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Capítulo 2. El Héroe

Author: Betty06
last update publish date: 2026-09-02 20:25:53

El aire frío de la noche me golpeó la cara tan pronto como crucé las puertas de cristal, pero no hizo nada para apagar la hoguera de humillación que me quemaba por dentro. Las lágrimas, contenidas durante minutos, finalmente brotaron, cegándome. Corrí sin rumbo hasta que mis pies no dieron más y me dejé caer en el borde de piedra de la gran fuente del patio central. El murmullo del agua cayendo era el único sonido que acompañaba el pulso desbocado en mis oídos. El mundo entero parecía haberse derrumbado en cuestión de segundos.

​Me llevé las manos a la cara, temblando. La seda del vestido verde, que hacía solo un par de horas me hacía sentir valiente y hermosa, ahora me parecía un disfraz ridículo.

​—¿Ann?

​La voz me hizo dar un brinco. Levanté la mirada y vi a Gonzalo caminando hacia mí. Se detuvo a un par de metros, entornando los ojos con incredulidad mientras me recorría de arriba abajo, como si intentara descifrar un enigma.

​—Creí que ya te habías ido a casa —dijo, arqueando una ceja con cierto desdén—. Y... ¿qué demonios haces vestida así? ¿De dónde sacaste eso?

​Ver su rostro, tan tranquilo, tan cínico, desató un sollozo ahogado en mi garganta. Las lágrimas comenzaron a rodar sin control.

​—Por favor, Ann, no empieces con tus dramas de siempre —suspiró él, rodando los ojos y cruzándose de brazos—. Solo te pregunté por qué estás vestida como si fueras a un club. Estás exagerando, como siempre.

​—¡Te vi! —el grito me salió desde el fondo del pecho, raspándome la garganta.

​Gonzalo se tensó levemente, pero su expresión rápidamente se transformó en una máscara de fría burla.

​—¿De qué hablas ahora?

​—¡Te vi en el jardín trasero! —grité, poniéndome de pie a duras penas sobre los tacones, con el cuerpo temblando de rabia y dolor—. ¡Con esa mujer rubia! ¡Sé lo que estaban haciendo, Gonzalo!

​Él dio un paso atrás, mirando instintivamente hacia los lados para asegurarse de que nadie nos escuchara, y soltó una risa seca.

​—Estás completamente loca, Ann. Deberías hacerte revisar esa cabeza. Seguro te confundiste de persona en la oscuridad. Yo he estado dentro, hablando con los ejecutivos todo el tiempo. Deja de inventar tonterías.

​La frialdad con la que mentía en mi cara encendió una chispa de valentía que ni siquiera sabía que poseía. Me llevé la mano al dedo anular, me quité el sencillo anillo de compromiso que me había dado dos años atrás y se lo arrojé con fuerza al pecho.

​—¡Se acabó! —sentencié con la voz quebrada.

​El metal chocó contra su chaqueta y cayó sobre la hierba. La cara de Gonzalo cambió al instante; la falsa calma desapareció y sus ojos se llenaron de una ira oscura. Dio tres pasos rápidos, me agarró la muñeca con una fuerza brutal y me jaló hacia él, apretándome los huesos hasta hacerme ahogar un gemido de dolor.

​—Tú no me vas a dejar, Ann —siseó cerca de mi rostro, entrecerrando los ojos—. Nos vamos a casar tal como estaba previsto, y vas a seguir siendo la mujer obediente y callada de siempre. No vas a arruinarme esto.

​—¡Suéltame! ¡Me estás haciendo daño! —intenté zafarme desesperadamente, pero su agarre era como una tenaza de hierro.

​—No hasta que entiendas quién manda aquí...

​De pronto, una mano impecable, con un reloj de diseñador en la muñeca, apareció desde la sombra y sujetó el brazo de Gonzalo con una fuerza aplastante.

​En un movimiento seco y firme, la mano rompió el agarre de Gonzalo sobre mi brazo, apartándolo de mí de un solo empujón.

​Gonzalo dio un traspié, tomándose el brazo dolorido. Furioso, encaró al recién llegado.

​—¡Esto no es tu problema! ¡No te metas en asuntos de pareja! —bramó Gonzalo, intentando dar un paso adelante.

​—Sí lo es —respondió el hombre. Su voz era grave, profunda y helada, impregnada de una autoridad absoluta que hizo eco en la noche—. No permitiré que nadie lastime a una mujer en mi presencia.

​Gonzalo abrió la boca para protestar, pero al mirar bien el rostro del hombre, la arrogancia se le evaporó del cuerpo. Reconoció de inmediato la postura, el traje a medida y el aura inaccesible del sujeto. Se dio cuenta de que no podía competir ni física ni jerárquicamente con él.

​Tragó saliva, me dedicó una última mirada llena de rencor y dio media vuelta, alejándose a prisa hacia el estacionamiento.

​La adrenalina que me sostenía se desintegró al instante. Las piernas me temblaron y caí de nuevo sentada en el borde de piedra de la fuente, rompiendo en un llanto desconsolado y amargo. Me cubrí el rostro con las manos, sintiendo que la humillación me consumía por completo.

​El hombre no se fue. Escuché el roce de su traje mientras se sentaba a mi lado a una distancia respetuosa.

​—Toma —dijo suavemente.

​Levanté la vista y vi un pañuelo de tela blanca e impecable extendido hacia mí.

​—¿Estás bien? —me preguntó.

​Tomé el pañuelo con manos temblorosas y lo miré. Mi mirada subió por su traje oscuro hasta llegar al nudo perfecto de su corbata de seda. El aroma a madera de cedro y perfume costoso me envolvió de nuevo. Era él. El hombre alto y elegante con el que había tropezado minutos antes en la escalera de servicio.

​—Gracias... gracias por la ayuda —articulé con la voz rota, limpiándome las lágrimas.

​Él me observó durante un largo segundo. Sus ojos oscuros y profundos recorrieron mi rostro iluminado por las luces de la fuente, deteniéndose en mis labios temblorosos y en las lágrimas que aún mojaban mis mejillas.

​—Ese hombre no merece que llores por él —dijo con una calma abrumadora, sosteniéndome la mirada—. Una mujer tan hermosa no debería llorar nunca.

​Nadie me había dicho algo así jamás.

​—¿Puedo saber qué pasó? —inquirió con suavidad, manteniendo esa postura serena que imponía respeto.

​Solté un suspiro amargo y desvié la vista hacia el agua de la fuente.

​—Solo es otro mentiroso más en el mundo —respondí, sintiendo cómo el desengaño me raspaba la voz.

​El hombre ladino una pequeña sonrisa de medio lado, una mirada en la que se mezclaba la compasión y un peligroso destello de picardía.

​—No vale la pena entonces —dijo con firmeza, inclinándose ligeramente hacia mí—. Si quieres, puedo llevarte a donde quieras. Te prometo solo estar allí cuidándote... y si quieres venganza, aquí me tienes.

​Una risa corta, genuina e inesperada se me escapó del pecho en medio del llanto. A pesar del dolor de la traición, aquel desconocido de traje impecable y actitud arrolladora había logrado sacarme una sonrisa.

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