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Capitulo 4

Author: Agus
last update publish date: 2026-09-16 23:43:09

Salí de la prisión con la carpeta apretada contra el pecho, como si al soltarla fuera a dejar escapar la única verdad que tenía. El aire exterior, aunque frío y cargado de smog, me supo a libertad, pero mi mente seguía encerrada tras las rejas, analizando cada palabra de Vicente.

No había conseguido todas las respuestas que buscaba. Seguía teniendo más preguntas que certezas, pero había logrado algo mucho más importante: una duda. Y para una abogada, una duda no es solo una falta de información; es una grieta en los cimientos de la fiscalía. Es la herramienta necesaria para empezar a derribar una acusación que parecía inamovible.

Entre a casa y dejé la carpeta sobre el la mesa observándola como si fuera un animal salvaje que había logrado capturar. Vicente había admitido que conocía a la víctima, que habían discutido, incluso que lo había golpeado. No estaba intentando jugar al inocente ni negar lo evidente. Era esa honestidad cruda la que me descolocaba. Si estaba siendo tan franco con sus errores, ¿por qué estaba tan seguro de que no lo había matado?

Abrí nuevamente el expediente , escaneando cada página con una intensidad que me hizo arder los ojos. Revisé las declaraciones una por una, buscando la inconsistencia, el error humano, la mentira escondida.

Y entonces, lo vi.

La declaración del testigo principal. Según él, había visto a Vicente abandonar el estacionamiento aproximadamente a las once y veinte de la noche. Pasé a la siguiente página, buscando el informe forense.

La hora estimada de la muerte: entre las once y cuarenta y cinco y las doce y quince.

Me quedé paralizada, con la respiración contenida. Volví a leer las líneas, como si al releerlas fueran a cambiar. Once y cuarenta y cinco. Vicente ya no estaba allí. Estaba lejos, huyendo, pero no era el asesino.

Eso no lo convertía en un santo, ni borraba el hecho de que había golpeado a un hombre, pero sí significaba que la policía tenía un problema grave. Uno de esos errores que pueden hacer caer todo un caso.

Decidí volver al estudio, el ambiente se sentía distinto, más pesado. Eliseo estaba apoyado contra el marco de mi oficina, sosteniendo dos cafés humeantes. Su presencia era el ancla que necesitaba en ese momento.

—Llegás tarde —dijo, sin dejar de mirarme.

—Estuve en prisión —respondí, dejando el abrigo a un lado.

—Lo sé —confirmó, tendiéndome un café. Su tono era de complicidad, de quien conoce el peso de los días largos—. ¿Y?

Abrí la carpeta sobre el escritorio, extendiendo los documentos como si estuviera exponiendo una baraja ganadora.

—Hay algo que no encaja.

Eliseo se acercó, su instinto de abogado despertándose al instante.

—Contame.

Señalé el informe con el dedo, marcando la evidencia.

—El testigo ubica a Vicente afuera a las once y veinte. Pero el informe forense es claro: la muerte ocurrió después.

Eliseo frunció el ceño, procesando el dato.

—¿Entonces?

—Entonces alguien más tuvo que estar con él. Alguien entró cuando Vicente ya se había ido.

El silencio que siguió fue denso, cargado de implicaciones.

—Eso cambia todo —dijo Eliseo, y su voz sonó más grave.

—Cambia una parte —corregí, cerrando la carpeta con un golpe seco. El alivio inicial estaba siendo reemplazado por una nueva ansiedad—. Pero no sabemos quién fue. Estamos buscando un fantasma.

—¿Y qué vas a hacer? —preguntó él.

—Conseguir el informe forense completo, las grabaciones originales de las cámaras. Necesito ver lo que la policía decidió ignorar.

Eliseo sonrió, pero no era una sonrisa alegre; era una sonrisa de advertencia.

—Ahora sí parecés una abogada.

—Siempre fui una abogada —respondí, aunque sentía que algo en mí estaba cambiando.

—Una abogada con muchas ganas de meterse en problemas.

Lo ignoré, aunque sabía que tenía razón. A veces, la verdad es el lugar más peligroso donde uno puede estar.

Esa tarde, el silencio del estudio se rompió con el sonido insistente de mi teléfono. Número desconocido. Un escalofrío me subió por la espalda antes de siquiera contestar.

—¿Hola? —dije, con la voz firme, aunque mi corazón latía con demasiada fuerza.

Silencio. Un silencio absoluto, del otro lado de la línea, que se sentía como una amenaza.

—¿Hola? —repetí.

La llamada se cortó abruptamente. Dejé el teléfono sobre la mesa, con la frente sudada. A los pocos segundos, la pantalla se iluminó de nuevo.

Número desconocido: Dejá el caso

Lo leí dos veces, dejando que la advertencia se grabara en mi mente. La tentación de apagarlo todo era real, pero no podía. No ahora que tenía una fisura en el caso. No respondí.

Otro mensaje.

Número desconocido: No sabés con quién estás tratando.

El teléfono volvió a sonar. Mis manos temblaban ligeramente, pero contesté, decidida a enfrentar la situación.

—Mirá, si vas a llamar para quedarte en silencio, tengo cosas mejores que hacer —espeté, intentando ocultar el miedo bajo una capa de irritación.

—En una hora —dijo una voz al otro lado.

Me quedé helada. No era un extraño. Reconocí el tono inmediatamente: pausado, autoritario, el mismo de la cafetería. La misma voz que me había dicho que Vicente era alguien que me iba a interesar.

—¿Perdón? —logré articular, recuperando el aliento.

—La misma cafetería —sentenció la voz, sin dar lugar a réplicas.

—¿Ahora?

—En una hora.

La llamada terminó, dejándome con el pitido del teléfono en el oído y una sensación de irrealidad. Miré el aparato, incrédula. ¿Qué clase de juego era este? ¿Qué clase de hombre me citaba como si yo no tuviera nada mejor que hacer que seguir sus instrucciones?

Dejé el teléfono sobre el escritorio y me quedé mirando la nada. El caso de Vicente Espartaco ya no era solo un trabajo; era una invitación a un laberinto, y el dueño de esa voz tenía todas las llaves.

Una hora después, estaba nuevamente frente a la cafetería. El aire de la tarde parecía más denso, cargado con una anticipación que me tensaba los hombros. Esta vez no hubo sorpresa al entrar; el lugar seguía vacío, envuelto en un silencio casi antinatural, como si el establecimiento esperara a que él terminara su monólogo antes de volver a la vida.

Entré y allí estaba. Sentado en la misma mesa, junto a la ventana. Traje oscuro, camisa negra sin corbata, el cabello corto y meticulosamente recortado. Mantenía una postura tan relajada que rozaba la arrogancia; parecía completamente fuera de lugar en aquel sitio tranquilo y, sin embargo, daba la impresión de que todo, hasta el polvo que flotaba en los rayos de luz, estaba exactamente como él quería.

Me senté frente a él. Mis movimientos se sintieron torpes, demasiado ruidosos comparados con su inmovilidad absoluta.

—Tengo novedades —dije, tratando de que mi voz no delatara el nerviosismo que me recorría.

Sus ojos, fríos y calculadores, se clavaron en mí de inmediato.

—¿Sobre Vicente? —preguntó. Su voz era un eco de la llamada telefónica, carente de cualquier emoción humana.

Asentí, sintiendo el peso de la información que traía.

—Lo vi en prisión.

—¿Y?

—La situación es más complicada de lo que parece. Hay cosas que no coinciden en el expediente —hice una pausa, midiendo mis palabras—. Necesito más documentación el informe forense completo y las grabaciones originales.

Él simplemente asintió, como si estuviera siguiendo un libreto que él mismo había redactado hace mucho tiempo. No hubo sorpresa ni urgencia en su gesto, solo una confirmación silenciosa de que mi trabajo iba por el camino que él había previsto.

—También necesito saber algo —añadí, inclinándome levemente hacia adelante.

—¿Qué?

Lo miré directamente, tratando de encontrar alguna fisura en esa máscara de serenidad.

—Tu nombre.

Por primera vez, pareció prestarme verdadera atención, dejando de lado la frialdad distante para escrutarme con una intensidad que me hizo sentir expuesta.

—¿Por qué tanto misterio? —pregunté, sintiendo cómo el aire se espesaba entre nosotros.

Silencio. Fue un vacío incómodo que se prolongó lo suficiente como para que yo empezara a cuestionar mi propia audacia.

—Neakail Espartaco.

El apellido retumbó en mi cabeza. Espartaco. Volví a pensar en Vicente, en su mirada cuando le hablé de la causa, en el miedo que parecía esconder bajo su resignación.

—¿Vicente es tu hijo? —pregunté, buscando desesperadamente la conexión lógica.

—No —respondió, y tras una breve pausa añadió— Mi sobrino.

Eso me sorprendió. No supe por qué, quizás porque había imaginado una dinámica más directa, más visceral. Saber que era su sobrino le daba una capa extra de complejidad al asunto: no era solo un caso legal, era un asunto de familia, y las familias suelen ser los lugares donde se guardan los secretos más peligrosos.

—Entiendo —murmuré, procesando la información. Me levanté, sintiendo que ya había obtenido lo que venía a buscar, aunque en realidad, sentía que acababa de abrir la puerta a algo mucho más grande.

Di un par de pasos hacia la salida, pero su voz me detuvo en seco.

—¿Tenés problemas?

Me giré, sorprendida por el cambio de tono.

—¿Qué?

—Por como respondiste en la llamada—aclaró, con una precisión que me dejó helada.

Recordé mi reacción ante los mensajes de amenaza, la forma en que el miedo me había invadido antes de reconocer quién llamaba. Mentirle se sintió como caminar sobre hielo fino.

—No —respondí, negando con la cabeza. La palabra salió un poco más forzada de lo que hubiera querido—. Todo está bien.

Neakail me observó durante unos segundos más, escaneando mi mentira con la precisión de un escáner. No insistió. No cuestionó. Simplemente me dejó ir, sabiendo que yo sabía que él sabía que estaba mintiendo.

Salí de la cafetería y el aire de la calle me golpeó con fuerza. Mientras caminaba hacia mi auto, el peso de su nombre Neakail Espartaco se instaló en mi pecho como una piedra. Acababa de conocer la identidad del hombre que, desde el principio, parecía conocer cada esquina de mi vida, cada decisión que tomaba y, probablemente, cada uno de mis miedos. Y por primera vez, no estaba segura de si ser su abogada era una oportunidad o una sentencia.

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