la dichosa entrevista. Fueron las dos horas más aburridas de mi vida. Veía a los chicos entrenando en forma intensa, desparramados en todo el gimnasio y escuchaba murmullos constantes, jadeos repetidos, golpes a los sacos, gritos de los entrenadores y una que otra risotada por allí. Reynolds había trabajado con las cuerdas, la pera loca, hizo otra vez sombra y se subió al ring a darse de trompadas con un boxeador más delgado que él. Ambos pelearon llevando un casco y sus entrenadores detenían a cada rato la pelea parea dar indicaciones. Yo no entendía absolutamente nada de lo que estaba pasando ni por qué se estaban
Fui de prisa a mi cubículo y llamé a la federación de boxeo por el número del celular de Jim Reynolds. Ya con esa información en mi poder, lo marqué. -Soy Alana Galloway de "El Soplón", quiero hacerle un reportaje fui al grano-, pero Reynolds ni me contestó, simplemente me colgó. Lo volví a marcar una, dos, tres, cuatro, cinco veces y Reynolds me colgaba siempre, hasta que finalmente me bloqueó el móvil. -Malcriado-, me puse furiosa. Seguramente por eso Haskins quería que lo entrevistara, porque ese tal Reynolds tenía el mismo carácter, soez y malgeniado que mi jefe. Dos horas después, en la federación de box me dijeron que el tal Jim Reynolds entrenaba en el gimnasio Warren no muy lejos de la redacción de "El Soplón". Tomé mi móvil y mi cámara de video y fui allá en mi carro. Se suponía que el tal Reynolds ya estaría entrenando a esa altura de la tarde. Lo encontraría, entonces, sí o sí para la entrevista que quería Haskins. El gimnasio ese donde entrenaba Jim
Obviamente al capitán de policía Bryan Dutton no le hizo gracia lo ocurrido en la autopista. -Usted es una irresponsable, señorita, pudo haber ocasionado una múltiple colisión de carros y muchos muertos-, me regañó en la comandancia cuando fui hacer mi descargo de lo sucedido y la muerte del sicario que intentó reventarme la cabeza a balazos. El homicida murió en forma instantánea, triturado por los otros autos, después que se estrelló con la puerta de mi carro y salió lanzado por los aires, estrellándose, finalmente, en el pavimento donde lo arrollaron muchos vehículos. -¿Qué quería? Ese hombre iba a matarme. Me apuntaba con su arma dispuesto a reventarme la cabeza-, no mentí. Yo tenía a mi favor las imágenes de las cámaras de vigilancia que mostraban al asesino esquivando los autos y acercándose hasta una de las ventanillas de mi auto con una pistola rastrillada en las manos. -Debió llamar a la policía, nosotros estamos para protegerla, usted no es ninguna súper chica ni se
Winfield no solo me envió un mensaje intimidante, sino que estoy segura que ese sujeto mandó a atacarme y tratar de matarme. Ese tipo era millonario con sus estafas y pese a que estaba en calidad de no habido y con orden de captura de la policía, tenía el dinero suficiente para contratar sicarios y asesinos a sueldo con tal de ultimarme. Después que publiqué el gran fraude que fue la venta de los tractores usados, haciéndolos pasar de que eran "de última gama, activados por drones y satélites", comprobé, además, que la fortuna de Winfield la había amasado justamente estafando a su libre albedrío en el ministerio de agricultura, vendiendo siempre gato por liebre a empresas incautas que caían en sus redes y entregando maquinarias defectuosas y de mala calidad. También constaté que Winfield había invertido supuestamente "mucho dinero" en un puente moderno, sólido y aerodinámico, sin embargo, el armatoste se cayó al poco tiempo y descubrí que el dichoso puente realmente no c
Descubrí una colosal estafa que hizo Jason Winfield, ministro de economía, robando al erario nacional impune y descaradamente. En realidad fue de mera casualidad. Haskins, mi jefe en "El Soplón" me dijo que cubriera la información de la llegada al país de un lote de tractores de última gama para la mejora del sector agricultura, muy afectada por las últimas sequías que habían asolado al país. Yo no quería ir porque me parecía tonto perder el tiempo cubriendo la información sobre esas máquinas cuando ya el ministerio había enviado la nota de prensa, con fotos y videos y todos los detalles de las flamantes maquinarias. La información, incluso, ya se encontraba en la página web del gobierno. -No me discuta Galloway-, me regañó Haskins. -Me da la gana que vaya a cubrir la entrega de los tractores-, me insistió malhumorado. No tuve más remedio que marchar al aeropuerto con mi móvil y mi cámara de video para cubrir los detalles del lote de tractores recién llegado al país y que se en
Jim Reynolds tocó la puerta de la oficina de Warren. -¡¡¡Pase!!!-, le pidió el tipo, mascando un cigarro. Reynolds abrió la puerta con timidez y coló la nariz. Estaba muy nervioso y dubitativo y tenía un nudo en la garganta. Sabía de la fama de Warren, de que era un sujeto tosco, malo, cruel , déspota y tirano, que maltrataba a los boxeadores, se burlaba, incluso, de ellos, pero que, finalmente, de congeniar, brindaba un decidido apoyo para su carrera deportiva que tanto requería. Warren se deleitaba con su cigarro, echando mucho humo, mirando divertido al joven. Le daban risa sus nervios y miedos. -¿Así es que quieres ser un gran campeón de box como tu padre?-, le preguntó distendido, sonriendo, mostrándose incrédulo de las cualidades de Reynolds. Lo veía escuálido, sin forma, demasiado enjuto y con pocas posibilidades para ser un buen boxeador y por ende jamás sería monarca mundial de los pesos completos. -Sí, señor, necesito un buen empresario, usted es el mejor-, tar







