LOGINEn la voz de Mauro
Me llamo Mauro Vance y crecí bajo el peso agobiante de ser el único sucesor de mi padre y el heredero de la fortuna familiar. Rodeado de superficialidad, alianzas de conveniencia e hipocresía, aprendí a construir una coraza implacable para proteger la empresa y mi propio corazón. Cansado de las máscaras de la alta sociedad y de las expectativas de mi estirpe, busco en vano una verdad auténtica, y está noche, en esta gala siento astió de tanta adulación y falsedad. La fiesta de la gala corporativa me resultaba insoportable desde que puse un pie en el vestíbulo. Detestaba estos eventos llenos de sonrisas falsas y conversaciones vacías, por lo que había llegado bastante tarde. Sin embargo, mi perspectiva cambió por completo en dos momentos clave de la noche.
El primero fue en la escalera de servicio, cuando una mujer tropezó y cayó prácticamente en mis brazos. Fue un instante efímero, pero suficiente para dejarme descolocado: emanaba una extraña aura de ingenuidad, pero a la vez era innegablemente hermosa y sexy, envuelta en un vestido de seda verde que parecía diseñado para ella. Desapareció antes de que pudiera tan solo preguntarle el nombre. El segundo momento ocurrió en el jardín central. No pude resistir mantenerme al margen cuando presencié cómo un bastardo junior de la empresa la sujetaba con brusquedad, agrediéndola. Ver a esa misma mujer indefensa echa un mar de lágrimas desató algo visceral en mí. Intervine sin dudarlo, ahuyentando al imbéclil con un par de palabras. Sentado a su lado en el borde de la fuente, vi la oportunidad y quise echar una carta a la suerte. Le ofrecí mi mano y ella, tímidamente, la aceptó. —¿Quieres ir a algún lugar en específico? —le pregunté con voz suave, buscando apartar la sombra del dolor de su rostro. —Solo quiero huir de aquí —murmuró, mirando hacia cualquier punto lejos del edificio. Se me ocurrió el lugar perfecto; un rincón que reservaba solo para mí cuando necesitaba escapar del peso del mundo. De camino al parqueadero, pasé por una de las barras secundarias, tomé una botella de champán con dos copas de cristal y la conduje hasta mi coche. Al ver el Audi negro aparcado bajo las luces, ella se detuvo un segundo, visiblemente impresionada. Subió al asiento del copiloto en silencio y encendí el motor. Nos alejamos del centro de la ciudad hasta llegar al observatorio astronómico de la universidad, un edificio enorme y silencioso que conocía bien gracias a las donaciones de mi fundación. Al estar allí, encendí las luces tenue del domo y le mostré el lugar. Sus ojos, aún deslumbrados por las lágrimas de hace media hora, se abrieron de par en par con verdadera fascinación. —Nunca nadie me había llevado a un lugar tan interesante —dijo con una voz llena de asombro genuino, recorriendo los telescopios con la mirada. Nos acercamos al telescopio principal. Le mostré las alineaciones de las estrellas y la textura de la luna. Para mi sorpresa, al empezar a hablar de las constelaciones, ella no se limitó a escuchar: me demostró que no era una ignorante en el tema en absoluto. Analizaba los datos con una soltura fascinante, revelando una mente aguda y curiosa. Era una combinación peligrosa: una mujer deslumbrante, hermosa e increíblemente inteligente. Serví el champán y le ofrecí una copa. Al principio dudó, mirando el cristal con cierta reserva, pero terminó tomándola con una leve sonrisa. Entre sorbo y sorbo, la conversación fluyó. Ella reía, dejando ver una faceta relajada que la hacía lucir absolutamente hermosa bajo la luz dorada del observatorio. Poco a poco, el licor hizo lo suyo. La distancia entre los dos se volvió insostenible. Me acerqué lentamente, fijé la mirada en sus labios húmedos y la besé. Fue un beso suave, pausado, donde el sabor del champán se mezcló con la calidez de su boca. Al cabo de unos segundos, me separé a regañadientes y la miré a los ojos. —Lo siento... me disculpo —murmuré, intentando mantener el control. Pero no hizo falta. Antes de que pudiera dar un paso atrás, fue ella quien me tomó por el cuello del traje y me besó desesperadamente, entregándose al momento con una pasión que me nubló por completo el juicio.POV MARIANA La llegada de un mensajero rompió el murmullo habitual de las diez de la mañana en la redacción. Varios compañeros levantaron la cabeza de sus pantallas al ver la cajita azul profundo que el muchacho traía entre las manos, rematada por un moño de seda dorada. —Vaya, Mariana... parece que alguien tiene pretendiente—comentó Carlos desde el escritorio de al lado, silbando con picardía mientras el chico depositaba la caja justo en el centro de mi mesa. Firmé la planilla de recepción intentando mantener la compostura, pero sentí cómo las miradas de media sección se clavaban en mi sitio. La más evidente, por supuesto, era la de Tatiana. Salió de su cubículo sosteniendo un vaso de café, haciendo sonar sus tacones sobre el piso de mármol a un ritmo lento y deliberado. Se detuvo a medio metro de mi escritorio, recorriendo la caja con sus ojos y una sonrisa cargada de un veneno sutil. —Bueno, bueno... —soltó Tatiana, inclinando la cabeza con una lástima estudiada—. Q
POV de Alejandro Tenía una reunión con el departamento de finanzas a las once. A las diez y media estaba parado frente a la puerta de una joyería del centro, con las manos en los bolsillos, como si fuera a asaltarla.Nunca había comprado un regalo romántico. Lo que había hecho durante años era pedirle a mi asistente que enviara flores, o dejar una tarjeta de crédito sobre una barra. Eso no contaba.Wanda me miraba desde el coche, con los brazos cruzados y una sonrisa que no se molestaba en disimular. Le hice un gesto para que se fuera. No se movió.Entré.La tienda olía a cera y a madera. Una vendedora de unos cuarenta años, de gafas con cadena y pelo canoso recogido, levantó la vista desde el mostrador. La vi reconocerme. Alzó una ceja con elegancia, como quien ve entrar a un personaje de revista.—Buenos días, señor Santoro.—Buenos días. Necesito un regalo. —Me aclaré la garganta—. Para una persona.—Una persona. —Asintió con toda seriedad—. ¿Se trata de una persona en particular?
POV de Mariana Lo primero que sentí al escucharlo fue alivio. Lo segundo, una ternura tan inoportuna que tuve que apretar la mano que él aún sostenía para no deshacerme ahí mismo, en el pasillo. Hablaba como un loro, sí. Un loro muy guapo, despeinado, con la corbata floja y cara de haber ensayado el discurso en el coche y haberlo perdido a la mitad. Pero cada frase era verdad. Y yo llevaba una hora sentada en la oscuridad del sofá, convencida de que alguien me había dicho la verdad solo para lastimarme, y ahora la misma verdad llegaba por su boca, sin adornos. Lo llevé a la cocina. Necesitaba ocupar las manos, y las suyas también. —Siéntate —dije, señalando los taburetes de la isla. Se sentó. Lo vi mirar alrededor con respeto, como quien entra a un sitio ajeno y teme tocar algo. Yo llené la cafetera, medí el café con más cuidado del necesario, y el olor empezó a llenar el silencio. —Ya lo sabía —dije, de espaldas a él. —¿Qué? —Lo de la compra. Me lo dijeron esta noche, en la
POV de Alejandro Ferrán me alcanzó junto al guardarropa, cuando ya iba por mi abrigo. —Alejandro. —Tío. Se quedó un momento callado, con las manos a la espalda, mirando hacia la puerta por donde Mariana había salido del brazo de Damián. No me preguntó nada. No hacía falta. —La chica me cae bien —dijo al fin—. Hablé con ella un rato. Es de las que preguntan lo incómodo y no se ofenden con la respuesta. —Lo sé. —Entonces no cometas el error de tu padre. —Su voz bajó—. Él creía que callar era una forma de proteger. Casi siempre es una forma de esconderse. Sé sincero con ella. Antes de que alguien lo sea por ti. Lo miré. Había algo en cómo dijo alguien que me dejó inquieto. —¿Qué quieres decir? —Nada. Una intuición de viejo. —Me dio una palmada seca en el hombro—. Vete a casa. Le hice caso, al menos en la dirección. Wanda me llevó al apartamento sin una sola pregunta. Entré, tiré el saco sobre una silla, me serví un vaso de agua y me quedé mirando la ciudad por el ventanal. C
El Hotel Meridiano tenía el salón lleno de luz dorada y de gente que sonreía con los dientes y no con los ojos. Alejandro cumplió lo prometido: me presentó a una operadora de resorts, a un gerente de reservas y a una creadora de contenido con dos millones de seguidores, y después se apartó con una inclinación de cabeza, sin tocarme y sin mirar atrás. En cuarenta minutos tenía tres entrevistas agendadas y la libreta medio llena. Lo busqué de reojo y lo vi al otro lado del salón, hablando con alguien, de espaldas. Respetaba mi espacio con tanta disciplina que casi dolía. —Señorita Valenzuela. Me giré. Un hombre de unos sesenta años, canoso, de traje oscuro y gesto seco, sostenía una copa de agua con gas. —Ferrán Santoro. —Su apretón fue breve y firme—. Leí su reportaje sobre mi sobrino. Se me tensaron los hombros, pero él no sonreía con ironía. Me miraba como se mira un balance. —Escribió que Alejandro parece haber decidido quién quiere ser. ¿Lo creyó, o quedaba bien como cierre?
POV de Mariana El mensaje llegó un martes a las nueve y diez de la noche, cuando yo ya llevaba una hora fingiendo que leía en el sofá. "Señorita Valenzuela, el viernes la Asociación Hotelera celebra su aniversario con un cóctel en el Hotel Meridiano. Asistirán operadores, inversionistas y varios creadores de contenido del sector turístico. Pensé que podrían servirle de fuentes para su reportaje. Si le interesa, la incluyo en la lista de invitados. Sin compromiso." Lo leí dos veces. Después dejé el teléfono boca abajo sobre el cojín, como si pudiera morderme. Ni una palabra sobre la gala. Ni sobre la portada, ni sobre la escalera. Un mensaje impecable, de esos que se escriben cuidando cada coma. Y justamente por eso me costaba tanto contestar. Es útil, pensé. Es muy útil. Llevaba una semana intentando que un creador de contenido me respondiera una entrevista, y los operadores hoteleros no contestaban llamadas de la prensa. En un cóctel, todos ellos estarían en la misma sala, con







