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Capítulo 5

Author: Melinda
—¡Esta bastarda se atreve a hacerle daño a mi hija y a mi nieta! ¡A ver, denle una buena lección!

Natalia echaba fuego por los ojos. En cuanto dio la orden, varios guardaespaldas se le fueron encima a Gabriela, a golpes y patadas.

Gabriela se hizo bolita en el suelo, protegiéndose la panza con las dos manos, mientras el dolor la atravesaba una y otra vez. Pero en medio de todo eso, no dejaba de darle vueltas a lo que Natalia acababa de decir.

La había llamado "bastarda". ¿Cómo podían unos padres de verdad decir algo así de su propia hija?

Carlos observaba a Gabriela, pálida y hecha un desastre, y sintió un vuelco raro en el pecho. Si ella hubiera aceptado, sin dar problemas, deshacerse de ese hijo ajeno, tal vez él, por los tres años que llevaban de casados, la habría dejado vivir tranquila en algún lugar aparte, aunque nunca más como su esposa. Pero la culpa era de ella, por meterse con lo que más le importaba: su hija.

Carlos apretó los labios.

—Gabriela, si le pides perdón a Lucía ahora mismo, hoy te dejo en paz.

—¿Y si no le pido perdón? ¿Me vas a matar?

De la comisura de los labios de Gabriela caían hilos de sangre, pero su mirada seguía siendo desafiante y terca.

Al ver esos ojos, Carlos se quedó paralizado un instante. Siempre había pensado que Gabriela era dócil y sumisa; jamás imaginó que algún día vería en ella tanto rencor helado y una determinación tan feroz. Esa mirada lo agarró totalmente desprevenido; sintió una punzada rara en el pecho.

—¿Matarte? —Carlos soltó una carcajada llena de furia, con un brillo frío en los ojos—. ¿Crees que con eso me vas a amenazar? Gabriela, eres una ingenua. Tengo mil formas de hacerte...

—¡Papá, me duele!

Lucía, en los brazos de Carlos, empezó a removerse inquieta, aferrándose con fuerza a su cuello, con la cara roja de tanto llorar.

Camila, que ya para entonces tenía la mano en la espalda de la niña, habló con urgencia fingida:

—Carlos, ¿le habrá pasado algo a Lucía?

—Lucía, tranquila, te llevo al hospital ya mismo.

Carlos reaccionó de inmediato. Ya sin tiempo para pensar en Gabriela, salió del salón a grandes zancadas con la niña en brazos.

Después de todo ese escándalo, la fiesta de cumpleaños quedó arruinada. Miguel y Natalia no tuvieron más remedio que despedir a los invitados uno por uno. Al pasar junto a Gabriela, Natalia, todavía sin poder contener su enojo, le dio una patada más.

—¡Mala suerte de mujer! ¡Ya me las vas a pagar!

Gabriela quedó ahí tirada en el piso, hecha un trapo. Cuando Carlos se fue, esa presión asfixiante que había sentido durante toda la fiesta por fin desapareció de golpe.

¿Por fin se había acabado?

—Gaby —de repente, la voz de Camila sonó justo a su lado.

Gabriela se estremeció de pies a cabeza y abrió los ojos de golpe, encontrándose de frente con la sonrisa maliciosa de Camila.

—Mi querida hermanita, ¿no que me querías amenazar? Pues vamos a ver quién arruina a quién primero.

Camila sacó el celular con toda calma y lo apuntó hacia Gabriela.

—A ver, desnúdenla y tírenla afuera del hotel. Y que quede claro, quiero el video desde el principio hasta el final.

—No... ¡mmh!

El rostro de Gabriela cambió por completo. Quiso protestar, pero uno de los guardaespaldas ya le había tapado la boca. Luchó con todas sus fuerzas por zafarse, pero ¿qué oportunidad tenía contra hombres entrenados para eso?

Buscó ayuda con la mirada entre los presentes, pero los invitados ya se habían ido, despedidos por Miguel y Natalia; solo quedaba el personal del hotel, que no se atrevía a meterse en problemas ajenos.

En ese momento, la mano de uno de los guardaespaldas, dura como una tenaza, agarró el cuello de su ropa y tiró con fuerza.

El sonido de la tela rasgándose cortó el silencio pesado del salón como un chillido.

Camila apuntaba el celular hacia ella, con una sonrisa retorcida, disfrutando cada segundo.

—No tengas miedo, Gaby, no te voy a hacer daño, solo es un video.

Gabriela se mordía el labio con fuerza, y las lágrimas le corrían por las mejillas; el arrepentimiento la tenía con los ojos enrojecidos.

Se arrepentía. Se arrepentía de haberse empeñado, tres años atrás, en casarse con Carlos a como diera lugar. Y todavía más de haber cedido su cupo para estudiar en el extranjero con tal de poder casarse con él.

—Carlos, Camila, se van a arrepentir de esto.

Las palabras se le escaparon entre los dedos, apenas un susurro, tan bajo que nadie lo escuchó.

Se retorcía en el suelo, inútilmente, como un pez fuera del agua, mientras con ambas manos seguía protegiendo su vientre, lo único que le quedaba, su última carta.

Las manos ásperas del guardaespaldas, cargadas de un olor a sudor que le daba náuseas, volvieron a estirarse hacia lo que quedaba de su ropa, dispuestas a arrancarle también la última pizca de dignidad que le quedaba.

Gabriela cerró los ojos, sin esperanza.

—¡Deténganse!

Una voz grave y fría cortó el aire de golpe.

Gabriela abrió los ojos de inmediato. Con la vista nublada por las lágrimas, alcanzó a distinguir apenas una figura alta que se acercaba desde la puerta lateral del pasillo.

Era un hombre altísimo, vestido con un traje negro impecable que le marcaba una figura fría e imponente. A su alrededor se sentía un aire tan tenso y dominante que nadie se atrevía a acercarse.

—Doctor Gómez... —Gabriela por fin logró reconocer al hombre que se acercaba.

Al verlo sin la bata blanca, con ese porte que de golpe se volvía todavía más imponente, se quedó sin palabras.

Santiago ya estaba cerca. Bajó apenas la mirada hacia ella. Tenía el rostro sin una gota de color, la marca de sangre en los labios era imposible de ignorar, y en sus ojos, llenos de lágrimas, solo había un vacío total.

La sonrisa de Camila se congeló en su rostro; miró a Santiago con desconfianza.

—¿Y usted quién es?

Por la forma en que vestía y por el aire que desprendía, era obvio para Camila que ese hombre no era cualquiera. ¿Desde cuándo Gabriela conocía a alguien así?

Santiago, como si no la hubiera escuchado, mantuvo la vista en Gabriela, con el mismo tono frío de siempre.

—¿Puedes levantarte?

—Sí puedo.

Gabriela apoyó ambas manos en el suelo, reuniendo todas sus fuerzas para incorporarse. Pero subestimó lo pesado que se sentía su cuerpo, y apenas a medio camino, se fue de frente contra el piso.

En el último segundo, sintió que su peso desaparecía: un par de manos grandes la sujetaron sin esfuerzo y la ayudaron a incorporarse con delicadeza.

Santiago se quitó el saco del traje, y con él, envuelto en un aroma fresco a cedro y el calor de su propio cuerpo, cubrió sin dudarlo el torso casi desnudo de Gabriela, protegiéndola de todas las miradas indiscretas. Después la levantó en brazos.

Una sensación de seguridad que jamás había sentido antes la envolvió por completo. Se aferró con fuerza a la ropa de Santiago, mordiéndose el labio, mirándolo con los ojos llenos de lágrimas.

—Por favor... llévame de aquí.

—Si no sigues las indicaciones médicas, ni el mismísimo presidente te va a poder salvar.

Santiago miró a Gabriela, pálida entre sus brazos, apretando los labios con algo de fastidio.

—Perdón por causarle molestias —Gabriela bajó la mirada.

No sabía por qué Santiago había aparecido justo ahí, pero en ese momento, era su único salvador.

Camila, que observaba todo desde un lado, tenía el rostro completamente desencajado. La presencia de ese hombre resultaba todavía más intimidante que la de Carlos, y sintió un escalofrío por dentro. Pero sabía perfectamente que, si hoy no lograba que Gabriela se quedara ahí, estaba perdida.

—No sé quién es usted, pero esto es un asunto familiar, y usted, que es un extraño, no tiene nada que hacer aquí metiéndose.

—¿Un asunto familiar?

Santiago levantó la vista, y su mirada, fría como el hielo, cayó sobre Camila y los guardaespaldas con un peso casi físico. Su voz no tenía ni una pizca de calidez:

—Varias personas agarrando a golpes a alguien y encuerándola a mitad del día... ¿ahora a los delitos les llaman asuntos familiares?

—No se deje engañar por Gaby.

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