—¡Esta bastarda se atreve a hacerle daño a mi hija y a mi nieta! ¡A ver, denle una buena lección!Natalia echaba fuego por los ojos. En cuanto dio la orden, varios guardaespaldas se le fueron encima a Gabriela, a golpes y patadas.Gabriela se hizo bolita en el suelo, protegiéndose la panza con las dos manos, mientras el dolor la atravesaba una y otra vez. Pero en medio de todo eso, no dejaba de darle vueltas a lo que Natalia acababa de decir.La había llamado "bastarda". ¿Cómo podían unos padres de verdad decir algo así de su propia hija?Carlos observaba a Gabriela, pálida y hecha un desastre, y sintió un vuelco raro en el pecho. Si ella hubiera aceptado, sin dar problemas, deshacerse de ese hijo ajeno, tal vez él, por los tres años que llevaban de casados, la habría dejado vivir tranquila en algún lugar aparte, aunque nunca más como su esposa. Pero la culpa era de ella, por meterse con lo que más le importaba: su hija.Carlos apretó los labios.—Gabriela, si le pides perdón a Lucía a
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