Mi custodio de la muerte

Mi custodio de la muerte

last updateLast Updated : 2026-10-30
By:  Mara SchmidtUpdated just now
Language: Spanish
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Vera Salvatierra creía tener una vida estable hasta que descubre dos cosas el mismo día: su novio la engaña y un hombre misterioso llamado Damien aparece para decirle que solo le queda un año de vida. Damien no es humano. Es un Custodio de la Muerte, encargado de asegurarse de que Vera muera en la fecha establecida. Pero algo sale mal: ella puede tocarlo, algo imposible para cualquier humano. Dolida por la traición de su novio, Vera decide que si realmente le queda un año, no piensa desperdiciarlo llorando. Se da diez meses para vengarse de quienes jugaron con ella y dos meses para vivir como nunca antes. Lo que no esperaba era que Damien terminara ayudándola. Entre secretos, traiciones, deseo prohibido y una atracción que ninguno debería sentir, Vera descubrirá que su muerte no es tan simple como parece… y que Damien quizá no sea la primera vez que entra en su vida. Porque enamorarse del hombre encargado de tu muerte podría ser el error más peligroso de todos.

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Chapter 1

Capítulo 1 El hombre desnudo de mi cocina

El día que conocí al hombre que iba a matarme estaba decidiendo si un yogur caducado hacía tres semanas seguía siendo, técnicamente, un alimento. Lo destapé, lo olí y volví a cerrarlo con una mueca. Ni siquiera yo estaba tan desesperada.

Eran las seis cuarenta de la mañana. Había dormido cuatro horas, tenía una presentación importante a las ocho y mi aplicación bancaria acababa de recordarme, con una notificación particularmente ofensiva, que me quedaban ciento ochenta y siete euros para sobrevivir hasta final de mes. Mi cocina tenía el tamaño aproximado de un armario y el resto del apartamento tampoco era mucho mejor, pero era mío. Bueno, técnicamente era del banco durante los próximos veintisiete años; yo solo pagaba por el privilegio de fingir que no.

El teléfono vibró sobre la encimera.

Marcos.

El simple nombre consiguió mejorarme el humor. Abrí el mensaje y encontré una frase que llevaba semanas esperando sin saberlo: «Hoy cenamos. Tengo algo importante que decirte».

Sonreí antes de poder evitarlo. Llevábamos casi dos años juntos y los últimos meses habían sido extraños. Marcos estaba más ausente, sí, pero también hablaba de “nosotros” con una seriedad que antes no tenía. Había insinuado que necesitábamos empezar a pensar en el futuro. Yo había interpretado sus cancelaciones, su trabajo hasta tarde y esa costumbre reciente de mirar el teléfono como síntomas de una etapa complicada.

Quizá aquella noche iba a decirme que quería vivir conmigo. Quizá iba a proponer algo realmente adulto y aterrador, como compartir hipoteca, llaves y una cuenta de N*****x.

Me dije que no me emocionara.

Obviamente me emocioné.

Contesté que sí y abrí una alacena esperando un milagro alimenticio. Encontré café instantáneo, una lata de atún y unas galletas que probablemente habían sobrevivido a más de un gobierno.

—Desayuno de campeones —murmuré mientras alcanzaba el café.

Entonces escuché mi nombre detrás de mí.

—Verónica Salvatierra.

La voz era masculina, profunda y completamente desconocida.

El frasco se me escapó de las manos y golpeó la encimera, dejando un reguero oscuro sobre el mármol. Todo mi cuerpo se tensó antes de que mi cerebro terminara de entender por qué.

Yo vivía sola. No había escuchado abrirse la puerta ni pasos en el pasillo.

Giré despacio y me encontré con un hombre en mi cocina. Era enorme, demasiado alto para que aquel espacio diminuto pudiera contenerlo sin hacerlo parecer todavía más intimidante.

Y estaba completamente desnudo.

Durante unos segundos mi cerebro decidió que aquello era demasiada información para procesarla de una sola vez. Él permanecía junto a la mesa con una tranquilidad irritante, como si materializarse sin ropa en el apartamento de una desconocida fuera una forma perfectamente razonable de comenzar el día.

Parecía tener poco más de treinta años. Era muy alto, con hombros anchos, brazos fuertes y un abdomen que dejaba claro que jamás había tenido que debatirse entre un yogur vencido y una lata de atún. El cabello negro, algo largo y desordenado, le caía sobre la frente. Varias cicatrices blanquecinas atravesaban el pecho y el costado izquierdo. No parecían heridas recientes; parecían recuerdos.

Me obligué a subir la mirada antes de que la situación se volviera todavía más incómoda. Sus ojos eran grises, pero no de ese gris bonito que la gente describe en novelas. Eran del color del cielo justo antes de una tormenta.

—¿Quién demonios eres? —pregunté, procurando que mi voz sonara más firme de lo que me sentía.

El desconocido ladeó apenas la cabeza, como si aquella reacción estuviera contemplada en un protocolo que conocía de memoria.

—Damien —respondió él con una calma tan absoluta que, por un instante, me irritó más que encontrarlo desnudo en mi cocina. No hizo ademán de cubrirse ni de explicar nada; simplemente sostuvo mi mirada, como si su nombre bastara para justificar su presencia.

Su voz era profunda, controlada y demasiado tranquila para un allanamiento de morada.

Señalé hacia abajo, incapaz de ignorar el elefante desnudo de casi dos metros que ocupaba mi cocina.

—Muy bien, Damien. ¿Existe alguna explicación para que estés enseñándome literalmente todo tu currículum a las seis cuarenta de la mañana? —pregunté.

Por primera vez pareció desconcertado. Bajó la mirada hacia su propio cuerpo y luego volvió a mirarme.

—La materialización no permite transportar objetos externos —explicó con absoluta seriedad. Su expresión no tenía rastro de vergüenza; parecía genuinamente desconcertado por el hecho de que yo considerara su desnudez un problema.

Me quedé callada un segundo.

—Claro. La materialización. Cómo no —respondí.

Agarré el teléfono. Mi primera idea fue llamar a la policía. La segunda fue correr. La tercera, menos digna, fue preguntarme por qué un psicópata tenía que estar tan absurdamente bueno.

Elegí la policía.

Damien no se movió cuando empecé a marcar.

—No serviría de nada —advirtió él sin moverse. Su tono siguió siendo sereno, pero algo en su mirada me hizo sentir que no estaba intentando asustarme; estaba informándome de un hecho que para él resultaba obvio.

Su tranquilidad me irritó más que cualquier amenaza. Retrocedí un paso.

—Tienes diez segundos para explicarme qué haces aquí antes de que empiece a gritar —dije.

—Soy tu Custodio —respondió Damien. Lo dijo con el rostro serio, como si acabara de comunicarme su profesión y esperara que yo supiera perfectamente qué significaba.

Levanté la mirada del teléfono.

—Nueve.

Damien frunció apenas el ceño.

—He sido asignado para supervisar la conclusión de tu existencia humana —añadió con el tono de quien lee una definición de manual.

—Ocho —repliqué, sin apartar el dedo de la pantalla.

—Tu fallecimiento está programado para dentro de trescientos sesenta y cinco días —dijo Damien. Ni siquiera bajó la voz. La frialdad con la que pronunció mi sentencia contrastaba tanto con el caos que acababa de provocar en mí que durante un instante no supe si reírme o lanzarle algo.

Dejé de contar.

La cocina se volvió demasiado silenciosa. Durante unos segundos solo escuché el zumbido del refrigerador y mi propia respiración. Después me reí, no porque aquello tuviera gracia, sino porque mi cuerpo no encontró una reacción mejor.

—No —dije finalmente—. A ver, no. No puedes aparecer desnudo en mi cocina, decirme que eres una especie de funcionario de la muerte y esperar que yo me lo crea.

Damien sostuvo mi mirada sin pestañear.

El teléfono vibró otra vez en mi mano.

Marcos: «8:30. Reservé en el lugar que te gusta».

El pecho se me apretó. No podía morirme ahora. No cuando por fin parecía que algo estaba funcionando. No cuando quizá aquella noche Marcos iba a hablar de vivir juntos, de casarnos o de cualquier otra cosa que significara futuro.

Damien siguió el movimiento de mis ojos hasta la pantalla. Apenas fue un gesto, pero algo cambió en su expresión: la mandíbula se le endureció y una sombra le cruzó la mirada.

Aquello me molestó más de lo razonable.

—¿Qué sabes de Marcos? —pregunté.

Damien tardó un poco demasiado en responder.

—Nada —dijo al final. Sin embargo, desvió la mirada apenas un segundo y la rigidez de su mandíbula lo traicionó. No sabía qué ocultaba, pero estaba segura de que aquella respuesta no era toda la verdad.

No le creí.

Demasiados “nada” para una sola mañana.

—Demuéstrame que todo esto no es una broma horrible —exigí.

Damien abrió la mano y, sobre su palma, apareció una placa negra parecida a un fragmento de cristal. Letras plateadas comenzaron a dibujarse en la superficie: mi nombre, mi fecha de nacimiento, mi dirección, datos médicos que jamás le habría compartido a un desconocido y, al final, una fecha.

17 de octubre de 2027.

Sentí que la boca se me secaba.

Busqué una explicación racional: truco, hackeo, montaje, cualquier cosa que me permitiera seguir viviendo la misma vida que tenía cinco minutos antes. Me acerqué para tomar la placa, pero Damien retiró la mano con rapidez.

—No la toques —advirtió.

Eso, por supuesto, consiguió que quisiera hacerlo todavía más.

Intenté arrebatársela.

Mis dedos rozaron su muñeca.

El mundo desapareció.

No sentí una descarga eléctrica. Fue algo más profundo, como si un frío imposible hubiera entrado directamente en mis venas. La cocina se desvaneció y durante un instante vi un cielo negro, una torre ardiendo y una silueta masculina gritando mi nombre desde algún lugar cubierto de ceniza.

Entonces regresé.

Damien me apartó con tanta rapidez que choqué contra la encimera. Su expresión ya no era fría ni controlada.

Era miedo.

La placa empezó a emitir una luz roja. La fecha cambió.

16 de octubre.

Luego 15.

14.

13.

Damien cerró la mano, pero la luz atravesó sus dedos. Murmuró que aquello era imposible mientras yo observaba las cifras retroceder sin comprender qué demonios había hecho.

Entonces todas las fechas desaparecieron.

En su lugar apareció un mensaje.

ANOMALÍA DE ORIGEN DETECTADA.

SUJETO: VERÓNICA SALVATIERRA.

ORDEN SUPERIOR: NO DEBE LLEGAR VIVA AL DÍA 365.

El aire dejó de entrarme con normalidad.

Damien destruyó la placa entre los dedos y el cristal se convirtió en una especie de polvo oscuro.

—¿Qué significa? —conseguí preguntar.

Él miró el punto exacto de su muñeca donde yo lo había tocado. Cuando levantó los ojos, el gris habitual estaba atravesado por un destello dorado.

—Que un humano no debería poder tocarme —respondió lentamente. Ya no quedaba rastro de la calma irritante con la que había aparecido; ahora me observaba con una mezcla de cautela e incredulidad, como si yo hubiera roto una regla que llevaba siglos siendo intocable.

Miré mi propia mano. Todavía podía sentir el frío de su piel.

—Pero yo sí pude —dije.

La mandíbula de Damien se tensó.

—Lo sé —respondió Damien. Su voz salió más baja y, por primera vez, no sonó como alguien que tuviera todas las respuestas.

Y por primera vez desde que había aparecido en mi cocina, tuve la certeza de que el ser que había venido a anunciar mi muerte estaba tan perdido como yo.

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