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Capitulo 5

Author: Agus
last update publish date: 2026-09-19 02:44:45

Me desperté antes de que sonara la alarma, con los ojos pesados y la mente ya trabajando a toda marcha. Había dormido poco; mi cerebro se había negado a desconectarse, rebobinando una y otra vez las imágenes del caso. La carpeta de Vicente seguía sobre la mesa de la cocina, como un faro en la penumbra.

La miré mientras preparaba el café, observando cómo la luz del amanecer iluminaba la carátula. Había algo en ese expediente que no me cerraba, una nota discordante en una melodía que, por lo demás, parecía perfecta. Ya había aprendido por las malas que, en el derecho, la verdad rara vez es obvia; se esconde precisamente en los lugares donde algo "no encaja".

Tomé el café, sintiendo el calor del líquido como una pequeña tregua, y abrí nuevamente el archivo.

Ethan Cole. Treinta y nueve años. Una vida que ahora solo eran papeles manchados de tinta.

Leí otra vez la declaración del testigo, tratando de buscar una grieta en su seguridad. Después, el informe preliminar, que parecía más un guion ensayado que un reporte forense. Y finalmente, las grabaciones incorporadas. Mis dedos temblaban levemente al navegar por el software. Las reproduje.

Vicente aparecía, discutiendo con Ethan, sus gestos marcados por una rabia que yo misma había visto en él. Vicente se iba. La imagen se detenía.

Volví atrás. Otra vez.

Había un salto. Pequeño, casi imperceptible, un parpadeo en el tiempo. Pero estaba.

Revisé la información técnica, buscando una explicación lógica. Nada. La copia que figuraba en el expediente no contenía la totalidad del registro. Un vacío. Un silencio digital. Fruncí el ceño, sintiendo una mezcla de frustración y adrenalina. No era suficiente para sacar una conclusión definitiva, pero sí para saber que alguien había editado la realidad. Y si habían editado la realidad, era porque tenían miedo de lo que se vería si no lo hacían.

Cerré la computadora de golpe. Miré la hora.

—Genial —murmuré para mí misma. Llegaba tarde, otra vez.

---

Llegué al estudio poco después de las nueve, con el pulso todavía acelerado por la mañana frenética. Eliseo estaba sentado frente a mi escritorio, en una pose que sugería que llevaba rato analizando mis asuntos.

—Buenos días —dijo, sin levantar la vista de unos papeles.

—¿Qué hiciste con mi café? —pregunté, acercándome a su lado.

—Lo tomé.

—Era mío.

—Ahora es mío —respondió con una calma que me irritó y me divirtió a la vez.

Dejé el bolso sobre la silla, sintiendo el peso del caso en mis hombros.

—¿Qué estás haciendo? —pregunté, notando el exceso de orden en mi escritorio.

Levantó una carpeta.

—Martín Reynolds.

Me quedé mirándolo, intentando cambiar el chip mental.

—¿Qué pasó?

—Nada grave. Presentó la documentación que faltaba y tenemos que preparar la próxima presentación.

Suspiré, sintiendo un vacío momentáneo. El trabajo cotidiano se sentía ahora como un ruido de fondo, algo lejano e irrelevante frente a lo que estaba descubriendo.

—Me había olvidado —admití.

—Ya me di cuenta —dijo él, su voz suavizándose. Tomó otra carpeta. —Puedo encargarme de avanzar con esto.

—¿Seguro?

—Sí. Vos estás con lo otro.

No hizo falta que aclarara qué era "lo otro". Eliseo sabía reconocer cuándo estaba lidiando con algo que me consumía por completo.

—Gracias.

Eliseo se puso de pie, dándome espacio.

—Pero después lo revisás.

—Obviamente.

—Perfecto.

Guardó la carpeta de Martín con una eficiencia que me dio envidia. Yo abrí la de Vicente, sintiendo que el aire se cargaba de electricidad.

—Encontré algo en las grabaciones —le dije, girando la pantalla hacia él.

Eliseo se acercó, su instinto de abogado de viejo cuño activándose al instante.

—¿Qué?

Señalé la línea de tiempo.

—La copia incorporada al expediente tiene un salto.

—¿De cuánto? —preguntó, entrecerrando los ojos.

—Unos minutos.

—¿Y?

—Quiero el registro original.

—¿Porque pensás que borraron algo? —preguntó, aunque ambos sabíamos la respuesta.

—No lo sé —dije, aunque en el fondo estaba segura—. Por eso quiero verlo.

Eliseo asintió, su rostro volviéndose serio.

—Voy a averiguar quién tiene acceso al sistema original.

—Hacelo —sentencié.

---

A la salida del estudio, la ciudad me recibió con un frío que parecía haberse colado en mis huesos. Y ahí estaba él. Dante, apoyado contra su auto, una silueta familiar que se recortaba contra el tráfico. Me estaba esperando, como si pudiera leer mis movimientos antes de que yo misma los ejecutara.

Seguí caminando, con la vista fija en el pavimento. Necesitaba que él entendiera que mi atención no estaba en el pasado.

—Tara.

No me detuve. Mi cuerpo se tensó, preparándose para la confrontación.

—Tara.

Suspiré, sintiendo cómo el cansancio del día se convertía en una irritación punzante. Finalmente frené, dándome la vuelta con lentitud calculada.

—¿Qué quieres? —pregunté, manteniendo una distancia prudente.

Dante se acercó. Sus movimientos eran fluidos, pero sus ojos delataban una inquietud que intentaba disimular bajo su habitual seguridad.

—Hablar.

—No tenemos nada que hablar —respondí, y cada palabra sonó como un muro entre nosotros.

—Sí tenemos.

—Yo no.

Su expresión cambió. La máscara de indiferencia se resquebrajó y vi la preocupación genuina que tanto me molestaba.

—Estás trabajando para Espartaco.

—Estoy trabajando para mi cliente —corregí, enfatizando el matiz legal—. Vicente es mi cliente.

—No es lo mismo. Él es parte de algo más grande.

Lo miré fijamente, buscando algo real en su rostro.

—¿Qué sabés de él?

Dante guardó silencio. Fue un silencio denso, cargado de historia y de secretos que se negaba a soltar. Ahí estaba otra vez: esa maldita forma de hablar, de sugerirme peligros inmensos sin darme nunca una dirección, un nombre o un motivo. Era como caminar sobre un suelo que yo sabía que estaba minado, pero del cual él se negaba a darme el mapa.

—Eso pensé —dije, con un deje de amargura.

—Tara, escuchame.

—No —negué con la cabeza, sintiendo que perdía la paciencia—. Si tenés algo que decirme, decímelo ahora o dejame en paz.

—Espartaco no es lo que parece.

Sentí una mezcla de fastidio y una curiosidad que me quemaba por dentro, pero enterré ambos sentimientos bajo una capa de frialdad profesional.

—¿Y qué parece? —pregunté, desafiante.

Dante me miró a los ojos, y por un segundo, su mirada fue tan intensa que me hizo dudar de mi propia convicción.

—Un hombre que tiene todo bajo control.

—¿Y no? —insistí.

—No. Él es el problema, no la solución.

—Entonces hablá —exigí, sintiendo que el tiempo se agotaba.

No respondió. Solo me observó, con esa mezcla de impotencia y frustración que siempre terminaba por exasperarme.

—Eso imaginé —murmuré, dándome la vuelta.

—No te vas a ir así. No te vayas.

—Ya me fui una vez, Dante —dije, sin mirarlo, recordando el peso de esa decisión—. Y no pienso volver atrás.

Él se quedó quieto, estático, como una estatua de sal en medio de la calle.

—No quiero que te pase nada.

—Entonces dejá de darme advertencias sin explicaciones —espeté, sintiendo que el nudo en mi garganta se apretaba—. Basta de acertijos.

—Lo hago porque sé con quién estás tratando.

Me giré, enfrentándolo una última vez.

—No. Vos sabés cosas y elegís no decirlas. Ese es tu verdadero juego, Dante.

Él apretó la mandíbula, su rostro contrayéndose en un gesto de dolor contenido.

—Porque decirte todo podría ponerte en peligro —dijo, y su voz sonó casi quebrada.

—¿Y seguir ocultándome cosas qué hace? —pregunté, apuntando al vacío entre nosotros—. Solo me deja ciega ante lo que viene.

Silencio. Nada más que el murmullo de la ciudad que nos ignoraba por completo.

—Exactamente —sentencié.

Seguí caminando, mis pasos resonando con firmeza sobre el cemento. No volvió a llamarme. Sabía que esta vez, el silencio era mi única respuesta.

---

Esa tarde, la prisión se sentía como un lugar fuera del tiempo, con esa luz de neón que zumbaba y el olor a encierro impregnando cada pared. Vicente estaba esperando; cuando me vio entrar, su rostro se iluminó con una chispa de esperanza que me hizo sentir una responsabilidad inmensa.

—Pensé que no ibas a venir —dijo, intentando mantener la compostura.

—Todavía no te libraste de mí —respondí, sentándome frente a él.

—Eso espero —murmuró, y vi en sus ojos una gratitud que me desarmó.

—Necesito que tengas paciencia. Las cosas en el sistema legal son lentas, pero estoy avanzando.

—La tengo.

—Y necesito que confíes en mí.

Vicente me sostuvo la mirada. Era una mirada limpia, sin el cinismo que solía ver en los acusados.

—Confío.

—Aunque no pueda contarte todo —advertí, sabiendo que la información era un arma que él aún no estaba listo para manejar.

Su sonrisa desapareció lentamente, dejando paso a una seriedad reflexiva.

—¿Encontraste algo?

—Estoy encontrando cosas —dije, intentando transmitirle seguridad—. Cabos sueltos.

—Eso suena mejor —dijo, con un suspiro de alivio.

Abrí la carpeta, protegiendo los papeles como si fueran mi tesoro más preciado.

—Ethan Cole.

Vicente bajó la mirada, como si el nombre fuera una herida abierta.

—¿Qué pasa con él?

—Las grabaciones que están en el expediente tienen un corte —dije, bajando la voz al mínimo necesario para ser escuchada por encima del zumbido ambiental—. Un vacío de tiempo que no debería estar ahí.

Levantó los ojos, sorprendido.

—¿Un corte?

—Sí. Han editado el material para ocultar algo, o a alguien

----

Volví a casa cuando ya había oscurecido. El cansancio me pesaba en los hombros como una capa de plomo. Dejé el bolso sobre la mesa y fui hasta la cocina, buscando un poco de rutina, algo que me devolviera a mi realidad después de un día de caos.

Encendí la luz, pero el alivio de llegar a casa duró poco. Me quedé inmóvil, con la mano todavía en el interruptor. La ventana estaba abierta. Estaba completamente segura de haberla cerrado antes de salir; recordaba el clic del pestillo, el sonido seco de la seguridad.

Me acerqué con pasos cautelosos. Miré hacia el callejón, buscando alguna sombra, algún movimiento. Vacío. La ciudad se veía indiferente desde esa altura. Cerré la ventana, sintiendo el aire nocturno colarse como una advertencia. Revisé la puerta, consciente por primera vez de lo endeble que era el cerrojo. Mi mano rozó la cerradura: era vieja, casi un juguete.

—Tengo que cambiarla —suspiré, intentando convencerme de que solo era una falla de seguridad y no una invitación.

Me di vuelta y el corazón me dio un vuelco. Una sombra se movió en el rincón más oscuro del living.

—Sí —dijo una voz que conocía demasiado bien.

Me congelé. El vello de mis brazos se erizó. Neakail estaba sentado en uno de los sillones de mi living, fundiéndose con las sombras. Traje oscuro, camisa negra, las mangas ligeramente remangadas. Parecía una estatua tallada en una oscuridad más profunda que la del resto de la habitación. Tenía una mano descansando sobre el apoyabrazos con una naturalidad insultante, y en la otra sostenía un vaso de agua. Un vaso que, definitivamente, no le había servido yo.

Lo miré, luego miré el vaso. La imagen no tenía sentido. Era una intromisión silenciosa y absoluta.

—¿Cómo entraste? —pregunté, esforzándome para que mi voz no temblara.

—La puerta —respondió, impasible.

—Eso no responde mi pregunta.

—Estaba abierta.

—No.

Neakail levantó apenas una ceja, como si mi negación fuera un detalle sin importancia.

—Entonces la dejaste abierta.

—Yo no dejo la puerta abierta —espeté, sintiendo un ardor de indignación.

—Hoy sí.

Me quedé mirándolo. No parecía un intruso común; no estaba nervioso, ni apurado, ni siquiera parecía sentirse fuera de lugar. Estaba sentado en mi living como si fuera el dueño del espacio, como si yo fuera la invitada inesperada.

—¿Qué hacés acá? —mi voz salió más dura de lo que pretendía, pero era mi única defensa.

Dejó el vaso sobre la mesa con una precisión quirúrgica.

—Quería hablar con vos.

—Podrías haber llamado —dije, tratando de recuperar el control.

—No atendías.

—Podías insistir.

—No me gusta insistir —dijo, con una calma que me ponía los nervios de punta.

Lo observé, tratando de descifrar sus motivos bajo esa fachada de roca.

—Mentís —le dije.

Una pequeña sonrisa apareció en su rostro, un gesto fugaz que no llegó a sus ojos.

—Puede ser.

Se levantó. El movimiento fue tan fluido y felino que me sorprendió. Era más alto de lo que parecía sentado, una presencia que llenaba el cuarto y reducía mis opciones. Caminó hacia mí, no demasiado, solo lo suficiente para obligarme a inclinar la cabeza hacia atrás para mirarlo a los ojos.

—Tu departamento es feo —dijo, de repente.

Parpadeé, confundida por el cambio de tema.

—¿Qué?

Neakail miró alrededor, con un desdén que me ofendió más de lo que esperaba.

—Es feo.

—¿Entraste sin permiso a mi casa para insultarla? —pregunté, incrédula.

—No —dijo, escaneando nuevamente el lugar—. También entré para comprobar que estaba feo.

Por un momento, me sostuvo la mirada. No parpadeó. Era como si estuviéramos librando una batalla silenciosa en medio del living, un pulso de voluntades donde ninguno estaba dispuesto a ceder ni un milímetro. Sentí que el corazón me latía contra las costillas, un tambor errático que delataba mi nerviosismo. No retrocedí. Él tampoco.

—¿Qué querías hablar conmigo? —repetí, mi voz sonando apenas un poco más firme de lo que se sentía.

Neakail tardó unos segundos en responder. Sus ojos escaneaban mi rostro como si estuviera leyendo algo que solo él podía entender.

—Nada importante —dijo finalmente. Su respuesta fue tan trivial que resultó insultante.

Fruncí el ceño, sintiendo un chispazo de indignación.

—Entonces, ¿por qué viniste? —pregunté, exigiéndole una verdad que su postura relajada intentaba ocultar.

Me miró. Hubo un cambio sutil en su expresión, una grieta en su máscara de invulnerabilidad.

—Porque quería verte.

Las palabras quedaron suspendidas en el aire, pesadas y crudas. No sonó romántico; no hubo música de fondo ni suavidad en su tono. Sonó como una confesión que se le había escapado, una verdad que ni él mismo había planeado admitir en voz alta. Fue como si, de repente, se hubiera dado cuenta de que estaba parado en mi cocina y no tuviera una explicación lógica para justificar su presencia.

Me quedé helada. Era como ver a un depredador admitir que, por un momento, se había perdido en el camino.

Neakail, recuperando la compostura con una rapidez que me dio vértigo, tomó su saco. El movimiento fue seco, una señal de que el momento de vulnerabilidad había terminado.

—Cambiá la cerradura — su tono volviendo a ser el de siempre: frío y preciso.

—No me des órdenes —le espeté, tratando de recuperar mi espacio.

Se detuvo junto a la puerta, su silueta recortada contra la luz del pasillo. Me miró por encima del hombro, con esa media sonrisa que me generaba tanta curiosidad como ganas de golpearlo.

—No era una orden.

—¿Entonces qué era? —insistí, incapaz de dejarlo pasar.

—Un consejo —dijo, y la palabra sonó casi como una advertencia.

Abrió la puerta y, justo antes de salir al pasillo, añadió:

—Y aprendé a manejar.

Me quedé paralizada, sintiendo que el suelo se movía bajo mis pies.

—¿Cómo sabés que no manejo? —alcancé a articular, aturdida por su capacidad de saberlo todo.

Me dedicó una sonrisa mínima. Casi imperceptible. Era la expresión de alguien que sabe cómo termina la historia porque él mismo está escribiendo el guion.

—Porque llegaste en auto —dijo, y no fue una respuesta, fue una prueba de que me había estado observando.

Salió, cerrando la puerta tras de sí con un clic suave que resonó en el departamento como un disparo. Me quedé mirando la madera, sintiendo la vibración del cierre recorriéndome el cuerpo. El silencio que dejó atrás era ensordecedor.

No sabía qué me molestaba más. Si el hecho de que hubiera irrumpido en mi santuario sin pedir permiso, si el insulto gratuito a mi departamento —que, en el fondo, ahora me parecía un poco más triste—, o la realidad ineludible de que, en todo lo que había dicho, tenía razón.

Me pasé una mano por la cara, tratando de borrar la sensación de que acababa de permitir que un lobo entrara en mi casa para darme consejos sobre la seguridad. Definitivamente, tenía que cambiar la cerradura. Y, al parecer, aprender a manejar.

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