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Capítulo 4 Sin dramas

Author: Mara Schmidt
last update Petsa ng paglalathala: 2026-10-01 05:42:07

Esperé unos minutos antes de entrar.

No porque quisiera tranquilizarme, sino porque necesitaba darle a Laura tiempo suficiente para desaparecer. Si pensaba fingir que no había visto nada, al menos debía permitirles terminar de organizar su pequeña mentira.

Damien permaneció conmigo en el vestíbulo.

—Todavía puedes cambiar de opinión —dijo Damien mientras me observaba con atención. No había juicio en su voz; solo una seriedad incómodamente cercana a la preocupación.

—Hace cinco minutos me explicaste todas las ventajas de guardar silencio —respondí.

—Te expliqué una estrategia. No dije que fuera fácil.

Lo miré.

—¿Estás preocupado por mí?

Damien pareció incómodo con la pregunta.

—Estoy encargado de mantenerte con vida durante los próximos trescientos sesenta y cinco días. Una pelea dentro de un restaurante complica innecesariamente mi trabajo.

Sonreí apenas.

—Por un segundo pensé que estabas desarrollando sentimientos.

—No exageres —respondió él, pero apartó la mirada demasiado rápido. Ese pequeño gesto consiguió que mi sonrisa creciera un poco.

Mi teléfono vibró otra vez.

Marcos: «¿Vienes?»

Escribí una respuesta sencilla.

«Ya llegué».

Después respiré profundamente y caminé hacia la terraza.

Marcos se levantó en cuanto me vio. Sonrió. La misma sonrisa de siempre.

Durante un instante tuve que obligarme a recordar que aquella boca acababa de besar a mi mejor amiga.

—Hola, preciosa —dijo mientras se inclinaba para besarme en la mejilla—. Perdona el cambio de hora. El trabajo se complicó horrible.

Su mentira fue tan natural que casi me impresionó.

—No te preocupes —respondí, dejando el bolso junto a la silla y obligándome a sonreír—. Yo también acabo de llegar. La mentira me supo amarga, pero la tranquilidad que apareció de inmediato en el rostro de Marcos hizo que valiera la pena.

Damien apareció detrás de él.

Solo yo podía verlo.

La mirada que me dirigió dejó bastante claro que había escuchado mi mentira.

Marcos tomó asiento.

—Sabía que entenderías. Últimamente estoy hasta arriba de cosas, pero espero que todo este esfuerzo valga la pena cuando cierre el proyecto —explicó mientras tomaba la carta de vinos.

Lo observé mientras hablaba. Hasta hacía una hora yo habría escuchado esa misma explicación y probablemente habría sentido culpa por haberme molestado con él.

Ahora solo veía detalles.

La manera en que revisaba el teléfono. La tranquilidad con la que mentía. La absoluta seguridad de que yo no tenía motivos para desconfiar.

El camarero sirvió vino.

Esperé a que Marcos empezara a hablar de su trabajo y después lancé la pregunta con el tono más casual que pude.

—Oye, ¿has visto a Laura últimamente? —pregunté.

Marcos dejó la copa sobre la mesa.

Solo tardó un instante en contestar.

Pero ahora estaba prestando atención.

—¿Laura? —repitió.

—Sí. Mi mejor amiga Laura. No conozco muchas —respondí con una pequeña sonrisa.

Él soltó una risa.

—No mucho. ¿Por qué?

Sentí una presión desagradable en el pecho.

—Por nada. Me dijo que tenía unos días complicados y pensé que quizá habían coincidido.

—No. Bueno... alguna vez, supongo —respondió Marcos.

Damien se inclinó ligeramente hacia mí.

—Está mintiendo —dijo Damien en voz baja, inclinándose apenas hacia mí. Su expresión permanecía seria, aunque en sus ojos había una dureza que no había visto antes, como si la facilidad con la que Marcos mentía también le molestara.

No necesitaba que me lo confirmara.

Yo había visto sus labios sobre los de Laura veinte minutos antes.

—¿Hoy no la viste? —pregunté.

Marcos me sostuvo la mirada.

—No.

Una sola palabra.

Perfectamente segura.

Sentí que las uñas se me clavaban en la palma debajo de la mesa.

—Ah, qué raro —respondí mientras tomaba la copa—. Juraría que me había dicho que andaría por esta zona.

Por primera vez vi una grieta.

Pequeña.

Pero existió.

Marcos frunció el ceño.

—Pues no la vi. ¿Por qué tantas preguntas?

Me encogí de hombros.

—Ninguna razón. Solo conversación.

Damien, a su lado, me observó con una expresión que casi parecía aprobación.

Marcos cambió de tema rápidamente.

Y yo se lo permití.

Durante la siguiente media hora lo escuché hablar de su trabajo, de un posible ascenso, de las personas que necesitaba impresionar y de los planes que tenía para los siguientes meses. Antes aquellas conversaciones me parecían parte natural de nuestra vida juntos.

Ahora parecían información.

Empecé a notar qué cosas le importaban de verdad: su imagen, su carrera, que los demás pensaran que tenía el control, que nadie lo viera fracasar.

Y mientras él hablaba, pensé en Laura.

¿Qué obtenía ella de todo aquello?

¿Por qué había hecho algo así?

¿Cuánto tiempo llevaba pasando?

Marcos estiró la mano por encima de la mesa y tomó la mía.

El contacto me produjo rechazo.

—Estás muy callada —comentó.

—Estoy cansada —respondí.

—Últimamente siempre estás cansada —dijo, y su tono tenía ese matiz ligeramente condescendiente que hasta esa noche yo no había querido escuchar—. Te estás tomando todo demasiado en serio.

Lo miré.

—¿Todo?

—El trabajo, la relación, los planes... todo. A veces deberías relajarte un poco —explicó antes de sonreír—. Así me gustas más. Tranquila. Sin dramas.

La frase me atravesó.

No porque fuera particularmente cruel.

Porque me permitió entender algo.

Marcos no estaba preocupado por perderme. Ni siquiera contemplaba esa posibilidad. Pensaba que podía besar a Laura antes de cenar conmigo, sentarse veinte minutos después frente a mí y contarme una mentira sin consecuencias.

Porque estaba seguro de mí.

Seguro de que iba a seguir ahí.

Sonreí.

—Tienes razón —respondí—. Sin dramas.

La satisfacción apareció inmediatamente en su rostro.

Y eso terminó de convencerme.

No iba a hacer una escena.

Todavía no.

Iba a dejar que Marcos creyera que seguía teniendo el control.

Y a Laura también.

Necesitaba saber desde cuándo ocurría, qué habían hecho, quién más lo sabía y hasta dónde llegaba aquella mentira.

Cuando Marcos se levantó para responder una llamada, Damien tomó la silla libre frente a mí aunque sabía perfectamente que nadie más podía verlo.

—Eso fue bastante convincente —comentó Damien cuando Marcos se alejó. Se acomodó en la silla vacía con una tranquilidad casi provocadora y me observó como si acabara de descubrir una faceta nueva de mí.

Bajé la voz.

—Casi me dan ganas de felicitarme.

—No lo recomiendo.

—¿Por qué?

Damien miró hacia Marcos.

—Porque estás furiosa —respondió Damien. Una sombra de diversión pasó por sus ojos, pero desapareció en cuanto vio mi expresión—. Y alguien furioso que intenta parecer tranquilo suele cometer errores.

—Claro que estoy furiosa.

—Y cuando alguien intenta fingir que no siente nada, suele cometer errores —respondió él.

Lo observé.

—¿Eso es otra de tus grandes lecciones después de seiscientos años mirando humanos?

—Sí.

—¿Y qué recomiendas?

Damien guardó silencio un instante.

—No olvides por qué estás esperando —dijo Damien después de unos segundos. Su tono perdió toda ironía y su mirada se volvió seria, anclándome a la razón por la que todavía no había lanzado una copa.

Miré hacia Marcos.

Después pensé en Laura.

—No estoy esperando para perdonarlos —dije.

—Lo sé.

—Estoy esperando para saber exactamente qué hicieron.

Damien sostuvo mi mirada.

—Eso sí puede ser útil.

—Y después... —empecé.

No terminé la frase.

No hacía falta.

Damien inclinó ligeramente la cabeza.

—Después decides.

Sonreí.

—Después van a arrepentirse.

Él suspiró.

—Sabía que añadirías esa parte —respondió Damien con un suspiro. Esta vez no pudo ocultar del todo la sonrisa que amenazó con aparecer en la comisura de su boca.

—Empiezas a conocerme.

Por alguna razón, esa frase hizo que Damien se quedara callado.

Marcos regresó a la mesa antes de que pudiera preguntarle por qué.

Yo volví a sonreír.

Y durante el resto de la cena hice exactamente lo que ellos esperaban de mí.

Fui Vera.

La confiada.

La tranquila.

La que no hacía dramas.

Solo que esta vez ellos no sabían que estaba fingiendo.

Y esa diferencia acababa de cambiarlo todo.

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