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Capítulo 4

ผู้เขียน: Liora Z
Me seguí riendo hasta que los ojos empezaron a picarme de tanto llorar.

Porque Cassius era el único que se había tomado la molestia de averiguar cómo me sentía. Y, maldita sea, irónicamente él mismo era la causa de todo ese dolor.

Solté un suspiro cansado y le escribí:

«No hace falta. Es un tipo muy poderoso y no puedo permitirme ofenderlo».

«Nadie es más poderoso que yo», respondió al instante.

Y era cierto. Pero ni de broma me atreví a responderle eso.

Tras verificar que los 50,000 dólares ya estaban en mi cuenta, tiré el teléfono a un lado de la cama y me quedé mirando fijamente el techo en penumbra.

Dos años. Llevaba exactamente dos años conociendo a este enfermo mental.

Todo había empezado en esa página... en una de esas plataformas clandestinas de novias virtuales y transmisiones BDSM ultrasecretas. Acababa de cumplir veintidós años. Gracias a los problemas de adicción y a las deudas de mis padres, nuestra casa familiar había sido hipotecada tres veces y los cobradores de la mafia no tenían piedad ni conocían la tregua.

Durante el día trabajaba de sol a sol en una galería restaurando óleos y, por las noches, volvía a este cuchitril con goteras. Lo intenté todo, estaba desesperada. Busqué trabajos de réplicas, falsificaciones, tasaciones express, cualquier cosa que diera un billete rápido, pero nada bastaba.

Hasta que un día, un viejo conocido me soltó la sopa:

—Hay un nicho en internet, un rincón muy pesado y exclusivo de transmisiones anónimas —me dijo mirando a los lados—. Puedes ganar más que un sueldo mínimo de la galería en una sola noche. Pero tienes que aprender a obedecer y a mantener la boca cerrada.

—¿A qué te refieres? —le pregunté con desconfianza.

Él sonrió de medio lado:

—Serías una novia virtual, una amante, su "ama". Las tipos con dinero pagan una fortuna por eso; son unos pervertidos de lo peor. Entre nos, a los clientes más pesados les encanta ser pisoteados, sentirse propiedad de alguien. Y tú... tú eres hermosa, tienes piernas largas y una voz que podría hacer arrodillar a cualquiera. Naciste para esto.

Me quedé callada durante varios segundos procesando semejante salvajada.

—¿Cómo lo hago? —le pregunté al fin.

Así fue como, la primera noche que hice una transmisión en directo, me puse unas medias de encaje negro y me senté en un pequeño estudio alquilado. Me coloqué una máscara para cubrirme el rostro, aunque me aseguré de que el ángulo de la cámara solo enfocara mis piernas. Gané tres mil dólares esa misma noche.

Para la segunda semana ya tenía clientes habituales. Y a la tercera... apareció él.

Gastó diez mil dólares en su primera visita. En la segunda, treinta mil. En la tercera, cincuenta mil.

Un día, mirando a la cámara, hablé con total indiferencia:

—¿Tú otra vez?

—Sí, Señora —respondió la voz al otro lado.

Era una voz grave, nítida, que rezumaba un dominio contenido y una elegancia ridícula. Dios, era increíble: sensual, profunda, rica y, sobre todo, perfectamente obediente.

Así pasaron los siguientes tres meses. Yo ni parpadeaba cuando me mandaba dinero; dejaba sus mensajes directos en visto e incluso me desconecté durante cinco días seguidos. Y cada vez que me desaparecía, él entraba en pánico y me enviaba transferencias bancarias gigantescas acompañadas de mensajes desesperados:

«Señora, respóndame».

«Señora, ¿no es suficiente dinero?»

Y de inmediato, caía una transferencia aún mayor.

Hasta que un día me envió un mensaje directo:

«Señora, ¿qué es lo que realmente quiere? Puedo darle lo que sea».

Me quedé mirando su mensaje con los ojos cansados. A mi madre le acababan de entregar un informe médico que la declaraba en estado crítico en el hospital. Esa misma mañana, unos usureros habían salpicado pintura roja en la puerta de mi casa a modo de amenaza. Vivía como un animal acorralado, sumida en la mierda y la desesperación, pero mis palabras en la pantalla no demostraron nada de eso. Fueron frías, afiladas y calculadas:

«Me interesaría tener un perro. Uno que me llame "ama", que esté disponible para mí las 24 horas del día, los siete días de la semana, y que haga absolutamente todo lo que yo le pida».

Se mantuvo en silencio; no respondió durante un largo rato. Llegué a pensar que se había espantado y había huido. Para cualquier sugar daddy común y corriente, mi exigencia era una locura total.

Hasta que, de pronto, respondió con un solo monosílabo:

«Oh».

Solté una risa amarga, lista para bloquearlo de una vez por todas. Pero antes de que pudiera hacerlo, cayó otro mensaje suyo:

«¿Quiere mi cuerpo? ¿Quiere mis abdominales?»

Sonreí. El tipo estaba subiendo la apuesta él solo. Le tecleé de vuelta:

«Sin rostros, sin nombres reales. Pero una vez que seas mío, no vuelves a tocar a ninguna otra mujer. O te bloqueo. Tú decides».

No tardó ni dos segundos en responder:

«Prometido».

De inmediato, envió una nota de voz. Le di reproducir y esa voz grave, deliciosa, ronca y cruda volvió a envolverme por completo. Sonaba como si se hubiera servido un vaso del whisky más exclusivo del mundo para tomar valor.

—Señora... mientras usted me acepte, yo acataré cualquier cosa que me pida.

Esa misma noche recibí mi primera transferencia de seis cifras. Seis malditas cifras acompañadas de un hombre que, desde ese instante, quedaba a mi entera disposición, devoto y entregado a mí.

Con ese dinero pude pagar de golpe las facturas del hospital de mi madre, comprar los medicamentos para la rehabilitación de mi padre y saldar tres meses por adelantado de mi alquiler. Nunca me tomé esa relación como algo personal ni por un solo segundo. Para mí siempre fue un negocio, una transacción fría de mutuo beneficio: él pagaba por un espacio de escape y yo se lo proporcionaba.

Era simple. No tenía por qué complicarse. Sin rostros, sin identidades y jamás conocerse en persona.

¿De verdad fui tan ingenua como para creer que duraría así para siempre? Ambos habíamos conseguido lo que queríamos, o al menos eso pensaba.

Salí abruptamente de mis pensamientos y volví a fijar la mirada en la pantalla de mi celular. El último mensaje que él me había enviado decía:

«Nadie es más poderoso que yo».

Quién lo diría. Este hombre patético, sumiso y servil que temblaba por mi atención en un chat era nada más y nada menos que Cassius Falcone: el capo más temido, despiadado y poderoso de toda la ciudad.

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