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Capítulo 6

Author: Jensen
Pablo se quedó rígido y el banco se le cayó de las manos.

Los dedos suaves le acariciaron la cintura, provocándole un hormigueo por todo el cuerpo.

—Suéltame.

La voz le salió ronca y se le movió la nuez al tragar.

Luna no solo no lo soltó: se pegó todavía más.

Apoyó la cara contra su espalda y su aliento ardiente le rozó la columna.

—Tengo mucho calor... Me siento bien junto a ti. Déjame abrazarte...

Pablo apretó los dientes e intentó separar sus dedos uno por uno.

Pero cada vez que soltaba uno, ella volvía a aferrarse más rápido de lo que él conseguía apartarla.

Su autocontrol se desmoronaba. El fuego del bajo vientre crecía hasta hacerle palpitar las sienes.

No tenía experiencia, pero sabía lo que significaba.

Por lo que había leído en internet, ¡parecía que por fin le funcionaba!

Aunque una cosa era eso y otra comportarse como un animal.

—No me provoques. De verdad voy a perder el control.

Se volvió, la sujetó de los hombros y la apartó unos pasos.

En realidad, Luna no había perdido del todo la conciencia.

Después de un rato bajo el agua fría había recuperado por unos momentos la lucidez.

Las posibilidades de escapar eran mínimas. Sentía que ya no tenía otra manera de sobrevivir.

Dos personas habían dado la vida por ella. No podía morir así.

Hacerlo sería darles el gusto a Violeta y a Jorge.

Ni siquiera había vengado a Copito. ¿Cómo iba a rendirse tan fácilmente?

Con esa idea, le rodeó el cuello con los brazos, se puso de puntitas y se acercó a él.

Si ni siquiera le tenía miedo a morir, ¿qué importancia tenía conservar su pureza?

Además, Pablo era alto y guapo. Había arriesgado la vida para protegerla; no debía de ser una mala persona.

Él ya la había salvado una vez. Ahora ella podía salvarse y salvarlo a él.

Después quedarían a mano.

La mirada de Luna comenzó a nublarse.

—No quiero provocarte. Quiero acostarme contigo.

Pablo se quedó atónito. ¡La mujer que tenía enfrente no conocía la vergüenza!

—¡No! No estoy de acuerdo y no voy a aprovecharme de ti. Regresa al baño y sigue bajo el agua...

No terminó.

Los labios de Luna ya estaban sobre los suyos.

Eran increíblemente suaves.

Ardían y tenían el aroma inconfundible de ella.

Toda su razón se hizo añicos.

Pablo se quedó inmóvil, con las manos suspendidas en el aire, todavía en la posición con la que intentaba apartarla.

La inexperiencia de Luna era evidente. Pegó los labios a los de él y se quedó quieta.

Después movió los labios con torpeza un par de veces, como comprobando que no se hubiera equivocado de lugar.

De puntitas, no podía sostenerse bien.

Se fue deslizando contra él y sus labios resbalaron de la comisura de Pablo hasta su mandíbula.

A él se le entrecortó la respiración.

—¿Sabes lo que estás haciendo?

Le puso las manos en la cintura para apartarla, pero, al sentirla entre los dedos, la sujetó con más fuerza sin poder evitarlo.

Luna alzó el rostro hacia él, con los ojos húmedos.

—Sí.

Antes de que Pablo reaccionara, volvió a lanzarse sobre él.

Lo tomó desprevenido y ambos cayeron en la cama que estaba detrás.

Luna quedó sentada a horcajadas y empezó a cubrirlo de besos torpes y apresurados.

Solo tenía una idea en la cabeza: vivir.

Pasar una noche con un hombre tan guapo no sería una pérdida, aunque después muriera.

Y, al menos, habría hecho todo lo posible por sobrevivir.

No le dio oportunidad de hablar. Le tapó la boca con otro beso.

Pablo ya no lograba pensar con claridad y tampoco sabía cómo resistirse a aquella iniciativa.

La rodeó con los brazos y se incorporó haciendo fuerza con el abdomen, sin apoyarse en nada.

Ya sentado en la cama, le sostuvo el rostro entre las manos.

Con la voz muy ronca, le preguntó:

—¿Vas a hacerte responsable?

Luna soltó una risa.

¿No era uno de los modelos del club? ¿Por qué parecía tan inocente y sin experiencia, y encima le exigía que se hiciera responsable?

Respondió con firmeza:

—Sí, voy a hacerme responsable.

Pero en realidad pensaba otra cosa.

Claro que se haría responsable: le daría un poco más de dinero.

—¿De verdad?

Luna estaba al borde de la desesperación.

Le dio unos golpes débiles, casi a punto de llorar.

—¿Por qué te tardas tanto? No quiero morirme. Hazme el favor y sálvame otra vez.

De pronto pareció recordar algo.

Se apartó un poco y lo recorrió con la mirada hasta detenerse en su bajo vientre.

—¿O es que... no puedes? Me da igual. ¡Esta noche vas a tener que poder!

A Pablo le palpitaron las sienes. Nunca había escuchado a nadie hablar con tanto descaro.

Aunque lo que ella decía era cierto, le molestó escucharlo de esa manera.

¡Qué descarada!

Ella volvió a besarlo. Él no sabía cómo reaccionar, pero esta vez no la apartó.

Estaba a punto de cerrar los ojos cuando vio, de reojo, un punto rojo parpadeando en la pared frente a la cama.

Debía de ser una cámara.

De verdad habían querido dejarla sin ninguna salida.

Pablo le sostuvo la cabeza con una mano y miró hacia el lente mientras respondía a su beso.

Con la otra tomó un adorno del buró y lo lanzó hacia el punto rojo.

El objeto dio de lleno en la cámara. Hubo un golpe seco y la luz se apagó.

Luna se sobresaltó. Sus labios se separaron de los de él y miró en aquella dirección, aturdida.

Pablo le sujetó la nuca y volvió a acercarla.

Habló contra su boca con una voz que apenas era un susurro ronco.

—Puedo salvarte...

Giró un poco el rostro y le rozó la oreja con los labios.

—Pero mañana no vas a fingir que esto no pasó. Tú fuiste quien me provocó.

Luna se quedó inmóvil.

Antes de que pudiera comprender lo que quería decir, Pablo giró con ella y la recostó bajo su cuerpo.

—Dime si algo te molesta.

Le sujetó la parte baja de la espalda y la atrajo hacia él.

Luna echó la cabeza hacia atrás y dejó escapar un gemido ahogado.

Se aferró a sus hombros, hundiendo las uñas en las heridas de su espalda hasta hacerlas sangrar de nuevo.

Pablo bajó la cabeza y besó el lunar rojo que ella tenía justo encima de la clavícula.

—Sí que eres brava.

A pesar de sus palabras, sus movimientos fueron sorprendentemente delicados.

La fotografía de boda junto a la cama se había convertido en la ironía más cruel.

Volvieron a enredarse entre besos y caricias.

El deseo creció y, sin que se dieran cuenta, afuera la noche siguió avanzando.

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