Beranda / Romance / Mi custodio de la muerte / Capítulo 6 Lo que es mío

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Capítulo 6 Lo que es mío

Penulis: Mara Schmidt
last update Tanggal publikasi: 2026-10-30 02:52:42

Dormí peor de lo que esperaba.

No pasé la noche llorando desconsoladamente ni abrazada a una almohada, como probablemente habría imaginado si alguien me hubiera contado, veinticuatro horas antes, que iba a descubrir a mi novio besándose con mi mejor amiga. Lloré, sí. Un poco. Lo suficiente para amanecer con los ojos pesados y esa molestia detrás de la frente que aparece después de contener demasiado.

Pero, sobre todo, pasé la noche furiosa.

Cada vez que cerraba los ojos aparecía una imagen distinta. Marcos tomando la mano de Laura sobre la mesa. Laura sonriendo como si aquello fuera normal. La mano de él en su nuca cuando la besó.

Y, peor todavía, su mensaje.

Se me complicó algo en el trabajo. Mejor nos vemos a las nueve.

Trabajo.

Claro.

Abrí los ojos cuando la claridad de la mañana empezó a filtrarse entre las cortinas y me quedé unos segundos mirando el techo. Había dormido, quizá, tres horas. Mi cuerpo estaba cansado, pero mi cabeza parecía haber pasado la noche reuniendo nuevas razones para odiarlos.

Me incorporé despacio.

Damien estaba junto a la ventana.

Durante unos segundos me limité a observarlo. Llevaba una camisa oscura y unos pantalones del mismo tono, y permanecía sentado de lado, con un brazo apoyado sobre el respaldo de la silla. La luz de la mañana recortaba su perfil y hacía todavía más evidente lo poco humano que resultaba a veces: demasiado quieto, demasiado alerta, como si el cansancio fuera otra costumbre de nuestra especie que él nunca hubiera necesitado aprender.

—¿Llevas toda la noche ahí? —pregunté mientras me apartaba el cabello de la cara.

Damien giró lentamente hacia mí. Su rostro no revelaba sueño ni aburrimiento y, por un instante, no pude decidir si llevaba horas vigilándome o si simplemente había elegido aquella posición porque le gustaba incomodarme.

—No toda —respondió con esa tranquilidad suya que empezaba a parecerme provocación.

Lo miré por encima de la cobija.

—Eso no me tranquiliza demasiado.

Damien levantó apenas una ceja. Su expresión siguió seria, pero algo en sus ojos me hizo pensar que mi incomodidad no le resultaba precisamente desagradable.

—No era la intención —contestó.

—Claro —murmuré mientras me dejaba caer otra vez contra la almohada—. Porque Dios te libre de hacerme sentir mejor.

La mirada de Damien cambió apenas, como si estuviera considerando si aquello merecía una respuesta.

—No trabajo para él —dijo finalmente, completamente serio.

Me quedé mirándolo.

Y, contra toda lógica, solté una risa.

Fue pequeña. Ridícula.

Pero existió.

Me tapé la cara con una mano.

—No hagas eso.

Damien se incorporó un poco en la silla.

—¿Qué cosa? —preguntó, y esta vez sí vi un destello de curiosidad genuina en sus ojos.

—Hacerme reír —respondí—. Estoy intentando estar miserable.

Damien me observó durante unos segundos, como si evaluara mi estado emocional de la misma manera en que otro revisaría una herida.

—Lo estás haciendo bastante bien sin mi ayuda —dijo al fin.

Agarré una almohada y se la lancé.

Damien la atrapó con una mano.

Eso consiguió que me quedara quieta.

La noche anterior habría jurado que la almohada lo atravesaría.

Él también miró el objeto entre sus dedos.

Durante un instante ninguno habló.

—Interesante —murmuró Damien.

—No empieces —dije, señalándolo desde la cama—. Hoy no tengo capacidad emocional para otra crisis sobrenatural.

Damien dejó la almohada a un lado, pero su mirada permaneció unos segundos sobre su propia mano.

—No pensaba empezar nada.

—Perfecto. Porque ya tengo suficiente con dos traidores humanos.

La frase borró cualquier rastro de diversión.

Sentí cómo la rabia regresaba casi inmediatamente.

Me senté otra vez y abracé las rodillas.

—¿Cómo no me di cuenta? —pregunté.

Damien no respondió enseguida. Se levantó de la silla y caminó hacia mí, aunque se detuvo a cierta distancia de la cama.

—Vera…

—No, de verdad —lo interrumpí, sintiendo cómo la frustración me cerraba la garganta—. Laura sabía todo. Cada vez que Marcos cancelaba, yo hablaba con ella. Le contaba que sentía que algo estaba raro y ella me decía que dejara de imaginar problemas. Hasta me hizo sentir culpable por desconfiar de él.

Damien me observó sin interrumpirme.

Eso hizo que continuara.

—Yo estaba ahí preguntándome si trabajaba demasiado, si estaba siendo una novia de m****a, si ya no tenía suficiente tiempo para Marcos… mientras ella sabía exactamente dónde estaba él.

La voz se me quebró al final.

Lo odié.

Me limpié rápidamente una lágrima antes de que llegara a caer.

—Soy una idiota.

Damien cambió de expresión.

No fue algo dramático. Simplemente desapareció esa distancia fría que casi siempre llevaba en el rostro y su mandíbula se tensó ligeramente.

—No vuelvas a decir eso —respondió.

Levanté la mirada.

—¿Perdón?

Él dio un paso más hacia mí.

—No conviertas una decisión de ellos en un defecto tuyo —dijo con una seriedad que me hizo dejar de moverme—. Confiabas en dos personas que te habían dado razones para creer que podías hacerlo. Eso no es estupidez.

Solté una risa amarga.

—Visto desde aquí, se parece bastante.

Damien inclinó ligeramente la cabeza y me estudió durante unos segundos. No parecía estar intentando consolarme; de hecho, su expresión tenía algo casi analítico. Aun así, cuando habló, su voz salió más baja.

—Elegir a Marcos quizá demuestre un error discutible de criterio —dijo—. Y tu amiga parece tener una relación creativa con la lealtad. Pero confiar no te convierte en la idiota de esta historia.

Parpadeé.

—¿Acabas de llamar idiotas a Marcos y Laura?

La comisura de su boca se movió apenas.

—He intentado ser más preciso.

—Pues me gusta más mi versión.

Por primera vez desde que me había despertado, sentí que podía respirar un poco mejor.

Y entonces lo miré demasiado.

Fue involuntario.

Damien estaba a pocos pasos, con el cabello negro cayéndole ligeramente sobre la frente y el cuello de la camisa abierto lo suficiente para dejar ver la parte superior de una de aquellas cicatrices que cruzaban su pecho.

Mi atención bajó un poco más.

Mal.

Muy mal.

Aparté la mirada.

Mi novio acababa de engañarme con mi mejor amiga y, aparentemente, mi cerebro había decidido que era un momento excelente para recordar que mi Custodio tenía un cuerpo ofensivamente atractivo.

El teléfono vibró sobre la mesa de noche.

Lo agarré demasiado rápido.

Marcos.

La rabia volvió.

Buenos días, preciosa. Espero que hayas descansado. Necesito pedirte un favor con un proyecto. Tú eres mucho mejor que yo para estas cosas.

Me quedé mirando el mensaje.

Damien no necesitó preguntar quién era. Debió de verlo en mi cara.

—Marcos —dijo mientras se acercaba.

No fue una pregunta.

Asentí y le mostré el teléfono.

Damien se inclinó para leer.

—Qué curioso —comentó al cabo de unos segundos.

Había algo en su tono que me hizo mirarlo.

—¿Qué?

Damien no respondió inmediatamente. Sus ojos recorrieron el mensaje una segunda vez y luego regresaron a mí.

—Anoche necesitaba tiempo para besar a Laura y esta mañana necesita tu ayuda —dijo con una calma tan seca que casi sonó elegante—. Debo admitir que tu Marcos tiene una notable capacidad para organizar prioridades.

—No es mi Marcos.

Damien levantó la mirada de la pantalla.

Fue apenas un cambio.

Pero lo vi.

Una satisfacción mínima.

—Interesante —respondió.

Entrecerré los ojos.

—No pongas esa cara.

—¿Qué cara?

—Esa.

—Tendrás que ser más específica.

—La de “me gustó demasiado que dijeras eso, pero voy a fingir que no”.

Por primera vez, Damien pareció quedarse sin una respuesta inmediata.

Eso me gustó.

Muchísimo más de lo que debería.

Su mirada se sostuvo en la mía un segundo de más antes de apartarse hacia el teléfono.

—¿Vas a ayudarlo? —preguntó.

Antes de que pudiera responder, llegó otro mensaje.

Te mando el archivo. Solo necesito que le des una revisada. Es importante para mí.

Importante para él.

Abrí el documento.

Era una presentación.

Las primeras diapositivas no me dijeron nada. Portada, cifras, objetivos, una introducción bastante genérica.

Después llegué a la tercera.

Mi dedo se detuvo sobre la pantalla.

Conocía aquella frase.

No porque la hubiera leído antes.

Porque la había escrito yo.

Deslicé hacia la siguiente.

Otra.

Una estructura que había desarrollado meses atrás.

En la quinta diapositiva había una gráfica que yo misma había diseñado.

Sentí un frío en el estómago.

—No puede ser.

Damien dejó de mirar mi rostro y fijó los ojos en la pantalla.

—¿Qué ocurre? —preguntó, acercándose un poco más.

—Esto es mío.

La expresión de Damien se volvió seria.

—¿El documento?

Negué con la cabeza y amplié una de las diapositivas.

—Las ideas. El texto. Esta gráfica. Todo esto lo hice yo hace meses.

Abrí rápidamente una carpeta de mi computadora y busqué uno de los archivos originales.

—Mira —dije, señalando la pantalla—. Incluso está usando el mismo orden.

Damien se inclinó por encima de mi hombro para comparar los documentos.

Quedó demasiado cerca.

Lo noté inmediatamente.

Su pecho rozó apenas mi espalda.

Fue un contacto mínimo.

Suficiente.

Un escalofrío me recorrió la columna.

Mi cuerpo se tensó antes de que pudiera impedirlo.

Damien también se quedó quieto.

Durante un instante ninguno dijo nada.

Yo seguía mirando la computadora, aunque ya no estaba leyendo absolutamente nada.

Podía sentir su respiración cerca de mi cabello.

La proximidad de su cuerpo.

El frío extraño que siempre parecía desprender su piel y que, de una manera completamente inexplicable, empezaba a resultarme agradable.

—¿Siempre lees así? —pregunté finalmente.

Mi voz salió más baja de lo normal.

Damien tardó un segundo en contestar.

—¿Así cómo?

Giré apenas la cabeza.

Error.

Su rostro quedó demasiado cerca del mío.

Podía distinguir cada cambio de color en sus ojos. El gris profundo, una línea dorada casi imperceptible alrededor de la pupila.

También podía ver sus labios.

Aparté la mirada.

—Respirándole en el cuello a la gente —murmuré.

Se hizo un silencio.

Después sentí que Damien se apartaba apenas.

No demasiado.

—No suelo acercarme tanto —respondió.

Algo en su voz había cambiado.

Más grave.

Más lenta.

Me giré un poco en la silla.

—Entonces parece que conmigo estás desarrollando malos hábitos.

Damien me sostuvo la mirada.

La pequeña luz pícara apareció de nuevo en sus ojos. No era exactamente diversión. Era algo más peligroso, como si acabara de descubrir que yo también era consciente de aquella tensión y estuviera considerando cuánto podía acercarse antes de que alguno de los dos hiciera algo estúpido.

—Últimamente me están ocurriendo varias cosas contigo que no suelen ocurrirme —dijo.

La frase me golpeó directamente en el estómago.

—Eso sonó peligrosamente parecido a coqueteo.

Damien no sonrió.

Pero tampoco lo negó.

—Quizá estás interpretando demasiado.

—O quizá tú estás empezando a aprender.

Sus ojos bajaron un instante hacia mi boca.

Fue mínimo.

Pero lo vi.

Y mi cuerpo respondió.

Sentí calor en la cara.

Tragué saliva.

Damien regresó la mirada a mis ojos.

Por un segundo tuve la absurda sensación de que iba a acercarse.

No lo hizo.

Me obligué a mirar nuevamente la pantalla.

—Tenemos un ladrón que investigar —dije.

Damien se enderezó lentamente.

—Eso parece.

—¿Puedes averiguar algo?

Él se apoyó contra el borde del escritorio, todavía demasiado cerca.

—Puedo observar a Marcos sin que me vea. Escuchar conversaciones. Ver con quién se reúne.

Sentí una sonrisa formarse en mi rostro.

—Tener un acosador sobrenatural personal empieza a parecerme bastante útil.

Damien arqueó una ceja.

—Custodio.

—Seguimos afinando el término.

Volví a revisar el archivo.

Las coincidencias eran demasiadas.

—Quiero saber cuánto tomó.

Esta vez Damien perdió cualquier rastro de diversión.

—Entonces averigüémoslo.

Extendí la mano para mover la computadora.

Damien hizo lo mismo.

Nuestros dedos se tocaron.

Y el mundo desapareció.

La habitación se desvaneció de golpe.

No hubo fuego.

No hubo una torre.

Solo él.

Damien.

Frente a mí.

En algún lugar que no reconocía.

Su boca cayó sobre la mía con una urgencia brutal.

No fue un beso delicado ni tentativo. Fue la clase de beso que empieza después de haber pasado demasiado tiempo evitándolo.

Una de sus manos se cerró alrededor de mi cintura y me atrajo contra él. Sentí la presión de su cuerpo, el calor imposible de su boca y la forma en que sus dedos subían por mi espalda como si ya conocieran el camino.

Yo respondí.

Sin duda.

Sin vergüenza.

Mis manos se aferraron a su ropa y tiré de él, buscando acercarlo todavía más. Damien soltó un sonido bajo contra mis labios antes de morder suavemente el inferior.

Un escalofrío me atravesó entera.

Su mano regresó a mi cintura y apretó.

Mi respiración se rompió.

Y entonces todo desapareció.

Volví a mi habitación.

Seguía tocando su mano.

La retiré de golpe.

Damien hizo lo mismo.

Nos quedamos mirando.

Mi corazón golpeaba tan fuerte que casi podía escucharlo.

Los labios me ardían.

Como si el beso hubiera ocurrido de verdad.

Damien tenía una expresión que nunca le había visto.

Descolocado.

Completamente.

—Voy a bañarme —dije demasiado rápido.

Él tardó un poco en reaccionar.

—Bien.

Su voz salió grave.

Mucho más de lo normal.

Me levanté.

No iba a preguntar.

No iba a decirle lo que había visto.

No quería saber si él había visto algo parecido.

Caminé hacia el baño.

Antes de cerrar la puerta, lo miré una última vez.

Damien seguía observando su propia mano.

Algo en su cara me dijo que tampoco entendía qué acababa de pasar.

Decidí no pensarlo demasiado.

Tenía suficientes problemas.

Y uno de ellos acababa de mandarme un documento lleno de ideas que no le pertenecían.

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