MasukCerré la puerta del apartamento con más fuerza de la necesaria.
No lloré al entrar.
No inmediatamente.
Primero me quité los tacones y lancé uno junto al sofá. El otro golpeó la pared con tanta fuerza que Damien levantó una ceja.
—Eso podría romper algo —comentó Damien, siguiendo con la mirada el tacón que acababa de golpear la pared. Su rostro permanecía serio, aunque por el leve arqueo de una ceja parecía estar evaluando si convenía intervenir o simplemente dejarme destruir el mobiliario.
—Ojalá —respondí mientras me arrancaba los pendientes—. Necesito romper algo que no sea la cara de Marcos.
Damien apareció detrás de mí, ya visible, y se quedó en silencio.
Eso me irritó.
—Puedes decirlo —solté, girándome hacia él—. “Te lo dije”. Vamos. Te estás muriendo de ganas.
—No —respondió Damien con una firmeza inesperada. No había satisfacción en su expresión, ni el menor rastro de un “te lo dije”; solo una atención silenciosa que, en ese momento, me resultó casi más difícil de soportar.
—Claro que sí.
—No pareces una persona a la que le serviría escucharlo —añadió. Lo dijo con el rostro serio, pero su voz se suavizó apenas, como si estuviera intentando no empujarme un centímetro más de lo necesario.
Solté una risa amarga.
—Qué considerado.
Me alejé hacia la cocina porque necesitaba moverme. Si me quedaba quieta, sabía que iba a empezar a pensar demasiado.
Y no quería pensar.
Quería gritar.
Abrí un gabinete, lo cerré, abrí el refrigerador sin buscar nada y volví a cerrarlo.
—Mi mejor amiga —dije finalmente.
La frase salió mucho más baja de lo que pretendía.
Damien no respondió.
—Era mi mejor amiga —repetí, y ahí sí sentí que algo se quebraba detrás del enojo—. Le conté todo. Cada vez que Marcos cancelaba, cada vez que yo sentía que algo estaba raro, cada vez que me preguntaba si estaba exagerando... ella estaba ahí diciéndome que confiara en él.
Se me cerró la garganta.
No quería llorar.
Lloré de todos modos.
Solo un par de lágrimas al principio, suficientes para enfurecerme todavía más.
Me las limpié con el dorso de la mano.
—Y mientras tanto se acostaba con él —dije.
Damien apretó ligeramente la mandíbula.
—No sabes hasta dónde llegó todavía —respondió Damien con cautela. Su mandíbula se tensó, como si supiera que cualquier palabra mal elegida podía hacerme estallar de nuevo.
Giré hacia él.
—La vi besándolo.
—Lo sé.
—No me corrijas con tecnicismos ahora mismo.
—No era mi intención.
—Pues parece que todo el mundo tiene muchas intenciones últimamente.
La rabia me salió de golpe. Caminé hacia el sofá, tomé un cojín y lo lancé contra la pared.
Damien lo siguió con la mirada.
—Eso tampoco va a romperse —dijo Damien, mirando el cojín en el suelo. Había una luz tan seca y absurda en sus ojos que, por un segundo, tuve la impresión de que una parte de él disfrutaba viendo cómo intentaba declarar la guerra al mobiliario.
Lo miré.
—¿Quieres ser el siguiente?
—No especialmente —respondió él, dando medio paso hacia atrás con una prudencia que habría sido cómica en cualquier otra noche.
A pesar de mí misma, solté una risa breve y rota.
Eso fue peor.
Porque me hizo recordar que cinco horas antes yo estaba emocionada pensando que Marcos quizá iba a hablarme de nuestro futuro.
Cinco horas.
Qué poco tiempo se necesitaba para convertir una vida en algo ridículo.
Me senté en el borde del sofá y me cubrí la cara con las manos.
—Soy una idiota —murmuré.
Damien se acercó.
—No.
—Sí.
—No.
Levanté la cabeza.
—Mi novio engañándome con mi mejor amiga delante de mis narices y yo pensando en vivir con él. ¿Qué parte de eso te parece inteligente?
Damien se quedó de pie frente a mí.
—La parte en la que confiar en dos personas que decían quererte no es un defecto —respondió Damien. Su expresión seguía siendo seria, pero había algo distinto en su mirada, una quietud que no parecía lástima y que por eso mismo me desarmó un poco.
—Suena bastante estúpido visto desde aquí.
—Elegir a Marcos quizá demuestre un error de criterio —dijo él con absoluta seriedad. Entonces una chispa irónica apareció en sus ojos—. Confiar no.
Lo miré durante un segundo.
—¿Eso fue un intento de consolarme?
—No.
—Fue pésimo.
—Entonces no lo fue.
Resoplé y me puse de pie otra vez.
La tristeza seguía ahí, apretándome el pecho, pero el enojo era más fuerte. Mucho más fuerte.
—Quiero que se arrepientan —dije.
Damien no respondió inmediatamente.
—A los dos.
—Vera...
—No. Escúchame.
Di un paso hacia él.
—No quiero que Marcos simplemente me pierda. Quiero que entienda exactamente en qué momento decidió que yo era suficientemente tonta para hacerme esto y salirse con la suya. Y Laura... —Tuve que detenerme un segundo porque pronunciar su nombre todavía dolía—. Laura sabía todo. No fue una desconocida que se enamoró de mi novio sin conocerme. Ella me escuchaba hablar de él y después iba a verlo.
Damien me observó en silencio.
—Quiero que se arrepientan —repetí—. Los dos.
—La venganza rara vez da a los humanos lo que creen que necesitan —respondió Damien. Su tono fue tranquilo, pero la forma en que me observó dejó claro que no estaba intentando sermonearme; estaba tratando de evitar que tomara una decisión solo porque dolía.
—¿Y tú qué sabes de lo que necesito?
—He visto suficientes finales para saber que perder tiempo intentando destruir a alguien suele destruir también a quien lo intenta —dijo. Por un instante su mirada se volvió más vieja que su rostro, cargada de algo que no entendí pero que consiguió apagar un poco mi impulso de discutir.
Sentí que la rabia volvía a subir.
—Hablas como si fueras un experto en vivir.
La expresión de Damien se endureció.
—He visto morir a más personas de las que puedes imaginar —respondió Damien. Esta vez no hubo ironía ni frialdad. Algo oscuro cruzó sus ojos y desapareció tan rápido que casi pude convencerme de que lo había imaginado.
—Exactamente —respondí—. Ver no es vivir.
La frase quedó suspendida entre nosotros.
Por primera vez desde que había aparecido en mi cocina, algo parecido al dolor atravesó su rostro.
Duró poco.
Pero lo vi.
Me hizo bajar ligeramente la voz.
—Tú apareciste hoy y me dijiste que me queda un año —continué—. Un año, Damien. Y en menos de veinticuatro horas descubrí que dos de las personas que más quería llevaban quién sabe cuánto tiempo riéndose de mí. Así que perdóname si no estoy interesada en convertirme en una versión iluminada de mí misma esta noche.
Damien soltó aire lentamente.
—No te estoy pidiendo eso —dijo Damien, exhalando despacio. Su voz se suavizó, pero no apartó la mirada de mí.
—Entonces déjame estar enojada.
—Lo estás haciendo bastante bien sin mi permiso —respondió. Una luz seca, casi divertida, cruzó su mirada, y odié que consiguiera hacerme querer sonreír cuando estaba tan furiosa.
Lo miré.
—Idiota.
—También me lo has dicho.
Me quedé callada unos segundos.
Después empecé a caminar por la sala.
Necesitaba un plan.
El enojo sin dirección solo conseguía que quisiera romper muebles.
—Dos meses —dije de pronto.
Damien frunció el ceño.
—¿Qué?
—Si de verdad me queda un año, quiero los últimos dos meses para mí.
Él me observó con atención.
—¿Para qué?
—Para viajar. Quiero ir a todos los lugares que llevo años posponiendo porque nunca hay dinero, porque nunca es buen momento, porque Marcos no puede, porque el trabajo... lo que sea. Dos meses en los que no tenga que demostrarle nada a nadie.
La idea empezó a crecer mientras hablaba.
Por primera vez desde que Damien había aparecido, pensar en aquel año no me produjo únicamente miedo.
También me produjo urgencia.
—Eso me deja diez meses —dije.
Damien me observó durante un largo momento.
—Diez meses para qué.
Lo miré directamente.
—Para recuperar todo lo que perdí por ellos. Y para asegurarme de que ninguno vuelva a pensar que puede jugar conmigo y salir sonriendo de la historia.
—Eso sigue sonando a venganza —dijo Damien, cruzándose de brazos. No parecía escandalizado; más bien me observaba como si estuviera comprobando hasta dónde pensaba llevar aquella idea.
—Porque lo es.
—Podrías terminar desperdiciando esos diez meses.
—También podría desperdiciarlos llorando.
Damien no respondió.
—Prefiero estar furiosa —añadí.
—Lo había notado.
Puse los ojos en blanco.
—No voy a perseguirlos con un cuchillo, si eso es lo que te preocupa.
—Eso reduce ligeramente mi preocupación —respondió él. El tono seguía siendo solemne, pero una chispa de humor apareció en sus ojos, como si estuviera decidiendo si creerme o esconder todos los cuchillos del apartamento.
—Pero tampoco voy a terminar con Marcos mañana y desaparecer de su vida como si nada hubiera pasado. Él cree que me conoce. Laura también. Quiero que sigan creyéndolo mientras averiguo qué hicieron.
Damien sostuvo mi mirada.
—Eso es más peligroso —dijo Damien. La frase salió seria, aunque en su mirada apareció algo parecido a respeto, como si por primera vez estuviera viendo un plan y no solo mi rabia.
—Para ellos, espero.
Por primera vez, vi algo parecido a aprobación en sus ojos.
O quizá resignación.
—Necesitarás controlar el impulso de confrontarlos —dijo Damien, observándome con una mezcla de cautela y desafío. Parecía estar esperando que protestara.
—Puedo hacerlo.
—Hace una hora querías matarlos en un restaurante —recordó Damien. La comisura de su boca se levantó apenas y una luz traviesa cruzó sus ojos.
—He crecido mucho desde entonces.
La comisura de su boca se movió.
Sonreí apenas.
Y entonces ocurrió algo extraño.
No fue una visión.
No hubo una placa ni fechas cambiando.
Solo Damien observándome como si acabara de descubrir algo que no esperaba.
—¿Qué? —pregunté.
—Nada —respondió Damien, pero evitó mi mirada demasiado tarde. Esa palabra empezaba a convertirse en una pésima costumbre entre los hombres de mi vida.
—Otra vez esa palabra.
—Vera.
—Damien.
Él negó lentamente.
—Creo que sé más de ti de lo que piensas —dijo Damien. La diversión desapareció de su rostro; ahora me miraba con una intensidad que me hizo sentir demasiado visible.
La frase me irritó inmediatamente.
—No sabes nada.
—Sé que llevas meses fingiendo que no te duele cuando Marcos cancela. Sé que revisas dos veces el saldo de tu cuenta antes de comprar algo para ti, pero no dudas en gastar dinero cuando es para alguien que quieres. Sé que haces bromas cuando tienes miedo y que ahora mismo estás más triste de lo que quieres admitir.
La última parte me golpeó.
—No estoy triste.
Damien levantó una ceja.
—Estás llorando —señaló Damien, levantando apenas una ceja. No había burla en su voz, solo una calma insoportablemente objetiva.
Me limpié otra lágrima con furia.
—Estoy enojada.
—Puedes estar ambas cosas —respondió él. Lo dijo con tanta sencillez que por un instante me quedé sin una réplica sarcástica.
—No necesito terapia sobrenatural.
—No soy terapeuta.
—Gracias a Dios.
Intenté apartarme.
Damien reaccionó antes de pensarlo y sus dedos se cerraron alrededor de mi muñeca.
Los dos nos quedamos inmóviles.
Esta vez fue él quien me tocó.
No yo.
Su mano era fría, sólida y demasiado real alrededor de mi piel.
Damien miró sus propios dedos como si pertenecieran a otra persona.
—¿Qué pasa? —pregunté.
Él aflojó un poco la presión, pero no me soltó.
—Normalmente no puedo hacer esto sin decidir ser tangible —dijo Damien mientras observaba sus dedos alrededor de mi muñeca. Su rostro había perdido toda ironía; parecía genuinamente desconcertado por su propio cuerpo.
Mi pulso se aceleró debajo de sus dedos.
—¿Y conmigo?
Damien levantó la mirada.
—Contigo no tengo que decidirlo —respondió, levantando la mirada hacia mí. En sus ojos había sorpresa, cautela y algo más difícil de nombrar que consiguió que mi respiración se volviera demasiado consciente.
Algo se movió en mi estómago.
Estábamos demasiado cerca.
Por un instante olvidé a Marcos, a Laura y hasta el año.
La mirada de Damien bajó apenas hacia mis labios y regresó a mis ojos.
—Esto no debería pasar —murmuró Damien. Su mirada descendió apenas hacia mis labios antes de volver a mis ojos, y la tensión que apareció en su mandíbula me dijo que él también había notado la distancia ridículamente pequeña entre nosotros.
—Llevas todo el día diciendo eso —respondí, aunque mi voz salió más baja de lo que pretendía.
Damien me soltó.
Pero el frío de sus dedos tardó varios segundos en desaparecer.
Él retrocedió como si necesitara distancia para pensar.
Yo también.
Y mientras lo veía apartarse, entendí algo que me enfureció casi tanto como todo lo demás.
Después de la peor noche de mi vida, el único hombre en quien confiaba un poco era el que había aparecido esa mañana para anunciar mi muerte.
El sábado llegó demasiado rápido.Pasé buena parte de la mañana intentando convencerme de que aquella comida era únicamente una oportunidad para observar.Nada más.No iba a provocar a Laura. No iba a preguntarle por Marcos. No iba a insinuar que sabía que llevaba quién sabía cuánto tiempo acostándose con mi novio mientras organizaba una boda con otro hombre.Iba a sonreír.Escuchar.Y regresar a casa con más información de la que tenía al entrar.En teoría parecía sencillo.En la práctica, llevaba veinte minutos parada frente al armario intentando decidir qué ropa utilizar para sentarme a la mesa con la familia de la mujer que se acostaba con mi pareja.—El negro —dijo Damien desde algún lugar detrás de mí.Giré la cabeza.Estaba apoyado contra el marco de la puerta del dormitorio con los brazos cruzados, observando las dos opciones que yo sostenía frente al espejo.—No recuerdo haberte pedido opinión —respondí mientras levantaba el vestido oscuro en una mano y uno color vino en la o
Marcos habló durante casi todo el camino de regreso.Habló de la reunión, de Andrés, de la posibilidad de que aquella presentación le abriera nuevas puertas dentro de la empresa y de lo bien que, según él, había funcionado todo. Lo contaba con tanta seguridad que, si yo no hubiera estado sentada a su lado, habría pensado que la reunión había sucedido exactamente como él la describía.Yo asentía de vez en cuando mientras miraba por la ventana. No tenía que esforzarme demasiado para fingir interés; después de todo, llevaba años escuchándolo hablar de su trabajo.La diferencia era que ahora empezaba a entender cuánto de ese trabajo tenía realmente que ver conmigo.Cuando estacionó frente a mi edificio, Marcos apagó el motor y se giró hacia mí con una sonrisa satisfecha. Apoyó un brazo sobre el volante y me observó como si esperara que compartiera su entusiasmo.—Creo que salió bastante bien —comentó mientras relajaba por fin los hombros—. Andrés es complicado. Cuando algo no le gusta se
A la mañana siguiente, Marcos pasó por mí veinte minutos antes de la reunión.Cuando vi su coche detenerse frente al edificio, sentí una mezcla tan incómoda de rabia y calma que me sorprendió. Hacía apenas unos días habría bajado deprisa, preocupada por hacerlo esperar. Ahora me tomé mi tiempo. Revisé por última vez que llevara todo, acomodé la chaqueta sobre el vestido negro que había elegido y respiré hondo antes de salir del apartamento.Damien me esperaba junto a la puerta.Había permanecido especialmente callado desde la noche anterior. No habíamos hablado de lo que había ocurrido cuando nuestras manos se tocaron. Yo tampoco pensaba hacerlo. Bastante tenía con tratar de convencerme de que aquella imagen de su boca sobre la mía había sido una fantasía extraña provocada por cansancio, rabia y un hombre sobrenatural que tenía la desagradable costumbre de invadir demasiado mi espacio personal.—¿Vas a venir? —pregunté mientras tomaba el bolso.Damien me observó de arriba abajo con un
Dormí peor de lo que esperaba.No pasé la noche llorando desconsoladamente ni abrazada a una almohada, como probablemente habría imaginado si alguien me hubiera contado, veinticuatro horas antes, que iba a descubrir a mi novio besándose con mi mejor amiga. Lloré, sí. Un poco. Lo suficiente para amanecer con los ojos pesados y esa molestia detrás de la frente que aparece después de contener demasiado.Pero, sobre todo, pasé la noche furiosa.Cada vez que cerraba los ojos aparecía una imagen distinta. Marcos tomando la mano de Laura sobre la mesa. Laura sonriendo como si aquello fuera normal. La mano de él en su nuca cuando la besó.Y, peor todavía, su mensaje.Se me complicó algo en el trabajo. Mejor nos vemos a las nueve.Trabajo.Claro.Abrí los ojos cuando la claridad de la mañana empezó a filtrarse entre las cortinas y me quedé unos segundos mirando el techo. Había dormido, quizá, tres horas. Mi cuerpo estaba cansado, pero mi cabeza parecía haber pasado la noche reuniendo nuevas ra
Cerré la puerta del apartamento con más fuerza de la necesaria.No lloré al entrar.No inmediatamente.Primero me quité los tacones y lancé uno junto al sofá. El otro golpeó la pared con tanta fuerza que Damien levantó una ceja.—Eso podría romper algo —comentó Damien, siguiendo con la mirada el tacón que acababa de golpear la pared. Su rostro permanecía serio, aunque por el leve arqueo de una ceja parecía estar evaluando si convenía intervenir o simplemente dejarme destruir el mobiliario.—Ojalá —respondí mientras me arrancaba los pendientes—. Necesito romper algo que no sea la cara de Marcos.Damien apareció detrás de mí, ya visible, y se quedó en silencio.Eso me irritó.—Puedes decirlo —solté, girándome hacia él—. “Te lo dije”. Vamos. Te estás muriendo de ganas.—No —respondió Damien con una firmeza inesperada. No había satisfacción en su expresión, ni el menor rastro de un “te lo dije”; solo una atención silenciosa que, en ese momento, me resultó casi más difícil de soportar.—Cl
Esperé unos minutos antes de entrar.No porque quisiera tranquilizarme, sino porque necesitaba darle a Laura tiempo suficiente para desaparecer. Si pensaba fingir que no había visto nada, al menos debía permitirles terminar de organizar su pequeña mentira.Damien permaneció conmigo en el vestíbulo.—Todavía puedes cambiar de opinión —dijo Damien mientras me observaba con atención. No había juicio en su voz; solo una seriedad incómodamente cercana a la preocupación.—Hace cinco minutos me explicaste todas las ventajas de guardar silencio —respondí.—Te expliqué una estrategia. No dije que fuera fácil.Lo miré.—¿Estás preocupado por mí?Damien pareció incómodo con la pregunta.—Estoy encargado de mantenerte con vida durante los próximos trescientos sesenta y cinco días. Una pelea dentro de un restaurante complica innecesariamente mi trabajo.Sonreí apenas.—Por un segundo pensé que estabas desarrollando sentimientos.—No exageres —respondió él, pero apartó la mirada demasiado rápido. E







