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Capítulo 3

Author: Jensen
Luna luchó con todas sus fuerzas, pero no tenía ninguna posibilidad frente a aquellos guardaespaldas corpulentos.

—¡Pídele perdón a Violeta!

Como ella no respondía, Jorge le apretó la barbilla y la obligó a mirarlo.

—¿Qué pasa? ¿Ahora te haces la muda?

La sujetaba con tanta fuerza que el dolor le llenó los ojos de lágrimas.

Habían crecido juntos.

Pasaron de ser niños que no sabían nada del amor a enamorarse, confesarse lo que sentían, comprometerse y casarse.

Habían vivido tanto...

Cuando más la amaba, él habría dado la vida por ella.

A los dieciséis años, Jorge la protegió de un letrero que se desplomaba.

Le dieron siete puntadas en la frente y todavía fue capaz de sonreír.

—No pasa nada. De todos modos, mi vida es tuya. Pero si me queda una cicatriz y por eso dejas de quererme, ¡vas a ver!

Apenas cumplió dieciocho, se apresuró a decirle que la amaba.

Le daba miedo que otro se le adelantara.

A los veintidós le pidió matrimonio.

Cuando se arrodilló con el anillo en la mano, estaba tan nervioso que le temblaba la voz.

Ni siquiera en el momento en que más se habían odiado se divorciaron.

Luna creyó que seguirían atados así toda la vida.

Sin embargo, ahora él quería divorciarse para complacer a Violeta.

Violeta le jaló la mano a Jorge para que soltara a Luna, mientras lloraba desconsoladamente.

—Luna, de verdad nunca imaginé que las cosas terminarían así. Te pido perdón. Lo del conejo y lo del bebé fueron culpa mía. Solo no quiero que la gente señale a mi bebé por haber nacido fuera del matrimonio. Tengo que pensar en su futuro. Eres tan buena que seguro me entiendes, ¿verdad? No te preocupes, cuando nazca, tú serás su única mamá.

—No tengo por costumbre criar al bebé de la amante de mi esposo.

Aunque estaba en una situación humillante, Luna no cedió.

El olor de la comida seguía en el aire y en su cabeza solo aparecían imágenes de Copito a su lado.

Repasó las palabras de Violeta y sonrió con mayor desprecio.

—Si no querías que señalaran a tu bebé por haber nacido fuera del matrimonio, no te hubieras metido con un hombre casado. Y si ya lo hiciste, al menos hubieras cerrado las piernas. ¿Y yo qué tengo que ver con el bebé que hicieron por darse gusto? ¡Los dos me dan asco!

Violeta se quedó paralizada. El rostro se le puso rojo.

No esperaba que Luna fuera tan directa.

Levantó la cabeza e intentó explicarse.

—No fue...

—¡Cállate!

Luna y Jorge lo dijeron al mismo tiempo.

Violeta se asustó.

Jorge le apartó la mano.

—¡Vuelve a sentarte!

Después clavó otra vez la mirada en Luna.

—Medio año sin verte y ahora resulta que aprendiste a contestar.

Las lágrimas resbalaron por las mejillas de Luna. Dejó de mirarlo.

Como había dicho Ezequiel, durante esos tres años Luna había trabajado día y noche en Casa Navarro, haciendo todo lo posible por compensar a la familia.

Se ocupaba personalmente de todo lo que Jorge usaba, hasta de sus calcetines.

Cuando él se dañó el estómago por beber demasiado, ella se esforzó por aprender sobre nutrición y cuidados médicos.

Le preparaba la comida, organizaba sus medicamentos y planeaba menús para ayudarlo a recuperarse.

Después, Jorge padeció insuficiencia renal.

Como tenía un tipo de sangre poco común, Luna donó sangre para él una y otra vez.

Cuando comenzaron a buscar un riñón compatible, no dudó en someterse a las pruebas.

Se había entregado a él por completo.

Por eso el médico le había dicho que estaba demasiado débil y que, si no se recuperaba, le costaría mucho embarazarse.

En el trabajo también lo había dado todo.

Invirtió sus ahorros y el dinero que recibió como regalo de bodas en Grupo Navarro, salvándolo de una quiebra inminente.

Ahora su valor se había disparado y registraba sus mayores ingresos en casi diez años.

El corazón de Luna empezó a latir más rápido.

—Con tal de vengarte de mí y obligarme a divorciarme, ni siquiera dejaron en paz a mi conejo. ¿De verdad crees que voy a aceptar tus condiciones y esperarte para volver a casarme contigo? ¿Por qué tendría que criar al bebé de ustedes? Acepto el divorcio, pero después cada quien seguirá con su vida. Jamás volveré a casarme contigo. Ahora me da asco hasta estar en el mismo lugar que tú.

Aunque le temblaba la voz, habló con absoluta claridad.

Jorge observó su expresión, tan obstinada como destrozada, y soltó una risa.

Le limpió una lágrima del rabillo del ojo.

Luego la apartó de un empujón y golpeó la mesa con la palma.

—¿Cada quien con su vida? ¡Ni lo sueñes!

Se inclinó hasta quedar tan cerca que Luna pudo distinguir los ojos inyectados de sangre y la marca de la bofetada que aún llevaba en la mejilla.

—¿Crees que esto se acaba cuando tú quieras? Ya te dije que yo decido cuándo terminamos.

Le rozó con el pulgar el rastro de sangre en la comisura de los labios.

Había algo enfermizo en aquella posesividad.

De pronto sonrió.

—No voy a dejar que te vayas. Todavía no has terminado de pagar lo que nos debes a mí y a la familia Navarro. ¿Con qué derecho pretendes irte?

Él todavía no había logrado superar lo ocurrido. ¿Por qué Luna iba a poder dejarlo y seguir con su vida?

Tenían que permanecer juntos para siempre, atormentándose el uno al otro hasta morir.

Luna intentó soltarse, sin conseguirlo.

—¿Qué quieres decir? ¿Ya no vamos a divorciarnos?

Jorge sacó otro documento de la carpeta, lo puso sobre el primero y dejó ambos en la mesa.

—Vas a firmar el convenio de divorcio y también este compromiso para volver a casarte conmigo.

Luna bajó la mirada.

El documento establecía que, durante los tres meses posteriores al nacimiento del bebé de Violeta, Jorge podía solicitar que volvieran a casarse y Luna no tendría derecho a negarse.

También debía criar al niño como si fuera suyo, permitir que Violeta lo visitara y no causarle ningún problema.

Luna levantó la cabeza, sin una pizca de amor en la mirada.

—Estás loco. Vas a tener un bebé con Violeta. ¿Por qué insistes en mantenerme atada a ti?

Él se puso en cuclillas para quedar a su altura.

—Porque estás en deuda conmigo y no te alcanzará la vida para saldarla. Violeta me salvó. Le debo la vida. Además, ella solo quiere que el bebé no sufra, así que voy a hacer lo que me pide. Y tú, ni pienses en dejarme. ¡Vamos a seguir atados el uno al otro hasta que nos muramos!

Luna dejó la pluma.

—Entonces no firmo. Que ella y su bebé sigan viviendo a escondidas toda la vida.

Si Violeta era tan importante, podía esperar.

De todos modos, a ella solo le faltaba un mes para poder irse.

La verdad, ni siquiera sabía si conseguiría seguir viviendo con normalidad.

Pero dos personas habían muerto para salvarla.

Tenía que seguir viviendo, también por ellas.

Jorge reaccionó como si acabara de escuchar un chiste.

—Eso no lo decides tú.

Los dos guardaespaldas apretaron más y Luna quedó completamente inmovilizada.

Jorge le agarró la muñeca, volvió a ponerle la pluma entre los dedos y la obligó a firmar los dos documentos.

Solo entonces los guardó, satisfecho.

—Violeta se siente insegura. Por eso no voy a tocarte mientras estemos divorciados. Pero no te preocupes, tampoco voy a dejarte sin compañía.

Luna tuvo la certeza de que lo siguiente sería algo terrible.

La sonrisa que apareció en su rostro terminó de helarle la sangre.

Se encogió e intentó retroceder.

Tal como había temido, él dio unas palmadas hacia la entrada.

La puerta de la villa se abrió.

Los guardaespaldas hicieron pasar a diez hombres de aspecto poco confiable.

Entre todos, llevaban muy poca ropa y dejaban casi todo el cuerpo al descubierto.

Eran atractivos, pero se comportaban de manera vulgar y provocativa.

El último era tan guapo que costaba apartar la mirada.

Llevaba una camisa negra con aire despreocupado.

Solo tenía dos botones abrochados y dejaba gran parte del pecho al descubierto.

Una cinta roja le cubría los ojos.

Su presencia era completamente distinta a la de los demás.

Luna no era tonta. Entendió perfectamente lo que Jorge pretendía y le gritó:

—¿Qué significa esto? ¡Ya firmé todo lo que querías! ¡Que se larguen!

Jorge miró a los hombres y sonrió.

—Si no tengo algo con qué chantajearte, ¿cómo voy a asegurarme de que esperes obedientemente a que nos volvamos a casar?

La conocía demasiado bien.

Como si acabara de recordar algo, se sentó en el borde de la mesa y tamborileó sobre ella, de excelente humor.

—Después de esta noche, todos van a creer que tú fuiste la primera en ser infiel. Que metiste a esos hombres en nuestra casa para divertirte y que fuiste tú quien traicionó nuestro matrimonio. Violeta no tuvo nada que ver con nuestro divorcio.

En ese momento murió la última esperanza de Luna.

Para que Violeta pudiera convertirse en su esposa sin una sola mancha, él estaba dispuesto a destruirla por completo.

Quería arruinar su reputación y hacer que todos la consideraran una mujer promiscua.

Quería hundirla hasta dejarla sin salida y convertirla en alguien incapaz de desobedecerlo.

Jorge le apretó suavemente la mejilla y habló con una ternura espantosa.

—Los escogí según tus gustos. Diviértete todo lo que quieras. Eso sí, que no se muera nadie.

A Luna se le erizó todo el cuerpo.

La última advertencia no parecía dirigida a ella, sino a los hombres.

—¿Qué esperan? Atiéndanla bien.

Luna temblaba y no dejaba de forcejear, pero para aquellos guardaespaldas corpulentos sus esfuerzos no significaban nada.

—¡Jorge, voy a odiarte toda la vida!

—¡Entre nosotros ya no queda nada más que odio!

El modelo que iba al frente del grupo habló en tono insinuante.

—No se preocupe, señor Jorge. Vamos a seguir sus instrucciones y atender muy bien a Luna.

Aunque le hablaba a Jorge con respeto, su mirada calculadora se desvió hacia Violeta, que estaba sentada en el sofá.

Sus ojos se encontraron.

Él asintió apenas.

El mensaje era claro: todo estaba preparado y no había posibilidad de que fallara.

Violeta podía estar tranquila.

Jorge le levantó la barbilla a Luna, visiblemente entusiasmado.

—¿Entonces qué esperan para llevarla a la recámara?

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