LOGINDurante años escuché su nombre como un mito: Ginevra Valentini, la arquitecta que lo tenía todo bajo control, implacable, inalcanzable. Yo, Leandro Alberti, apenas un aprendiz torpe en su estudio, no estaba preparado para enfrentar su perfección… hasta que un simple encuentro cambió todo. Cada mirada, cada gesto, cada risa inesperada me desarma y me hace cuestionar mi lugar en el mundo. En la oficina es intocable, estricta y exigente; fuera de ella, sorprendentemente humana y cercana. Y lo más peligroso: no cree en el amor, no quiere compromisos y jamás se ha dejado llevar por algo serio. Entre admiración, atracción y desafío, descubriré que acercarse a ella será la prueba más difícil de mi vida… y quizá, la más emocionante. Una historia de tensión, deseo y poder, donde la línea entre respeto y fascinación se vuelve peligrosamente delgada.
View MoreNo ocurrió de manera solemne. No hubo velas, ni música, ni un momento preparado.Ocurrió una noche común.Una de esas en las que el día se ha ido sin dejar restos, y el cuerpo se queda blando, disponible, honesto.Estábamos en la cama de Ginevra, con la ventana entreabierta y el sonido lejano de la ciudad entrando como una respiración ajena. Yo tenía un libro en las manos que estaba leyendo. Ella estaba recostada contra mí, con la cabeza en mi hombro y una pierna cruzada sobre las mías, como si su cuerpo hubiera decidido que ese era su lugar ahora.Llevaba un rato en silencio.No un silencio tenso, uno lleno.—Leandro —dijo.Cerré el libro.—Sí.Se movió apenas para poder mirarme. No se incorporó. No se alejó. Solo giró la cara.—Te amo.No lo dijo como una confesión dramática. Lo dijo como una constatación.Sentí algo físico en el pecho. Como si el cuerpo recibiera antes que la cabeza.No hablé. Y ella continuó.—Te amo porque me sacaste de todas mis zonas de confort. Porque me oblig
Salimos cuando ya era tarde.Nos despedimos, agradecimos, prometimos vernos “un día de estos” que no sabíamos si existiría.La puerta se cerró detrás de nosotros y la calle nos recibió con ese aire fresco que parece limpiar un poco todo.Caminamos en silencio los primeros metros.No un silencio incómodo, un silencio lleno.De esos que quedan cuando algo fue suficiente.—Así que… —dije al fin, mirando al frente— soy tu novio.Lo dije como quien comenta el clima.Como si no fuera nada.Ginevra se detuvo medio paso.No del todo.Lo suficiente para que yo lo notara.—Yo… —dijo— bueno… sí.Y se sonrojó.No mucho.Pero lo suficiente para que la luz del farol le tomara las mejillas y se las volviera un poco más rosadas.Sonreí.—¿Ginevra Valentini sonrojada?Se llevó una mano a la cara de forma instintiva.—No digas eso.—¿Eso?—Mi nombre así.—¿Así cómo?—Entero —dijo—. Con apellido. Me hace sentir… como si estuviera en problemas.Reí bajito.—Ginevra Valentini —repetí despacio—. Sonrojada.
No hubo un día en el que Ginevra se despertara distinta.No hubo una mañana con luz especial, ni una frase que marcara un antes y un después.Hubo una suma.Pequeña. Lenta. Casi invisible.Hubo un día en que se levantó sola para ir al baño sin que yo se lo recordara.Hubo otro en que se hizo un té sin preguntarme dónde estaba la tetera.Hubo una tarde en que se quedó mirando un cuadro en la pared durante un rato largo, como si algo en ella hubiera vuelto a tener curiosidad.Nada heroico.Pero todo vivo.Yo dejé de irme del trabajo antes. No porque no quisiera, sino porque ya no sentía que si no estaba yo, todo se caía. Empecé a confiar en la red que se había armado sola: Eleonor, Valentina, la terapeuta, los medicamentos, el cuerpo de Ginevra encontrando otra vez su ritmo.Una tarde volví y la encontré sentada en el suelo del living, rodeada de papeles.No lloraba. No estaba ida.Estaba… ordenando.—¿Qué haces? —pregunté.Levantó la vista.—Estoy tirando cosas.Eso me sorprendió más q
Esa noche no volvió a dormirse enseguida.No porque no pudiera, sino porque ahora estaba despierta de otra forma.No alerta. No ansiosa.Simplemente… presente.Se quedó sentada un rato largo en el sofá, con una manta sobre los hombros, mirando la ventana como si afuera no hubiera nada interesante y, sin embargo, no pudiera dejar de mirar.Yo estaba en la cocina, lavando los platos que en realidad estaban bastante limpios ya. Lo hacía lento. No por prolijo, sino por no romper el clima. Como si cualquier ruido brusco pudiera hacer que algo frágil se rompiera otra vez.—¿Puedo quedarme acá? —preguntó desde el sofá—. No tengo ganas de ir a la cama todavía.—Claro.No dijo “gracias”. Y eso fue bueno. Porque no era un favor. Era un espacio.Me senté en la otra punta del sofá, no demasiado cerca, no demasiado lejos. Esa distancia nueva que no es frialdad ni intimidad, sino cuidado.—Cuando era chica —dijo de pronto— pensaba que la tristeza era algo que pasaba. Como una gripe.La miré.—Que d


















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