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Capítulo 3

Author: Melinda
Gabriela no le dio más vueltas a esa llamada. No era que tuviera ganas de ir a exponerse a semejante humillación, y además, en el estado en que estaba, ni siquiera la habrían dejado salir del hospital.

Pero jamás se imaginó que Carlos fuera capaz de llegar tan lejos.

Volvía a su cuarto después de caminar un poco cuando, de la nada, un grupo de guardias de traje negro entró a la habitación sin avisar. Al frente iba Diego, el secretario de Carlos.

—Diego, ¿se puede saber qué significa esto?

—El señor Pérez me mandó a invitarla al cumpleaños de la señorita Lucía.

—¿Así invitan ustedes a la gente? —Gabriela lo miró con dureza.

Diego levantó apenas la barbilla, con ese desprecio de siempre en la cara.

—Señora, le conviene cooperar. Al fin y al cabo, usted no le importa al señor Pérez ni la mitad de lo que le importa la señorita Lucía.

Así que todo esto era con el consentimiento de Carlos.

Gabriela apretó los labios.

—Puedo ir, pero no creerán que voy a llegar a esa fiesta vestida así, ¿verdad?

Diego la recorrió con la mirada de arriba abajo, y al ver que en su condición no podía intentar nada raro, dijo:

—Tiene tres minutos. Yo mismo vengo a buscarla.

Y salió con los guardias detrás.

En cuanto la puerta se cerró, Gabriela sacó de inmediato el celular que escondía bajo la almohada y le escribió, a las carreras, un mensaje de auxilio a su amiga Valentina. Pero con la prisa, no se fijó bien y terminó mandándolo a otro número, no al de ella.

Apenas pasaron los tres minutos, Diego abrió la puerta sin más trámite.

—Vámonos, señora.

Durante todo el trayecto hasta el hotel la vigilaron de cerca, por si intentaba escapar.

Al llegar al salón, ya estaba repleto de gente de sociedad. Pero a Gabriela, sin poder evitarlo, la mirada se le fue directo hacia esa "familia perfecta" rodeada de invitados.

Carlos llevaba puesto un traje blanco de diseñador y, por primera vez, se veía sin esa dureza que siempre cargaba en los negocios; tenía una sonrisa genuina que le suavizaba las facciones. En brazos cargaba a una niña preciosa, con rasgos casi idénticos a los de la mujer que tenía al lado: Camila.

Ella llevaba un vestido largo color marfil, entallado hasta las rodillas y suelto de ahí para abajo, el cabello recogido; se veía hermosa, delicada. Estaba recostada contra Carlos, y entre los dos había una naturalidad tan grande que parecían un matrimonio de verdad.

—Vaya que el señor Pérez se lo tenía bien guardado, con una esposa e hija tan lindas, y hasta ahora las presenta.

A su alrededor, la gente comentaba entre risitas, con un dejo de envidia.

Carlos bajó la mirada hacia Camila con una ternura que Gabriela nunca le había escuchado en la voz.

—Tengo ganas de gritarlo a los cuatro vientos, pero a Camila le gusta mantener un perfil bajo, y yo respeto eso.

—¡Papá nos quiere más a mamá y a mí que a nadie!

Lucía, de tres años, se acomodaba en los brazos de Carlos con la cabeza en alto, orgullosa y coqueta.

—Lucía, no digas tonterías.

A Camila se le subieron un poco los colores a las mejillas, pero la sonrisa se le desbordaba de felicidad.

Ver con sus propios ojos esa escena de familia tan unida le cayó encima como un balde de agua helada. Sintió una náusea repentina, se le nubló la vista, el cuerpo se le fue hacia un lado sin que pudiera controlarlo, y chocó contra un mesero que pasaba cerca.

¡Clank!

La bandeja de plata cayó al piso, y las copas se hicieron pedazos con un sonido que cortó de tajo el ambiente festivo del salón. En un segundo, todas las miradas cayeron sobre ella.

La sonrisa de Carlos se le congeló en la cara. Caminó hacia ella a grandes zancadas, la agarró del brazo con fuerza y clavó la vista, cargada de odio, en su vientre abultado.

—¿¡Por qué no perdiste al bebé!?

Estaba seguro de que ella había escuchado toda esa llamada, ¿cómo era posible que siguiera empeñada en quedarse con el hijo de otro hombre?

Gabriela no esperaba que reaccionara con tanta violencia, y forcejeó con todas sus fuerzas.

—¡Carlos, suéltame!

—¡Carlos!

Camila y sus padres llegaron corriendo. Camila se le colgó del brazo, y en su rostro, tan bien maquillado, se asomó un instante de tensión mezclada con rencor. Miguel, el padre de Camila, se fue a calmar a los invitados, mientras Natalia, la madre, se quedó ahí, mirando a Gabriela con muy malos ojos.

—Mocosa desgraciada, ¿viniste solo a arruinarlo todo, verdad?

Natalia le clavó los dedos en el brazo y le siseó, amenazante, en voz baja:

—Hoy es el cumpleaños de Lucía. Si te atreves a hacer un show aquí, olvídate de que soy tu madre.

—¿Y en algún momento me trataste como a una hija de verdad?

El brazo le dolía muchísimo por el apretón de Natalia, pero aun así Gabriela la enfrentó sin bajar la mirada.

—Tú y papá sabían desde hace rato que Camila y Carlos andaban juntos, que ya tenían una hija, y no solo me lo ocultaron, sino que se quedaron viendo cómo yo me metía sola en ese pozo. ¿Ustedes son mis padres o no?

En su momento, cuando Camila quedó embarazada sin estar casada, jamás quiso decir quién era el padre. Decía que un aborto le haría daño al cuerpo, y se la pasaba encerrada llorando, con miedo al qué dirán. Sus padres andaban angustiados todo el día, y por eso Gabriela, que siempre tuvo el corazón blando, terminó cediéndole su cupo para estudiar en el extranjero.

Y pensar que, para entonces, Carlos ya era un hombre exitoso... hasta el día de hoy no lograba entender por qué sus padres, sabiendo la verdad, se quedaron callados y dejaron que ella, la hermana menor, se casara con él. Si no se hubiera casado con Carlos, jamás habría tenido que renunciar a esa oportunidad...

—¡Qué barbaridad estás diciendo! —en los ojos de Natalia pasó un destello de culpa que enseguida disimuló. Miró a Gabriela con dureza—. No sabes cuánta gente mataría por ser la señora Pérez. Si Camila no se hubiera ido a pulir su imagen afuera, ¿crees que tus suegros la habrían aceptado? La habrían tratado igual de mal que a ti, o peor todavía.

Gabriela se quedó paralizada.

—¿O sea que yo solo estuve ahí para hacerle de reemplazo a Camila como señora Pérez?

—No lo digas así, que suena feo. ¿Acaso tú no disfrutaste tres años del trato de señora Pérez? —Natalia puso los ojos en blanco, como si Gabriela hubiera recibido el favor más grande del mundo.

¡Qué ridículo! En ese momento, Gabriela sintió que su propia vida no había sido más que una broma de mal gusto.

Natalia había hablado en voz muy baja, así que Carlos no alcanzó a escuchar nada de eso. Ya había recuperado la calma en el rostro, pero su tono no dejaba lugar a réplica:

—Señora, Camila, de esto me encargo yo. Vayan a atender a Lucía, no dejen que este pequeño problema arruine la fiesta.

—Está bien, como tú digas.

Camila asintió, dócil, y se llevó a Natalia de ahí.

—¿Por qué no abortaste?

Carlos miraba el vientre abultado de Gabriela con algo pesado atorado en el pecho. Se suponía que todo esto era para hacerla sentir mal a ella, pero, sin razón aparente, era él quien ahora sentía una irritación que no sabía explicar.

—¿Y por qué tendría que hacerlo?

Tres años de rabia contenida explotaron de golpe. La voz se le quebró al subir de volumen, y gritó, casi sin aire:

—¡Carlos, esto es justo lo que tú querías, ¿no?!

Todo el salón se quedó mudo.

—¡Mala mujer, no le grites a mi papá!

Lucía se soltó de los brazos de Camila y, con su varita mágica de juguete en la mano, se fue corriendo hacia Gabriela, hecha una furia.

Gabriela, por puro instinto, se hizo a un lado para esquivarla. Pero justo en ese momento, a Lucía se le resbaló el pie y cayó de golpe sobre la alfombra.

Un segundo después, estalló un llanto desgarrador.

—¡Lucía!

La cara de Carlos cambió por completo. Sin ninguna consideración, apartó a Gabriela de un empujón, y ella cayó al suelo con fuerza. Para proteger el vientre, apoyó las manos justo sobre los vidrios rotos; los fragmentos le cortaron la palma y la sangre empezó a brotar de inmediato.

Carlos levantó a Lucía con muchísimo cuidado, dándole palmaditas suaves en la espalda, y cuando por fin miró a Gabriela, tenía los ojos cargados de un odio asesino:

—Si a Lucía le pasa algo, te voy a hacer la vida tan miserable que vas a desear estar muerta.

Camila, al ver que Lucía estaba bien, soltó un suspiro de alivio, y solo entonces le extendió la mano a Gabriela con una preocupación fingida, con voz suave e inocente:

—Gaby, ¿estás bien? Levántate rápido, hay vidrios por todos lados...

—¡Aléjate de mí!

Camila suspiró, mirándola con una paciencia que sonaba a burla.

—Gaby, si tú quieres a Carlos, me lo puedes decir de una vez. Yo te lo cedo, no hace falta armar todo este numerito tan vergonzoso.

Gabriela la miró sin poder creerlo. Pero esta vez, por primera vez, en los ojos de esa Camila siempre tan dulce y comprensiva, vio un brillo de satisfacción.

¡Lo había hecho a propósito!

Entre la gente, los murmullos empezaron a estallar.

—No puedo creer que la hermana de Gabriela sea tan descarada, ¡y encima andaba detrás de su propio cuñado!

—Con esa panza tan grande y todavía sale a coquetear, qué asco.

—¿No será que ese bebé que lleva en la panza es del señor Pérez?

Nadie supo quién lo dijo, pero de un momento a otro, un silencio incómodo, casi extraño, cayó sobre todos los presentes.

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