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Capítulo 5

作者: Liora Z
Tomé el teléfono y respondí:

«No hace falta. Yo me encargo. Deja de entrometerte o te voy a bloquear».

La burbuja de escritura apareció tras unos segundos:

«De acuerdo... lo que usted diga, ama».

Dejé el teléfono a un lado y me froté los ojos, que ya me ardían por el cansancio. Me levanté para acercarme al caballete. El estrés y la presión del cuadro que Cassius había hecho pedazos en su oficina parecían reflejarse en cada rincón de mi caótica vida. Pero no me podía dar el lujo de perder el tiempo. Eran las doce de la madrugada. Usé unas pinzas para colocar con cuidado una capa de pintura agrietada sobre el lienzo cuando el teléfono volvió a vibrar.

Otra vez, notas de voz.

Encendí la pantalla y le di a reproducir.

—Señora... —La voz de Cassius sonaba ronca, desesperada, al borde de las lágrimas—. Por favor, no puede dejarme. De verdad se lo suplico...

Ahora la que temblaba era yo; por poco se me caen las pinzas de las manos.

—Escuche... Yo sé que soy mayor y quizás no soy lo suficientemente bueno para usted, pero... en estos últimos dos años... —hizo una pausa, tomando una respiración profunda y temblorosa—, usted ha sido la luz de mi vida. Es la única que ha estado ahí para mí, la única que me escucha de verdad...

El corazón se me paró en seco. Quería dejar de escuchar, pero mis dedos ya habían pulsado la siguiente nota.

—Quiero conocerla. Quiero casarme con usted. No quiero a nadie más. Si hay algo de mi cuerpo que no le gusta, lo voy a arreglar. Si no le gusta mi cara, la cambiaré. Haré lo que sea, lo que usted me pida... pero la quiero a usted. ¡Por favor!

¡Dios santo!

Sostuve las pinzas con tanta fuerza que los nudillos se me pusieron blancos. La luz de la lámpara del estudio parpadeó un segundo.

Me miré de reojo en el espejo del taller y vi el desastre que era: ojeras profundas, el cabello hecho un nudo, veinticuatro años pero con el cansancio físico y mental de una mujer de cuarenta. Había estado guardando tanto rencor hacia él durante toda la noche, deseando destrozarlo... mientras el hombre más poderoso de la ciudad estaba ahí, al otro lado de la línea, llorando y proponiéndome matrimonio.

Respiré hondo, tomé valor y tecleé sin pensarlo demasiado:

«¿En serio soy tan importante para ti?»

Su respuesta llegó de inmediato:

«Lo más importante de mi vida».

Sonaba tan tranquilo. Tan profundamente sincero. Como si fuera la verdad más absoluta del mundo, algo tan obvio que ni siquiera merecía discusión.

«Cásese conmigo, por favor. Le daré lo que quiera. Seré suyo por completo».

Me mordí el labio inferior hasta sentir sabor a sangre. De inmediato, su imagen física volvió a mi mente: la mandíbula afilada como un cuchillo, esos ojos grises, fríos y penetrantes, su porte imponente... y al mismo tiempo, la obediencia ciega que me profesaba.

Tecléame con cautela:

«Hablaremos después de junio. Te daré una respuesta cuando arregle mis asuntos».

Junio. Junio sería el mes sagrado. Sería el momento en que por fin lograría reunir hasta el último centavo para el pago final, cuando saldaría la maldita deuda de mi familia y obtendría de una vez por todas el contrato de liberación y condonación de la galería. Sería una mujer libre.

Tras un largo momento de silencio, su respuesta apareció en la pantalla:

«Está bien... Esperaré».

Cerré los ojos, exhalando un suspiro larguísimo, y me permití sonreír.

Eran las diez de la mañana del día siguiente. Tenía entre las manos el borrador en el que había estado trabajando incansablemente durante toda la madrugada. Me armé de valor, caminé por el pasillo y llamé a la puerta de la oficina de Cassius.

—Adelante.

Reconocí de inmediato esa voz gélida, tajante y autoritaria; el contraste absoluto con el hombre que anoche contenía las lágrimas mientras me suplicaba matrimonio por nota de voz.

Empujé la puerta y entré. Ahí estaba él, sentado detrás de su imponente escritorio de madera maciza, luciendo un impecable traje de tres piezas mientras firmaba unos documentos. Ni siquiera se molestó en levantar la vista.

—Déjalo en la mesa y sal.

Sentí un nudo amargo en el estómago, pero aun así me acerqué a su escritorio y coloqué el lienzo con delicadeza.

—Señor... me gustaría explicarle los cambios que...

—Vete —me cortó en seco.

Al fin levantó la mirada. Esos ojos grises, fríos como la escarcha, recorrieron mi trabajo de arriba abajo. De inmediato, frunció el ceño.

—¿Esto fue lo que te pedí? ¿Estás segura?

El corazón me dio un vuelco violento.

—Sí. Me quedé despierta toda la noche rehaciéndolo por completo. Seguí cada una de sus indicacio...

—Cállate —me interrumpió de nuevo, tomando el lienzo para examinarlo de cerca. El ceño se le profundizó aún más—. Las cosas buenas llevan tiempo... para la gente con talento, por supuesto.

Parpadeé, confundida. ¿Eso había sido un elogio? Un pequeño destello de esperanza iluminó mis ojos por un segundo, pero él arrastró las palabras con pura malicia:

—En tu caso, Dios te dio manos pero se le olvidó darte cerebro. Trabajas a ciegas, como un animal de carga.

La poca sonrisa que me quedaba se esfumó. Tocó un punto específico del lienzo con el índice, dando un golpe seco.

—Mira esto. ¿Qué clase de pigmento ordinario usaste aquí? ¿Lo mezclaste con pintura barata?

—¡No! —negué con la cabeza frenéticamente—. Son pigmentos minerales aglutinados del siglo XIX, tal como exigía la técnica original. Lo hice todo a mano...

—Escúchame bien, Aria —volvió a cortar mis palabras con tono amenazante—. Vuelves a traerme una porquería como esta y no vas a ver ni un solo centavo de tu sueldo.

Se puso de pie con una lentitud calculadora y rodeó el escritorio hasta quedar a solo unos centímetros de mí. Su presencia imponía tanto que el aire de la habitación pareció congelarse.

—Enviaré a dos de mis cobradores a tu casa hoy mismo. ¿Eso es lo que quieres? Estoy seguro de que encontrarán más de un órgano útil en tu cuerpo para saldar la deuda de tu familia.

Se me heló la sangre en las venas.

Claro.

Este era el mismo hombre que anoche lloraba por chat diciéndome que yo era lo más importante de su vida. El mismo hombre que me juraba amor eterno y me rogaba que me casara con él... y ahora estaba parado frente a mí, amenazándome con descuartizarme.

Maravilloso. Sencillamente maravilloso.

No pude contener la rabia. El cansancio, la humillación de la noche entera sin dormir y la absoluta ironía de la situación me hicieron estallar.

Con los puños apretados, levanté la mano y le di un golpazo seco a su escritorio ridículamente caro.

Cassius arqueó una ceja, sorprendido por mi atrevimiento. Levanté la cabeza, mirándolo fijamente a los ojos sin titubear un solo segundo, con la mirada ardiendo en veneno:

—Maldito bastardo... ¿De verdad vas a dejar que tu futura esposa muera en la ruina y purgue tus deudas en la puta calle?

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