Beranda / Romance / Mi custodio de la muerte / Capítulo 3 La hora acordada

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Capítulo 3 La hora acordada

Penulis: Mara Schmidt
last update Tanggal publikasi: 2026-10-01 05:40:29

Llegué al restaurante a las ocho veintisiete.

Tres minutos antes de la reservación original y treinta y tres antes de la nueva hora que Marcos acababa de imponerme.

Durante el trayecto me repetí varias veces que estaba siendo ridícula. Marcos probablemente llegaría a las nueve, yo terminaría esperando sola y Damien tendría que soportar que le recordara durante semanas que su misteriosa intuición sobrenatural había resultado inútil.

La anfitriona me recibió con una sonrisa.

—Buenas noches. ¿Tiene reservación? —preguntó.

—A nombre de Marcos Ferrer —respondí mientras guardaba el teléfono.

La mujer revisó la pantalla frente a ella.

—Sí, claro. El señor ya llegó. Está en la terraza.

La frase tardó un segundo en acomodarse en mi cabeza.

—¿Ya llegó? —pregunté.

—Sí. Hace unos minutos —respondió ella.

Giré la cabeza hacia Damien.

Él estaba a mi lado, invisible para todos los demás. No dijo nada, pero la expresión de su rostro consiguió que aquella sensación incómoda que llevaba todo el día ignorando regresara con fuerza.

—Gracias —dije a la anfitriona.

Comencé a caminar hacia la terraza, pero Damien pronunció mi nombre antes de que llegara a la entrada.

—Vera.

Me detuve y giré hacia él.

—¿Qué?

—Mira antes de entrar —respondió.

—¿Por qué?

Damien señaló con la mirada hacia uno de los ventanales que separaban el salón principal de la terraza.

No hizo falta que dijera nada más.

Me acerqué.

Y lo vi.

Marcos estaba sentado en una mesa al fondo. No parecía estar esperando a nadie. Tampoco tenía una computadora frente a él ni documentos de trabajo. Estaba relajado, inclinado hacia delante mientras hablaba con una mujer.

Durante unos segundos solo pude verle el cabello castaño y una parte del perfil.

Después giró ligeramente la cabeza.

Sentí que algo dentro de mí se detenía.

Laura.

Mi primera reacción fue pensar que aquello podía tener una explicación. Por supuesto que podía. Laura conocía a Marcos desde hacía tiempo. Habían coincidido varias veces y, además, sabía perfectamente que aquella noche cenaríamos allí.

Pero entonces recordé algo.

Marcos acababa de escribirme para decirme que se le había complicado el trabajo.

—¿Por qué está con Laura? —pregunté en voz baja.

Damien no respondió.

Me acerqué un poco más al cristal.

—Quizá vinieron juntos por algún asunto —añadí, aunque ni yo misma me creí la explicación.

Damien giró hacia mí.

—¿Ella trabaja con él? —preguntó.

—No.

La respuesta salió demasiado rápido.

Me quedé mirando a Laura.

Ella no era una compañera cualquiera. Era la persona a la que llamaba cuando discutía con Marcos. La que sabía qué me preocupaba, qué me dolía y cuántas veces me había preguntado si nuestra relación estaba cambiando. Apenas una semana antes me había dicho que dejara de imaginar problemas donde probablemente solo había estrés.

Mi mejor amiga.

Marcos estiró la mano por encima de la mesa y tomó la de ella.

Sentí que el estómago se me cerraba.

—No —murmuré.

Laura sonrió.

Él también.

Después Marcos se levantó ligeramente de la silla y se inclinó hacia ella.

El beso duró apenas unos segundos, pero fueron suficientes. No fue un saludo ni un gesto que pudiera interpretar mal. Su mano se quedó apoyada en la nuca de Laura mientras ella se inclinaba hacia él con una familiaridad que dejó claro que aquello tampoco era la primera vez.

Sentí cómo todo el calor me subía al rostro.

—Los voy a matar —dije mientras daba un paso hacia la entrada.

Damien apareció inmediatamente frente a mí.

—Vera, espera —dijo Damien, interponiéndose frente a mí con una rapidez que no me dio oportunidad de esquivarlo. Su rostro permanecía serio, pero la tensión de su mandíbula dejaba claro que sabía perfectamente lo cerca que estaba yo de perder el control.

—Quítate.

—Escúchame primero —insistió, bajando ligeramente la voz. No intentó tocarme; simplemente sostuvo mi mirada, firme, como si supiera que cualquier movimiento brusco podía ser suficiente para mandarme directa hacia aquella mesa.

—Acabo de ver a mi novio besar a mi mejor amiga. No necesito escuchar absolutamente nada.

Intenté rodearlo, pero Damien se movió conmigo.

—Puedes entrar —dijo con calma, aunque una sombra de preocupación cruzó su mirada—. Puedes gritarles, enfrentarlos y asegurarte de que sepan exactamente lo que acabas de ver. Es una reacción completamente válida.

—Perfecto. Entonces quítate.

Damien no se movió.

—Pero en cuanto lo hagas, ellos sabrán que sabes —añadió Damien. Esta vez inclinó un poco la cabeza, observándome con una seriedad casi estratégica, como si estuviera intentando enseñarme a mirar la escena desde fuera de mi propia rabia.

La frase consiguió detenerme.

—¿Y qué? —pregunté, todavía furiosa.

Damien dirigió una mirada hacia la terraza.

—Que empezarán a esconderse mejor. Borrarán mensajes, cambiarán versiones, se pondrán de acuerdo y tú dejarás de ver lo que hacen cuando creen que están a salvo.

Volví a mirar a Marcos y Laura. Ahora estaban hablando como si nada.

—¿Me estás diciendo que finja que no los vi? —pregunté.

Damien ladeó ligeramente la cabeza.

—Te estoy diciendo que hay ocasiones en las que pasar desapercibido ofrece una ventaja —respondió Damien. Entonces una luz le cruzó los ojos, discreta pero claramente divertida—. Lo digo por experiencia. La mayor parte del tiempo nadie puede verme.

A pesar de todo, una pequeña parte de mí entendió la ironía.

—Claro. Porque eres literalmente invisible.

—Exactamente —respondió él, y esta vez la comisura de su boca sí amenazó con convertirse en sonrisa. Por un instante pareció menos un emisario de la muerte y más alguien disfrutando demasiado de su propio comentario.

Miré otra vez hacia la terraza. La furia seguía ahí, pero debajo de ella empezó a aparecer algo diferente. Si entraba en ese momento, tendría una escena. Quizá una disculpa. Probablemente muchas mentiras.

Pero si ninguno de los dos sabía que los había descubierto...

—Entonces puedo observarlos —dije lentamente.

—Puedes averiguar cuánto hay detrás antes de decidir qué hacer —respondió Damien.

Lo miré.

Y casi al mismo tiempo los dos empezamos a hablar.

—Y puedo darles su merecido a los dos —dije yo.

—Y puedes tomar una decisión con toda la información —dijo Damien exactamente al mismo tiempo. Su frase fue mucho más razonable que la mía, aunque el destello pícaro que apareció en su mirada me hizo sospechar que mi versión le había gustado más.

Nos quedamos mirando.

—Eso no fue lo mismo —señalé.

—Definitivamente no.

—Pero estabas pensando lo mío.

—No.

—Damien.

La comisura de su boca se movió apenas.

—Quizá una versión considerablemente menos violenta —admitió Damien. Mantuvo el rostro serio, pero sus ojos tenían esa luz traviesa de quien quizá no quería ver el mundo arder, aunque tampoco pensaba perderse el espectáculo.

Respiré profundamente y volví a mirar a las dos personas que, hasta cinco minutos antes, consideraba de las más importantes de mi vida.

Laura sabía todo lo que yo sentía por Marcos.

Marcos sabía cuánto confiaba en Laura.

Y ninguno parecía sentirse culpable.

El teléfono vibró en mi bolso.

Marcos.

«Ya llegué. ¿Dónde estás?»

Leí el mensaje y sentí que algo dentro de mí terminaba de acomodarse.

Guardé el teléfono.

—Entonces no saben que sé —dije.

Damien me observó con cautela.

—No. Y por ahora esa es tu ventaja —respondió Damien. La diversión desapareció de sus ojos y dio paso a algo más calculador, casi protector.

Enderecé los hombros.

—Perfecto.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó él.

Miré una última vez hacia la terraza.

—Llegar a mi cita —respondí. Mi voz salió más tranquila de lo que me sentía y, por primera vez desde que había visto aquel beso, la rabia dejó de parecer un incendio fuera de control y empezó a parecer combustible.

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