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Capítulo 7

Author: Jensen
El cielo empezaba a clarear con las primeras luces del amanecer.

Pablo acababa de sacar a Luna del baño y estaba a punto de acostarla cuando descubrió que la cama estaba hecha un desastre.

No había dónde ponerla.

Tuvo que envolverla en una toalla y dejarla primero en el sofá.

Después regresó a arreglar la cama.

En cuanto levantó las cobijas, se quedó inmóvil.

Las manchas rojas destacaban sobre la sábana rosa.

Volteó hacia Luna, incrédulo.

La había envuelto como una momia y solo dejaba ver su pequeño rostro.

Tenía las mejillas enrojecidas. Supuso que era por el vapor del baño.

¿No estaba casada? ¿Acaso la noche anterior había sido su primera vez?

Entonces la vio moverse, inquieta, al borde del sofá.

Pablo se asustó y fue a levantarla para acomodarla en el centro.

La temperatura de su cuerpo no era normal.

Antes había pensado que sus mejillas estaban rojas por el calor.

Ahora ya no estaba tan seguro.

Le puso la mano en la frente y sintió el ardor en la palma.

¡Tenía fiebre!

Después de tanto tiempo bajo el agua fría y de pasar toda la noche con él, habría sido raro que no se enfermara.

Pablo le acomodó una almohada y la cubrió con una manta.

Tenía que encontrar la manera de salir de ahí cuanto antes.

Ya era bastante asustadiza; si la fiebre también le afectaba la cabeza, estarían en problemas.

Al darse cuenta de lo que estaba pensando, se maldijo varias veces para sus adentros.

¿Desde cuándo era tan considerado?

No tenía cómo comunicarse y tampoco encontraba el celular de Luna.

Tendría que buscar entre los otros hombres.

Estaba a punto de volver al vestidor donde los había encerrado, pero no se quedó tranquilo.

Tomó una cobija, la dobló y la puso frente al sofá para amortiguar una posible caída.

No era que se preocupara por ella.

Todavía le resultaba útil.

Tenía que averiguar por qué su problema había desaparecido de pronto: si había sido por la droga de la noche anterior o por Luna.

Necesitaba saber si de verdad estaba curado o si solo reaccionaba ante ella.

La mayoría de los hombres ya había despertado.

En cuanto lo vieron entrar, se encogieron de miedo.

—¡Perdónanos! ¡No volveremos a hacerlo!

Genaro fue el primero en suplicar y los demás lo siguieron.

—¡Sí! ¡Nos pagaron para hacerlo!

Pablo ignoró sus ruegos.

—¿Traen celular?

Todos negaron de inmediato con la cabeza.

—Nos ordenaron no traerlo durante el trabajo.

—Una bola de inútiles.

Pablo alzó el brazo y dio un paso, dispuesto a desquitarse a golpes.

Los hombres se arrodillaron de inmediato y redoblaron las súplicas.

El que estaba arrinconado habló con voz temblorosa.

—¿Quieres comunicarte con alguien de afuera?

Pablo lo miró.

El hombre tragó saliva y extendió un poco las manos atadas.

—Con mi reloj inteligente... se puede llamar.

—Por lo menos sirves para algo.

Pablo se agachó, le quitó el reloj y salió.

Marcó de memoria el número de Simón.

La primera vez sonó unas cuantas veces antes de que rechazaran la llamada.

Pablo soltó una risa de rabia. Cuando saliera, iba a arrancarle la cabeza y usarla como balón.

La segunda vez apenas sonó una vez antes de que volvieran a colgarle.

Pablo golpeó la pared. Había llegado al límite de su paciencia.

Aun así, marcó por tercera vez.

Esta vez le contestaron de inmediato y lo primero que escuchó fue a Simón despotricando.

—¡Son las cinco de la mañana! ¿Quién demonios quiere morirse? ¿Cómo te atreves a despertarme a estas horas? ¡Dime quién eres y te juro que te mato! ¡Habla!

Él seguía insultando sin parar.

Pablo alejó un poco el reloj de la oreja y esperó a que hiciera una pausa para soltar una risa fría.

Los insultos se cortaron en seco.

Pasaron unos segundos de silencio.

Cuando Simón volvió a hablar, su tono había cambiado por completo.

—¿Pablo?

—Sí.

Del otro lado se escucharon movimientos apresurados.

—Anoche tomé demasiado y olvidé que seguías en Club Vértigo. ¿Estás bien? Voy por ti ahora mismo.

No, no estaba bien. Y el problema era enorme.

—Consigue guardaespaldas, un helicóptero y un equipo médico. ¡Ahora mismo!

Iba a decirle adónde enviarlos cuando recordó que no tenía idea de dónde estaba.

Abrió de una patada la puerta de la habitación donde tenía a los hombres. Todos volvieron a encogerse.

—La dirección.

El que le había prestado el reloj reaccionó enseguida.

—¡Villa Rosal, número 20!

Pablo repitió la información.

—El equipo médico a Villa Cristal. Los guardaespaldas y el helicóptero tienen que estar en Villa Rosal, número 20, en media hora.

Simón se quedó desconcertado.

¿Qué había pasado la noche anterior para que necesitara guardaespaldas, un helicóptero y médicos?

—Que vayan varias doctoras.

Del otro lado de la línea, Simón procuró no hacer ruido ni al respirar.

¿Varias doctoras?

Aquello sonaba interesante.

Pero no se atrevió a preguntar.

Primero haría lo que le pidiera. Si después Pablo quería cobrársela, lo aceptaría.

—Está bien. Espérame.

Simón actuó con rapidez.

Veinte minutos después, abrieron por la fuerza la puerta.

Pablo ya había vestido a Luna y la llevaba bien cubierta con una manta, estrechándola contra su pecho.

Simón miró el desastre a su alrededor y después a la mujer que Pablo sostenía. Se quedó tan asombrado que no supo qué decir.

Tampoco se atrevió.

Pablo le dio una patada.

—¡Quítate! ¡No estorbes!

Simón se apartó de inmediato.

—¡Claro!

—Lleven a los nueve hombres de adentro a la policía. Encuentren todas las cámaras de la habitación, respalden los archivos y mándenmelos.

Simón miró hacia el interior y solo entonces reparó en una puerta abierta.

—Entendido.

Les dio instrucciones a los guardaespaldas y se apresuró a seguirlo.

¿Cómo iba a perderse un chisme tan extraordinario?

Aunque corriera el riesgo de recibir una golpiza, necesitaba saber qué había pasado.

El helicóptero no tardó en llegar a Villa Cristal, la residencia privada de Pablo.

Apenas aterrizó, el personal médico que los esperaba se acercó con una camilla.

Mientras acomodaba a Luna, Pablo resumió lo ocurrido.

—Pasó un susto muy fuerte, inhaló un incienso afrodisíaco de composición desconocida y estuvo media hora bajo el agua fría... Además, pasó toda la noche sin dormir.

Simón se quedó pasmado.

Y comprendió que el viaje había valido la pena.

¡A Pablo ya le funcionaba!

Aquello merecía una celebración.

Él había sido quien lo dejó en Club Vértigo la noche anterior, así que algo había aportado a su recuperación.

No esperaba que le diera las gracias, pero al menos ya no tenía que preocuparse de que lo matara.

Simón estuvo a punto de saltar de alegría.

Al verlos entrar, corrió tras ellos.

—¡Pablo! ¡Tú y tu novia espérenme!

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