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Capítulo 2

Author: Melinda
—Quiero que papi y mami estén juntos...

Lucía se abrazaba a la pierna de Carlos, y esa vocecita dulce lo conmovió por completo. Cualquier resto de duda que le quedaba desapareció de golpe.

La levantó con un brazo y con el otro rodeó los hombros de Camila.

—Camila, el problema contigo es que tienes demasiado buen corazón. Cuando volvamos, voy a aprovechar el cumpleaños de Lucía para presentarlas ante todos como lo que de verdad son para mí.

Camila se acurrucó contra él, con un brillo de satisfacción en los ojos, aunque fingió preocupación en su tono:

—¿Y el bebé que Gaby tiene en la panza?

Carlos sonrió con desprecio.

—Ella me ama tanto que jamás aceptaría tener en su vientre al hijo de otro hombre. Ese bastardo seguro que ya lo mandó abortar.

Estaba seguro de que Gabriela no podría soportar semejante humillación, y aún más seguro de que no tendría el valor de quedarse con ese hijo ajeno.

***

Cuando Gabriela despertó, ya la habían trasladado a terapia intensiva. Bajó la mirada de forma instintiva hacia su vientre, y al ver que seguía tan abultado como antes, sintió un alivio enorme.

El bebé seguía ahí.

En eso, dos enfermeras jóvenes entraron a la habitación, hablando con una abierta admiración.

—El doctor Gómez es increíble, de verdad. La paciente de la cama dos estaba tan grave, y aun así logró salvarlos a los dos, a la mamá y al bebé.

—El doctor Gómez es una eminencia en el mundo de la medicina, no es casualidad que la paciente de la cama dos haya tenido tanta suerte...

—Cállense, ¡ya viene a hacer la ronda!

Los murmullos se cortaron de inmediato.

Santiago entró a la habitación acompañado de varios médicos de mayor edad. Tenía una presencia tan imponente que todos, casi por instinto, se quedaron un paso detrás de él.

Gabriela tenía cables del monitor conectados al cuerpo, y con solo moverse un poco sentía un dolor punzante en el pecho. Levantó la vista sin querer y se topó con los ojos fríos de Santiago. Parpadeó despacio, con una mirada confundida que parecía suplicar ayuda.

Santiago la miró un instante y luego, girando apenas la cabeza hacia el grupo detrás de él, dijo:

—La paciente acaba de despertar de la cirugía y necesita silencio. Salgan todos.

Nadie dijo nada. El mismo grupo que había entrado en bola, sin hacer preguntas, se fue en silencio y hasta cerró la puerta al salir.

—Dime, ¿qué necesitas?

Santiago se aflojó un poco el cuello de la bata, con el mismo tono frío de siempre.

A Gabriela le dolía demasiado la garganta para hablar, así que tomó el celular que estaba junto a la cama y le escribió algo, mostrándoselo:

"Doctor Gómez, ayúdeme a tener un hijo."

—¿Quieres que tengamos un hijo juntos?

Aunque llevaba cubrebocas, Gabriela pudo notar el tono burlón en su voz. Se dio cuenta de que sus palabras se prestaban a doble sentido, y escribió a toda prisa, corrigiéndose:

"¡No! Me refiero a que me ayude a que este bebé, el que llevo en la panza, nazca bien. Se lo suplico. Con tal de lograrlo, hago lo que usted me pida."

—No hace falta que me lo supliques, es mi trabajo como médico. Aunque, claro... —los ojos afilados de Santiago se posaron en ella—, eso siempre y cuando se pague la consulta.

Al sentir que él le había leído el pensamiento con tanta facilidad, a Gabriela se le subieron los colores a la cara. Era verdad, no tenía dinero. Carlos tenía mucho, pero jamás gastaba un peso en ella. Siempre le decía: "Ya tienes quien se encargue de tu comida, tu ropa, tu casa, ¿para qué necesitas dinero?"

Así que, aunque ahora se divorciara de Carlos, conociendo cómo era él, sabía que la dejaría sin nada. Y eso no lo iba a permitir.

¿Por qué tenía que ser así? Tres años de matrimonio, había dejado sus estudios y su carrera para cuidar de Carlos, ¿y al final solo iba a quedar con las manos vacías y el corazón destrozado? Aunque se divorciaran, iba a recuperar lo que le correspondía por derecho.

—No le voy a quedar debiendo nada —dijo Gabriela con la voz ronca, y una mirada decidida.

Al ver a esa mujer, tan frágil en apariencia pero con una mirada tan firme, la mirada de Santiago se ensombreció por un instante. Sin razón aparente, le vino a la mente aquella mujer que, siete meses atrás, había entrado a su habitación mientras él estaba drogado. Cuando la tomó esa noche, aunque era evidente que era su primera vez y le dolía muchísimo, ella se aguantó sin soltar ni un solo quejido. A la mañana siguiente, cuando despertó, la mujer ya no estaba. Había mandado a buscarla, pero era como si se la hubiera tragado la tierra; hasta el día de hoy no había sabido nada de ella.

Santiago se aflojó otra vez el cuello de la bata. Tomó el celular de Gabriela, y cuando se lo devolvió, ya tenía guardado un número de teléfono nuevo.

—Estoy ocupado.

—Gracias, doctor Gómez.

En cuanto se quedó sola en la habitación, la mirada de Gabriela se volvió fría. Desde chica, cada vez que cometía algún error, sus padres la echaban de la casa, y eso le había debilitado el cuerpo; los médicos ya le habían advertido antes que no podría llevar un embarazo a término.

Por eso Carlos había calculado todo con tanta precisión: así podía humillarla sin ensuciarse las manos él mismo. Conociéndolo, aunque no la quisiera, jamás iba a permitir que ella tuviera un hijo de otro hombre. Pensaba que tenía todo bajo control.

Si Carlos había sido capaz de tramar que ella terminara con otro hombre, entonces esperaba que, cuando ese bebé naciera, él todavía tuviera ganas de reírse.

Pasó dos días en terapia intensiva, y al tercero la trasladaron a una habitación normal. Apenas pudo levantarse a caminar un poco, el celular sonó de repente. En la pantalla decía "Camila".

Respiró hondo antes de contestar.

—Gaby, te mandé un montón de mensajes, ¿por qué no me contestas?

La voz suave de Camila llegó del otro lado. Al escuchar de nuevo esa voz tan conocida, a Gabriela le temblaba la mano con la que sostenía el teléfono.

Camila. La persona en la que más había confiado y de la que más había dependido toda su vida. Y nunca imaginó que sería justamente ella quien le clavara el cuchillo más profundo.

Del teléfono salió un suspiro de Camila.

—Yo no quise quitarte a Carlos a propósito. Es que nuestros papás vieron que yo sola en el extranjero la estaba pasando mal, y Carlos también se preocupaba mucho por mí, así que ellos le contaron dónde estaba. Gaby, si te hace sentir mal, te devuelvo a Carlos, en serio.

Su voz se quebró un poco, como si estuviera a punto de llorar.

—En tres días es el cumpleaños de Lucía, va a ser en el Hotel Zafiro Real. Quiero explicarte todo en persona, ¿sí?

Gabriela contuvo las emociones que le hervían por dentro y respondió con voz fría:

—Estoy en el hospital, no puedo ir.

—Pásame el teléfono —de pronto, la voz seca de Carlos se escuchó del otro lado—. Que te invitemos al cumpleaños de Lucía ya es un favor que te estamos haciendo. No te pases de lista.

Esas palabras la dejaron sin aire, como si le hubieran dado un puñetazo en el estómago. Soltó una risa de pura rabia.

—¿Que yo vaya al cumpleaños de la hija de tu amante? ¿Quién es el que se está pasando de listo aquí?

—¿Y qué con eso? —Carlos soltó una risita despectiva—. Tu cuerpo ni siquiera puede sostener un embarazo. Ahora mismo, Lucía es mi única hija.

A Gabriela se le heló la sangre. Así que él lo sabía todo. Sabía que estaba embarazada, y aun así se quedó de brazos cruzados mirando cómo ella luchaba con todas sus fuerzas por salvar al hijo de otro hombre.

Y la última esperanza que le quedaba en el corazón se apagó por completo.

Soltó una risa llena de rabia.

—Carlos, ¿cómo sabes tú que no puedo tener hijos?

Del otro lado, silencio total.

—Carlos, el bebé que llevo en el vientre es tu hijo legítimo, nacido dentro del matrimonio —dijo Gabriela, bajando la voz de repente, con una sonrisa cargada de sarcasmo—. A menos que tengas el valor de admitir públicamente que fuiste tú mismo quien mandó a tu esposa a la cama de otro hombre.

Y sin esperar respuesta, colgó.

En la mansión, Carlos se quedó mirando el teléfono, que ya no tenía llamada, con el rostro ensombrecido de furia. Lo lanzó con fuerza contra el suelo, haciéndolo pedazos.

—¡No puede ser que no haya perdido a ese bebé!

Ella sabía perfectamente que ese hijo no era suyo, sabía que su cuerpo no podía sostener un embarazo, entonces ¿por qué no lo había perdido?

Camila se sobresaltó ante la reacción de Carlos, pero se recuperó rápido. Se acercó y, con un gesto lastimero, le jaló un poco la manga.

—Carlos, seguramente Gaby solo quiere llamar tu atención, que te preocupes por ella.

La furia de Carlos, que hasta hacía un momento estaba desbordada, se calmó un poco con esas palabras. Soltó una risa fría.

—Con el hijo de otro en la panza, y encima se atreve a amenazarme. Sí que tiene el descaro.

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