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Capítulo 4

Author: Jensen
—¡Jorge, te lo suplico...!

Luna ni siquiera tuvo oportunidad de terminar. Uno de los hombres le cubrió la nariz y la boca y la arrastró hasta la recámara.

Jorge vio aquella mirada desesperada que le pedía ayuda y sintió un vuelco en el corazón. No pudo apartar los ojos.

Era como si algo se estuviera alejando de él para siempre.

Violeta se acercó y le tomó la mano con preocupación.

—¿Y si mejor lo dejamos así? Son muchos hombres y Luna es tan bonita... Me da miedo que algo salga mal.

Solo entonces él se dio cuenta de lo fuerte que apretaba los puños.

Apartó la mirada y le tocó la punta de la nariz.

—¿Por qué eres tan buena? Te golpeó y todavía te preocupas por ella. ¿De verdad se lo merece?

Violeta miró hacia el piso de arriba.

—Al final, yo fui quien le hizo daño.

Jorge siguió su mirada y luego le apretó la mano.

—No pienses en esas cosas. Le hace mal al bebé. ¿Qué podría pasar?

Ella se llevó una mano al vientre.

—Pero...

—Ya, no digas más. Estás embarazada y ni siquiera me lo habías dicho.

Sus ojos se llenaron de culpa.

—Perdiste un riñón por salvarme. No sé si eso pueda afectar el embarazo. Te hice una cita para una revisión completa mañana, así que hoy tienes que descansar temprano.

Al escucharlo, a Violeta se le aceleró el corazón.

—Ya me revisaron. Además, en ese hospital tienen todo mi expediente prenatal. Sería mucho problema estar cambiando...

Jorge le acarició el cabello.

—No voy a estar tranquilo hasta que te revisen. No va a doler. Hazme caso, ¿sí? Vamos a casa.

—Está bien...

Desde arriba llegaron varios golpes sordos.

Jorge se inquietó y empezó a subir.

Violeta frunció el ceño, impaciente.

Aquellos inútiles no habían sido capaces de esperar a que él se fuera.

Si Jorge descubría que habían reemplazado a todos los hombres que contrató, se acabaría todo.

—Jorge, estoy un poco mareada. Creo que se me bajó el azúcar. ¿Hay algún dulce?

Él se detuvo.

—¿Otra vez no comiste bien?

—La comida se enfrió. Y después de todo lo que pasó, se me quitó el hambre.

—Vamos. Te llevo a comer.

Resignado, Jorge salió con ella.

Todo era una actuación para los medios que esperaban afuera.

Los hombres eran de su confianza. No podía pasarle nada a Luna.

Seguro volvía a intentar llamar su atención para que se compadeciera de ella.

Además, para Luna la fidelidad era tan importante que jamás permitiría que otro hombre la tocara.

Violeta soltó el aire al verlo desistir de subir.

¿De qué le serviría que solo fingieran?

Quería casarse con Jorge y que el bebé que llevaba en el vientre fuera reconocido como heredero de la familia Navarro.

Todos los hombres de la habitación trabajaban para ella y el incienso contenía un afrodisíaco.

Esa noche iba a conseguir que Luna se acostara con ellos.

Pero no bastaba. Lo mejor sería la transmisión en vivo.

“Luna se acuesta con diez modelos en su casa conyugal.”

¡Qué titular tan irresistible!

Después de esa noche, Luna estaría acabada.

***

En la recámara principal, Luna era una presa indefensa rodeada de depredadores.

—¿Cuánto les pagó Jorge? ¡Les doy el doble si se van!

El hombre que estaba al frente se acercó sonriendo y respondió con una insinuación:

—¿Por qué mencionas a tu esposo de repente? ¿Es parte del juego?

—Sí, ¿para qué lo nombras? Nosotros vamos a atenderte muy bien.

Los demás se sumaron a las burlas.

El primero dio otro paso y empezó a desabotonarse la camisa.

—¿Cómo quieres divertirte?

Luna lo observó y sintió una nueva oleada de náuseas.

Retrocedió hasta golpearse las pantorrillas contra el borde de la cama y cayó sobre ella.

El simple roce de las cobijas le provocó escalofríos.

Comenzó a arrastrarse hacia el otro extremo, apoyándose en las manos y los pies.

Otro hombre rodeó la cama por la izquierda y se puso en cuclillas junto a ella.

Ladeó la cabeza y la miró con una expresión repugnante.

—No te escondas. Mientras más lo haces, más ganas nos dan.

Luna tomó una almohada y se la arrojó.

Él la atrapó sin esfuerzo, se la acercó a la nariz y la olió con una expresión de placer que a Luna le revolvió el estómago.

El asco le subió a la garganta.

Apoyándose en el borde, bajó de la cama, pisó el suelo descalza y corrió hacia la puerta.

Le faltaban unos pasos para alcanzar la manija cuando una mano la sujetó del tobillo.

Cayó hacia delante. Las rodillas golpearon el piso con tanta fuerza que por un instante se le oscureció la vista.

No se detuvo. Hundió las uñas en las ranuras del suelo y trató de arrastrarse hasta que le sangraron las yemas.

El hombre que la sujetaba soltó una risa y tiró con más fuerza.

—Tienes carácter.

La alfombra se arrugó bajo su cuerpo mientras la arrastraba.

Luna manoteó y le arañó el dorso de la mano.

Él aflojó por el dolor.

Ella aprovechó para impulsarse, apoyarse en la pared y levantarse.

La puerta estaba justo enfrente.

Giró la manija, pero no se movió.

¡Estaba cerrada con llave!

Un cuerpo tibio se pegó a su espalda.

El hombre apoyó la barbilla en su hombro y le habló al oído.

—¿Adónde quieres ir? Afuera está lleno de reporteros. Si abres esa puerta, mañana el titular será: “Luna sale corriendo semidesnuda”.

A Luna se le puso la piel de gallina.

Lanzó un codazo hacia atrás.

Oyó un quejido y sintió que el hombre se apartaba. Entonces corrió hacia la ventana.

Justo cuando tocó el seguro, otro hombre apoyó la mano en el vidrio y se lo impidió.

—¿Quieres saltar? Estamos en el quinto piso. Nos dolería mucho que te rompieras las piernas.

Los otros modelos también se acercaron.

—Además, esta droga es especial. No se te va a pasar con aguantar. Si no contrarrestamos el efecto, todos podemos morir aquí.

—A menos que vayas a un hospital, vas a necesitarnos. Y nosotros a ti. Estamos atrapados y solo nos queda ayudarnos entre todos.

Luna temblaba. Apretó los dientes y se arrinconó junto a la ventana, con la espalda pegada al vidrio.

Les arrojó todo lo que tenía a mano.

Pero cuanto más se resistía, más se excitaban.

Su propio cuerpo empezó a reaccionar de una manera extraña.

Un calor insoportable se extendía por su interior.

Un aroma tenue le llegaba sin cesar.

Solo entonces descubrió el incienso encendido sobre el tocador. Ella nunca usaba incienso.

¿Jorge la odiaba tanto?

Corrió hacia el tocador, tomó el incienso y lo arrojó por la ventana.

No podía seguir respirando aquello.

Después abrió un cajón y sacó un cuchillo.

Lo alzó hacia ellos sin vacilar.

Si alguien se acercaba, iba a defenderse hasta el final.

Si tenía que morir, así saldaría su deuda con Jorge.

—¿Por qué te pones así? ¿No sería más fácil dejar que te consintamos?

Uno de los hombres se acercó con una sonrisa insolente y le acarició la cara, mientras otro empezó a jalarle la ropa.

Al principio, cada contacto le había provocado repulsión y náuseas.

Ahora algo estaba cambiando.

Seguía odiándolos, pero su cuerpo deseaba acercarse contra su voluntad.

Luna no lo pensó. Le hizo un corte en la mano al que tenía enfrente.

El grito del hombre resonó en la habitación y el olor a sangre se extendió por el aire.

—¿Te crees mucho? ¡No eres más que una mujer de la que un millonario ya se deshizo! ¡Jorge te entregó para que nos divirtiéramos contigo! ¿Y todavía te haces la santa?

—¡Aléjate! ¡Si vuelves a acercarte, te mato!

Luna comprendió que tenía que mantenerse consciente.

En cuanto lo pensó, se pasó el cuchillo por el brazo sin vacilar.

La sangre brotó y el dolor agudo le despejó la mente.

Sin embargo, por mucho que intentara resistir, el efecto de la droga era demasiado fuerte.

El cuerpo empezó a aflojársele y la lucidez se le escapaba poco a poco.

Solo podía seguir agitando el cuchillo para mantenerlos lejos.

El incienso también había afectado a los hombres, encerrados con ella.

Sus burlas resonaban sin descanso.

La derribaron y le inmovilizaron brazos y piernas.

Las lágrimas no dejaban de caer.

—¡Ayuda...! ¡Suéltenme!

La voz le temblaba de terror.

Sus gritos se volvieron cada vez más débiles y sus intentos de liberarse perdieron fuerza.

No se había rendido. La droga estaba apoderándose por completo de su conciencia.

Tal vez debió haber muerto tres años atrás en aquel crucero.

—¡Genaro, se nota cuando a una mujer la han criado entre lujos!

—¡Tiene la piel tan suave! ¿Cómo pudo Jorge dejarla en nuestras manos?

El olor a sangre, perfume y sudor la envolvía en un calor sofocante.

La desesperación, el miedo y el dolor se le metían hasta en el último poro.

Solo escuchaba las voces de aquellos hombres.

Todavía quería resistir. Aún no tenía los documentos del divorcio.

Aunque muriera, no quería seguir vinculada con la familia Navarro.

Pero ya no podía más.

“Jorge, después de esto, ya no te debo nada. ¡Si vuelvo a encontrarte en otra vida, voy a matarte!”

Un estrépito de cerámica rota, seguido de maldiciones, resonó en la habitación.

Luna sintió que alguien la levantaba del suelo.

Un chal le cubrió los hombros desnudos y quedó envuelta en un abrazo firme y desconocido.

Intentó soltarse, pero escuchó una voz grave sobre su cabeza.

—Si no quieren morir, ¡quédense quietos!

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