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Capítulo 2

Author: Jensen
Luna apretó los puños, decidida a negarse.

Pero después de tres años de intentar compensar a Jorge a toda costa, su cuerpo reaccionó por costumbre antes de que pudiera pensar.

Cuando se dio cuenta, ya estaba sentada a la mesa, obedeciendo como siempre.

Al verla sentada, Jorge dejó de reclamarle.

En el comedor, solo se oía a Violeta hablar y a Jorge responderle con tono complaciente.

Pronto terminaron de servir.

La mesa quedó llena de platillos, casi todos picantes.

Eran justo de los que le gustaban a Luna.

Sin embargo, llevaba mucho tiempo sin comer picante por cuidar el estómago de Jorge.

Como él no regresaba a casa, ella preparaba la comida y se la mandaba a la empresa todos los días.

No tenía ganas de cocinar algo distinto para ella sola, así que comía lo mismo.

—Luna, prueba esto. El chef prepara unos platillos picantes deliciosos. Jorge lo contrató especialmente.

Mientras hablaba, Violeta le fue sirviendo comida con entusiasmo hasta llenarle el plato.

—Me sirvo sola.

Jorge intervino:

—Te está sirviendo de buena voluntad. ¿A qué viene esa actitud?

Luna estaba tan acostumbrada a su trato que ya no tenía ganas de discutir.

Sujetó con fuerza el tenedor, pinchó un trozo de lo que creyó que era pollo y se lo llevó a la boca.

En cuanto lo probó, algo le pareció extraño.

La textura era distinta, pero no supo identificar qué estaba comiendo.

En ese momento, el chef salió de la cocina con el último platillo y lo dejó sobre la mesa.

—Y por último, conejo en adobo. Buen provecho.

Luna miró el plato recién servido. Los trozos de conejo estaban bañados en una salsa roja.

La mano comenzó a temblarle y el tenedor cayó sobre la mesa.

Un presentimiento terrible se apoderó de ella.

Lo que acababa de comer era...

Alzó la voz sin darse cuenta.

—¿De dónde sacaron el conejo?

Los otros dos se quedaron desconcertados.

—¿Ahora qué te pasa? Violeta sabía que te gusta el picante y pidió que...

—¡Te pregunté de dónde sacaron el conejo!

Violeta la miró con inocencia.

—El que estaba en el jardín. Era bien gordito y muy cariñoso. Se la pasaba frotándose contra mí. Soy alérgica al pelo de conejo, así que le pedí al chef que lo preparara.

Las pupilas de Luna se contrajeron y el estómago se le revolvió.

Se levantó de golpe y corrió al baño.

Lo que acababa de comer le subió por la garganta mezclado con ácido, quemándola.

Se sostuvo del lavabo con ambas manos hasta que se le pusieron blancos los nudillos.

El espejo le devolvió un rostro sin color.

Había encontrado a aquel conejo en el jardín tres años atrás.

En ese entonces no tenía ganas de seguir viviendo.

Incluso había intentado suicidarse, creyendo que debía pagar con su vida.

Ezequiel la había descubierto a tiempo y la había salvado.

Le dijo que compensar una pérdida no significaba sacrificar otra vida.

Jorge había perdido a dos de las personas más importantes de su vida.

La mejor manera de compensar lo ocurrido era cuidar de él ahora que ellas ya no estaban.

Aunque solo fuera prepararle algo de comer o preguntarle cómo estaba, eso era mejor que quitarse la vida y dar todo por terminado.

Berenice y Macarena no se habían sacrificado para que ella terminara quitándose la vida.

Temiendo que volviera a intentarlo, Ezequiel le propuso quedarse tres años en Casa Navarro para compensarlos.

Si después de esos tres años Jorge lograba superar lo ocurrido, podrían reconciliarse.

De lo contrario, cumplirían lo acordado: Ezequiel la ayudaría a marcharse y las dos familias quedarían a mano.

Cuando Ezequiel la llevó a Casa Navarro, Jorge ya se había mudado a otra de sus propiedades.

La villa estaba vacía y sumida en un silencio sepulcral.

Abriera o cerrara los ojos, Luna siempre volvía a aquel crucero.

Veía a Macarena y a Berenice empujarla hacia la salida de emergencia y todavía escuchaba sus últimos gritos:

—¡Corre!

No soportaba seguir viviendo, pero tampoco podía permitirse morir.

Hasta que, un día de lluvia torrencial, encontró un pequeño conejo blanco empapado en un rincón del jardín.

Tenía una pata trasera herida.

No sabía de dónde había llegado.

Estaba cubierto de lodo, pero no le tenía miedo y se acercó a restregarse contra ella.

Luna lo llevó al interior, le vendó la pata, le dio de comer y lo llamó Copito.

Era tan torpe que hasta se atragantaba con las hojas y le daba hipo, pero todas las noches saltaba a la cama y se acurrucaba junto a su almohada.

Cuando el insomnio la mantenía despierta hasta las tres de la mañana, le bastaba acariciar a Copito, que estaba calientito, y oler el suave aroma a pasto de su pelaje para dormir dos o tres horas.

Durante esos tres años, Copito había sido el único con quien Luna quería hablar.

Cada vez que lo veía, sentía que todavía había alguien en el mundo que necesitaba que ella siguiera viva.

Sin él, no habría llegado hasta ese día.

Y ahora Copito se había convertido en un platillo servido en la mesa.

Al ver los trozos de carne cubiertos de salsa, a Luna se le revolvió el estómago.

Esa misma mañana, cuando Luna salió, Copito todavía estaba bien.

Incluso le había rozado la pierna con la cabeza.

Y ahora... ya no quedaba nada.

—Jorge, ¿por qué Luna reaccionó así? ¿No deberías ir a verla?

Del otro lado de la puerta se oyó la voz impaciente de Jorge.

—¿Ya acabaste con tu drama? Solo era un plato de comida. ¿De verdad tenías que ponerte a vomitar?

¿Tanto asco le daba?

¿Al grado de vomitar solo por comer con él?

La puerta del baño se abrió de una patada.

Luna no levantó la cabeza.

Tenía la voz tan ronca que apenas se le entendía.

—Ese conejo era mío. Se llamaba Copito.

Jorge se quedó inmóvil.

Ella se apoyó en el lavabo para incorporarse.

En el espejo, sus ojos se veían enrojecidos.

—Lo cuidé durante tres años. Le daba de comer todos los días y él siempre me esperaba cuando volvía a casa.

Volteó a verlo. Algo en su mirada lo hizo retroceder medio paso.

Tragó saliva, pero no dijo nada.

Desde la sala llegó la voz de Violeta.

—De verdad no sabía que era tu mascota. Me sentía muy mal por la alergia y Jorge le pidió al chef que se encargara de él... Perdón, no lo sabía.

Luna sonrió y miró a Jorge con un odio intenso.

—¿Tú lo ordenaste?

Él sintió una punzada al encontrarse con aquella mirada.

Se cruzó de brazos y la observó desde arriba, sin el menor arrepentimiento.

—¿Y qué si lo hice? Solo era un conejo. Firma el convenio y te compro otros diez.

Por primera vez en tres años, Luna sintió que ya no conocía al hombre que tenía enfrente.

El Jorge que recordaba era un hombre bondadoso.

Incluso se detenía a darle de comer a algún gato callejero.

Jamás habría sido tan frío ni tan cruel.

La bofetada resonó con fuerza.

—Me das asco.

Sabía que no debía haberlo golpeado, pero no pudo contenerse.

Jorge se pasó la lengua por el interior de la mejilla. No se limpió la sangre de la comisura de los labios.

La miró con una sonrisa en los labios.

Violeta corrió a ponerse frente a él.

—¡Luna! ¿Cómo te atreves a pegarle? Solo era un conejo. ¿Acaso vale más que una vida humana?

Con esas palabras, intentaba hacer quedar a Luna como una mujer irracional.

Luna soltó una risa amarga.

Si Violeta era alérgica, bastaba con que no se acercara al conejo.

¿Acaso en una villa tan grande no había espacio para un conejo?

Además, Copito llevaba ropa y tenía el pelaje limpio y cepillado. Era evidente que era una mascota.

Violeta había matado a Copito a propósito para intimidarla y obligarla a obedecer.

Ella le debía mucho a Jorge, pero a Violeta no le debía nada.

No tenía por qué aguantar a Violeta.

La segunda bofetada fue igual de fuerte.

A Violeta hasta se le olvidó llorar.

Se cubrió la mejilla y se refugió en los brazos de Jorge, sin poder creer lo que acababa de pasar.

¿No decían todos que Luna obedecía a Jorge en todo y nunca se defendía?

¿Cómo se había atrevido a pegarles a los dos?

Aunque, pensándolo bien, era mejor así.

Había hecho todo lo posible por provocarla para que Jorge terminara odiándola aún más.

Luna se sacudió la mano.

—Por el bien de tu bebé, deja de hacer cosas tan crueles.

—¡Te pasaste!

Jorge levantó la mano.

Ella no intentó esquivarlo. Se quedó mirándolo fijamente.

Había sido la primera en golpear y ya le había dado dos bofetadas.

Aunque él le devolviera una, no saldría perdiendo.

Pero el golpe nunca llegó.

Jorge cerró la mano en un puño, sin bajarla. Las venas se le marcaron en el dorso.

Al final, bajó el brazo.

Gritó furioso:

—Si no quieres comer en paz, ¡nadie va a comer! ¡Sujétenla!

Los guardaespaldas la rodearon.

Le inmovilizaron los brazos y le dieron una patada en la pierna, obligándola a caer de rodillas frente a él.

Jorge acomodó a Violeta en el sofá.

Después volvió, agarró a Luna del cuello y le estrelló la cara contra la mesa donde estaba el convenio de divorcio.

—¡Te atreviste a golpear a mi mujer delante de mí! ¿Ya no quieres vivir?

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