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OTRA OCUPA MI LUGAR

Author: Luna Nova
last update publish date: 2026-07-15 07:01:32

Lily bajó de aquel taxi con mariposas revoloteándole en el estómago, como una tonta.

Ni siquiera sentía el cansancio del vuelo y, a medida que avanzaba hacia el imponente portón eléctrico de acero, más nerviosa se ponía.

Sus pasos se volvían ágiles sin que ella siquiera se diera cuenta. 

Quería verlo, quería besarlo, darle la buena noticia, que le hiciera el amor y le dijera que Karla se marcharía enseguida de sus vidas, que todo había sido un malentendido.

Sin embargo, al llegar al control de acceso, ni siquiera la dejaron pasar.

—¡Le he dicho que soy la señora Calder! Llame de inmediato a mi esposo, Douglas. Él se lo confirmará.

Lilianne ya estaba alzando la voz.

De pie frente a la entrada como una tonta, mientras el guardia, detrás del grueso cristal, la miraba como si estuviera loca.

—Lo lamento... señora Calder... —dijo con un retintín burlón—, pero si no está en la lista, no puedo dejarla pasar. Y ahora mismo el señor Calder está muy ocupado en una fiesta... con su verdadera prometida.

La ira hirvió en las venas de Lilianne. 

Estaba segura de que aquel hombre trabajaba para Karla y solo quería ponerla en ridículo.

—Entonces llame al señor Hermes. Él es la mano derecha de mi marido.

—También está ocupado.

El hombre ni siquiera se inmutó cuando ella empezó a mencionar nombres.

Las acosadoras de hoy en día eran realmente peligrosas. 

Escarbaban en la vida de una persona mejor que cualquier investigador privado.

—¡Los llamaré yo misma! ¡Te van a echar de tu empleo!

Lilianne luchó con el bastón y el pesado bolso, tan grande que no conseguía encontrar el celular por ninguna parte.

—¡Ya basta de este escándalo! ¡Se marcha de la entrada o llamo a la policía!

El guardia salió enojado de la caseta al ver que ella insistía en no marcharse y, al final, ni siquiera llamaba a nadie.

Vio que varios autos de invitados se acercaban por el camino privado de la mansión y no quería que vieran a aquella loca acosadora del señor Calder.

—¡No me iré hasta hablar con Douglas! ¡Esta también es mi casa!

—¡QUE TE MARCHES, MALDITA DESQUICIADA!

Exasperado y perdiendo los estribos, la empujó con fuerza, dispuesto a sacarla del camino a rastras hasta que llegara la policía.

Con un golpe seco y un gemido de dolor Lily cayó pesadamente al suelo.

Aun así, cuando el hombre se acercó a agarrarla, le golpeó las piernas con el bastón mientras luchaba por levantarse, negándose a marcharse.

La pelea en la entrada llamó la atención del automóvil que se aproximaba. 

El vehículo se detuvo a unos metros del guardia, que ya sujetaba a Lily con rudeza por el brazo.

—¡Usted me ha obligado a actuar así! —le rugió, apretándola con tanta fuerza que Lily gritó por la punzada que le atravesó el hombro.

En ese momento, un hombre de cabello rubio bajó rápidamente del Porsche y se acercó a ellos.

—¿Lilianne?

La reconoció enseguida. 

Había estado algunos años atrás en la hacienda de los Calden, en Queensland.

—Señor Paul... —Los ojos de Lily, enrojecidos por las lágrimas, miraron al hombre como si acabara de encontrar una tabla a la que aferrarse.

—Señor Paul, este guardia no quiere dejarme pasar.

—¿Qué está sucediendo aquí? ¡Quite sus manos de ella!

Paul empujó al guardia con fuerza y sostuvo a Lilianne para ayudarla a levantarse.

—La señorita fue quien se volvió loca. Insistía en pasar y decía que era la esposa del señor Calder...

—¡Como si hubiera dicho que era la esposa del primer ministro! ¡Considérese despedido! Hablaré con Douglas sobre este atropello. ¡Y abra de una vez las malditas puertas!

Paul habló con toda la autoridad que le daba ser amigo de la familia. 

Además, sabía que Douglas apreciaba mucho a Lilianne y entraría en cólera cuando se enterara de lo sucedido.

—Sube a mi auto —le dijo, tomando el pesado bolso que quedó arrojado en el suelo.

Observó lo sucia que había quedado su ropa y lo lamentable que se veía. ¿Qué hacía aquí sola?

Volvió a mirar al guardia con una expresión asesina, dispuesto a encargarse de que no volviera a encontrar trabajo en ninguna mansión de la ciudad.

Comenzó a caminar, creyendo que Lilianne lo seguiría, pero cuando miró atrás, la vio inclinarse con dificultad para recoger un bastón.

¿Lilianne no podía caminar bien por sí sola? 

Ah, claro… Paul recordó aquel accidente del que Calden le había hablado sin muchos detalles.

Ella avanzó hacia él con esa cojera que ya era más una costumbre que una limitación real.

Paul frunció el ceño, pero se tragó las preguntas indiscretas y se limitó a llevarla hasta el interior de la imponente mansión Calder. 

La dejó en la entrada del vestíbulo.

Lilianne seguía con la cabeza baja, avergonzada, hasta que Paul se despidió, un poco incómodo.

—Espera... Muchas gracias —le dijo, sujetándolo por la manga del saco.

—¿De verdad no quieres que te ayude con ese bolso tan pesado? Mejor aún, podría llamar a Douglas...

—No, no. Quiero darle la sorpresa.

La expresión de Lily se suavizó, y sus ojos volvieron a llenarse de aquel enamoramiento de siempre.

¿Quién no sabía que Lilianne Evans siempre había estado loquita por Douglas Calder?

Su padre había sido el administrador general de la hacienda Calden hasta que falleció unos años atrás, dejándola completamente sola.

—Bien, pero ten cuidado... No sabía que aún seguías mal del accidente. Lo lamento...

—Está bien, ya estoy mejor. —Lily le dedicó una mirada llena de agradecimiento.

—Y yo lamento que no hayas podido asistir a nuestra boda, pero Douglas quiso hacer algo más íntimo.

—¿Boda? ¿De verdad te casaste con Douglas? Pero...

Paul tuvo que morderse la lengua para no decir nada de más.

Su experiencia como abogado le advertía que estaba metiéndose en un asunto complicado.

—¿Douglas no te habló de nuestro matrimonio?

Aquella sensación volvió a retorcerse en el pecho de Lilianne.

—Eh... no, pero ya sabes cómo es él. Es un hombre de pocas palabras y ha tenido muchísimo trabajo. Bueno, aquí te dejo, entonces...

Tal como había aparecido, Paul se escabulló por el pasillo con pasos ágiles.

La expresión de Lily se ensombreció todavía más. 

Nunca había estado en aquella mansión de la capital, pero siguió el camino que había tomado Paul, guiándose por el sonido de la música suave y los murmullos apagados.

Llegó entonces a unas puertas dobles abiertas que daban a un salón enorme.

Todos los invitados se habían aglomerado al fondo, cerca de una escalera.

Y allí estaba él...

Su esposo, del brazo de otra mujer.

De Karla.

—Bueno, creo que pronto habrá buenas noticias sobre nuestra... relación…

Cuando Lily la escuchó, sintió que el mundo entero se le caía encima.

Era evidente que la “relación” a la que Karla se refería no era una simple relación laboral.

¿Y Douglas?

Lily lo observó desde la distancia.

Estaba allí, de pie, con su esmoquin hecho a medida, tan apuesto como siempre, con el ceño fruncido y aquel carácter de hombre rudo de campo que nunca conseguía ocultar...

Pero no estaba junto a ella.

“Corrígela. Vamos, di que no existe esa clase de relación entre ustedes. Di que ya tienes esposa. ¡Di algo, Douglas!”

Lilianne gritó dentro de su mente, a punto de hacerlo en voz alta mientras una ira ciega, cargada de celos, le recorría todo el cuerpo.

Entonces él fijó la mirada en ella.

A través de la gente y de las luces de los altos candelabros, Douglas la vio.

Pero no hizo nada para darle el lugar que le correspondía.

Douglas dejó que todos creyeran que se casaría con la hija rica de su socio comercial.

Y en ese instante, Lily comprendió todas las señales.

Era una mujer sencilla, no una tonta...

Él no le había dicho a nadie que se habían casado. 

La había mantenido oculta en su hacienda lejana mientras, en Sydney, dejaba que otra mujer ocupara públicamente su lugar.

Le dio la espalda y comenzó a huir, sintiendo las lágrimas descender por sus mejillas y un nudo cerrándole la garganta con ganas de arrancarle un sollozo.

Ni siquiera cuando el médico le dijo que podía quedar paralítica se había sentido tan perdida.

Había sido una tonta al ir hasta allí.

Había sido una tonta por no confiar en sus instintos.

¿Qué clase de mujer esperaba durante meses a que su marido regresara, solo para poder verlo uno o dos días?

¿Qué clase de estúpida vivía mendingando las llamadas de un hombre que nunca tenía tiempo para ella?

Encontró una de las salidas que daban al jardín e ignoró al guardaespaldas que la llamaba.

Sin un rumbo fijo, siguió avanzando con pasos inestables, dando tumbos y con las lágrimas nublándole la vista.

—¡Lily!

Escuchó de repente la voz de Douglas cuando se acercaba a la fuente, pero no se detuvo.

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