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Capítulo 9

Author: Edgar Romero
last update publish date: 2026-09-20 19:42:43

 Yo no me iba a rendir tan fácil. Conocía bien a Haskins, mi jefe. Si regresaba con las manos vacías a la redacción ese sujeto era capaz de echarme de "El Soplón".  Debía entrevistar cueste lo que cueste al malcriado de Jim Reynolds. Esperé entonces pacientemente y sin desesperarme que ese insolente terminara sus prácticas para abordarlo nuevamente y conseguir, sí o sí, la dichosa entrevista.

   Fueron las dos horas más aburridas de mi vida. Veía a los chicos entrenando en forma intensa, desparramados en todo el gimnasio y escuchaba murmullos constantes, jadeos repetidos, golpes a los sacos, gritos de los entrenadores y una que otra risotada por allí. Reynolds había trabajado con las cuerdas, la pera loca, hizo otra vez sombra y se subió al ring a darse de trompadas con un boxeador más delgado que él. Ambos pelearon llevando un casco y sus entrenadores detenían a cada rato la pelea parea dar indicaciones. Yo no entendía absolutamente nada de lo que estaba pasando ni por qué se estaban pegando.

   Al fin Reynolds terminó  pero se metió a la ducha. Rayos, rayos y más rayos.  Esperé otros  casi veinte minutos más en que se bañara y cambiara, diez minutos más que  Reynolds habló con su entrenador, un tal George Colman, y media hora adicional en que el tal Jim subió a la oficina de Warren. Y entonces, luego de tanto suplicio, Reynolds recién se dirigió a su auto. Tuve que correr de prisa para alcanzarlo. ¡¡¡Qué hombre para malcriado!!!

   -Ahora que terminaste de entrenar me atenderás ¿o no?-, le dije seria, poniéndole delante de él muy furiosa e iracunda, alzando mi naricita.

   -Tú sí que eres porfiada, mujer-, volvió a molestarse Reynolds, pero eso no me importaba. Le pregunté cómo se inició en el boxeo, su edad, sus peleas, sus aspiraciones, sus ilusiones y sus metas. Reynolds quiso evadirme, abrir su carro y marcharse, pero yo no le dejé. Me aplasté sobre la portezuela de su auto, un bólido ruinoso, sucio, destartalado y más viejo que la historia.

    -Tu diario, "El Soplón", hundió a mi padre, lo criticó, lo llamó mediocre, yo jamás voy a declarar a "El Soplón"-, me respondió fastidiado Reynolds.

    Yo no sabía eso. Haskins no me dijo nada. -¿Cuándo fue eso?-, arrugué mi entre ceja confundida.

    -Hace quince años cuando mi padre estaba en su mejor momento-, estrujó toda su cara Reynolds. Daba miedo verlo así de molesto. Parecía un ogro.

    -No seas malo, pues, hace quince años yo estaba aún en la primaria aprendiendo a sumar y a restar-, me reí de buena gana.

    A Reynolds le gustó verme reír. Yo me reía a gritos en realidad y él no dejaba de mirar mi carita festiva, mis labios rojos estirándose de oreja a oreja, mis pelos dorados rodando por mis hombros, mis ojitos encendidos y hasta el canalillo de mis pechos. Le fascinaron mis senos. ¡¡¡Se encandiló de ellos!!!

   -Igual no quiero hablar para ustedes, "El Soplón" solo publica mentiras-, Reynolds ya tenía otro semblante, tenía otra actitud.- ¡¡¡Yo le gustaba!!!

   -No he visto tus peleas pero mi jefe dice que eres bueno, que podrías ser campeón mundial-, a mí ese tipo me parecía feroz e intimidante. Ya les digo, me aterrorizaba.

   -Estoy mejorando, trabajando mucho, quiero ser campeón, sí, es verdad, deseo lograr lo que mi padre no pudo-, me remarcó.

   -Si sigues entrenando como entrenas, lo serás-, yo estaba admirada de su corpulencia, sus brazos enormes y de su pecho gigante. Él era muy fornido. Eso me encandilaba y prendaba.  Jim Reynolds era muy macho y a mí me gustan los hombres muy machos je je je.

   Hablamos casi una hora.  Le hice fotos y videos. Él me mostró sus músculos, además e hizo como si golpeara mi móvil. Tenía estilo y gracia. Reynolds no era tan ogro después de todo, incluso me contó un chiste muy tonto. -Era tan pero tan mal pescador que lo único que pescó fue un resfriado-, me dijo y yo me reí, me reí con estruendo y a él le fascinaba mi risa. A Reynolds le encantaba verme reír. Le dio gusto.

   Le vi su celular cuando quiso constatar qué hora era . ¡¡¡Era una pieza de museo!!! Era tan o más viejo que estoy segura que fue uno de los primeros móviles que se inventaron. Esa cosa no servía para nada. 

   Jim, entretanto,  no dejaba de contarme sus chascarrillos.

   -Era un mal locutor de radio que finalmente se quedó en el aire-, siguió diciéndome y yo continuaba riéndome efusiva. Ya no éramos enemigos.

  Me invitó a ver su próxima pelea. Me dio dos entradas VIP. La pelea sería en el coliseo del gimnasio Warren, en tres semanas. Su rival sería un tal "Tigre" Manson.

   -Eres muy agradable-, acepté guardando mi móvil y la cámara de video.

   -¿Cómo te llamas?-, ahora él parecía un gatito. ¡¡¡El poder de ser bella!!! je je je.

   -Alana Galloway, te dije-, le moví un hombro coqueta.

   -Eres muy bonita, Galloway-, ¡¡¡Reynolds había sucumbido a mí!!!

   -Haskins te dará la central de "El Soplón"-, le anuncié.

   -A mi padre le hubiera gustado-, se mostró satisfecho Reynolds. Al fin pudo subir a su auto viejo y dejar su maletín deportivo en el asiento trasero, toto y lleno de polvo, --¿Te llevo?-, se me insinuó pero yo había venido con mi carro. -Te veré pelear-, le prometí y Reynolds ¡zum! partió raudo perdiéndose por las calles con su carcocha. El pobre auto echaba mucho humo, bastante ruido y parecía hacerse pedazos en cualquier momento. Justo me llamó Haskins. -¿Ya?-, estaba fastidiado. Yo me había demorado más de tres horas en poder entrevistarlo.

   -Ya estoy yendo  a la redacción, jefe, je je je-, estaba yo, sin embargo, feliz.

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